¿Pocos sacerdotes célibes? Pues entonces demos paso a los sacerdotes casados

celibato

Es el remedio en el que piensan el cardenal Hummes y el Papa Francisco debido a la falta de clero, empezando por la Amazonia. Pero también en la China del siglo XVII los misioneros eran pocos y la Iglesia florecía. Sobre ello escribe “La Civiltà Cattolica”.

ROMA, 21 de septiembre de 2016.– Hace unos días, el Papa Francisco ha recibido en audiencia al cardenal brasileño Cláudio Hummes, acompañado por el arzobispo de Natal, Jaime Vieira Rocha.

Hummes, de 82 años, anteriormente arzobispo de Sao Paulo y prefecto de la congregación vaticana para el clero, es actualmente presidente tanto de la comisión para la Amazonia de la conferencia episcopal de Brasil, como de la Red Pan-Amazónica que reúne a 25 cardenales y obispos de los países circundantes, además de a representantes indígenas de las diversas etnias locales.

Y es como tal que sostiene, entre otras cosas, la propuesta de solucionar la falta de sacerdotes célibes en áreas immensa como la Amazonia confiriendo el orden sagrado también a “viri probati”, es decir, a hombres de probada virtud, casados.

Por consiguiente, la noticia de la audiencia ha hecho pensar que el Papa Francisco ha discutido con Hummes acerca de dicha cuestión y, en particular, de un sínodo “ad hoc” de las 38 diócesis de la Amazonia, que efectivamente está en avanzada fase de preparación.

No sólo ha adquirido nueva fuerza la voz según la cual Jorge Mario Bergoglio quiere asignar al próximo sínodo mundial de los obispos, programado para el 2018, precisamente la cuestión de los ministerios ordenados, obispos, sacerdotes, diáconos, incluida la ordenación de hombres casados.

La hipótesis se había lanzado al día siguiente del doble sínodo sobre la familia:

> El próximo sínodo ya está en construcción. Sobre los sacerdotes casados (9.12.2015)

Y había avanzado rápidamente:

> Sacerdotes casados. El eje Alemania-Brasil (12.1.2016)

Y ahora parece ganar terreno. Curiosamente, poco antes de que el Papa recibiera a Hummes, Andrea Grillo -un teólogo ultrabergogliano, docente en el pontificio ateneo San Anselmo de Roma, cuyas intervenciones son sistemáticamente relanzadas y enfatizadas por la página web paravaticana “Il Sismografo”- había predicho incluso, detallándolo, el tema del próximo sínodo acerca del “ministerio ordenado en la Iglesia”, que divide en tres subtemas:

– el ejercicio colegial del episcopado y la restitución al obispo de la plena autoridad sobre la liturgia diocesana;

– la formación de los presbíteros, reconsiderando la forma tridentina en el seminario y la posibilidad de ordenar a hombres casados;

– la teología del diaconado y la posibilidad de un diaconado femenino.

La autoridad a la que hacen referencia Grillo y el resto de reformistas clérigos y laicos cuando formulan ésta u otras propuestas es el difunto cardenal Carlo Maria Martini, con la intervención que lanzó en el sínodo de 1999.

El entonces arzobispo de Milán, jesuita y líder indiscutible del ala “progresista” de la jerarquía, dijo que “había tenido un sueño”: el de “una experiencia de confrontación universal entre obispos que sirviera para deshacer algunos de los nudos disciplinarios y doctrinales que aparecen periódicamente como puntos candentes en el camino de las Iglesias europeas, y no solo”.

He aquí los “nudos” por él enumerados:

“Pienso en general en la profundización y el desarrollo de la eclesiología de comunión del Vaticano II. Pienso en la carencia, dramática a veces, en algunos lugares de ministros ordenados y en la creciente dificultad que tienen algunos obispos para disponer del suficiente número de ministros del Evangelio y la eucaristía para proveer al cuidado de las almas en su territorio. Pienso en algunos temas que atañen a la posición de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, en la participación de los laicos en algunas responsabilidades ministeriales, en la sexualidad, en la disciplina del matrimonio, en la praxis penitencial, en las relaciones con las Iglesias hermanas de la Ortodoxia y, más en general, en la necesidad de volver a encender la esperanza ecuménica; pienso en la relación entre democracia y valores y entre leyes civiles y ley moral”.

De la agenda martiniana, los dos sínodos convocados hasta ahora por el Papa han discutido, de hecho, acerca de “la disciplina del matrimonio” y “la visión católica de la sexualidad”.

Y el nuevo sínodo podría resolver la “carencia de ministros ordenados” abriendo las puertas a la ordenación de hombres casados y de diáconos mujeres; esto último ya ha sido puesto en marcha por el Papa Francisco con el nombramiento, el pasado 2 de agosto, de una comisión de estudio:

> Francisco y las mujeres. Homilías no, diaconado más no que sí

El argumento principal en apoyo de la ordenación de hombres casados es el mismo que expresó el cardenal Martini: “la creciente dificultad que tienen algunos obispos para disponer del suficiente número de ministros del Evangelio y la eucaristía para proveer al cuidado de las almas en su territorio”.

La Amazonia sería, entonces, uno de estos “territorios” inmensos en los que los pocos sacerdotes allí presentes son capaces de llegar a núcleos remotos de fieles no más de dos o tres veces al año. Por lo tanto, con gran daño – se sostiene – para “el cuidado de las almas”.

Hay que decir, sin embargo, que una situación de este tipo no es exclusiva de los tiempos actuales. De hecho, ha caracterizado la vida de la Iglesia a lo largo de los siglos y en las áreas más diversas.

No sólo la falta de sacerdotes no siempre ha sido un daño para el “cuidado de las almas”. Más bien al contrario, en algunos casos ha coincidido incluso con el florecer de la vida cristiana. Sin que a nadie se le ocurriera ordenar a hombres casados.

