Por Pascual Albanese.-

En la segunda quince de mayo ocurrieron dos acontecimientos que están destinados a signar la política mundial en los próximos años con su inevitable impacto en la Argentina. El primero, por orden de aparición, fue la entrevista entre el presidente estadounidense Donald Trump y su colega chino, Xi Jiping. El segundo fue la publicación de “Magnífica Humanidad”, la primera encíclica del Papa León XIV.

Es probable que los historiadores del futuro sitúen la visita del presidente estadounidense Trump y su reunión con su Xi Jinping, como un punto de inflexión en la política mundial, signado por la institucionalización de una suerte de “Grupo de dos” (G—2), una mesa de diálogo y negociación en la que ambas superpotencias buscarán dirimir pacíficamente sus enormes diferencias en la competencia que mantienen por el liderazgo global.

En tren de analogías puede entreverse un cierto paralelismo entre esta visita de Trump y la conferencia de Yalta que en 1943 constituyó el punto de partida para estructuración del nuevo orden mundial, centrado en el predominio de Estados Unidos y la Unión Soviética y la distribución de sus respectivas esferas de influencia, un sistema de poder institucionalizado luego con la creación de las Naciones Unidas cuya descomposición explica el actual desorden de las relaciones internacionales.

También es probable que Trump haya tenido presente un consejo de Henry Kissinger, el mayor arquitecto de la política mundial de la segunda postguerra y protagonista en 1972, durante la presidencia de Richard Nixon, de aquel acercamiento entre Estados Unidos y la China de Mao Tse Tung que modificó el curso de la “guerra fría”. En una de sus últimas intervenciones públicas, el célebre estadista puntualizó que si pudiera hacerle una recomendación al mandatario de su país le sugeriría viajar a Beijing para encontrarse con su homólogo chino y empezar el diálogo diciendo: “Señor presidente, los mayores peligros para paz mundial somos nosotros dos”.

Tampoco corresponde subestimar el papel relevante que juega esa memoria histórica en el comportamiento de la dirigencia china, que hace honor a su civilización milenaria, sintetizada en las afirmaciones de Xi Jinping sobre que “las relaciones entre China y Estados Unidos son las más importantes del mundo” y que “deberíamos ser socios, no rivales”.

Xi Jinping apeló también a una feliz combinación entre la memoria y la sutileza diplomática cuando señaló que Estados Unidos y China tenían que eludir la denominada “trampa de Tucídides”, explicada hace más de 2.000 años por el célebre historiador griego, quien afirmó que la guerra entre Atenas y Esparta obedeció al temor espartano a que el continuo avance de los atenientes los desplazara de su hasta entonces posición dominante.

La sutileza de Xi Jinping consistió emplear esa analogía para explicitar que en este siglo XXI la superpotencia dominante, Estados Unidos, tenía que sofrenar la creciente tentación de confrontar militarmente con China, la actual superpotencia ascendente, empeñada hoy en coronar con éxito la estrategia que hace 45 años Deng Siao Ping, artífice de la apertura del coloso asiático, definiera como el “ascenso pacífico”.

VENTAJAS COMPARATIVAS

Existe hoy una tendencia de carácter estructural, imposible de revertir: en algún momento de la próxima década China desplazará a Estados Unidos como la primera potencia económica global. Las cifras con incontrastables. En 1978 el producto bruto chino era de apenas el 7% del estadounidense. Hoy es más del 66 %. Estados Unidos concentra el 23 % del PBI mundial y China el 16% y esa brecha se acorta año tras año.

Hace medio siglo China tenía una producción automotriz muy pequeña, con un promedio de un automóvil cada 5.000 habitante. Actualmente produce 80.000 automóviles diarios (sumando automóviles y vehículos comerciales) frente a los 44.000 de Estados Unidos. Esa cifra representa casi un tercio de la producción mundial. Esa expansión está fundada en la descomunal expansión de su mercado interno, pero también en el ritmo vertiginoso de incremento de sus exportaciones. En 2024 desplazó a Estados Unidos como el mayor exportador de vehículos a América Latina.

Por esa memoria histórica milenaria que los caracteriza, para los chinos este nuevo liderazgo mundial en ciernes no representa ninguna novedad. Desde fines de la Edad Media hasta inicios del siglo XIX China era la primera potencia económica, aunque su espléndido aislamiento la tornaba políticamente irrelevante. La Primera Revolución Industrial les arrebató ese sitial a manos de Gran Bretaña, desplazada un siglo después por Estados Unidos.

En China el siglo XIX es vituperado como “el siglo de la humillación”, reflejada en la ocupación por las potencias occidentales de la franja costera de su inmenso territorio, el siglo XX es visto como una etapa de recuperación y el siglo XXI está considerado como un simple regreso a la normalidad, algo que Xi Jinping califica como “el rejuvenecimiento de la nación china”.

China avanza rápidamente en las industrias del conocimiento y en energías renovables. La mitad de los robos industriales del mundo, dos millones de unidades, están instalados en fábricas chinas, cinco veces más que en Estados Unidos. Lleva asimismo una amplia ventaja en trenes de alta velocidad, con una red que supera los 50.000 kilómetros, o sea el 70% del total mundial. Encabeza también la producción de paneles solares. Produce 13 millones de vehículos eléctricos por año contra 1.700.000 de Estados Unidos.

