Picada de noticias

¿Quién manda en nuestro país?

En la Argentina rige el más crudo híper presidencialismo. Ello significa que quien se sienta en el sillón de Rivadavia ejerce el poder. Además, según lo estipula la constitución, es el comandante en jefe de las fuerzas armadas. Si hacemos un breve repaso de las presidencias con posterioridad al fin de la dictadura militar, hasta la asunción de Alberto Fernández todos los presidentes, con la excepción de Eduardo Duhalde, mandaron. En efecto, Raúl Alfonsín, Carlos Menem, De la Rúa, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner y Macri, tuvieron en común el haber demostrado que estaban en condiciones, aún en condiciones muy adversas, de ejercer un cargo tan relevante.

Con Alberto Fernández sucede algo inédito. Luego de la dura derrota del 12 de septiembre el poder de decisión pasó a manos de un triunvirato integrado por el flamante Jefe de Gabinete Juan Manzur, el presidente de la Cámara de Diputados Sergio Massa y el jefe del bloque de diputados del oficialismo Máximo Kirchner. En consecuencia, al menos hasta las elecciones de noviembre, el híper presidencialismo ha sido sustituido por un Poder Ejecutivo compuesto por tres personas. Tampoco puede hablarse de híper vicepresidencialismo porque Cristina Kirchner decidió, por razones electorales, recluirse en el sur para evitar un mayor desgaste de su figura. Pero hay una gran diferencia: mientras la vicepresidente dio el visto bueno a la nueva configuración del poder, Alberto Fernández no tuvo más remedio que aceptar las nuevas reglas de juego.

Hoy, Alberto Fernández es apenas un presidente formal. Conserva su puesto porque lo sostienen por conveniencia Cristina, Manzur, Massa, Máximo, los gobernadores del PJ y los barones del conurbano. Según Jorge Giacobbe, la imagen positiva del presidente no supera el 20%. En un año y medio perdió casi un 50% de imagen positiva, lo que demuestra la magnitud del desgaste sufrido desde que impuso la cuarentena el 19 de marzo del año pasado. Ello explica, a su vez, su incapacidad para impedir la intervención a la que fue sometido su gobierno en los últimos días.

El peronismo decidió esconder al presidente porque es un piantavotos. ¿Alguien puede imaginar al radicalismo escondiendo a Raúl Alfonsín, al peronismo escondiendo a Menem o a Néstor Kirchner, y a Cambiemos escondiendo a Macri? Esta anomalía es el resultado de la génesis del Frente de Todos. Cristina eligió a Alberto Fernández como candidato presidencial porque le garantizaba el apoyo del peronismo no kirchnerista. Llegó a la presidencia por decisión de Cristina y por su capacidad de negociación que hizo posible el fundamental apoyo del Frente Renovador. Alberto, por ende, siempre fue consciente del rol que debía jugar desde el principio. También fueron conscientes de ello la propia Cristina, Massa, los gobernadores del PJ y los barones del conurbano. En otras palabras: nunca lo consideraron como un presidente de verdad.

Ello quedó demostrado dramáticamente luego de confirmarse la dura derrota en las urnas. Alberto quiso hacerse el guapo y el peronismo le demostró lo devaluado que está como presidente. Hoy es una caricatura de sí mismo, alguien que se ve obligado a delegar en otros la función esencial de todo presidente: la toma de decisiones en las cuestiones cruciales. Para expresarlo crudamente: hoy Alberto “ni pincha ni corta”. El problema es que no estamos hablando de un club de fútbol sino de la Argentina.

El asesinato de Silvio Frondizi

Ha calado hondo en la sociedad una suerte de relato oficial según el cual el terrorismo de estado comenzó el 24 de marzo de 1976. Ese día las Fuerzas Armadas derrocaron de manera incruenta a la presidenta María Estela Martínez de Perón. Inmediatamente el poder quedó en manos de una Junta Militar integrada por Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti. Siguiendo las enseñanzas de los franceses en Argelia, los militares argentinos decidieron poner en práctica el terrorismo de estado para aniquilar a la subversión: secuestros, ejecuciones, vuelos de la muerte, torturas, desapariciones; todo hecho a la sombra para evitar que el mundo occidental y cristiano se enterara.

Nadie duda de la existencia del terrorismo de estado implantado por los militares a partir del 24 de marzo. Ahí está como prueba irrefutable el histórico informe “Nunca más”, cuyo autor intelectual fue nada más y nada menos que Ernesto Sábato. Pero se trata de una verdad a medias y, cuando ello sucede, estamos en presencia de una flagrante mentira. Porque el terrorismo de estado comenzó en realidad antes de aquella triste jornada, es decir en plena etapa del peronismo en el poder. Hagamos memoria. El 1 de mayo de 1974, dos meses antes de su muerte, Perón habló en la Plaza de Mayo para conmemorar el día del trabajo. Lamentablemente, nadie se acordó de los trabajadores. Apenas Perón apareció en el histórico balcón flanqueado por Isabel y López Rega, la JP comenzó a criticar duramente la presencia de ambos, a quienes acusó de ser “gorilas”. El clima se fue enrareciendo hasta que Perón explotó de furia. “Llegó la hora”, bramó, “de hacer tronar el escarmiento”.