Es el caso, por ejemplo, de la China del siglo XVII. De ello da noticia “La Civiltà Cattolica” en el cuaderno del pasado 10 de septiembre, con un artículo muy amplio del sinólogo jesuita Nicolas Standaert, docente de la Universidad Católica de Lovaina, una fuente por lo tanto libre de toda sospecha visto el vínculo estrechísimo y estatutario que la revista tiene con los Papas y, en particular, con el actual, que sigue personalmente su publicación junto al director de la misma, el jesuita Antonio Spadaro:

> Grandi personaggi della Chiesa primitiva in Cina. Il ruolo delle comunità cristiane

En el siglo XVII en China había pocos cristianos y estaban dispersos. Escribe Standaert:

“Cuando Matteo Ricci murió en Pekín en 1610, después de treinta años de misión, había aproximadamente 2.500 cristianos chinos. En 1665 los cristianos chinos eran probablemente unos 80.000 y aproximadamente en el 1700 eran unos 200.000; es decir, eran aún pocos si se comparan con toda la población, entre los 150 y los 200 millones de habitantes”.

Y poquísimos eran los sacerdotes:

“Cuando Matteo Ricci murió, en toda China había sólo 16 jesuitas: ocho hermanos chinos y ocho padres europeos. Con la llegada de los franciscanos y de los dominicos, alrededor del año 1630, y con un leve aumento de los jesuitas en el mismo periodo, el número de misioneros extranjeros superó los 30 y permaneció constante entre los 30 y los 40 en los años sucesivos. A continuación hubo un incremento, alcanzando el pico de casi 140 misioneros entre 1701 y 1705. Pero después, a causa de la controversia acerca de los ritos, el número de misioneros se redujo casi a la mitad”.

El consecuencia, el cristiano ordinario veía al sacerdote no más de “una o dos veces al año”. Y en los pocos días que duraba la visita el sacerdote “conversaba con los jefes y los fieles, recibía información acerca de la comunidad, se interesaba por los enfermos y los catecúmenos. Confesaba, celebraba la eucaristía, predicaba, bautizaba”.

Después el sacerdote desaparecía durante meses. Pero las comunidades se sostenían. Es más, concluye Standaert: “se transformaron en pequeños, pero sólidos centros de transmisión de la fe y de práctica cristiana”.

He aquí a continuación los detalles de esa fascinante aventura, tal como se relata en “La Civiltà Cattolica”.

Sin elucubraciones acerca de la necesidad de ordenar a hombres casados.

Sandro Magister

L’Espresso

7 comments for “¿Pocos sacerdotes célibes? Pues entonces demos paso a los sacerdotes casados

  1. Conocereis la Verdad
    28/09/2016 at 2:13 PM

    Jehová es el único Dios verdadero

    SABIA QUE?
    La web oficial JW.org es la más traducida del mundo, a más de 500 idiomas, y contiene publicaciones editadas y de libre descarga en más de 700 idiomas. Contiene artículos, revistas, libros y videos educativos en cientos de idiomas. le siguen muy de lejos, por ejemplo Wikipedia, con 292 idiomas.

    https://www.jw.org/es

  2. el cantaro
    28/09/2016 at 2:30 PM

    ME PARECE PERFECTOS SACERDDOTES CASADOS
    Y SACERDOTIZAS CASADAS SI ASI LO DECIDEN

    • Armando Wero
      28/09/2016 at 6:17 PM

      Y si quieren practicar otra religión también; qué mierda¡

  3. preguntón II
    28/09/2016 at 8:05 PM

    Se opone totalmente a la lógica eclesial, que privilegia el ocultamiento de la sexualidad de sus curas, mediante el llamado matrimonio cristiano, que tiene venia papal, pero que disfraza a sus esposas como bibliotecarias, asistentes parroquiales, etc; las razones:
    1. Tópico bienes. Los sacerdotes casados no pueden obligar a su familia al voto de pobreza y renunciamiento de sus bienes en favor de los arzobispados locales; una de las principales razones del celibato.
    2. Tópico obediencia y aceptación. El sujeto que practica su sexualidad fuera de las normas establecidas, genera una situación de culpa interna y/o sometimiento a la autoridad. Un padre de familia, tiene otro lugar en el mundo, y se ve obligado a tomar posiciones sobre temas de actualidad política, social y económica. Además, muchos deberán tener otros trabajos para sostener a sus familias, con lo que la genuflexión tiende a disminuir.
    Los curas gay y abusadores, son los más conformistas, obedientes y acríticos, el rebaño ideal para conducir.
    ¿Se imaginan a una monja madre de familia, esclavizada hambreada, y flagelándose, como estamos viendo demasiado últimamente? Seguramente su esposo e hijos no lo permitirían…

    • Pablo Etchevehere
      29/09/2016 at 8:47 AM

      Nos olvidamos de los curas del rito oriental, maronitas y melquitas que si se pueden casar y tienen esposas y son católicos de la uniata. Tambien están los curas ortodoxos y anglicanos que son curas. Los pastores evangelicos y los mulha islámicos y rabinos judíos todos casados. Porque no los del rito romano?

  4. Marcelo González
    28/09/2016 at 11:40 PM

    Nueva carta reacciona a la Amoris Laetitia

    Una carta firmada por tres de los editores más reconocidos de publicaciones católicas tradicionales, “Con Imperiosa Preocupación”, una acusación que puede resumirse en este párrafo, si bien es solo la introducción de un largo estudio de los errores propiciados por el papa Bergoglio:

    Usted ya ha provocado una fractura en la disciplina universal de la Iglesia, donde algunos obispos la mantienen a pesar de Amoris Laetitia mientras que otros, incluyendo aquellos en Buenos Aires, están anunciando un cambio basados únicamente en la autoridad de su escandalosa “exhortación apostólica.” Jamás había sucedido algo así en la historia de la Iglesia.

    A continuación, la acusación y la primera parte de sus fundamentos, en la versión castellana de Adelante la Fe.

    19 de septiembre, 2016
    Fiesta de san Genaro en el mes de Nuestra Señora de los Dolores

    Su Santidad:

    El siguiente relato, escrito desesperadamente como miembros del laicado, es lo que llamamos una acusación de su pontificado, el cual ha sido una calamidad para la Iglesia, en igual proporción que lo que ha deslumbrado a los poderes de este mundo. El evento culminante que nos impulsó a dar este paso fue la revelación de su carta “confidencial” a los obispos de Buenos Aires autorizándolos, únicamente en base a sus propias ideas expresadas enAmoris Laetitia, a admitir a ciertos adúlteros públicos en “segundas nupcias” a los sacramentos de la confesión y la sagrada comunión sin un firme propósito de enmendar sus vidas abandonando las relaciones sexuales adúlteras.