LA CONTRAPARTIDA ESTADOUNIDENSE

A pesar del atascamiento registrado en la guerra con Irán, con su impacto fuertemente negativo sobre el precio de los combustibles y el índice de inflación en Estados Unidos y del consiguiente descenso en la imagen de Trump, la bolsa de Wall Street muestra una de las alzas más elevadas de su historia. Lo más significativo del este fenómeno es que el índice NASDAQ, que mide el valor de las acciones de las empresas de alta tecnología, tuvo en las últimas semanas su mejor período desde 2020.

Amazon, Meta-Facebook, Microsoft y Alphabet-Google, que son las cuatro mayores empresas de alta tecnología, resolvieron aumentar este año en un 77% con relación a 2025 el monto de sus ya siderales inversiones destinadas a la construcción de la infraestructura necesaria para el desarrollo de la inteligencia artificial.

Coincidentemente el Pentágono firmó acuerdos con Amazon, Google, Space X (la compañía espacial de Elion Musk), Open Ai (la empresa de Sam Altman que lidera los avances en materia de inteligencia artificial), para integrar sus respectivas capacidades con el sistema militar. Esta alianza entre la Casa Blanca y las principales compañías de Silicon Valley indican la configuración de un nuevo bloque de poder político orientado a impulsar una reconversión integral de la economía estadounidense.

Esa convergencia explica la impresionante comitiva empresaria que acompañó a Trump en su viaje a Beijing. La presencia Jensen Hiang, el máximo ejecutivo de Nvidia, la mayor vendedora global de microchips, cuyo valor accionario de seis millones de dólares es superior al producto bruto de todos los países del mundo salvo Estados Unidos y China, ilustra sobre un punto relevante del vínculo entre ambas superpotencias. Nvidia diseña los chips, pero su cadena tiene un eslabón débil: los componentes más avanzados son fabricados por TSMC la principal productora mundial de semiconductores, radicada en Taiwán.

Los chips de Nvdia está en el epicentro de las negociaciones bilaterales. Las restricciones estadounidenses a la venta de microchips a China, cuyo levantamiento está en consideración en la Casa Blanca, golpean a su industria del conocimiento. A la inversa, la amenaza de bloqueo de Beijing a Taiwán preocupa seriamente a Washington. Todo indica que en Estados Unidos avanza ala una solución negociada del diferendo Ese empate estratégico en un asunto clave para el desarrollo la inteligencia artificial, el eje de la Cuarta Revolución Industrial, fuerza a ambas partes a una negociación. Todo indica que Estados Unidos está dispuesto a promover una solución a la cuestión de Taiwán que reconozca la soberanía china pero garantice la autonomía militar, económica y diplomática de la isla.

Así como durante la guerra fría el poderío atómico de las dos superpotencias sentó el llamado principio de la “destrucción mutua asegurada”, que funcionó como factor de preservación de la paz mundial, la interdependencia estructural entre China y Estados Unidos cumple un rol semejante en el mundo de hoy. Una de las peores catástrofes posibles para Estados Unidos sería un colapso de la economía china. A la inversa, uno de los peores desastres para China sería una debacle en la economía estadounidense.

Las circunstancias obligan entonces a Estados Unidos a competir y a convivir simultáneamente, en un juego permanente de negociación y conflicto que habrá de condicionar la política mundial de las próximas décadas. Este G-2 cuyo nacimiento acordaron Trump y Xi Jinping está en la naturaleza de las cosas. Su mayor desafío es avanzar hacia la edificación consensuada de un nuevo orden internacional en un mundo signado por la Cuarta Revolución Industrial.

Esa nueva arquitectura institucional en ciernes, basada en una bipolaridad que, a diferencia de la guerra fría, no implica la fractura del mundo en dos bloques antagónicos, sino que reconoce la existencia de un policentrismo reflejado en potencias como India o Rusia y de bloques regionales como la Union Europea, las monarquías árabes o el MERCOSUR.

La cuestión prioritaria en la agenda de ese G-2 es la compatibilización de las políticas públicas vinculadas con el desarrollo de la inteligencia artificial en ambos países para compatibilizar la libertad de acción necesaria para su pleno despliegue con la neutralización de sus riesgos eventuales para la seguridad internacional ante la posible acción de terceros, en especial de actores no estatales capaces de alterar la estabilidad mundial.

Desarticuladas las viejas instituciones del orden internacional de postguerra, surgidas de los acuerdos de Yalta, cuya máxima expresión es la Organización de las Naciones Unidas, emerge ahora una instancia de negociación, que está basado en la creación de un nuevo organismo supranacional sino en el establecimiento de un sistema de negociación permanente entre los dos principales actores estatales en camino hacia la construcción de un “mundo de las naciones”.

En 2009, en su encíclica “Caritas in Veritate”, Benedicto XIVI planteó la necesidad de una “autoridad política mundial”, capaz de canalizar los conflictos de un mundo cada vez más conflictivo y a la vez más integrado. Quince años después, la visita de Trump a Beijing y su reunión con Xi Jiping coinciden sugestivamente en el tiempo con la encíclica de León XIV para simbolizar un nuevo punto de partida en la política mundial.

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