López Rega y los matones de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) se encargaron de hacer tronar el escarmiento. Se trataba de una fuerza paraestatal que maniobra en las sombras bajo el paraguas protector del “Brujo” y del propio Perón. Era imposible que una fuerza de choque de semejante naturaleza pudiera funcionar con total impunidad sin el visto bueno del General. Fue la respuesta de Perón al atroz crimen de Rucci y al sangriento copamiento del régimen militar de Azul en enero de 1974.

Perón muere el 1 de julio y asume Isabel. En realidad, asumió López Rega, el verdadero presidente en las sombras. Y estalló la guerra abierta entre la derecha y la izquierda del peronismo. Las balas impusieron sus códigos. El 27 de septiembre un comando de la AAA asesinó nada más y nada menos que a Silvio Frondizi, un destacado intelectual marxista y hermano del ex presidente. Ayer se cumplieron exactamente 47 años. El crimen causó tanta conmoción como el de Rucci un año antes. El de Frondizi fue un crimen de lesa humanidad porque fue cometido por una banda que actuaba protegida por el estado argentino. Fue una de las tantas salvajadas que se cometieron en aquél luctuoso tiempo. Un tiempo de locura, muerte e irracionalidad.

¿Podrá revertir el gobierno el resultado de las PASO?

Es la pregunta que todos nos estamos formulando en este momento. Todo parece indicar que se trata de una misión imposible pero como se trata del peronismo conviene ser cauto.

La cuestión debe abordarse, me parece, a partir de lo que sucedió el domingo 12 de septiembre. El gobierno sufrió una amplia e impensada derrota electoral. Bastiones inexpugnables como la provincia de Buenos Aires se desmoronaron como un castillo de naipes. A nivel nacional Juntos orilló el 40%, diez puntos más que el FdT. Estos números, de repetirse en 2023, colocarían a la oposición al borde de la victoria en primera vuelta.

La primera reacción del presidente fue lamentable. “Algo habremos hecho mal”, se limitó a vociferar. Ese algo se refiere fundamentalmente a la cuestión económica ya que en estos días el gobierno lanzará un ambicioso programa monetario de ayuda a los sectores más carenciados de la sociedad. En otros términos: el gobierno imprimirá billetes a más no poder para intentar congraciarse con los sectores postergados que el 12 de septiembre le dieron la espalda. El diagnóstico del oficialismo fue finalmente blanqueado por el doctor Gollán quien aseguró que con más platita en los bolsillos millones de argentinos se hubieran olvidado del Olivosgate.

Es cierto que el bolsillo mucho tuvo que ver con la estrepitosa caída electoral sufrida por el gobierno. La incapacidad del gobierno de poner freno a la inflación fue severamente castigada en las urnas. Pero la derrota no se reduce a lo económico. La cuarentena eterna impuesta por el presidente repercutió profundamente en el espíritu y la mente de los argentinos. Para colmo, mientras todos aguardábamos el comienzo de la vacunación el periodista Horacio Verbitsky reconoció públicamente que se había vacunado por izquierda gracias a su cercanía con el entonces ministro de Salud Ginés González García. La denuncia tuvo un efecto devastador sobre el gobierno porque a partir de entonces nos enteramos de que muchos amigos del poder habían logrado vacunarse a hurtadillas. La única reacción del presidente fue despedir a Ginés y reconocer que se había tratado de un error. Para colmo, quien reemplazó al ministro, Carla Vizzotti, se negó a reconocer la existencia del vacunatorio vip cuando las evidencias eran contundentes.

Pero lo que colmó la paciencia del pueblo fue la publicación, un mes antes de las PASO, de la foto donde se lo ve al presidente y un grupo de personas celebrando en Olivos el cumpleaños de la primera dama. El hecho tuvo lugar en julio de 2020, tiempo en que nadie estaba autorizado a organizar eventos sociales de esa índole. El escándalo significó un tsunami para el gobierno. El pueblo no toleró semejante afrenta y se lo hizo pagar al gobierno en las urnas.

Evidentemente el gobierno parece no haberse percatado de la bronca que provocó a nivel popular el Olivosgate. Lo que acaba de manifestar Gollán es harto elocuente. El gobierno cree que regalando a diestra y siniestra bicicletas y electrodomésticos, y aumentando por decreto el salario mínimo y la AUH, logrará torcer el resultado de la elección. Se equivoca groseramente. El gobierno parece no darse cuenta de que con estas medidas demagógicas lo único que consigue es aumentar la bronca porque la gente se siente humillada.

Creo que la suerte del gobierno en noviembre está sellada. Sólo puede aspirar a que la diferencia con la oposición se reduzca un poco. Pero no debería causar sorpresa alguna si la diferencia se amplía. Si ello llegara a suceder cabe esperar fuertes cimbronazos en el gobierno. El columnista político Fernando González acaba de publicar en Clarín que CFK tiene pensado, luego de las elecciones, presionar para que abandonen el gobierno Guzmán, Kulfas y Béliz, todos del riñón de Alberto. Es evidente que la vicepresidenta culpará de la nueva debacle al presidente y aprovechará la derrota para asestarle el golpe definitivo. Si el pronóstico de González se cumple, a partir del lunes 15 de noviembre gobernará el cristinismo duro y puro. La pregunta que cabe formular es si el presidente soportará semejante apriete.

Cuando los montoneros le declararon la guerra a Perón

El 23 de septiembre de 1973 tuvieron lugar las elecciones que consagraron nuevamente a Juan Domingo Perón como presidente de la nación por tercera vez. El candidato del peronismo obtuvo un porcentaje de votos jamás igualado hasta hoy: 62%. El mensaje de las urnas fue clarísimo. La mayoría absoluta del pueblo consideraba al fundador del peronismo como el único dirigente que era capaz de ponerle fin al drama que se estaba viviendo en ese momento.

¿Qué sucedía en la Argentina? El 11 de marzo de ese año Héctor Cámpora había sido elegido presidente de la nación por el 50% de los votos. Se trataba de un presidente de transición, cuya única misión era preparar el escenario para el retorno definitivo de Perón al país. En otros términos: en el plan de Perón el “Tío” debía limitarse a ser presidente hasta que el propio Perón ocupara el sillón de Rivadavia, al que consideraba de su propiedad. No opinaba de esa forma la “Tendencia” del peronismo. La JP, cuya columna vertebral eran los montoneros, tenía en mente imponer en el país el “socialismo nacional” o, lo que es lo mismo, instaurar un marxismo adecuado a las particularidades propias del pueblo argentino. Ese enfoque nada tenía que ver con el pensamiento de Perón y fundamentalmente con el plan político que había ideado pacientemente en su largo exilio madrileño. El “Pocho” había bendecido en su momento a las formaciones especiales porque eran funcionales a su estrategia. Pero una vez en el poder debían resignarse a obedecer su voluntad de constituir un gobierno con la derecha peronista.

El 20 de junio Perón retornó definitivamente a la Argentina. La carnicería que se produjo ese día en Ezeiza le demostró lo difícil que le resultaría pacificar a su movimiento. Luego de aterrizar en Morón e instalarse en Gaspar Campos, Perón tomó conciencia de lo que tenían en mente los montoneros: nada más y nada menos que ejercer un co-gobierno, lo que en la práctica significaba el quiebre definitivo de su liderazgo. Rápido de reflejos el “Pocho” desplazó a Cámpora de la presidencia e instaló momentáneamente en su lugar a Raúl Lastiri, quien en ese momento ocupaba la presidencia de la Cámara de Diputados y era además el yerno del poderoso ministro José López Rega. Lastiri se dio el lujo de tocar el cielo con las manos por muy poco tiempo. El 23 de septiembre tuvieron lugar las elecciones presidenciales. El peronismo presentó la fórmula Perón-Isabel Perón y el radicalismo la fórmula Ricardo Balbín y un joven proveniente de Córdoba, Fernando de la Rúa. Además participó la fórmula Francisco Manrique y Rafael Martínez Raymonda.

La elección fue un plebiscito. El plan de Perón había dado resultado. Luego de 18 años era nuevamente presidente de la nación. Muchos creyeron que finalmente estaban dadas las condiciones para poner fin a tantos años de desencuentros y violencia. Se equivocaron groseramente. Resentidos con Perón, los montoneros rápidamente le demostraron que sí o sí debía contar con ellos en el gobierno que recién comenzaba. La forma que eligieron para hacerle llegar el mensaje fue bestial. El 25, dos días después del acto eleccionario, un grupo comando de la Orga asesinó a balazos al entonces poderoso Secretario General de la CGT, José Ignacio Rucci. Perón jamás perdonó semejante afrenta. Los montoneros literalmente le tiraron a Perón el cadáver de Rucci sobre la mesa para obligarlo a negociar. Demostraron una ignorancia supina de la personalidad del líder. Encolerizado, Perón consideró que la Orga le había declarado la guerra. Tenía toda la razón del mundo. Su reacción fue brutal. José López Rega se puso al frente de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), una organización paraestatal que fue el antecedente inmediato de los Falcon Verdes de la dictadura militar de Videla y compañía. A partir de ese fatídico día estalló la guerra entre la derecha y la izquierda del peronismo. El territorio argentino se tiñó de sangre. Fue la lógica y terrible consecuencia de un acto demencial de los montoneros provocado, en buena medida, por el egoísmo y la megalomanía de un líder impiadoso y amoral.

El desafío de Hugo Moyano

Hugo Moyano, el poderoso secretario general de la confederación General del Trabajo y líder del gremio de los camioneros, ha desafiado frontalmente a la presidenta de la nación. El miércoles pasado, justo en el día del recordatorio del fallecimiento del egregio Manuel Belgrano, el conflicto que desde hace bastante tiempo se ha desatado entre Cristina y el líder camionero pudo haber desembocado en una tragedia. Durante varias horas, gendarmes y camioneros se encontraron cara a cara en la entrada de la destilería de La Matanza, aquéllos para permitir la distribución de la nafta y éstos para impedirlo. Afortunadamente, nada serio sucedió y a las horas el paro decretado por Hugo Moyano en el programa “A Dos Voces” fue levantado. Sin embargo, el propio Moyano decretó otro paro para el próximo miércoles y una movilización a la Plaza de Mayo.