    De esta manera usted ha desafiado las propias palabras de Nuestro Señor quien condenó el divorcio seguido por nupcias posteriores como adulterio per se sin excepción, la advertencia de san Pablo sobre el castigo divino para quienes reciban indignamente el sagrado sacramento, la enseñanza de sus dos predecesores inmediatos alineados con la doctrina moral y disciplina eucarística de la Iglesia basadas en la revelación divina, el Código de Derecho Canónico y toda la tradición.

    Usted ya ha provocado una fractura en la disciplina universal de la Iglesia, donde algunos obispos la mantienen a pesar de Amoris Laetitia mientras que otros, incluyendo aquellos en Buenos Aires, están anunciando un cambio basados únicamente en la autoridad de su escandalosa “exhortación apostólica.” Jamás había sucedido algo así en la historia de la Iglesia.

    Y sin embargo, los miembros conservadores de la jerarquía casi sin excepción, conservan un silencio político mientras que los liberales exultan públicamente su triunfo gracias a usted. En la jerarquía, casi ninguno se opone a su imprudente desprecio de la sana doctrina y su práctica, si bien muchos murmuran en privado contra sus depredaciones. Por lo tanto, así como ocurrió durante la crisis arriana, queda en manos de los laicos defender la fe en medio de un abandono casi total del deber por parte de la jerarquía.

    Si bien no somos nada en el gran esquema de las cosas, como miembros bautizados del cuerpo místico poseemos el derecho otorgado por Dios, con su consiguiente deber establecido en la ley de la Iglesia (cf. CIC can. 212), de comunicarnos con usted y nuestros hermanos católicos por la grave crisis que su gobierno ha provocado en la Iglesia dentro del estado ya crónico de crisis eclesiástica resultante del concilio Vaticano II.

    Dado que las súplicas privadas han resultado totalmente inútiles, tal como relatamos debajo, publicamos este documento para aliviar nuestro cargo de consciencia frente al gran daño que usted ha causado, y amenaza con causar, sobre las almas y el bien de la Iglesia, y para exhortar a nuestros hermanos católicos a oponerse a su continuo abuso del oficio papal, particularmente en cuanto a las enseñanzas infalibles de la Iglesia sobre el adulterio y la profanación de la sagrada comunión.

    Al decidir publicar este documento, nos guiamos por la enseñanza del doctor angélico sobre un caso de justicia natural dentro de la Iglesia:

    Hay que tener en cuenta, no obstante, que en el caso de que amenazare un peligro para la fe, los superiores deberían ser reprendidos incluso públicamente por sus súbditos. Por eso san Pablo, siendo súbdito de san Pedro, le reprendió en público a causa del peligro inminente deescándalo en la fe. Y como dice la Glosa de san Agustín: “Pedro mismo dio a los mayores ejemplo de que, en el caso de apartarse del camino recto, no desdeñen verse corregidos hasta por los inferiores.” [Summa Theologiae, II-II, Q. 33, Art 4]

    También nos guiamos por la enseñanza de san Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia, respecto a la Resistencia lícita de un romano pontífice descarriado:

    Así como es lícito resistir al Pontífice que ataca al cuerpo, es también lícito resistir al Papa, que ataca a las almas o que perturba el orden civil, y, a fortiori, al Papa que intenta destruir la Iglesia. Yo digo que es lícito resistirle no haciendo lo que él ordena e impidiendo la ejecución de su voluntad… [De Controversiis sobre el Romano Pontífice, libro 2, Cap. 29].

    Los católicos de todo el mundo, y no sólo los “tradicionalistas”, están convencidos que la situación imaginada por Belarmino es hoy una realidad. Esa convicción es el motivo de este documento.

    Que Dios sea el juez de la rectitud de nuestras intenciones.

    Christopher A. Ferrara
    Columnista Jefe, The Remnant

    Michael J. Matt
    Editor, The Remnant

    John Vennari
    Editor, Catholic Family News

  5. bonorin
    28/09/2016 at 11:41 PM

    LIBRO DE ACUSACIÓN

    Por la gracia de Dios y la ley de la Iglesia, una denuncia contra Francisco, Romano Pontífice, por el peligro a la fe y el gran daño a las almas y al bien común de la santa Iglesia católica.

    ¿Qué clase de humildad es esta?

    En la noche de su elección, al hablar desde el balcón de la Basílica de San Pedro, usted declaró: “el deber del cónclave es dar un obispo a Roma.” Si bien el público frente a usted provenía de todo el mundo, como miembros de la Iglesia universal, usted sólo dio las gracias porque “la comunidad diocesana de Roma tiene a su obispo.” También expresó su deseo que “este camino de Iglesia, que hoy comenzamos” resulte “fructífero para la evangelización de esta ciudad tan bella.” Pidió a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro que oren, no por el Papa, sino “por su obispo” y usted dijo que al día siguiente iría “a rezar a la Virgen para que custodie a toda Roma.”

    Sus comentarios extraños en aquella ocasión histórica comenzaron con la banal exclamación “¡Hermanos y hermanas, buenas noches!” y terminaron con una intención igualmente banal: “Buenas noches y buen descanso”. Ni una vez, durante su primer discurso, se refirió a sí mismo como Papa ni se refirió a la dignidad suprema del oficio para el cual había sido elegido: el del Vicario de Cristo, cuyo mandato divino es enseñar, gobernar y santificar la Iglesia universal y liderar su misión, la de hacer discípulos a todas las naciones.

    Casi desde el momento de su elección comenzó una especial campaña interminable de relaciones públicas cuya temática fue su singular humildad frente a los demás Papas, un simple “Obispo de Roma” en contraste a las supuestas pretensiones monárquicas de sus predecesores y sus elaboradas vestimentas y zapatos rojos que usted rechazó. Usted dio indicaciones tempranas de una descentralización radical de la autoridad papal en favor de una “Iglesia sinodal” tomando el ejemplo de la visión ortodoxa del “significado de la colegialidad episcopal y su experiencia de sinodalidad”. Los exultantes medios de comunicación aclamaron inmediatamente “la revolución de Francisco.”

