Popper y el anti-igualitarismo de Platón

Según Popper la teoría humanitaria de la justicia se apoya en tres principios que se contraponen con los principios propios de la concepción platónica de la justicia (“La sociedad abierta y sus enemigos”, cap. 6). Los principios popperianos son los siguientes: “a) el principio igualitario propiamente dicho, es decir, el deseo de eliminar los privilegios “naturales”, b) el principio general del individualismo y c) el principio de que la tarea y la finalidad del estado deben consistir en proteger la libertad de los ciudadanos”. Mientras que el programa platónico proclama: a) el principio del privilegio natural, b) el principio general del holismo y colectivismo y c) el principio de que la tarea y finalidad del individuo debe consistir en conservar y fortalecer la estabilidad del estado”.

Popper pasa a analizar lo que Platón pensaba del igualitarismo. Escribe: “El igualitarismo propiamente dicho exige que los ciudadanos del estado sean tratados con ecuanimidad, y que el nacimiento, los vínculos familiares o la riqueza no sean factores de influencia en aquellos que administran la ley. En otras palabras, no reconoce ningún privilegio “natural” (…) “Este principio igualitario había sido admirablemente expuesto por Pericles pocos años antes del nacimiento de Platón, en una oración conservada por Tucídides” (…) “Nuestras leyes”-expresa Pericles-“ofrecen una justicia equitativa a todos los hombres por igual, en sus querellas privadas, pero eso no significa que sean pasados por alto los derechos del mérito. Cuando un ciudadano se distingue por su valía, entonces se lo prefiere para las tareas públicas, no a manera de privilegio, sino de reconocimiento de sus virtudes, y en ningún caso constituye obstáculo la pobreza…” Se hallan expresados aquí algunos de los objetivos fundamentales del gran movimiento igualitario que, como hemos visto, no se detuvo ni aun ante la institución de la esclavitud” (…).

“Claro está que el principio platónico de la justicia es diametralmente contrario a todo eso. En efecto, Platón exigía privilegios naturales para los jefes naturales. ¿Pero cómo rebate el principio igualitario? ¿Y cómo fundamenta sus propias afirmaciones?” (…).

“Platón no tardó en descubrir que el naturalismo era un punto débil dentro de la doctrina igualitaria y aprovechó para sacarle el mayor partido posible a esta flaqueza. Decirles a los hombres que son iguales ejerce, sin duda, una fuerte atracción sobre los sentimientos; pero esta atracción es pequeña si se la compara con la producida por la propaganda que los convence de que son superiores a los demás inferiores a ellos. ¿Somos naturalmente iguales a nuestros sirvientes, a nuestros esclavos, al artesano manual que es apenas, más que una bestia?” (…) “Platón parece haber sido el primero en advertir las posibilidades de esta reacción, y en oponer el desdén, las burlas y el ridículo a las pretensiones de igualdad natural” (…).

“Más tarde, en las “Leyes”, Platón sintetiza su respuesta al igualitarismo en la siguiente forma: “El tratamiento igual de los desiguales debe engendrar la iniquidad”; y ese enunciado, a su vez, fue convertido por Aristóteles en la expresión; “Igualdad para los iguales, desigualdad para los desiguales”. Esas palabras encierran lo que podría denominarse la objeción típica al igualitarismo; objeción cuyo fondo consiste en sostener que la igualdad sería excelente siempre que los hombres fueran iguales, pero que es evidentemente impracticable dado que no lo son y dado que no hay posibilidades de que lo sean en el futuro” (…) “En resumen, podría decirse que Platón nunca subestimó la significación de la teoría igualitaria, que contaba para su defensa con el apoyo de hombres como Pericles, sino que se limitó, en la “República”, a no considerarla, atacándola sólo una que otra vez, pero nunca abiertamente”.