Hugo Moyano fue el símbolo de la resistencia obrera al menemismo. Mientras el resto de la clase sindical claudicaba frente a los cantos de sirena del metafísico de Anillaco, Moyano desafió al gobierno menemista y al poder económico concentrado que manejaba al riojano como un títere. Nadie puede ignorar su valentía y su capacidad de lucha. También resistió al gobierno de la Alianza y fue una de las voces que denunció el presunto pago de coimas a senadores nacionales justicialistas para la aprobación de la ley de Reforma Laboral en 2000. Luego de la debacle de De la Rúa, Moyano se alineó con Rodríguez Saá en las elecciones presidenciales de 2003. Sin embargo, la derrota del puntano no significó el eclipse político del líder camionero. Por el contrario, luego del ascenso de Néstor Kirchner al poder logró transformarse en uno de los hombres más poderosos del país. Tejió una sólida alianza con el santacruceño que se mantuvo hasta su temprana muerte. Gracias a la cercanía de Moyano con el patagónico, el gremio de los camioneros incrementó geométricamente el número de afiliados, lo que le permitió garantizarle a Kirchner el control de la calle. Quizás ese fue el motivo fundamental que explica la ausencia de manifestaciones callejeras opositoras al gobierno nacional entre 2003 y 2007. Pero con el paso del tiempo la “amistad” entre Kirchner y Moyano comenzó a enfriarse. También era un secreto a voces que su relación con Cristina era nula. Con la asunción de Cristina en 2007 todo siguió igual ya que quien ejercía el poder real era Kirchner.

El 27 de octubre de 2010 el país se conmocionó con la noticia del fallecimiento de Kirchner. A partir de entonces, nada fue igual para Moyano en su relación con el gobierno nacional. La frialdad del vínculo entre el líder camionero y la presidenta se transformó con el correr del tiempo en una virtual guerra fría. Durante meses Moyano se quejó del maltrato al que lo sometía Cristina. Fue así como su ira se fue incrementando lenta pero inexorablemente. Para colmo, en la confección de las listas del oficialismo para las elecciones de 2011 a diputados nacionales, Cristina impuso en los primeros lugares a varios jóvenes de La Cámpora, relegando a representantes del moyanismo. Al poco tiempo, Moyano rompió lanzas con el gobierno nacional en el estadio de Huracán. Mientras tanto, comenzó a ser un secreto a voces que el gobierno nacional no tenía ningún interés en que Moyano continuara siendo secretario general de la CGT luego de las elecciones del 12 de julio. El metalúrgico Caló comenzó a ser señalado como su contrincante, apadrinado obviamente por Cristina. Los antimoyanistas se nuclearon en torno a su figura y para perjudicar las chances de Moyano denunciaron una supuesta ilegalidad de la convocatoria a los comicios efectuada por el camionero. En varios programas de televisión apareció la figura de Lezcano, un símbolo de los gordos menemistas, apoyando a Caló y criticando a Moyano. Un horror, realmente.

Ni lerdo ni perezoso, Moyano dobló la apuesta y decidió demostrarle a Cristina su fuerza sindical. El miércoles pasado, Moyano fue la figura estelar del histórico programa “A Dos Voces”, conducido por Borelli, conspicuo periodista del Grupo Clarín. En un momento dado, el camionero anunció al aire la convocatoria a un paro nacional de camioneros por 72 horas y una manifestación a la Plaza de Mayo para el viernes por la tarde. La guerra había estallado entre el moyanismo y el cristinismo. Ni el más recalcitrante anticristinista hubiera imaginado que se hubiera hecho realidad el escenario soñado: una Cristina a la defensiva, acorralada por el sindicalista más poderoso de la Argentina. Al día siguiente, Moyano anunció la suspensión del paro y de la manifestación porque su gremio había acordado la paritaria con la patronal. Pero como no podía dar marcha atrás con su desafío a Cristina, anunció en la misma conferencia de prensa un nuevo paro general con movilización a la histórica plaza para este miércoles. Seguramente, la plaza se colmará de simpatizantes moyanistas y de aquellos que pretenden sacar algún rédito político, como la izquierda marxista. Al mismo tiempo, el monopolio mediático opositor presentará el acto como una gigantesca manifestación en contra de Cristina, como el principio del fin de la “dictadura de los K”.

El conflicto con Moyano no le resultará gratuito al gobierno nacional. Diezmada la oposición política, la presencia del camionero en la Plaza de Mayo puede aglutinar en torno a su figura a quienes no soportan más a Cristina. Su presencia el pasado miércoles en el programa emblemático del Grupo Clarín no puede pasar inadvertido. Bonelli estuvo a punto de tratarlo como un jefe de Estado. Consciente o inconscientemente, Moyano se ha transformado en el enemigo perfecto del cristinismo. No es casual que dirigentes opositores del macrismo y el radicalismo se hayan encolumnado detrás suyo. Dominado por el mesianismo y la egolatría, el líder cegetista parece no estar advirtiendo que el antikirchnerismo lo está utilizando como un ariete para perforar la resistencia de Cristina, pese a que continúa despreciándolo. Su enorme capacidad de convocatoria será presentada por la prensa anti K como la recreación de la formidable manifestación antiperonista que saludó enfervorizada la asunción en 1955 del general Lonardi.