    Sin embargo esta ostentosa demostración de humildad ha sido acompañada por un abuso de poder del oficio papal, sin precedentes en la historia de la Iglesia. Durante los últimos tres años y medio usted ha promovido incesantemente sus propias opiniones y deseos, sin el más mínimo respecto o consideración por la enseñanza de sus predecesores, las tradiciones milenarias de la Iglesia, o los enormes escándalos que usted ha causado. En incontables ocasiones, usted ha conmocionado y confundido a los fieles y ha alegrado a los enemigos de la Iglesia con afirmaciones heterodoxas incluso sin sentido, mientras apilaba insulto tras insulto sobre los católicos practicantes, a quienes ridiculiza continuamente como fariseos actuales y “rigoristas.” Su comportamiento personal se ha rebajado frecuentemente enactos y payasadas para quedar bien con el público.

    Usted ha ignorado consistentemente la beneficiosa advertencia de su predecesor inmediato, quien renunció bajo circunstancias misteriosas ocho años después de haber pedido a los obispos reunidos con él al comienzo de su pontificado “rogad por mí, para que, por miedo no huya ante los lobos.” Para citar a su predecesor en su primera homilía como Papa:

    El Papa no es un monarca absoluto cuya voluntad sea ley, sino el custodio de la tradición auténtica y, con ello, el primer garante de la obediencia. Él no puede hacer lo que quiera, y por eso puede también oponerse a quienes quieren hacer lo que se les ocurre. Su ley no es la arbitrariedad, sino la obediencia de la fe.

    Una intromisión selectiva en la política, siempre políticamente correcto

    Durante su puesto como “Obispo de Roma” usted ha mostrado escaso respeto por las limitaciones de la autoridad papal y su competencia. Se ha entrometido en asuntos políticos tales como las políticas inmigratorias, la ley penal, el medioambiente, la restauración de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba (ignorando la lucha de los católicos bajo la dictadura de Castro) e incluso oponiéndose al movimiento independentista de Escocia. Sin embargo, se niega a oponerse a los gobiernos secularistas cuando desafían la ley divina y natural con medidas tales como la legalización de las “uniones homosexuales”, una cuestión de derecho divino y natural en la cual un Papa puede y debe intervenir.

    De hecho, sus numerosas acusaciones a los males sociales—todos ellos políticamente seguros—contradicen sus propias acciones, las cuales comprometen a la Iglesia como testigo contra los diversos errores de la modernidad:

    Contrario a la enseñanza inmutable de la Iglesia basada en la Revelación, usted demanda la abolición total global de la pena de muerte, sin importar la gravedad del crimen, e incluso la abolición de las sentencias de muerte, y sin embargo usted jamás ha hecho un llamamiento a la abolición del aborto legalizado, el que ha sido condenado constantemente por la Iglesia como asesinato masivo de inocentes.

    Usted declara que un simple fiel peca gravemente si no recicla los desechos de su hogar o no apaga las luces innecesarias, y al mismo tiempo usted gasta millones de dólares en eventos masivos vulgares centrados en su persona, en países a los que viaja con grandes comitivas en aeronaves alquiladas que despiden vastas cantidades de dióxido de carbono en la atmósfera.

    Usted demanda fronteras abiertas en Europa para los “refugiados” musulmanes, que son predominantemente hombres en edad militar, mientras que usted vive tras los muros de la ciudad del Vaticano que excluye estrictamente a los no residentes—muros construidos por León IV para prevenir el segundo saqueo musulmán de Roma.

    Usted habla incesantemente de los pobres y las “periferias” de la sociedad pero se alía con la jerarquía rica y corrupta de Alemania y concelebridades y potentados del globalismo que están a favor del aborto, la anticoncepción y la homosexualidad.

    Usted desprecia las ambiciones de ganancia de las corporaciones y “la economía que mata” mientras honra en sus audiencias privadas y recibe generosas donaciones de los tecnócratas y líderes de corporaciones más importantes del mundo, permitiéndole incluso a Porsche alquilar la Capilla Sixtina para un “concierto magnífico…organizado exclusivamente para los participantes” que pagaron $6.000 cada uno por un tour de Roma—la primera vez que un Papa permite que este espacio sagrado se utilice para un evento corporativo.

    Usted demanda el fin de la “desigualdad” mientras abraza dictadorescomunistas y socialistas que viven lujosamente mientras las masas sufren bajo sus yugos.

    Usted condena a un candidato para la presidencia norteamericana como “no cristiano” porque busca prevenir la inmigración ilegal, pero no dice nada contra los dictadores ateos a los que usted abraza, que han cometido asesinatos masivos, persiguieron a la Iglesia y encarcelaron cristianos en estados policiales.

    Al promover su opinión personal sobre la política y las políticas públicas como si fueran doctrina católica, usted no ha dudado en abusar incluso de la dignidad de una encíclica papal, usándola para respaldar declaraciones científicas debatibles e incluso demostrablemente fraudulentas respecto al “cambio climático”, “el ciclo de carbono”, “la contaminación de dióxido de carbono” y la “acidificación de los océanos”. El mismo documento demanda también que los fieles respondan a una supuesta “crisis ecológica” apoyando programas medioambientales seculares tales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, que usted ha elogiado, si bienllaman a un “acceso universal a la salud sexual y reproductiva”, refiriéndose a la anticoncepción y el aborto.

    Un indiferentismo rampante

    Si bien difícilmente sea un pionero respecto a las novedades post-conciliares destructivas como el “ecumenismo” y el “diálogo inter-religioso”, usted ha promovido en un grado no visto ni siquiera en los peores años de la crisis post-conciliar un indiferentismo religioso específico que prácticamente deja de lado la misión de la Iglesia como arca de salvación.

    Respecto a los protestantes, usted declara que todos ellos son miembros de la misma “Iglesia de Cristo” como católicos, sin importar sus creencias, y que las diferencias doctrinales entre católicos y protestantes son, comparativamente, asuntos triviales a ser acordados entre teólogos.

