¿Vamos por todo?

Cristina Elisabet Fernández en 2012, con la proclama “Vamos por todo”, apretó el acelerador hacia el 7D con el que pensaba liquidar los medios críticos en los que englobaba a todo lo que se le opusiera.

Había ganado las elecciones. No pensaba reconocer razones ajenas hasta la próxima contienda electoral previa reducción a cero de la oposición.

Una multitud, reunida en ese día del izamiento de la Bandera, fue la testigo de ese susurro que, más fuerte que un grito de guerra, marcó la “profundización K” y el hartazgo de la que luego fue mayoría. ¿Es hoy pertinente la pregunta?

La democracia, en esa comprensión perinola de “tomo todo”, se reduce a una elección después de otra. En esa doctrina, entre elecciones, el que ganó gobierna y “la otra mitad”, seguramente dividida en cuartos, perdió y debe callarse y sus razones no importan.

“Y que si no junten votos para desplazar al ahora vencedor” esa expresión desafiante, respetando los votos, es autoritaria: no me importan tus razones.

Las maneras no importan, quien sostiene esa doctrina, por definición, es autoritario.

Lo cierto es que la democracia no es tal si no incorpora la voz de todos. Y si no concierta las grandes decisiones buscando incrementar el grado de consenso -que es lo único que garantiza una marcha de largo aliento- se reduce a un vuelo corto.

Concertar, acordar, consensuar es esencial para la productividad de la democracia, que es mucho más que elegir y que de ninguna manera implica el habito desgraciado de imponer lo estructural por la simple y ocasional mayoría.

El rumbo, el largo plazo, las decisiones estructurales cualquiera sean, siempre exigen concertar con las minorías que -en democracia- son tan efímeras como las mayorías. ¿Es tan difícil de entender?

Desde 1983 cuando renacimos a la democracia escuchamos muchas veces asignarle a la “democracia a secas” las virtudes que sólo el consenso puede generar. Por ejemplo “con la democracia se come, se cura, se educa”.

En rigor, la democracia se fortalece cuando los pueblos ejercen en plenitud los derechos al trabajo, a la educación y a la salud.

Pero garantizar el goce de esos bienes públicos supone no sólo el proceso electoral y las formas republicanas, sino acciones y programas públicos de largo aliento, es decir, una suerte de proyecto generacional.

Esos programas para ser formulados, de modo que prevalezcan el tiempo necesario, requieren del consenso ampliamente mayoritario, y eso -inevitablemente- exige acordar, concertar con “los otros”.

Una democracia concertada procura el programa de largo plazo que es la herramienta necesaria, no suficiente, para superar los problemas estructurales.

Mauricio Macri, que no ganó por mucho, fue la opción de muchos, muchísimos, que no lo votaron desde un principio y que sí lo hicieron en la segunda vuelta. Lo hicieron primero por el riesgo de la confirmación del “vamos por todo K” y también porque él convocaba a “pobreza cero, combatir el narcotráfico y unir al país”.

Veníamos de un gobierno elegido por la mayoría que negaba la pobreza, escondía la realidad del narcotráfico y al compás del “vamos por todo”, generando la “grieta”, desunía al país como nunca después de 1983.

Esas tres banderas de Macri fueron y son compartidas también por la mayoría de los que estuvieron en todas las marchas de marzo y de abril, hayan sido oficialistas u opositoras.

Y en todas esas marchas hubo minorías que están dispuestas a perseguir a los que no los siguen (partidarios de la grieta) y a culpar a los otros de los niveles de pobreza y de los horrores del narcotráfico (culpar es más fácil que solucionar).

La grieta se está ampliando, el objetivo de unir se ha alejado. Todo parece indicar que la acción contra el narcotráfico ha avanzado, aunque es insuficiente. Todo indica que -como mínimo- la pobreza se ha estancado y todo lo que se estanca, si es malo, empeora.

La condición necesaria del consenso, del acuerdo, de la concertación, es una soldadura de unión de los continentes en los que nos divide la grieta.