Nadie duda del carácter político del acto del miércoles próximo. Será una importante manifestación contraria al gobierno nacional, inimaginable seis meses atrás cuando la presidenta fue reelecta con el 54% de los votos. Las reivindicaciones gremiales enarboladas por Moyano, cuya legitimidad es incuestionable, son tan sólo un pretexto para justificar la presencia de miles de personas que están hartas del cristinismo. ¿Se trata, entonces, de una demostración de fuerza de Moyano pensando en las elecciones cegetistas del próximo 12 de julio? Sí, obviamente. Pero, a mi entender, Moyano oculta ambiciones que exceden con creces el ámbito exclusivamente sindical. Creo que el camionero anida serias aspiraciones presidenciales para el 2015. Su acercamiento a Scioli lejos estuvo de ser casual. El grave problema que se le presenta es su altísima imagen negativa. Quizás con ello esté especulando la presidenta. Es probable que haya llegado a la conclusión que cuanto más se prolongue su duelo con el líder cegetista, mayores serán sus posibilidades de mejorar su imagen positiva, que se ha debilitado en los últimos meses a raíz de la tragedia de Once y del escándalo que sigue sacudiendo al vicepresidente Boudou. Se trata, qué duda cabe, de una arriesgada jugada política. Moyano es un hueso duro de roer y contará, mientras dure su guerra contra el gobierno, con el apoyo de todo el arco anticristinista.

En este conflicto desatado entre Cristina y Moyano se destacan cuestiones personales y cuestiones de poder. Es evidente que entre ambos no hay, como popularmente se dice, “una buena química”. Creo que Moyano no soporta ser mandado por una mujer. Creo, además, que Cristina lo subestima intelectualmente. Pero en el fondo se trata de una encarnizada lucha por el poder. Y aquí, me parece, cristina cometió un serio error de cálculo. Pareciera como si nunca hubiera imaginado un desafío de tal magnitud de Moyano. Además, lejos de aplicar el clásico principio “dividir para reinar”, Cristina hizo posible lo imposible: que Moyano sea adulado por el Grupo Clarín, la corporación gauchesca, los caceroleros, la izquierda marxista, el macrismo y el radicalismo; que Moyano uniera a una oposición diezmada, en suma.

(*) Artículo publicado en Redacción Popular el 26/6/012.

Marx y el método dialéctico

En el postfacio a la segunda edición un Marx exultante expone su método dialéctico. Su estado de ánimo está por las nubes porque “El Capital” encontró una rápida respuesta positiva en amplios sectores de la clase obrera alemana. Un fabricante de Viena, de apellido Mayer, manifestó que las supuestas clases cultas de Alemania habían perdido completamente la capacidad de teorización, la que revivió, afortunadamente, en la clase obrera. Pero la felicidad de Marx no es completa ya que la economía política continúa siendo en su país natal “una ciencia extranjera”. Apoyado en las reflexiones que von Gülich volcó en su obra “Exposición histórica del comercio, la industria, etc.”, Marx afirma rotundamente que en Alemania faltaba el adecuado contexto social, político y cultural, que permitiera el surgimiento de una economía política autóctona. En consecuencia, la intelectualidad alemana exportaba la economía política inglesa y francesa, como si se tratara de un producto elaborado. En consecuencia, los profesores alemanes que impartían clases de economía política no eran más que expositores de una realidad extraña, con lo cual no hacían más que deformar una ciencia que desconocían por completo. Para encubrir su ignorancia desplegaban un abanico de conocimientos provenientes de la historia y la literatura, actitud propia de quienes hacen de la docencia una actividad rutinaria y burocrática. Lapidario.

Marx sostiene que cuando la economía política enarbola la idea de que el capitalismo es la etapa última y definitiva de la producción social, es decir, cuando la economía política es burguesa, únicamente mantiene su rango de ciencia en la medida en que la lucha de clases se mantiene en estado latente o se exterioriza en manifestaciones aisladas. Inglaterra es un claro ejemplo. ¿Cuándo surge su economía política clásica? Emerge precisamente cuando aún no se ha desarrollado la lucha de clases. Fue el gran economista David Ricardo quien analizó en sus estudios económicos la contradicción de los intereses de clase, entre el salario percibido por el trabajador y la ganancia obtenida por el dueño de la fábrica, y entre esa ganancia y la renta de la tierra: pero Ricardo consideraba tal contradicción, erróneamente según Marx, una ley natural de la sociedad. En este punto, la economía política clásica choca contra un muro infranqueable, sufre los embates de la crítica de Sismondi. Entre 1820 y 1830, Inglaterra fue escenario de un gran florecimiento de su economía política. La teoría de Ricardo se populariza y se la confronta con la vieja escuela. Lamentablemente, esa ebullición que se produce en el ámbito científico inglés no trasciende las fronteras de la isla. Pese al carácter imparcial de tales polémicas, el pensamiento ricardiano comienza a ser utilizado como arma para atacar a la economía burguesa. Por un lado, emerge la gran industria como actor social y económico relevante; por el otro, la lucha clasista entre el capital y el trabajo fue relegada a un segundo plano por dos hechos, uno político y el otro económico: la guerra que se estaba llevando a cabo entre los gobiernos agrupados en torno a la Santa Alianza y el pueblo apoyado por la burguesía, y el duelo entre “el capital industrial y la propiedad señorial de la tierra”.

