Países “sumergentes”

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El reciente informe del Banco Mundial dando la voz de alerta por lo que está pasando en los países emergentes y en vías de desarrollo, incluida en prominente lugar América Latina, es quizá el más contundente de los trabajos de la burocracia internacional sobre el efecto negativo que este conjunto de países tiene hoy en el resto del mundo.

El solo hecho de que los países emergentes sean hoy foco de alarma por su efecto nocivo en la economía mundial es en sí mismo confirmatorio de su éxito. La última vez que los países emergentes habían sido noticia por su poder de contagio sobre la economía mundial y su efecto aletargador para el crecimiento de los países ricos fue 1999. Pero entonces ellos no representaban ni remotamente lo que hoy representan. De allí que esa buena noticia sea ahora tan mala. Los países en vías de desarrollo representan 5% del producto bruto de la humanidad en términos de paridad de poder de compra (o, en términos nominales, más de 35%). Eso quiere decir que cuando algo va mal en ellos, el mundo lo siente mucho más que hace década y media.

Especialmente triste es comprobar que, como recalca el informe, América Latina, otrora tan festejada por la burocracia internacional, es hoy la región con peor desempeño. Su crecimiento este año ronda el 0,4% (probablemente sea menos) mientras que India se sitúa en un 7,5% que supera incluso a China y el conjunto del Asia oriental roza el 7%. A pesar de la desaceleración de Nigeria, la primera economía de esa zona, toda el África subsahariana promedia un 4,2 por ciento.

Esto refuerza considerablemente la tesis de que América Latina no sólo comparte la desaceleración del resto de países emergentes o en vías de desarrollo sino que se ha vuelto un lastre para ellos. Por tanto su contribución a la “desaceleración estructural” que, según el Banco Mundial, durará muchos años en los países emergentes y en vías de desarrollo es directa. Por añadidura, en la medida en que los países emergentes gravitan hoy negativamente sobre la economía mundial y son responsables de que el crecimiento global no supere este año un 2,8% (con suerte), podemos decir que esta región, gracias a lo mucho que progresó en los años del “boom” y su papel en el comercio internacional, hoy es un ingrediente central del “problema” del resto del mundo.

Esto constituye un nueva medida del “rol” latinoamericano: ser, en tiempos del “boom”, un buen aprovechador de las circunstancias y multiplicar el efecto “lastre” en los tiempos de las vacas flacas. Menuda credencial. Pero hay que habituarse. América Latina ha pasado de ser poco importante para la economía mundial a ser negativamente importante; en medio, tuvo un fugaz estrellato.

La principal contribución latinoamericana a este estado de cosas la hacen, y es importante no olvidarlo, los países gobernados por el populismo, tanto el democrático como el dictatorial. Este año Brasil, Argentina y Venezuela se encogen, mientras que Ecuador, más pequeñito pero simbólicamente importante en ese club, llegará a duras penas al 1%. El costo del populismo latinoamericano no es ya sólo regional sino mundial. Como los Bric representan la quinta parte de la economía mundial y su contribución al crecimiento global fue de más de 23% entre 2000 y 2014, lo que sucede con Brasil tiene hoy un efecto evidente. No es el único, obviamente: el encogimiento ruso y la desaceleración china son un factor, pero China crece de todas formas entre 6% y 7%, mientras que India, el único emergente en franco progreso hoy día, supera el 7,5%.

Si sumamos a Brasil, Argentina, Venezuela y Ecuador, y tenemos en cuenta las cifras traducidas a la paridad del poder de compra, estamos hablando de un tamaño conjunto que equivale a un 60% de India y supera largamente a Rusia. Por tanto, el populismo latinoamericano (aun con las objeciones muy pertinentes que se puedan hacer al uso de las cifras oficiales) hoy afecta al mundo más de lo que se cree. El mundo, a su vez, tan complaciente hasta ayer o anteayer con ese populismo, está descubriendo su error.

Me apresuro, dicho todo esto, a afirmar lo obvio: también los países no populistas hacen su contribución al efecto “lastre” en los países emergentes y, a través del conjunto de éstos, al resto del planeta. Los cuatro de la Alianza del Pacífico, que suman más o menos un Brasil, promedian entre 2,5 y 3% este año (con suerte). Bastante mejor, desde luego, que los populistas, pero muy por debajo del África subsahariana y no se diga del Asia, tanto en su parte oriental como en la del sur. Es la consecuencia de no haber hecho reformas después de los años 90, de haber sucumbido a la complacencia en los años del “boom” y de seguir siendo dependientes de los precios de los “commodities” en un grado mucho más excluyente que el de otros países, incluyendo algunos muy desarrollados, que también los producen pero a la vez producen otras muchas cosas. Es inevitable, siendo este el caso, que los países donde se gobierna mejor (o, para decirlo con más propiedad, menos mal) que en los populistas haya un bajón de cuidado por la caída de los precios. Desde el pico alcanzado en algún punto de 2011 hasta hoy, el mineral de hierro cayó más de 70%, la plata casi lo mismo, el oro y el cobre alrededor de 40%, y así sucesivamente.