    Siguiendo esa opinión, usted ha desalentado la conversión de los protestantes, incluyendo el “obispo” Tony Palmer, quien pertenecía a una secta anglicana que pretende ordenar mujeres. Tal como comentó Palmer, cuando habló de “volver a casa a la Iglesia Católica” usted le dio una respuesta espantosa: “Nadie vuelve a casa. Ustedes viajan hacia nosotros y nosotros hacia ustedes, y nos encontraremos en el medio.” ¿En el medio de qué? Al poco tiempo, Palmer murió en un accidente de motocicleta. Sin embargo, por su insistencia, el hombre cuya conversión usted impidió deliberadamente fue enterrado como obispo católico—una burla, contraria a la enseñanza inmutable de su predecesor que sostiene que “las ordenaciones realizadas con el rito anglicano son nulas e inválidas.” [León XIII, Apostolicae curae (1896), DZ 3315]

    Respecto a las demás religiones en general, usted ha adoptado como programa virtual el mismo error condenado por el papa Pío XI tan solo 34 años antes del Vaticano II: “la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio.” Usted ha ignorado completamente la advertencia de Pío XI que dice que “cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios”. Al respecto, usted ha sugerido incluso que hasta los ateos pueden salvarse meramente haciendo el bien, provocando de esta manera el aplauso de los medios de comunicación masiva.

    Pareciera que en su visión, la tesis herética de Rahner sobre el “cristiano anónimo” que abraza virtualmente a toda la humanidad suponiendo la salvación universal ha reemplazado definitivamente la enseñanza de Nuestro Señor al contrario: “Quien creyere y fuere bautizado, será salvo; más, quien no creyere, será condenado (Mc 16 16).”

    Un absurdo lavado de la imagen del islam

    Asumiendo el rol de exégeta del Corán para liberar de culpa el culto de Mohammed y su ininterrumpida conexión histórica con la conquista y la persecución brutal de cristianos, usted declara: “Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los verdaderos creyentes del islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el verdadero islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia.” [Evangelii gaudium, 253]

    Usted ignora la historia de la guerra islámica contra el cristianismo, que continúa hasta el día de hoy, así como los códigos legales bárbaros del tiempo actual y la persecución de cristianos en las repúblicas islámicas, incluyendo Afganistán, Irán, Malasia, Maldivas, Mauritania, Nigeria, Pakistán, Qatar, Arabia Saudita, Somalia, Sudán, Emiratos Árabes y Yemen. Estos son regímenes de opresión intrínseca a la ley de la sharía, que los musulmanes consideran una orden de Alá para el mundo entero y que ellos intentan establecer donde sea que obtienen un porcentaje de población significativo. Sin embargo, para usted, ¡las repúblicas musulmanas carecen de una comprensión “auténtica” del Corán!

    Usted incluso intenta minimizar el terrorismo islámico en Oriente Medio, África y el corazón mismo de Europa, osando proponer una equivalencia moral entre los fanáticos musulmanes que libran la yihad—como lo han hecho desde el surgimiento del islam—y el “fundamentalismo” imaginario de católicos practicantes que usted nunca deja de condenar e insultar públicamente. Durante una de sus palabrerías en conferencia de prensa durante un vuelo, en las que frecuentemente avergüenza a la Iglesia y socava la doctrina católica, usted pronunció esta infame opinión, típica de su absurda insistencia con que la religión fundada por el Dios encarnado y el violento culto perenne fundado por el degenerado Mohammed se encuentran en igualdad moral:

    No me gusta hablar de violencia islámica, porque todos los días cuando leo los diarios, veo violencia, aquí en Italia, alguien que mata a la novia, otro que mata a la suegra. Y estos son católicos bautizados, son católicos violentos. Si yo hablo de violencia islámica, debo hablar de violencia católica…creo que en casi todas las religiones hay un pequeño grupo fundamentalista Nosotros lo tenemos. Cuando el fundamentalismo llega a matar, también se puede matar con la lengua -esto lo dice el apóstol Santiago- y también con el cuchillo. Creo que no es justo identificar al islam con la violencia.

    Es de no creer que un Romano Pontífice declare que unos actos de violencia aleatorios cometidos por católicos, y sus meras palabras, sean un equivalente moral de la campaña mundial de actos terroristas del islamismo radical, el asesinato masivo, la tortura, la esclavitud y la violación en nombre de Alá. Parece que usted es más rápido para defender el culto ridículo y asesino de Mohammed contra sus oponentes que a la verdadera Iglesia contra sus innumerables acusadores falsos. Quedó lejos de su pensamiento la visión inmutable de la Iglesia sobre el islam, expresada por el papa Pío XI en su Acto de Consagración del género humano al Sagrado Corazón: “Sé Rey de los que aún siguen envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo. A todos dígnate atraerlos a la luz de tu Reino.”

    Un “sueño” reformador, protegido por un puño de acero

    En definitiva, usted parece estar afectado por una manía reformadora que no conoce límites a su “sueño” de cómo debiera ser la Iglesia. Como declara en su manifiesto papal sin precedentes, Evangelii gaudium (nn. 27, 49):

    Sueño con una “opción misionera” capaz de transformarlo todo, para que lascostumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación…Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37)

    Por increíble que parezca, usted profesa que las “estructuras” y “reglas” inmemoriales de la santa Iglesia católica infligían un hambre cruel y muerte espiritual antes de que usted llegara de Buenos Aires, y que ahora usted desea cambiar literalmente todo en la Iglesia para hacerla más misericordiosa. ¿Cómo debieran ver esto los fieles, sino como una terrorífica megalomanía? Usted declara incluso que en su opinión la evangelización no debe estar limitada por miedo a la autopreservación de la Iglesia—¡como si de alguna manera ambas cosas estuvieran contrapuestas!

    Su diáfano sueño de reformar todo está acompañado por un puño de acero que aplasta cualquier intento de restaurar la viña devastada durante medio siglo de reformas “imprudentes”. Según lo revelado en su manifiesto (Evangelii gaudium, 94), usted está lleno de desprecio por los católicos tradicionalistas, a quienes acusa precipitadamente de “ensimismados Prometeo neopelagianos” que se “sienten superiores a los demás porque ellos observan ciertas reglas o se mantienen intransigentemente fieles a un estilo particular de catolicismo del pasado.”