En 1830 se produce la crisis definitiva. La burguesía conquista el poder en Francia y en Inglaterra. A partir de entonces, la lucha de clases se hace más violenta, más radical. Era el fin de la ciencia económica burguesa. De cada teorema suyo sólo importaba determinar si resultaba beneficioso o perjudicial para la lucha de clases, no si era científicamente verdadero o falso. No interesaba el pensamiento científico sino el fanatismo ideológico. Dice Marx: “Los investigadores desinteresados fueron sustituidos por espadachines a sueldo y los estudios científicos imparciales dejaron el puesto a la conciencia turbia y a las perversas intenciones de la apologética”. La revolución que se produjo en el continente europeo entre 1848 y 1849 repercutió en Inglaterra. Quienes aspiraban a ser científicos de la economía y no meros servidores de los intereses de las clases dominantes, hacían denodados esfuerzos para lograr la armonía entre la economía política del capital, la ciencia económica enarbolada por los dueños de los factores de producción, y las aspiraciones proletarias, cuya existencia no podía continuar siendo ignorada. A raíz de ello, sentencia Marx, “sobreviene (…) un vacuo sincretismo, cuyo mejor exponente es John Stuart Mill”.

Marx aplica su profundo conocimiento de la historia europea para analizar lo que acontece en Alemania. También es este país el régimen de producción capitalista alcanzó la cúspide de su madurez. Sin embargo, cuando parecía que una ciencia burguesa de la economía política era posible en suelo teutón, ésta se transformó nuevamente en una misión imposible. En ese ambiente, los defensores de la economía política burguesa se dividieron en dos grupos. Aquí, se aglutinaron los seguidores de Federico Bastiat, el más genuino representante de la economía vulgar; allá, los defensores de John Stuart Mill y de su intento por “conciliar lo inconciliable”. Pero los alemanes continuaron siendo, acusa Marx, “simples aprendices, ciegos émulos y adoradores, modestos vendedores a domicilio de los mayoristas extranjeros”.

La burguesía alemana no vio con buenos ojos la aparición de “El Capital”. Al principio, trató de silenciarlo. Al fracasar esa táctica, sus portavoces comenzaron a lanzar una serie de prédicas “para apaciguar la conciencia burguesa”. Sin embargo, desde el sector obrero surgieron réplicas sagaces frente a las cuales los burgueses sólo demostraron impotencia. Para Marx, las interpretaciones contradictorias que se han hecho del método aplicado en “El Capital” demuestran que no ha sido comprendido. Las hubo a favor y en contra. Pero hay una crítica negativa que Marx transcribe porque la considera la interpretación más fidedigna de su método. En su afán por denostar el método utilizado por Marx en “El Capital”, no hizo más que exponer brillantemente su naturaleza. La crítica apareció en un artículo dedicado exclusivamente al método de “El Capital”, publicado en mayo de 1872 por el “Mensajero Europeo”. Su autor considera que el método de investigación de Marx es realista, pero que su método de exposición es, lamentablemente, “dialéctico-alemán”. A primera vista, juzga el crítico, Marx aparenta ser, teniendo en cuenta la forma externa de su exposición, el más idealista de los filósofos idealistas. Sin embargo, es el filósofo más realista de cuantos lo precedieron en el ámbito de la crítica económica. Es aquí cuando Marx decide utilizar algunos extractos de la crítica vertida por el autor porque la considera una fiel y exacta interpretación del método dialéctico.

Dice el crítico: “Lo único que a Marx le importa es descubrir la ley de los fenómenos en cuya investigación se ocupa. Pero no sólo le interesa la ley que los gobierna cuando ya han cobrado forma definitiva y guardan entre sí una determinada relación de interdependencia, tal y como puede observarse en una época dada. Le interesa además, y sobre todo, la ley que rige sus cambios, su evolución, es decir, el tránsito de una forma a otra, de uno a otro orden de interdependencia. Una vez descubierta esta ley, procede a investigar en detalle los efectos en que se manifiesta dentro de la vida social (…) Por tanto, Marx sólo se preocupa de una cosa: de demostrar mediante una concienzuda demostración científica la necesidad de determinados órdenes de relaciones sociales y de poner de manifiesto del modo más impecable posible los hechos que le sirven de punto de partida y de apoyo. Para ello, le basta simplemente con probar, a la par que la necesidad del orden presente, la necesidad de un orden nuevo hacia el que aquél tiene inevitablemente que derivar, siendo igual para estos efectos que los hombres lo crean o no, que tengan o no conciencia de ello. Marx concibe el movimiento social como un proceso histórico-natural regido por leyes que no sólo son independientes de la voluntad, la conciencia y la intención de los hombres, sino que además determinan su voluntad, conciencia e intenciones (…) Pero es, se dirá, que las leyes generales de la vida económica son siempre las mismas, ya se proyecten sobre el presente o sobre el pasado. Esto es precisamente lo que niega Marx. Para él, no existen tales leyes abstractas (…) Según su criterio, ocurre lo contrario: cada época histórica tiene sus propias leyes (…) Tan pronto como la vida supera una determinada fase de su desarrollo, saliendo de una etapa para entrar en potra, empieza a estar presidida por leyes distintas. En una palabra, la vida económica nos brinda un fenómeno análogo al que nos ofrece la evolución en otros campos de la biología (…) Los viejos economistas desconocían el carácter de las leyes económicas cuando las comparaban con las leyes de la física y la química (…) Un análisis un poco profundo de los fenómenos demuestra que los organismos sociales se distinguen unos de otros tan radicalmente como los organismos vegetales y animales (…) Más aún, al cambiar la estructura general de aquellos organismos, sus órganos concretos, las condiciones en que funcionan, etc., cambian también de raíz las leyes que los rigen. Marx niega, por ejemplo, que la ley de la población sea la misma para todos los lugares y todos los tiempos. Afirma, por el contrario, que toda época tiene su propia ley de población (…) al cambiar el desarrollo de la capacidad productiva, cambian también las relaciones sociales y las leyes que las rigen. Trazándose como mira investigar y explicar el orden económico capitalista, con este criterio, Marx se limita a formular con el máximo rigor científico la meta que toda investigación exacta de la vida económica debe proponerse (…) El valor científico de tales investigaciones estriba en el esclarecimiento de las leyes especiales que presiden el nacimiento, la existencia, el desarrollo y la muerte de un determinado organismo social y su sustitución por otro más elevado”.

