Por Elena Valero Narváez.-

El peronismo, desde su nacimiento hasta 1955, fue un sistema colectivista similar al fascismo italiano. Perón vio, personalmente en Italia, cómo funcionaba en su lugar de origen y lo adaptó a nuestra Patria. Destrozó al sistema que hizo conocer a la Argentina en el mundo, como uno de los países más prósperos del planeta. Desde entonces no pudo implantarse, a pesar de uno o dos intentos fallidos, el sistema republicano y capitalista que produjo el bienestar de las naciones que lo adoptaron y mantuvieron, o lo abrazaron después de la Segunda Guerra por motu proprio u obligados por Inglaterra y EEUU, como fue el caso de Alemania, Italia y Japón, luego de la rendición incondicional.

En Argentina anida la corrupción y la demagogia, cualidades inherentes al régimen peronista. Con Alberto y Cristina seguimos adheridos a él pero con el agravante, de que no disponemos de los antiguos recursos para pagar la similar y catastrófica aventura. Es así como, a poco andar, se perfila una crisis de fondo que no tardará mucho en mostrar la cara

El Ministro de Economía, Martín Guzmán, en su discurso de hace unos días, ha dicho poco y nada, tiró el anuncio de las soluciones para más adelante. No importa que “el pueblo quiera saber de qué se trata”. Como el anterior Gobierno éste retacea un plan de estabilización con medidas que abarquen las reformas estructurales necesarias para despegar. En Argentina aunque se enojen mis colegas, los historiadores, “la historia se repite” con solo pequeñas modificaciones.

Mientras tanto, la inflación, una verdadera enfermedad nacional, sigue su curso impidiendo desarrollar a nuestro país, destruyendo la ética que debemos preservar para vivir, amistosamente, en sociedad. Alcanza ya, niveles preocupantes, difíciles de contrarrestar. Si no se aumenta la preocupación por ello, en poco tiempo estará fuera de control, con los graves inconvenientes que ya conocemos por la reiterada bienvenida que se le ha dado, a través de los años, en el país. La primera medida para contenerla es bajar el gasto, es imprescindible una reforma del Estado destinada a reducir su tamaño. Se puede hacer explicando a la sociedad la necesidad, urgente, de implementar un plan coherente para hacerlo, so pena de que sigamos trabajando para contentar al Estado en vez de hacerlo para concretar proyectos propios.

Este Gobierno, si no cambia el rumbo, perderá el control sobre el recorrido ordenado que debería tener la economía nacional. Lo que el país sea en el futuro dependerá, en gran medida, de si nos decidimos, o no, a combatir el proceso inflacionario. No hay margen para una nueva equivocación en el camino que tomemos para salir de la crisis. Hoy sabemos que es imprescindible combatirla, pero no, con planes de desarrollo hechos por burócratas que se creen omniscientes. Emitir, para mejorar, es una solución demagógica que nos llevará al averno, una vez más. No funcionó en el pasado, no tiene por qué hacerlo ahora.

Hay soluciones probadas en otros países: alentar la inversión evitando la actitud infantil que se tiene frente al FMI y otros organismos de préstamo. Demostrar que vamos realmente, sin claudicar, hacia una sana disciplina en materia financiera, monetaria, y de respeto y estímulo a la iniciativa privada.

No deberían, los responsables de orientar la economía, engolosinarse con políticas desarrollistas que nos llevan a mayor gasto público en vez de encarar la estabilidad monetaria necesaria para resurgir, clave para limitar el déficit del presupuesto.

Sería saludable, terminar con los controles, intervenir solo en casos críticos, manteniendo siempre el rumbo hacia una economía libre donde se le permita a la gente ser la que desarrolle al país en vez de los planes estatistas y dirigistas de un Gobierno glotón..

La experiencia muestra que se debe dejar al mercado de cambios actuar libremente, sin controlarlo. Es la manera de que la economía se vaya reajustando, aunque al principio se encarezcan algunos productos de la canasta básica. Por el contrario, si se continúa con la política de controles, no solo se agravarán los males que estamos sobrellevando, se institucionalizará la corrupción tal como en la década kirchnerista. Tenemos frescas, en la memoria, las imágenes que mostraban a los favoritos del Gobierno convertirse en millonarios, como en el cuento de princesas, Cenicienta, de la noche a la mañana.

Se hará natural, que se comience con los anuncios de planes demagógicos de obras públicas que no se realizan, anzuelos para tener contentos a los ingenuos que no saben de sobreprecios y creen en las promesas de desarrollo del país desde el Estado.

Según parece, la reactivación económica será producto del dinero que el Gobierno pondrá en los bolsillos de la gente, mediante generación de inflación, o sea, emisión, más impuestos distorsivos para recuperar caja. El pasado nos condena: incrementarán los costos internos, los salarios no podrán alcanzar el nivel inflacionario, la producción básica exportable quedara fuera de competencia en los mercados internacionales y la presión se trasladará al mercado de cambios. El conocido círculo vicioso.

Manejar dictatorialmente la economía, siempre, ha sido igual a mercado paralelo de cambios y distanciamiento del mercado oficial. El resultado es siempre el mismo: la emigración de capitales, la evasión de impuestos y la corrupción. Funcionará el mercado negro de todos los productos que queden sometidos al control de precios. La honestidad, ante un ambiente de “sálvese quien pueda” no valdrá la pena. Ser honorable no sirve cuando el Estado ahorca con dirigismo: retenciones al campo, regulación de precios, permisos o cupos de exportación e importación, adjudicaciones arbitrarias. Cuando se destruye la economía no queda mucho margen para actuar. La corrupción es, en la mayoría de casos, el camino obligado.

Esta situación siempre se empeora con la falta de ayuda externa que será muy difícil de conseguir sin una posibilidad de desarrollo sustentable a la vista. Nadie presta si no existe capacidad de pago.

Ante el riesgo de caer otra vez en el mismo pozo, la solución sería que se deje, de una vez por todas, de aplastar la iniciativa privada, restringiendo las libertades que emanan de la Constitución. La esperanza de lograrlo está, en mi opinión, en la juventud liberal, la cual, con valentía, está asomando la cabeza, libre de ideas nacional-socialistas.

El impedimento que tiene el liberalismo para crecer es producto de la mayoría de sus liderazgos, que por egos personales, no fomentan la unión de todos los liberales, incluso de los más desteñidos, en un único partido liberal que pueda actuar a nivel nacional. Es imprescindible, convertir al partido en una empresa política, con recursos suficientes como para diseñar campañas de difusión de ideas y atracción de votos, sin los cuales quedan del otro lado del camino hacia el poder, meta final de cualquier proyecto político.

Quiero creer que la UCEDE, por ser el partido liberal que se conoce en todo el país, apenas pronunciado su nombre, como también el de su líder fundador, el Ing. Álvaro C. Alsogaray, modelo de político e intelectual, sea el que abra las puertas a esa juventud que necesita una verdadera plataforma para dar el gran salto que permita resurgir a la Argentina.

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