    Usted ridiculiza incluso una “supuesta solidez doctrina o disciplina” porque, en su opinión, “lleva en cambio a un elitismo narcisista y autoritario, en el que en lugar de evangelizar, se analiza y clasifica a los demás…” Pero es usted quien clasifica constantemente y analiza a otros con una interminable sarta de términos peyorativos, caricaturas, insultos y condenaciones de los católicos practicantes a quienes considera insuficientemente receptivos al “Dios de las sorpresas” que usted presentó durante el Sínodo.

    De ahí su brutal destrucción de los pujantes Frailes Franciscanos de la Inmaculada, por su “tendencia definitivamente tradicionalista”. Esto fue seguido por su decreto que establece que cualquier intento por erigir un nuevo instituto diocesano para la vida consagrada (por ejemplo, para recibir a los desplazados miembros de los Frailes) será nulo e inválido faltando previa “consulta” con la Santa Sede (es decir, un permiso de facto que puede ser y será retenido indefinidamente). Usted reduce así la inmutable autonomía de los obispos en sus propias diócesis mientras predica una nueva etapa de “colegialidad” y “sinodalidad”.

    Al apuntar contra los conventos de clausura, avanzó con medidas decretadaspara forzar la entrega de su autoridad local a federaciones gobernadas por burócratas eclesiales, romper la rutina del claustro para “formarse” en el exterior, el mandato de intrusión del laicado dentro del convento para la adoración eucarística, la increíble descalificación de las mayorías electorales del convento en caso de ser “ancianos”, y el requisito universal de nueve años de “formación” antes de tomar los votos decisivos, cosa que ciertamente sofocará las nuevas vocaciones y asegurará la extinción de muchos de los claustros restantes.

    ¡Ayúdanos Señor!

    Un incansable deseo de acomodar la inmoralidad sexual dentro de la Iglesia

    Pero nada supera la arrogancia y audacia con la que ha buscado imponer sobre la Iglesia universal la misma práctica maligna que usted autorizó como arzobispo de Buenos Aires: la administración sacrílega del sagrado sacramento a personas viviendo en adulterio y “segundas nupcias” o que conviven sin ni siquiera haberse casado por civil.

    Casi desde el momento de su elección usted ha promovido la “propuesta Kasper”—rechazada repetidamente por el Vaticano en la época de Juan Pablo II. El cardenal Walter Kasper, un archi-liberal incluso para la jerarquía liberal alemana, hacía tiempo había insistido para la admisión de los divorciados “vueltos a casar” a la sagrada comunión en “ciertos casos” según el falso “camino penitencial” que los habilitaría para recibir el sacramento mientras continúan con las relaciones sexuales adúlteras. Kasper pertenecía al “grupo de San Galo” que hizo lobby para su elección, y luego usted premió su persistencia en el error con ayuda de la prensa que lo presentó felizmente como “el teólogo del Papa.”

    Usted comenzó a preparar el camino para su destructiva innovación recurriendo a lo que solo podría llamarse un lanzamiento desenfrenado de eslóganes demagógicos. Tal como declara su manifiesto (Evangelii gaudium, 47) en noviembre de 2013: “La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores.”

    Este desvergonzado recurso a la emoción, parodia la digna recepción del sagrado sacramento en estado de gracia como “un premio para los perfectos” mientras insinúa sediciosamente que la Iglesia negó el alimento eucarístico a “los débiles” durante demasiado tiempo. De ahí su acusación igualmente demagógica que los ministros de la Iglesia han actuado cruelmente como “controladores de la gracia y no como facilitadores” rechazando la sagrada comunión a “los débiles” en oposición a “los perfectos”, y que usted debe remediar esta injusticia con “valentía”.

    Por supuesto que la sagrada comunión no es “alimento” o “medicina” para obviar el pecado mortal. Al contrario, se sabe que recibirla en ese estado es profanación que mata el alma y provoca la condenación: “De modo que quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Pero pruébese cada uno a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe, no haciendo distinción del Cuerpo (del Señor), come y bebe su propia condenación. (1 Cor. 11 27-29).”

    Como sabe todo niño bien catequizado, la confesión es la medicina por la cual el pecado mortal es remediado, mientras que la Eucaristía (asistida por el recurso regular a la confesión) es el alimento espiritual para mantener e incrementar el estado de gracia que procede de la absolución, para que nadie caiga nuevamente en pecado mortal sino que crezca en comunión con Dios. Pero parece que el mismo concepto de pecado mortal está ausente en sus documentos formales, discursos, afirmaciones y pronunciamientos.

    Sin dejar lugar a dudas sobre su plan, unos meses después, en el “consistorio extraordinario de la familia”, planeó los eventos de tal manera que sólo el cardenal Kasper fue el único orador oficial. Durante su discurso de dos horas del 20 de febrero de 2014—el que usted deseó se mantuviera en secreto pero fue filtrado a la prensa italiana como un “secreto” y documento “exclusivo”—Kasper presentó la demente propuesta de admitir a ciertos adúlteros públicos a la sagrada comunión mientras aludía directamente a su eslogan: “Los sacramentos no son un premio para quien se comporta bien y para una élite, excluyendo a aquellos que más los necesitan [EG 47].” Desde entonces, usted no ha titubeado en su determinación de institucionalizar en la Iglesia el grave abuso de la Eucaristía que había permitido en Buenos Aires.

    Al respecto, parece que usted tiene poco respeto por el matrimonio sacramental como hecho objetivo en oposición a lo que la gente siente subjetivamente sobre el estatus de las relaciones inmorales que la Iglesia jamás puede reconocer como matrimonio. En comentarios que por sí solos desacreditarán su extraño pontificado hasta el fin de los tiempos, usted declara que “la gran mayoría de matrimonios católicos son nulos” mientras que algunas personas que conviven sin haberse casado pueden tener un “matrimonio verdadero” debido a su “fidelidad”. ¿Acaso estos comentarios reflejan la situación de su hermana divorciada “vuelta a casar” y de su sobrino que convive?

