Consideraciones sobre la situación nacional

victor lapegnaCambios en política exterior con fuerte influencia interna.

La decisión del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, de venir a la Argentina el próximo 23 de marzo puede entenderse como expresión del apoyo de su gobierno al de Mauricio Macri y de la elección de nuestro país como sustituto de Brasil en la condición de “primus inter pares” en América del Sur.

Sucede que la gravedad de la crisis política y económica – en ese orden – de Brasil no parece que pueda ser remontada en menos de 3-4 años lo que inhabilita a ese país, al menos durante ese lapso, para seguir siendo el socio privilegiado de Washington en la región.

Ese viraje, constatable también en el respaldo de las autoridades de Estados Unidos a la Argentina en la negociación con los holdouts, encuentra reciprocidad en el nuevo gobierno argentino de lo cual algunas señales son la mayor propensión al diálogo con los acreedores pendientes, la eliminación de retenciones a las exportaciones de concesiones mineras en las que hay fuertes intereses estadounidenses o la renegociación de las condiciones de la instalación de una base de observación espacial de China en nuestro territorio, por mencionar algunos casos.

Esa modificación en el tono de la relación Washington-Buenos Aires marcha pari passu con la búsqueda de una mejora del diálogo con la Unión Europea según lo muestran la reciente presencia en nuestro país del presidente de gobierno italiano, Matteo Renzi, la inminente visita que nos hará el mandatario francés, François Hollande y el diálogo iniciado por la canciller argentina, Susana Malcorra, con el gobierno británico.

Aunque los hechos mencionados son parte de la política internacional adoptada por el gobierno de Macri cuya tendencia general podría decirse que es “normalizar” nuestra vinculación con todos los países del mundo tras el aislamiento y la conflictividad que habían sido las características de las relaciones exteriores del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (CFK), enfatizamos la sensible mejora de la actitud del gobierno de Estados Unidos hacia nuestro país y su incidencia para una rápida solución del diferendo con los holdouts por los efectos que se derivarían de ello.

Sucede que ese cambio de nuestra situación geoeconómica y geopolítica tendría como efecto más o menos inmediato que se canalizaran hacia nuestro país una porción significativa de los grandes fondos internacionales que están en la búsqueda de un destino y nuestra economía recibiera inversiones y créditos a tasa baja, fondos que podrían contribuir a reactivar la economía, bajar la inflación y mejorar la tasa de empleo.

Si esa tendencia inversora previsible se convierte en realidad en el curso de 2016 y el macrismo no comete errores demasiado graves en el ejercicio del gobierno, es posible que su primer bienio de gestión transcurriría sin conflictos que amenacen la gobernabilidad y en el 2017 se darían condiciones favorables para que los candidatos del PRO y la alianza Cambiemos puedan obtener buenos resultados en las elecciones legislativas, en especial en las que consagrarán al primer senador nacional por la Provincia de Buenos Aires.

Cierto es que para hacer realidad esa posibilidad de un buen resultado en las elecciones de medio término el oficialismo debería tener lo que hoy no tiene: un candidato capaz de enfrentar a Sergio Massa con alguna posibilidad de éxito. Por lo demás, aún si llegara a encontrar la o el candidata/o para enfrentar a Massa, el oficialismo necesitaría que el voto peronista bonaerense se dividiera con la presentación de otra fórmula, ya que si el líder del Frente Renovador fuera el candidato único del justicialismo, resultaría casi imbatible.

El peronismo en el centro de la política

A nuestro ver el elemento decisivo en la situación política nacionales es el modo en el que los peronistas procesemos el resultado de las últimas elecciones en el orden nacional y en el bonaerense y entre nuestros dirigentes es dable percibir una primera divisoria neta de aguas la interpretación de ese resultado electoral.

Por un lado, en lo que se dio en llamar “kirchnerismo” hay quienes focalizan la explicación de su derrota señalando errores en la ingeniería electoral adoptada, fallas en la selección de los candidatos e insuficiencias de la respuesta dada al mensaje adverso al Frente para la Victoria que predominó en los que denominan “medios de comunicación concentrados”, en especial los del Grupo Clarín y algunos llegan al extremo de decir que los ganadores no fueron Mauricio Macri y María Eugenia Vidal, sino Héctor Magnetto (CEO de Clarín).

Esa interpretación los lleva a concluir que la derrota fue leve y no estuvo determinada por lo que se hizo mal en 12 años de gobierno, sino por errores cometidos en los meses de campaña electoral y a adoptar la actitud de resistir en todos los espacios al nuevo gobierno, al que se atribuye dudosa legitimidad.