¿Qué está pasando? Mauricio Macri, en alta voz y lleno de entusiasmo, después de la multitudinaria y espontánea manifestación del 1A, declaró “las diferencias… las dirimimos en las elecciones de octubre”.

Lo alimentó la multitud y también el éxito del despeje de la Panamericana y 197, y también el deshilachamiento de la huelga docente. Alimentado, enfría la soldadora y deja que la grieta se consolide.

Es un cálculo electoral. Pero responde a la desgraciada confusión de que la democracia es un proceso electoral permanente. Y que la función del que gobierna (y de los que se oponen) es destruir a la oposición (o al oficialismo) dejando de lado la única realidad que es que, sin resolver el drama de esos bienes (trabajo, salud, educación) responsabilidad de las políticas públicas, la democracia se torna improductiva.

Macri y sus asesores de imagen, después de los éxitos, han decidido imponer la grieta eligiendo como única “oposición” a CFK. Abrir la grieta. Y cuando la grieta se abre, de cada lado de la misma, avanzar es caminar hacia el precipicio.

La grieta genera un vacío de ideas, vacío por el que el país se desbarranca.

El hombre de estado, no sólo fortalece la democracia con el acuerdo, sino que construye la mejor oposición posible haciéndola parte de las decisiones colectivas.

Detrás del significado de esa afirmación presidencial (junten votos para sacarnos) bien pude estar una suerte de “vamos por todo” y la decisión de “dialogar” sin concertar. Maquillaje.

El PRO ganó la calle cruzando por la cebra y respetando los semáforos. Para Mauricio y sus ojos, cerebro y boca, fue como la espinaca de Popeye, y ahora nos muestran, como el marinero, la musculatura en forma.

Los que salieron a las calles el 1A lo hicieron por las mismas razones que le dieron el triunfo a María Eugenia Vidal. Los mismos personajes (los mismos) a los que Vidal derrotó en las urnas (prepotencia, barrabravismo, poder narco, corrupción) coparon las manifestaciones opositoras.

Y el hartazgo, de volver a verlos protagonistas, impulsó a muchos para recordarles que habían sido castigados en las urnas.

“La victoria no da derechos” es la doctrina que sentó Mariano Varela (1869) después del triunfo: ese es el corazón de la doctrina argentina de las relaciones internacionales y debería ser la esencia de la cultura pos electoral de nuestra democracia.

Una democracia de gobierno con todos y para todos o, en buen romance, consensuar el Bien Común.

Los últimos gestos de Macri y sus hombres, están vinculados a las amenazas descarriadas de, por ejemplo, Hebe de Bonafini, Pablo Micheli u Omar Viviani, que lo han sacado de la lógica presidencial y del compromiso por la “unión de los argentinos”. Una táctica electoral para profundizar la grieta y un camino de confrontación por el que es sencillo ir y difícil volver porque no tiene en cuenta la realidad del vehículo que ellos conducen y en el que estamos adentro.

Antes de la desafortunada convocatoria al pugilato electoral Macri desconoció el significado de un paro general que fue exitoso.

El Presidente, antes del paro del Jueves 6, calculo que el mismo representaría una pérdida de valor agregado del orden de los 15 mil millones de pesos. La pérdida de un día de labor son cifras extraordinarias de riqueza venteada sin poder ser aprovechada.

Lo paradójico es que la “pérdida de valor agregado” es la razón de este paro. Es cierto que el paro puede haber representado esa pérdida de valor agregado. Pero se realiza para llamar la atención sobre la pérdida de valor agregado que representa el desempleo involuntario más desocupados parciales, más los que han dejado de buscar trabajo, más aquellos que carecen de las posibilidades de ejercer un trabajo productivo. La razón del paro es la macro economía que no repara esa pérdida. Y la amenaza de la profundización de la misma.

Podemos estimar, sin exactitud y con el mismo método, que la pérdida de valor que representan la larga recesión o el profundo estancamiento o como lo queramos llamar, nos reporta una pérdida de valor agregado en el año de 500.000 millones de pesos.

