Por Luis Tonelli.-

El Presidente Macri está cambiando la Argentina. Las decisiones económicas que ha tomado están desmantelando el corazón de la macroeconomía tal como venía funcionando desde la salida de la convertibilidad. Por un lado, la eliminación de las retenciones -salvo el gradualismo en la soja-, señala la finalización de la economía “duhalde-kirchnerista”. Por el otro, la salida del cepo y el arreglo con los holdouts señala el fin de la economía “moreno-kicillofista”.

La economía kirchnerista había recibido un doble estrangulamiento, similar al que le sucedió al resto de las aventuras populistas en América Latina. El fin de la bonanza de las commodities (o por lo menos la moderación de su demanda y del ascenso astronómico de sus precios) le quitó los recursos necesarios para sus políticas de redistribución se sumó en combinación letal al aumento de consumo de productos importados y la propensión marginal bien argentina de alimentar el colchón de “verdes” y sacarse selfies por el mundo. Aquí el componente crítico, como lo ha demostrado Pablo Gerchunoff es que, todo régimen que busca ser hegemónico levanta el valor del peso (así los argentinos nos creemos que somos parte del primer mundo) hasta volver insustentable la macroeconomía. Le pasó al Proceso, a Menem y a Cristina.

Pero lo interesante de todo esto es que la gente no votó un cambio de modelo económico, sino que, fundamentalmente un cambio de estilo político. La clase media se cansó de las cadenas nacionales de Cristina, del cotillón camporista, de los torvos rostros de los intendentes conurbanos. Y en los últimos meses de campaña también le empezó a decir basta a la corrupción. De allí que Cambiemos ganará con los rostros amables de la familia ahora Presidencial, imitando el Camelot de John Fitzgerald, Jackeline y John John, de María Eugenia Vidal y Gabriela Michetti.

Sin embargo, una vez en el Gobierno, Mauricio Macri decidió recurrir al expediente del decreto antes que al de la negociación parlamentaria, al del intercambio duro con los gobernadores e intendentes, antes que el de la búsqueda del consenso con las fuerzas políticas, el del veto al Congreso antes que el respeto a lo sancionado por el Congreso.

O sea, de alguna manera replica el típico estilo decisionista hiperpresidencialista para cambiar el modelo económico. Justo lo contrario a lo que pedían las encuestas electorales. Suele suceder: la gente quiere lo que sabe, pero no sabe si lo puede tener y las condiciones para tener lo que quiere. Horas antes de la megadevaluación duhaldista el “uno a uno” seguía teniendo un apoyo mayoritario a pesar de que había estado en la base de la caída de varios presidentes.

El título del artículo de Joaquín Morales Solá en La Nación del domingo expresa esto de modo elocuente: “A todo o nada”. Maximalismos que suenan parecidos a otros tales como “Vamos por todo”, y que están muy lejos de las políticas de consenso y muy cerca de las políticas de convicción (para parafrasear a Margareth Thatcher, quien se definía como “a conviction politician”).

El Presidente apuesta a dar las señales contundentes de sus convicciones pro mercado dado que sabe que el único modo de que su programa económico sea exitoso es que vengan las inversiones necesarias. Tiene que tensar la cuerda social y evitar que se corte, ya que el estallido social puede ser letal para la gobernabilidad y la estabilidad política. Al menos hasta que el crecimiento vuelva al país.

O, es Macri o es el regreso del populismo, o quién sabe. Lo cual paradójicamente, es justo una señal contradictoria a la búsqueda de la confianza de los inversores. El Gobierno exterioriza su “commitment” con las reformas y coloca como su alternativa a Cristina Fernández. ¿Pero quién va a invertir con miras al largo plazo si la oposición que puede ser gobierno es justo el regreso del populismo?. Si la apuesta de Macri es a “todo o nada”, quiere decir que la “nada” es todavía una posibilidad. ¿Qué inversor externo puede apoyar esa cruzada poniendo en juego su capital?

Las inversiones suculentas están entonces “wait and see”, cosa que no se comparece con las urgencias que demanda la prometida vuelta al crecimiento en el segundo semestre del año. Pero está el dinero que el Gobierno puede pedir prestado para invertir en obra pública (y aquí necesita mucha más gestión microeconómica en el gasto público que el que viene demostrando). Y por el otro lado, el mundo comienza a dar algunas señales tibias, pero positivas al fín. Entre estas resulta imperiosa la recuperación de Brasil, porque la succión de su caída compromete y mucho a la Argentina.

La del Presidente Macri es una jugada solitaria. Sin sustento político consolidado. Sin establecer acuerdos de gobernabilidad. Sin consensuar políticas de Estado. Una apuesta enorme que depende finalmente de que la economía mejore. Todo lo demás, el marketing político, los procesos a los corruptos, la relación con los medios, los cambios en la gestión etc. son accesorios.

El del Presidente Macri es, así, un verdadero salto sin red. (7 Miradas, editada por Luis Pico Estrada)

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