El multitudinario acto en la Plaza de Mayo con el que CFK se despidió del gobierno y la reunión en plazas porteñas de algunos miles de adherentes a esa postura, parecen hacer creer a quienes la sustentan que expresan a “las masas”. Craso error. A lo que expresan es a una parte de ese “progresismo” de clase media urbana al que Néstor y Cristina Kirchner supieron cobijar y consolar de las sucesivas y brutales derrotas que la historia en general y el pueblo argentino en particular les infligió, en especial en las décadas de 1970 y 1990. Con los Kirchner, esos “retro-progresistas” creyeron encontrar la reivindicación de los desencantos en que derivaron sus apoyos al alfonsinismo y a la “Alianza” con los que creyeron que podrían “superar” al peronismo que quisieron infiltrar y nunca terminaron de entender y menos aún de aceptar. Aún con el aporte de jóvenes que sólo encontraron en el “kirchnerismo” un canal en el que encauzar su legítima y valiosa vocación de militancia política y social, en el cálculo más generoso ese sector no representa más de un 20/25 por ciento del electorado. Una minoría que dista de poder representar al peronismo, que es la identidad política explícita o implícita de alrededor de un 60 por ciento de los votantes, sumando a quienes en el balotaje votamos por Daniel Scioli o por Mauricio Macri desde esa identidad.

Otra y por completo distinta es la interpretación del resultado electoral de los dirigentes del peronismo que acompañaron al gobierno anterior más por las responsabilidades de conducción territorial y/o institucional que ejercían, que por adhesión a las políticas que se aplicaban y la de los peronistas que nos opusimos al “kirchnerismo” desde el 2003 o más tarde. Todos nosotros, con matices y miradas diferentes, tendemos a reconocer que, al cabo de 24 de los 32 años de este ciclo democrático en que los peronistas gobernamos el país y de casi 30 años seguidos de gobernar la Provincia de Buenos Aires, la realidad que viven a diario quienes habitan el país y la Provincia es mucho peor de lo que podría y debería ser. Es por eso que en las últimas elecciones el voto mayoritario del pueblo (que sigue siendo lo mejor que tenemos) en general y en especial en la Provincia de Buenos Aires, le pasó la factura a los dirigentes del peronismo adherentes al Frente para la Victoria por no haber atendido de modo debido las necesidades e intereses populares.

Excede los marcos de este texto intentar una descripción pormenorizada de la evolución de esa realidad a lo largo de estos años, pero si nos atenemos a la síntesis magistral del papa Francisco en cuanto a los factores que hacen a las condiciones de vida digna de un pueblo, debemos reconocer que son demasiados los compatriotas que carecen de trabajo, de techo, de tierra, de libertad y de seguridad, por lo que no tienen una vida digna.

Tanto o más grave que el deterioro de las condiciones materiales de vida popular, fue el simultáneo debilitamiento y/o destrucción de diversas organizaciones libres del pueblo que son el tejido constituyente de la comunidad organizada, cuyo núcleo esencial es la familia.

El espacio que dejaron de llenar las diversas expresiones de la comunidad organizada fue ocupado por organizaciones mafiosas vinculadas a distintas formas del delito (narcotráfico, robos diversos, trabajos y empresas en negro o clandestinas, barras bravas, evasión y elusión impositiva, juego, tráfico de personas y de influencias, corrupción de policías, jueces y dirigentes políticos, etc.), con las que unos pocos obtienen grandes ganancias, otros reciben un ingreso que les permite sostener un sistema de poder o simplemente vivir y la mayoría de los que viven en los territorios en los que esas organizaciones mafiosas se instalan, son prisioneros y víctimas.

Recuperar el diálogo y practicar la cultura del encuentro a la que convoca el papa Francisco es una de las primeras condiciones necesarias -aunque no suficientes- para desplazar a esas mafias, liberar al pueblo de su yugo y restaurar el tejido de organizaciones libres del pueblo que conforman la comunidad organizada, con núcleo en la familia.

En ese camino, los peronistas debemos recuperar la vocación de escuchar lo que piensan, sienten y dicen nuestras compañeras y compañeros, otras fuerzas políticas y organizaciones sociales de nuestra Patria y en especial escuchar con especial atención lo que quiere decir el pueblo de a pie, asumiendo que restaurar un diálogo vivo que hoy no existe demanda escuchar primero para luego ser escuchados.

Reiteramos que esa actitud y aptitud de escucha debe dirigirse, en primer lugar, hacia aquellos peronistas que aunque tengan una mirada distinta a la nuestra sobre la realidad no deben ser distantes de nosotros para que así, según lo que aconsejaba Perón en su mensaje a la Asamblea Legislativa del 1º de mayo de 1974, “esclarezcamos nuestras discrepancias y, para hacerlo, no transportemos al diálogo institucionalizado nuestras propias confusiones: limpiemos por dentro nuestras ideas primero, para construir el diálogo social después”.

Así como el papa Francisco reclama sacerdotes con “olor a oveja” por su proximidad con el rebaño del que son pastores, el peronismo necesita dirigentes con “olor a pueblo” por su cercanía con aquellos a los que se quiere conducir, lo que implica salir de los microclimas de helicópteros y ámbitos cerrados y caminar la calle para juntarse con la gente.

Las dos interpretaciones que coexisten en el peronismo acerca del resultado de las últimas elecciones también se expresan también en diferentes perspectivas acerca del modo de abordar la inevitable reorganización del Partido Justicialista (PJ).