Si un día de paro cuesta 15 mil millones, la tasa de paro descontado el paro friccional, subempleo, deserción de la búsqueda de trabajo y deterioro de la capacidad laboral por todas las razones que ya sabemos, representa más de 30 veces más. No es exacto. Ni lo uno ni lo otro.

Pero ambos cálculos representan el despilfarro de recursos, la pérdida de producto potencial que representa fuerza de trabajo no aplicada a la generación de valor y la gigantesca capacidad ociosa del capital disponible.

El desencuentro entre el gobierno y la CGT es que la CGT paró para llamar la atención sobre la pérdida social que representa una economía operando por debajo de su potencial y la amenaza que implica el creciente compromiso de esta gestión, en acuerdos de libre comercio más rebajas de aranceles, con un tipo de cambio que se revalúa constantemente mientras la política demoledora de tasas de interés orienta los recursos hacia la bicicleta financiera.

El Presidente con razón denuncia la pérdida de valor que la estimó en 15 mil millones y la CGT señala que esa pérdida de valor debió inferirla para llamar la atención al gobierno sobre una gestión económica, primero la heredada y después la puesta en marcha por este gobierno, que no ha logrado reducir la mecánica de la pérdida de valor (estancamiento) o que le ha inferido una pérdida mayor (caída del PBI) y que de hecho no logra la ampliación de la capacidad potencial excepto en las actividades primarias.

El gobierno se agravia del paro porque entiende que “ya estamos saliendo” y la CGT lo lleva a cabo, primero, porque “la salida” no se siente (lo que es innegable) y segundo, porque no cree que las medidas instrumentadas a la fecha vayan a dar un resultado que no se sienta ni se vea.

El aire de familia, de algunas medidas en vigor con políticas que han generado, en su momento y de manera reiterada, enormes costos sociales, hace legítima la reacción preventiva si no se han logrado resultados. Y lo que es peor, si no se ha procurado exponer un programa que permita alentar esperanzas en materia de realización, inmediata o en breve, del producto potencial; y mucho menos generar expectativas sobre la expansión del producto potencial derivada del incremento en la tasa de inversión.

En este punto aparece un tema que hay que comprender para entender la lógica del paro decidido por la CGT. Primero nadie cree que el paro constituya una herramienta que solucione problemas. El paro es una herramienta que pone en blanco y negro el papel del movimiento obrero organizado en las definiciones de la política económica que implica una democracia de consenso. Pasemos a inventariar instrumentos y objetivos.

Las convenciones colectivas tienen como misión acordar el sistema de trabajo y la remuneración de los trabajadores de un sector determinado. En procesos inflacionarios, las paritarias se han convertido en mecanismos de recuperación del poder de compra erosionado en el proceso inflacionario; y en procesos de cambio tecnológico o productivo, en mecanismos de adaptación de las condiciones de trabajo. Las convenciones son un instrumento fundamental pero limitado al ámbito sectorial.

La estrategia “a la holandesa” incorporada por el gobierno en los últimos días, para sectores sensibles, es una herramienta de mucho valor en la que el Estado aporta instrumentos destinados a apoyar la transformación de los sectores con una visión hacia delante. Es decir mejoras en la productividad, procura de mantenimiento de las fuentes de trabajo basadas en la inversión y las expectativas de fortalecer la competitividad sectorial a los efectos de ganar participación de mercado en el orden interno y en el orden internacional. Es una excelente estrategia gubernamental que tiene, como ha quedado claro, el apoyo sindical sectorial.

Se puede avanzar en la solución de las convenciones colectivas, se puede avanzar en los “acuerdos a la holandesa” y sin embargo -ésta es la tercera vinculación CGT, Estado, empresarios- como consecuencia de la situación macroeconómica o como alerta sobre la determinación de una estrategia de mediano o largo plazo, el movimiento obrero, la CGT, puede percibir ausencia de resultados o riesgos de mediano o largo plazo en el rumbo general.