    Esta opinión, que un reconocido canonista llamó “absurda”, provocó una protesta por parte de los fieles del mundo entero. En un esfuerzo por minimizar el escándalo, la “transcripción oficial” del Vaticano cambió sus palabras “la gran mayoría de nuestros matrimonios sacramentales” por “una parte de nuestros matrimonios sacramentales” pero dejó intacta su aprobación de la cohabitación inmoral como “matrimonio verdadero”.

    Tampoco parece usted preocupado con el sacrilegio involucrado en la recepción del Cuerpo, Sangre y Divinidad de Jesucristo en la sagrada Eucaristía por parte de los adúlteros públicos y los que conviven. Tal como le dijo a la mujer argentina a la que dio “permiso” telefónico para comulgar mientras vive en adulterio con un hombre divorciado: “un poco de pan y vino no hacen daño.” Usted jamás ha negado los dichos de esta mujer, y son consistentes con su rechazo a arrodillarse durante la consagración o frente a la exposición del Santísimo Sacramento mientras que no tiene dificultad para arrodillarse a besar los pies de los musulmanes durante su grotesca parodia del mandato tradicional del Jueves Santo, que usted abandonó. También se alinean con sus comentarios a la mujer luterana en la iglesia luterana a la que asistió un domingo, que el dogma de la transubstanciación es una mera “interpretación”, que la “vida es más grande que las explicaciones e interpretaciones” y que ella debería “hablar con el Señor” para saber si debiera recibir la comunión en la Iglesia católica—cosa que luego hizo gracias a su evidente apoyo.

    Su precipitada y secreta “reforma” del proceso de nulidades está alineada con su escasa consideración del matrimonio sacramental, dado que la impuso sobre la Iglesia sin consultar a ninguno de los dicasterios competentes del Vaticano. Su motu proprio Mitis Iudex Dominus Iesus establece el marco para una verdadera fábrica de nulidades a nivel mundial, con una “vía rápida” y una nueva base nebulosa de procedimientos para la nulidad acelerada. Tal comoexplicó luego el jefe de esta reforma tramada de forma clandestina, su intención expresa es promover entre los obispos “una ‘conversión’, un cambio de mentalidad que los convenza y sostenga en el seguimiento de Cristo, presente en su hermano, el Obispo de Roma, del número restringido de unos pocos miles de anulaciones al inconmensurable [número] de desafortunadosque podría tener una declaración de nulidad …”

    ¡Así, “el obispo de Roma” demanda de sus hermanos obispos un vasto incremento en el número de nulidades! Un distinguido periodista católico reportó luego la aparición de un dossier de siete páginas en el que oficiales de la curia “‘desacreditaron’ jurídicamente el motu proprio del Papa… acusan al Santo Padre de desechar un dogma importante, y aseveran que ha introducido el ‘divorcio católico’ de facto.” Estos oficiales condenaron lo que el reportero llama “un ‘Führerprinzip’ eclesial, ordenando de arriba hacia abajo, por decreto y sin ninguna consulta o control.” Los mismos oficiales temen que “el motu proprio provoque una avalancha de nulidades y que de ahora en más, las parejas puedan abandonar sus matrimonies católicos sin problemas.” Se sienten “‘fuera de sí’ y obligados a ‘alzar la voz’…”

    Pero usted no es más que consistente en la persecución de sus objetivos. Al comienzo de su pontificado, durante una de las conferencias de prensa en un vuelo en la que reveló por primera vez sus planes, usted dijo: “los ortodoxos siguen lo que ellos llaman la teología de la economía y dan una segunda posibilidad [de matrimonio], lo permiten. Creo que este problema debe estudiarse.” Para usted, la falta de una “segunda oportunidad de matrimonio” en la Iglesia católica es un problema a ser estudiado. Claramente, usted ha pasado los últimos tres años y medio planeando imponer en la Iglesia algo que se aproxima a la práctica ortodoxa.

    Un distinguido canonista, consultor de la Signatura Apostólica ha advertido que como resultado de su descuida falta de consideración de la realidad del matrimonio sacramental:

    “Se está desarrollando una crisis (en el sentido griego de la palabra) en la Iglesia, sobre el matrimonio, y es una crisis que, considero, alcanzará un punto crítico sobre la disciplina y ley matrimoniales…. Creo que la crisis del matrimonio que él [Francisco] está provocando culminará en si la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, que todos dicen honrar, será protegida concreta y efectivamente en la ley de la Iglesia, o si las categorías canónicas sobre la doctrina del matrimonio se distorsionarán (o simplemente dejarán de considerarse) para abandonar esencialmente el matrimonio y la vida matrimonial en el reino de la opinión personal y la consciencia individual”.

    Amoris Laetitia: El verdadero motivo para la farsa del sínodo

    Dicha crisis alcanzo su punto más álgido luego de la conclusión de su desastroso “Sínodo de la Familia”. Si bien usted manipuló el evento de principio a fin para conseguir el resultado que deseaba—la sagrada comunión para los adúlteros públicos en “ciertos casos”—no alcanzó sus expectativas gracias a la oposición de los padres sinodales conservadores que usted mismo denunció demagógicamente por sus “corazones cerrados, que a menudo se esconden incluso detrás de las enseñanzas de la Iglesia o detrás de las buenas intenciones para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas.”

    En un abuso brutal de la retórica, usted equiparó a sus oponentes episcopales ortodoxos con los fariseos que practicaban el divorcio con subsiguientes matrimonios según la dispensa mosaica. Estos eran los mismos obispos que defendieron la enseñanza de Jesús contra los fariseos—¡y sus propios planes! Ciertamente, usted parece intentar revivir la aceptación farisaica del divorcio por medio de una “práctica neo-mosaica.” Un periodista católico de renombre, conocido por su enfoque moderado sobre los asuntos de la Iglesia, criticó su comportamiento reprensible: “Que un Papa critique a quienes permanecen fieles a la tradición y los caracterice como inmisericordes alineándolos con los fariseos duros de corazón contra el misericordioso Jesús, es extraño.”