He aquí magníficamente descrito por un crítico de Marx, el método dialéctico marxista. No existen para Marx leyes económicas y sociales eternas e inmutables. Por el contrario, cada etapa histórica se rige por leyes económicas y sociales específicas. De ahí que sea imposible para Marx pretender aplicar una ley económica y social determinada para el análisis de toda época histórica. La ley de la oferta y la demanda, por ejemplo, puede ser eficaz para comprender la realidad económica y social de las democracias capitalistas más desarrolladas del mundo, pero no para comprender la realidad social y económica de las tribus desparramadas por el continente africano. El método expositivo, aclara Marx, debe distinguirse formalmente del método de investigación. La investigación debe tener como objetivo el análisis de las diversas formas en que se desarrolla la materia investigada y el descubrimiento de sus conexiones internas. Luego de realizada esa labor, el investigador estará en condiciones de “exponer adecuadamente el movimiento real”. A manera de colofón, Marx destaca en qué se diferencia esencialmente su método dialéctico del método dialéctico de su maestro, Hegel: “Mi método dialéctico no sólo es fundamentalmente distinto del método de Hegel, sino que es, en todo y por todo, la antítesis de él. Para Hegel, el proceso del pensamiento, al que él convierte incluso, bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo de lo real, y esto la simple forma externa en que toma cuerpo. Para mí, lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y traspuesto a la cabeza del hombre”.

(*) Artículo publicado en Redacción Popular el 27/6/012.

La caída de Eduardo Duhalde

El 26 de junio de 2002 la estación bonaerense de Avellaneda se tiñó de sangre. Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, militantes piqueteros, fueron asesinados por miembros de la policía bonaerense, comandados por Alfredo Fanchiotti. A raíz de ese luctuoso hecho, la presidencia interina de Eduardo Duhalde se conmovió y jamás logró recuperarse.

El 20 de diciembre de 2001 cayó De la rúa en dramáticas circunstancias. Los ahorros de millones de compatriotas habían sido confiscados por el gobierno aliancista, la incertidumbre era total y una treintena de argentinos habían sido fusilados en las horas previas. El panorama era, qué duda cabe, desolador. El presidente provisional del Senado se hizo cargo del Poder Ejecutivo. Hizo lo que correspondía: convocar a una Asamblea Legislativa para que designe un nuevo presidente. Los diputados y senadores nacionales eligieron a Adolfo Rodríguez Saá, entonces gobernador de San Luis. Al asumir, manifestó que el país dejaría de pagar la deuda externa., fue ovacionado. El puntando fue elegido exclusivamente para que garantizara la convocatoria a elecciones presidenciales para marzo del año entrante. Sin embargo, luego de asumir la presidencia de la nación, puso bien en claro que pretendía quedarse en la Casa Rosada hasta cumplir el mandato de De la Rúa. Duró en la casa de gobierno lo que un suspiro. Cuando apenas llevaba una semana en el poder, parte del Parlamento fue incendiado. Rápido de reflejos, convocó a una cumbre política en Chapadmalal para negociar con los gobernadores peronistas un pacto de gobernabilidad. Al llegar a la ciudad veraniega, comprobó cuán profunda era su soledad política. Inmediatamente partió rumbo a su provincia para anunciar su renuncia a la presidencia de la nación. Como el presidente provisional del Senado también había renunciado, el presidente de la cámara de Diputados debió asumir como presidente para convocar a una nueva Asamblea Legislativas. El acuerdo celebrado entre alfonsinistas y duhaldistas permitió al hombre fuerte del peronismo bonaerense, Eduardo Duhalde, caberse cargo del Poder ejecutivo hasta la finalización del mandato de De la Rúa, es decir, hasta diciembre de 2003.