Y es allí -en ese territorio de “lo Común a todos”- en el que la CGT entiende que no se ha establecido un canal de acuerdo, suficientemente denso, como para que la voz de los trabajadores, y la de los empresarios -y porque no de los sectores sociales y políticos- sea escuchada con la finalidad de tener un rumbo común.

El gobierno que ha sido muy proactivo en las relaciones con los dirigentes sindicales, que los ha incorporado a participar de una manera mucho más horizontal que lo que ocurría en tiempos del Kirchnerismo o del Menemismo, sin embargo, en los trazados estructurales de la política prescinde del debate con el sector obrero y -por lo que aparece- también con el sector empresario y la oposición.

Eso equivale a pretender trazar un rumbo de largo plazo sin consenso. Y ese rumbo es, por definición, efímero.

El paro y los reclamos de la CGT -que implican pérdida- lo son por la pérdida gigante de valor agregado que se deriva de la falta de aplicación de fuerza de trabajo por razones de desempleo aquí y ahora -en todas sus formas-; y por el rumbo -por otra parte poco explicito- que sugiere que se pretende andar un camino cuyo destino no es el de recuperar el pleno empleo. Capacidad ociosa. Un pecado.

Téngase claro que el objetivo de pleno empleo y la asociada mejora en la distribución del ingreso, inevitablemente requiere de más inversión y de más inversión reproductiva. Y la inversión -en el sistema social en el que estamos- cuanto más transformadora es, más incentivos requiere y más horizonte demanda, en la decisión de los empresarios que la encaran.

La CGT paró -y es una pena que no se comprenda- para discutir el rumbo de largo plazo porque son muchos años que venimos perdiendo año tras año 500.000 millones de pesos de valor agregado. Los 15 mil de este paro fueron un problema para señalar el verdadero problema que son los 500 mil que se repiten año tras año.

Ha habido convenciones colectivas, ha habido acuerdos a la holandesa y sin embargo hay paro que responde a la necesidad de los trabajadores, como la de los empresarios, de participar en serio en la definición del rumbo.

El kirchnerismo, por supuesto, despreció la opinión sindical y la empresaria, en el diseño de la política económica. Y así nos fue.

La herencia gigantesca y negativa, de una economía que dispuso de las oportunidades más generosas en más de un siglo, fue producto de una mezcla explosiva de ignorancia y soberbia. No cabe duda.

La ignorancia más grave es la de prescindir de la información y de la información anticipada que la pueden proveer los protagonistas en el terreno, por ejemplo, sindicalistas y empresarios. No basta con recibirlos. Se trata de escuchar y aprehender. Los K no hicieron ni lo uno ni lo otro. Los PRO oyen y ven, pero no escuchan ni miran.

La soberbia pasa por subestimar la realidad y sobrestimar las fortalezas propias. De eso el kirchnerismo fue y es Academia. “Tenemos menos pobres que Alemania y lo arreglamos con alambre”.

Los PRO subestiman el peso de sus propias estadísticas veraces y se niegan a escuchar las voces de alerta. Piensan que las voces subidas lo son para asustar y sin embargo esas voces gritan miedo al futuro.

Como sabemos los riesgos fatales del pensamiento de grupo pasan por la creencia de superioridad, la lucha por la homogeneidad y por la pasión por demostrar, en lugar de la pasión por comprender. Un paro es para ayudar a comprender.

El silencio de un paro es información, alerta y preocupación. Un servicio. No hay largo plazo sin consenso. No es bueno, ni por un segundo, parecerse a “vamos por todo”.

Carlos Leyba

2 comments for “¿Vamos por todo?

  1. VULCANO
    11/04/2017 at 7:29 PM

    La doctrina desarrollada en la nota se corporiza en la inmunda conducta de los megachorros KK. Hoy, el grotesco Zannini, lejos de inmutarse por los epítetos de “chorro”, “corrupto” y algunos otros al ingresar a comprar almendras en un negocio de Río Gallegos (ciudad aguantadero), siguió caminando y enfrentando a los que lo insultaban. Evidentemente, jamás les entrarán balas.

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