Pero este no es el mayor problema. Después de todo, en cuanto se pase otra vez a la parte alta del ciclo de las materias primas, aun si es dentro de algunos años, los latinoamericanos deberían vivir una etapa feliz nuevamente. No: el problema es lo que pueda suceder en términos políticos de aquí a entonces.

¿Qué puede suceder? Para percibir el riesgo, quizá convenga prestarle atención -como he sugerido en esta columna alguna vez- a la clase media; para ser más exacto, a su verdadera composición. Aceptemos la premisa de que hay una clase media sólida y otra vulnerable: la primera es definida por los organismos oficiales como un universo de gente que gana entre 10 y 50 dólares al día, mientras que la segunda gana entre cuatro y 10 dólares. La zona vulnerable resulta, en ese caso, considerable. Nada menos que 37% de los ciudadanos de la región está en esa condición.

No es difícil entender por qué esto es así. Se ha hablado mucho del crecimiento de la clase media en los años del “boom”, pero se ha hablado menos de ese sector emergente que no había emergido del todo. Aunque la pobreza cayó aproximadamente de 45 a 30% desde 1995, los que no eran pobres o dejaron entonces de serlo no superaron necesariamente esa condición de forma definitiva. Todo dependía mucho de que los factores que habían posibilitado la explosión del consumo, por ejemplo, siguieran en pie. Esos factores, incluyendo el progreso real pero también el populismo basado en el crédito fácil y la redistribución mal entendida, hoy no están; y si están, han visto decaer su impacto y han generado un efecto contraproducente.

Esos millones de ciudadanos vulnerables son hoy el reto principal de quienes defienden -defendemos- para América Latina un modelo liberal o al menos claramente alejado del populismo y el autoritarismo. Si ese sector, hoy hastiado de la política, presta oídos a los discursos rupturistas y refundadores de los caudillos populistas, la posibilidad de evitar una ola de gobiernos o de poderosísimas oposiciones de signo antimoderno se verá extraordinariamente mermada.

Los países de la Alianza del Pacífico -con algunas diferencias según de cuál de ellos hablemos, por supuesto- necesitan crecer más de 5% para absorber su mano de obra potencial cada año por la incorporación de los jóvenes. Si el Banco Mundial, que predice un problema “estuctural” de muchos años, tiene razón, alcanzar ese promedio no es una meta al alcance de la mano para México, Chile Perú y Colombia. No se diga nada de los populistas. Aun si estos últimos estuvieran de salida, la hercúlea tarea de reconstrucción y profilaxis que habría que hacer en ellos es de tal envergadura, que para lograr una salud económica suficiente a fin de alcanzar una masa crítica antipopulista se necesitará poco menos que un milagro. Creo, por cierto, en ese milagro, pero así de enorme es el reto.

Me sitúo en una hipótesis feliz: la de que esos gobiernos darán paso a otros mejores. Pero eso hoy no está garantizado. El manejo de los resortes del poder por parte de los populistas hace que, aun siendo una minoría social, esos gobiernos tengan hoy un control del aparato estatal y de la política desproporcionadamente grande. Si la transición a la democracia allí donde ya no la hay, así como el cambio de gobierno donde sí la hay, tardan algunos años más, la “profecía” del Banco Mundial, si puedo usar con latitud esa palabra, se cumplirá.

Hay un aspecto aleccionador en todo esto. La región latinoamericana vivió, durante los años del “boom”, en un paraíso mental cuyo artificio quedó en evidencia con el cambio de la situación internacional. Había ocurrido antes (en los años 50 y en los años 70, por ejemplo: dos épocas de crecimiento latinoamericano gracias a condiciones externas favorables). Pero evidentemente ello no había servido para entender que el verdadero progreso, el que se prolonga de forma más o menos permanente aun si hay momentos de desaceleración, tiene que ver con un conjunto de instituciones que todavía no están en su lugar. Tratar de que lo estén no es una tarea para los años de vacas flacas sino exactamente lo contrario: para los años en que todo parece ir bien para siempre.

¿Aprenderá América Latina esa lección esta vez?

Dependerá mucho de dos cosas: de si la región “sobrevive” a la tentación populista de estos años en los países que no están vacunados contra él y de si una generación de líderes visionarios con un claro sentido del mediano y largo plazo toman la batuta en el momento preciso. Ese momento será cuando el ciclo transite de su período “bajista” a su etapa “alcista”.

La principal obligación que ellos tendrán es para con sus propios países y con su entorno geográfico, desde luego. Pero ahora, como lo deja entrever el informe que cité al inicio, hay una razón adicional: si América Latina quiere jugar un “rol” global, está obligada a asumir las consecuencias. Una consecuencia de hacer mal las cosas es que se acaba afectando al resto del mundo aun si la participación de la región latinoamericana en el conjunto de países emergentes y en vías de desarrollo parece menos determinante que la de otras regiones.

La responsabilidad es de ida y vuelta. Implica que el resto del mundo no se desentienda del destino político de América Latina como lo ha hecho en todos estos años, cohonestando a sus peores gobiernos. Ese es un lujo que sólo se puede dar el resto del mundo cuando una zona determinada poco importa. América Latina, sin embargo, importa hoy un poco más que antes.

Álvaro Vargas Llosa

La Tercera

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