Unos siguen la concepción reaccionaria de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (autor de El Gatopardo) en cuanto proponía “que algo cambie para que todo siga igual”, ya que quieren realizar meros retoques cosméticos de la cáscara vacía en la que convirtieron al PJ para mantener sus posiciones de poder, sus privilegios indebidos y soslayar su responsabilidad en el resultado de los últimos comicios.

Son quienes vaciaron a nuestro PJ de doctrina, pensamiento estratégico y sobre todo de participación y debate político de sus afiliados y lo degradaron a ser un sello al servicio de los intereses espurios del “Frente para la Victoria”, que en las elecciones de diciembre pasado se convirtió en “Frente para la Derrota”.

Ahora pretenden reunir un supuesto Congreso Nacional partidario -que es políticamente ilegítimo y jurídicamente ilegal- en el cual, entre gallos y medianoche, se arme una “lista única” trucha que sea consagrada como autoridad partidaria, en lo posible sin elecciones internas o en unas elecciones tramposas y amañadas, todo eso antes del 8 de mayo, cuando el PJ quedaría acéfalo y debería ser intervenido por la Justicia Federal con competencia electoral.

La intención de estos usurpadores es mantener fuera del PJ a los millones de peronistas que en el último proceso electoral acompañamos a Sergio Massa, José Manuel De la Sota y Adolfo Rodríguez Saá, de los cuales en el balotaje muchos votamos a la fórmula que encabezó Mauricio Macri, por considerar que era el mal menor ante la alternativa “cristinista” que expresaban Daniel Scioli y Carlos Zannini.

Buscan silenciar también a las voces peronistas que, habiendo apoyado desde diversas posiciones a los gobiernos que presidieron Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, hoy proponen asumir y rectificar los errores y horrores que llevaron al resultado electoral de diciembre pasado.

En la nueva realidad política dada por el resultado electoral y su influencia en la situación existente ad extra y también ad intra del peronismo, parece improbable que esa maniobra sea concretada impunemente y puede que no quede otra opción que la intervención judicial del PJ nacional.

Si ello sucediera, correspondería que la intervención declare la caducidad de las afiliaciones actuales y proceda a una re-afiliación que permita contar con un padrón veraz y transparente, con el cual convocar a elecciones internas en las que el voto de todos los afiliados decida quienes son los dirigentes, estableciendo una representación proporcional de mayorías y minorías en los organismos de conducción partidario, que facilite expresar en unidad a la diversidad propia de la identidad peronista, que sigue siendo mayoritaria entre los argentinos.

Vale agregar que, aunque casi todos los observadores y muchos de los protagonistas ponen el centro de su atención en la postura que adopte el peronismo en general y el PJ en particular ante el gobierno, a nuestro ver ese dato es importante pero no esencial.

Creemos que lo esencial es que el peronismo en general y el PJ en particular suman una posición basada en el pensamiento estratégico que nos legó Perón ante el conjunto de la realidad de la que hoy en gran medida carece y a partir de ahí coincidir y/o discrepar con las políticas del gobierno del PRO, que es una parte importante de la realidad pero dista de ser el todo.

¿Cuál es el programa concreto que los peronistas proponemos para lograr que en la Argentina haya una reactivación sustentable de la producción de bienes y servicios que sea base de un desarrollo integral e integrador y permita recrear la cultura del trabajo en esta fase de la evolución signada por la sociedad del conocimiento?

¿Qué planes, programas y medidas postulamos desde el Justicialismo en procura de reconstruir el tejido constitutivo de la comunidad organizada, basada en el fortalecimiento de la familia que es su núcleo básico?

¿De qué forma debería desplegarse nuestra política exterior para avanzar hacia una integración regional que cree mejores condiciones para nuestra vinculación con el mundo globalizado?

¿Cómo realizar el acceso de todos a las tres T de Francisco (trabajo, techo y tierra) y también a condiciones adecuadas de seguridad y de libertad?

La reorganización del Partido Justicialista, en lo esencial, debería servir para establecer los espacios en los que se pueda dar un debate amplio, libre y respetuoso de las ideas de todos, que conduzca a encontrar las respuestas comunes a estos y a otros interrogantes de peso similar, de las que hoy carecemos. En verdad y hasta ahora, ni estos ni ningún otro asunto esencial está presente en el debate de la reorganización del PJ, que parece circunscripto a definiciones que hacen sólo a las ambiciones personales y/o grupales de las diversas tribus que hay en nuestro espacio.

Una última observación para terminar este texto que ya se extendió en demasía. Desde el gobierno se abrió el debate sobre una supuesta “reforma política” que se limita a ser una ”reforma electoral” en la que sólo parece tratarse acerca de cómo se emitirán y como se contarán los votos, lo que no está mal. Pero, ¿no habría que definir antes como se juntan esos votos apelando a la voluntad de los ciudadanos mediante partidos políticos, que hoy carecen de existencia real?

Víctor E. Lapegna

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