    Al final, el “viaje sinodal” que usted elogió fue revelado nada más y nada menos que como una farsa para ocultar las conclusiones predeterminadas de su patética “Exhortación Apostólica”, Amoris Laetitia. En ella, principalmente en el capítulo ocho, sus escritores fantasma utilizan una ambigüedad astuta para abrir la puerta de la sagrada comunión de par en par para los adúlteros públicos, reduciendo la ley natural que prohíbe el adulterio a una mera “regla general” para la cual pueden haber excepciones en caso de personas con “una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma» o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente… (¶¶ 2, 301, 304)” Amoris es un intento transparente de contrabandear una forma mitigada de ética casuística en asuntos de moralidad sexual, como si así el error pudiera ser confinado.

    Su evidente obsesión por legitimar la sagrada comunión para los adúlteros públicos lo ha llevado a desafiar la enseñanza moral inmutable y la disciplina sacramental de la Iglesia intrínsecamente relacionada con ella, afirmada por sus dos predecesores inmediatos. Dicha disciplina está basada en la enseñanza de Nuestro Señor sobre la indisolubilidad del matrimonio así como también la enseñanza de san Pablo sobre el castigo divino por la recepción indigna de la sagrada comunión. Para citar a Juan Pablo II al respecto:

    “La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.

    La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos.” [Familiaris consortio, n. 84]

    Usted ha ignorado las súplicas de sacerdotes, teólogos y filósofos de la moral de todo el mundo, asociaciones católicas y periodistas, e incluso de algunos valientes prelados en medio de una jerarquía silenciosa, de retractarse o “clarificar” las ambigüedades tendenciosas y los errores de Amoris, en particular los del capítulo ocho.

    Un error moral grave aprobado ahora explícitamente

    Y ahora, habiendo sobrepasado el uso retorcido de las ambigüedades, autorizó explícitamente tras bambalinas lo que en público consintió ambiguamente. La conspiración salió a la luz al filtrarse su carta “confidencial” a los obispos de la región pastoral de Buenos Aires—lugar donde, como arzobispo, ya había autorizado el sacrilegio masivo en las villas.

    En dicha carta usted elogia el documento de los obispos sobre los “Criterios Básicos para la Aplicación del Capítulo Ocho de Amoris Laetitia”—como si fuera un deber “aplicar” el documento para producir un cambio en la disciplina sacramental de dos mil años de Iglesia. Usted escribe: “es muy bueno y explícita cabalmente el sentido del capítulo VIII de “Amoris laetitia”.No hay otras interpretaciones.” ¿Es una coincidencia que este documento provenga de la misma archidiócesis donde, hace tiempo como arzobispo, usted había autorizado la admisión de los adúlteros públicos y los que conviven a la sagrada comunión?

    Lo que antes sólo se sugería, ahora se tornó explícito, y quienes insistían con que Amoris no cambia nada han quedado como tontos. El documento que usted ahora elogia como única interpretación correcta de Amoris, socava radicalmente la doctrina y la práctica de la Iglesia que sus predecesores defendieron. En primer lugar, reduce a una “opción” el mandato moral para los divorciados “vueltos a casar” de “vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos.” Según los obispos de Buenos Aires—con su aprobación—es sencillamente “posible plantear que hacen el esfuerzo de vivir en continencia. Amoris Laetitia no ignora las dificultades de esta opción.”

    Tal como la Congregación para la Doctrina de la Fe declaró de manera definitiva hace tan solo 18 años, durante el reinado del mismo Papa que usted canonizó: “si el matrimonio precedente de unos fieles divorciados y vueltos a casar era válido, en ninguna circunstancia su nueva unión puede considerarse conformé al derecho; por tanto, por motivos intrínsecos, es imposible que reciban los sacramentos. La conciencia de cada uno está vinculada, sin excepción, a esta norma.” Esta es la enseñanza inmutable de la Iglesia católica desde hace dos mil años.

    Más aún, ningún sacerdote parroquial o incluso obispo tiene el poder de honrar en el “foro interno” la afirmación de una persona viviendo en adulterio que dice que según su “consciencia” su matrimonio sacramental era en realidad inválido, porque como advirtió la CDF, “el matrimonio tiene esencialmente un carácter público-eclesial y está regido por el principio fundamental nemo iudex in propria causa («nadie es juez en causa propia»). Por eso, si unos fíeles divorciados y vueltos a casar consideran que es inválido su matrimonio anterior, están obligados a dirigirse al tribunal eclesiástico competente, que deberá examinar objetivamente el problema y aplicar todas las posibilidades jurídicas disponibles.”

    Habiendo reducido a una opción una norma moral que no aceptaba excepciones, enraizada en la revelación divina, los obispos de Buenos Aires, citando a Amoris como única autoridad en 2000 años de enseñanzas en la Iglesia, luego declaran: “En otras circunstancias más complejas, y cuando no se pudo obtener una declaración de nulidad, la opción mencionada puede no ser de hecho factible.” Una norma moral universal queda relegada a la categoría de una mera guía a ser ignorada si el sacerdote local la considera “no factible” bajo ciertas “circunstancias complejas” indefinidas. ¿Cuáles son exactamente estas “circunstancias complejas” y qué tiene que ver la “complejidad” con las normas morales que no contemplan excepciones y están fundadas en la revelación?

    Finalmente, los obispos llegan a la espantosa conclusión que usted había planeado imponer sobre la Iglesia desde el comienzo del “viaje sinodal”:

    No obstante, igualmente es posible un camino de discernimiento. Si se llega a reconocer que, en un caso concreto, hay limitaciones que atenúan la responsabilidad y la culpabilidad (cf. 301-302), particularmente cuando una persona considere que caería en una ulterior falta dañando a los hijos de la nueva unión, Amoris Laetítía abre la posibilidad del acceso a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía (cf. notas 336 y 351). Estos a su vez disponen a la persona a seguir madurando y creciendo con la fuerza de la gracia.

    Con su elogio y aprobación, los obispos de Buenos Aires declaran por primera vez en la historia de la Iglesia que una indefinida clase de personas viviendo en adulterio pueden ser absueltas y recibir la comunión si bien permanecen en ese estado. Las consecuencias son catastróficas.

    Por favor, oren por el Santo Padre

    Fuente: Adelante la Fe
    http://adelantelafe.com/imperiosa-preocupacion-acusamos-al-papa-francisco/

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