“¿Pero en qué forma trató de establecer su propio antiigualitarismo, su principio del privilegio natural? En la “República” sostuvo tres argumentos diferentes…El primero consiste en el sorprendente descubrimiento de que, puesto que ya han sido examinadas las otras tres virtudes del estado, la restante, esto es, la de “ocuparse cada uno de sus propios asuntos” debe ser la “justicia” (…) “El segundo argumento es más interesante, pues constituye una tentativa de demostrar que su antiigualitarismo puede deducirse de la opinión corriente de que la justicia es imparcialidad. Aquí transcribiremos el pasaje completo. Al tiempo que observa que los gobernadores de la ciudad serán también sus jueces, Sócrates dice: “¿Y no es acaso el propósito de su jurisdicción que ningún hombre tome lo que pertenece a otro o sea privado de lo que es suyo”. “Sí”, responde Glaucón, el interlocutor, “ésa debes ser su intención”. ¿Porque eso sería justo?” “Sí”. “En consecuencia, deberemos entender generalmente que la justicia es la conservación y usufructo de lo que nos pertenece”. Queda establecido entonces, que “conservar y usufructuar lo que es de uno” constituye el principio de la jurisdicción justa, de acuerdo con nuestras ideas corrientes de la justicia” (…) “La sola finalidad de ese segundo argumento es convencer al lector de que la “justicia”, en el sentido ordinario de la palabra, nos exige que conservemos nuestro propio puesto, dado que siempre debemos conservar lo que nos pertenece. Es decir, que Platón desea hacer que sus lectores extraigan la siguiente inferencia: “Es justo conservar y usufructuar lo que es de uno. Mi lugar (o mi negocio) me pertenece. Por lo tanto, es justo que yo conserve mi lugar (o usufructúe de mi negocio)” (…) “Resulta claro que la inferencia que Platón nos quiere hacer extraer no es más que un burdo juego de palabras en torno al significado del concepto “ser de uno” (en efecto, el problema consiste en saber si la justicia exige o no que todo lo que “es nuestro” en algún sentido, por ejemplo, “nuestra propia clase”, sea tratado en consecuencia, no sólo como nuestra propiedad, sino como nuestra propiedad inalienable…). Este burdo juego de palabras es el recurso por medio del cual Platón establece lo que Adam llama “un punto de combate entre su propia concepción de la Justicia y el significado corriente…de la palabra” (…).

“El tercero y último argumento esgrimido por Platón es mucho más serio. En él recurre al principio del holismo o colectivismo, relacionándolo con el principio de que la finalidad del individuo consiste en mantener la estabilidad del estado” (…) “Pero antes de pasar a esos puntos, quisiera llamar la atención sobre el “prefacio” con que Platón precede su descripción del “descubrimiento” que venimos analizando y que debe ser considerado a la luz de las observaciones efectuadas hasta ahora…El “extenso prefacio”…parece constituir una ingeniosa tentativa de preparar al lector para el “descubrimiento de la justicia”, haciéndole creer que le espera un argumento cuando, en realidad, sólo se trata de un despliegue de recursos dramáticos, ideados para debilitar sus facultades críticas” (…) “Sócrates” anuncia su intención de realizar un esfuerzo final para descubrir la justicia. “Faltan dos cosas que deberemos descubrir en la ciudad; la temperancia y, por último, aquella otra que constituye el objeto primerísimo de todas nuestras investigaciones, esto es, la justicia” (…).

“Sócrates sugiere entonces pasar por alto la temperancia; pero Glaucón protesta y Sócrates cede, diciendo que “sería deshonesto rehusarse” (…) “Una vez descubierta la intemperancia, Sócrates se pregunta: “¿Cuál será, pues, el último principio? Evidentemente, la justicia” (…) “Pues bien, mi querido Glaucón-prosigue Sócrates-nosotros, al igual que los cazadores, debemos rodear su guarida y mantener una atenta vigilancia, para no permitirle que se nos escape, pues es seguro que la justicia debe hallarse muy cerca de este punto. Convendría que te adelantaras a buscar tú mismo el lugar, y si eres el primero en verla, entonces me avisarás con un grito” (…) “Entonces eleva tus plegarias junto conmigo”-exclama Sócrates-“y sígueme”. Pero hasta el propio Sócrates encuentra que el terreno es “difícil de transitar” (…) “Pero-continúa diciendo-“debemos seguir con ella” (…) “Glaucón, y con él el ingenuo lector, replica dócilmente: “Sí, debemos proseguir”. Entonces, Sócrates le comunica a su interlocutor que “ha tenido una visión” (nosotros no) y comienza a entusiasmarse… “¡Glaucón, parece haber una pista! ¡Ahora estoy casi seguro de que el filón no se nos escapará!” (…) “A fe mía que nos hemos comportado los dos como grandes tontos. ¡Lo que buscábamos a tanta distancia lo teníamos ante nuestras propias narices todo el tiempo, sin que alcanzáramos a verlo!” Con otras muchas exclamaciones de este tipo, Sócrates continúa todavía un buen rato, hasta que Glaucón, interpretando los sentimientos del lector, lo interrumpe, preguntándole a Sócrates qué es lo que ha encontrado. Pero cuando Sócrates responde tan sólo que: “Hemos estado hablando de ello todo el tiempo, sin darnos cuenta de que en realidad no hacíamos sino descubrirlo”, Glaucón expresa la impaciencia del lector, diciéndole: “Esta introducción se torna un tanto larga; recuerda que quiero saber de qué se trata”. Y sólo entonces se decide Platón a exponer los dos “argumentos” que hemos reseñado más arriba” (…) “La última observación de Glaucón puede tomarse como un índice de que Platón era claramente consciente de lo que estaba haciendo en esta “larga introducción”. No se me ocurre ninguna otra explicación, fuera de la que sólo se trata de una tentativa -coronada con el mayor de los éxitos-de embotar las facultades críticas del lector y, mediante un dramático despliegue de artificios verbales, de desviar su atención fuera de la pobreza intelectual de esta magistral pieza literaria”.

Hernán Andrés Kruse

Share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *