Por Justo J. Watson.-

Se sabe que las pruebas termonucleares de detonación subterránea pueden desencadenar movimientos en ciertas placas de la corteza terrestre, los que escapan al control y previsiones del experimento.

Pues bien, una placa tectónica social se mueve bajo nuestros pies con su correlato a plazo fijo de más temblores, tal vez terremotos y, con seguridad, largos remezones.

Esto obedece a que, en nuestro tiempo, las bisagras históricas se producen por desplazamientos ideológicos de la opinión pública. Y en el país debemos al kirchnerismo, etapa superior del peronismo y apogeo de su lógica, el haber sido el disparador de tales cambios con la explosión sottopueblo de la bomba nuclear económica concebida, armada y repotenciada hasta último momento por el triunvirato gobernante. La misma que procuraba mantener (como es costumbre justicialista) bajo la alfombra.

En efecto; en la versión definitiva de la Historia, el peronismo está terminando de decantar como el gran villano responsable de la ruina, arrodillamiento -gorra en mano- e implosión argentina frente al orbe. Como el culpable de hacernos caer, rojos de vergüenza, del rango de potencia respetada, meca de inmigrantes y capitales, al de país delincuente comandado por un aluvión de parásitos ultracorruptos, de donde intelligentzia y divisas huyen.

16 años de peronismo explícito (aún morigerados en control de daños y “trabajo sucio” por 4 de la alianza Cambiemos entremedio) bastaron para demoler la mayor parte de nuestro espíritu patriótico y para dinamitar los cimientos de nuestra antes firme fe democrática, así como para prostituir todas las instituciones de la república, con énfasis en las educativas. Una demolición a conciencia, ocurrida con particular intensidad entre las nuevas generaciones que ya son mayoría poblacional, cuyo voto y opiniones serán cada vez más gravitantes, gane o pierda Milei el balotaje.

Quien así no lo asuma, quedará expuesto a que sus estrategias políticas y económicas resulten equivocadas por simple “carga errónea de data”.

El desplazamiento ideológico de la opinión pública ha sorprendido (y superado) a la gran mayoría de la élite periodística e intelectual honesta, dejándolos en una suerte de off side conceptual.

Por su parte, nuestros referentes políticos y empresariales no-corruptos no se encuentran en mejor situación dado que quien hoy surfea la onda de este movimiento tectónico es un outsider que no encaja en sus categorías.

La eventual gradualidad de este cambio en inicio (de sus pruebas y errores, avances y contramarchas, colisión de egos, polémicas internas, traiciones, conversiones y decepciones) no debe llamar a nuevo error de apreciación, sin embargo, pretendiendo que lo libertario es solo una moda pasajera; algo utópico, acientífico y tan excéntrico como su actual numen. No lo es.

La ignorancia que casi todos exhiben sobre el libertarismo, sobre su historia, fundamentos éticos, referentes y extensa bibliografía académica ya no eximirá a quienes aventuren más conclusiones apresuradas.

Si la mayor parte de nuestra élite no comprende a cabalidad de qué se trata esta ideología, qué la diferencia de lo malo conocido y hacia dónde llevaría a nuestra sociedad a corto, mediano y sobre todo largo plazo, menos aún la entienden los millones de votantes que acaban de otorgarle el certificado nacional de nacimiento.

Aún carente de data racional, esa importante parte del electorado que expresó un violento rechazo contra todo lo ya probado, siente en lo visceral (¿el pragma político no se basa acaso en emociones?) que no puede seguir esperando a que “gente buena” en el gobierno les resuelva los problemas vampirizándoles antes su dinero y -auspicioso cambio- sus esperanzas.

Quienes forzaron esta novedad son, en parte, jóvenes de clases bajas impedidos de huir del país como sí lo hacen de a miles sus pares más afortunados. Ellos decidieron tomar el futuro en sus manos: su voto-rebelión bien puede traducirse en un sonoro ¡no! a las mafias (empresarias, judiciales, sindicales, planeras, narco-policiales y sobre todo políticas) que minan el país y que les reparten limosnas que deben agradecer, al tiempo que los condenan a una vida sin horizontes; tan gris y miserable como la de sus padres peronistas. O aún peor.

Quienes viven del estatismo argento y lo militan, empiezan a oír las trompetas de su apocalipsis. En buena hora: las nuevas generaciones vienen marchando y a cada turno electoral consolidarán su derecho a un futuro mejor.

Es de esperar que nuestra dirigencia política y social honesta tome nota de ello; que madure y guíe al común en el nuevo modo… o el terremoto la arrasará antes de tiempo.

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