La presidencia de Duhalde fue dramática. Apenas asumió, decretó la pesificación asimétrica de la economía y la devaluación del peso respecto al dólar, anunciando el fin de la convertibilidad. Obsesionado por conformar un gobierno de unión nacional, convocó, bajo los auspicios de la Iglesia, a representantes políticos, sindicales, económicos y empresariales, para que lo ayudaran en la ciclópea tarea que tenía por delante. El egoísmo de quienes participaron frustró el plan duhaldista. Mientras tanto, los bancos se habían transformado en verdaderas fortalezas para protegerse de la ira de los damnificados por el corralito. El pueblo había dejado de confiar en los políticos, en los jueces; en todo lo que aludiera a la clase dirigente del país. Se popularizaron los escarches, metodología inventada por la agrupación HIJOPS para denunciar a los responsables del terrorismo de estado. Algunos políticos, entre ellos el ex presidente Alfonsín, tuvieron serios problemas con la ira ciudadana mientras caminaban por la calle. La incertidumbre era total. Nadie sabía a ciencia cierta qué podía llegar a suceder al día siguiente. Para colmo, EEUU no confiaba en Duhalde. Lo consideraba un político del pasado, un dirigente de la prehistoria que defendía el populismo como sistema de gobierno. Ello explica la intransigencia del FMI, implacable a la hora de “negociar” con Duhalde la imprescindible ayuda financiera. La presión fue de tal magnitud que el parlamento se vio obligado a legislar en función de los “deseos” del FMI, en un hecho inédito en nuestra historia.

Duhalde era consciente de que necesitaba imperiosamente contar con el apoyo de los gobernadores peronistas. Varis veces se reunió con ellos para celebrar acuerdos de gobernabilidad, tal como acontecía durante el siglo XIX cuando Rosas, por ejemplo, celebraba acuerdos con los caudillos de Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, para hacer frente a los desafíos provenientes de las provincias enemigas. El grado de fragmentación política era de tal magnitud que la presidencia de Duhalde podía derrumbarse en cualquier momento. Cuando parecía que había logrado encauzar la marcha del país, los asesinatos de Kosteki y Santillán lo hirieron de muerte. A partir d entonces, los tiempos políticos se aceleraron vertiginosamente. Su autoridad había quedado mellada. Sus opositores internos, con Eduardo Menem a la cabeza, comenzaron a presionarlo con extrema dureza. Le exigían un inmediato llamado a elecciones presidenciales, mientras que el FMI continuaba sometiéndolo a un maltrato por demás innecesario.

Fue entonces cuando Duhalde decidió convocar a elecciones presidenciales para abril de 2003. Su plan era entregar el poder a su sucesor el 25 de mayo y que el mismo no fuera Carlos Menem. En efecto, Duhalde estaba obsesionado con la idea de evitar como fuere el retorno del metafísico de Anillaco al poder. Debía, por ende, elegir al dirigente justicialista que estuviera dispuesto a desafiar al riojano y que contara con el visto bueno del establishment nacional e internacional. Carlos Reutemann, gobernador santafesino, era el candidato ideal. Intentó por todos los medios convencerlo para que aceptara la candidatura. De haberlo hecho, se hubiera transformado en el presidente de los argentinos a partir de mayo de 2003. Y hubiera contado con un abrumador respaldo. Pero el Lole no quiso saber nada y Duhalde se vio obligado a buscar otro delfín. José Manuel de la Sota estaba desesperado por ser presidente, pero las encuestas no lo favorecían. Fue entonces cuando Duhalde recurrió a Néstor Kirchner, gobernador de Santa Cruz. Por fin había conseguido a alguien dispuesto a competir contra Menem. Pero había un problema. Como eran varios los candidatos a presidente dentro del peronismo (también se había anotado R. Saá), la elección interna era inevitable. Consciente de que el triunfador sería Menem, Duhalde elucubró una singular estrategia para evitar la consagración del riojano: hacer que la elección presidencial no fuera otra cosa que la interna peronista. En consecuencia, Menem, Kirchner y Saá se presentaron el 27 de abril de 2003 encabezando diferentes frentes electorales, pero todos conservando su afiliación al peronismo. Menem ganó con el 24% de los votos y Kirchner salió segundo con el 22% de los votos. Como ninguno había reunido los requisitos constitucionales para ganar en primera vuelta (ese fue, precisamente, el objetivo de Duhalde: obligar al riojano a ir al balotaje). Menem era consciente (también lo era Duhalde) de que más del 60% de los argentinos no quería saber nada con su retorno al poder. Si se presentaba, hubiera sufrido una histórica y humillante derrota. En consecuencia, llamó a conferencia de prensa para anunciar su decisión de no participar en el balotaje y presentarse, de paso, como víctima de una artera de Duhalde para perjudicarlo. Finalmente, el 25 de mayo asumió Kirchner como presidente de la nación. Sólo el 22% del pueblo lo respaldaba.

A diez años de la masacre de Avellaneda, aún no fueron castigados todos los responsables. Ojalá algún día se haga justicia. A diez años de esa tragedia, es bueno recordar todo lo que sufrimos los argentinos en aquel entonces, fruto de años de gobiernos inmorales y mendaces. A diez años de esas viles ejecuciones públicas, que significaron el principio del fin de Duhalde, cabe reconocer que el bonaerense, aunque su figura merezca numerosos reproches, en aquel entonces era el único capaz de conducir un buque que se hundía irremediablemente.

(*) Artículo publicado en Redacción Popular el 28/6/021

Hernán Andrés Kruse

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Hernán de Rosario
Hernán de Rosario
18 days ago

Fe de erratas:

El artículo «La caída de Eduardo Duhalde salió publicado en Redacción Popular el 28/6/012