Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, que a través del tiempo se ha caracterizado por la falta de respeto a la ley, en todos los ámbitos, nos cuesta mucho, no obstante los esfuerzos de algunos por imponer una meta en ese sentido: llegar a un buen puerto. Hay como una especie de desafío a no respetar las normas que se imponen para que la sociedad sea, finalmente, un conjunto de ciudadanos armónicamente ensamblados para vivir como corresponde. Esa especie de atropello a la razonabilidad, solapada y silenciosamente, se fue incrustando como un hierro punzante en la piel de una sociedad que no pudo, no supo o no quiso advertir a tiempo lo que le estaba pasando. Apenas si algún dirigente, allá lejos y hace tiempo, intentó plantar la semilla de la ética, la moral como sustento y el respeto irrestricto a la ley dictada por organismos competentes. El resto, se dividió en una caterva de malandras a los que nada les preocupó el allanarse a los dictados del buen andar en la política, tanto como en la sociedad civil, en gran mayoría. La falta de castigos ejemplares, con una Justicia debilucha, con lentitud en los procesos, falta de independencia, puerta giratoria y otras deficiencias históricas marcaron una especie de vale todo que propulsó, casi quirúrgicamente una manía por corromper el orden público.
En una especie de cobijo crónico, dirigentes políticos y sociales se han anotado, desde antaño, en ir preparando esa especie de rémora social que subyace; y está presente cada renovación de gobierno. Era casi una obviedad que en el transcurso de los acontecimientos, y porque además fueron impuestos bajo una matriz contra natura, las consecuencias no serían otras que las que están apareciendo en la política doméstica; junto a las conocidas de reciente data, aunque de distinto sello. La historia de ese entramado, encargado de los manejos del Estado, tiene una contaminación que parece rebelde; difícil de dominar.
El reciente affaire del caso Adorni, junto a otros de trascendencia pública imposibles de disimular, no obstante los esfuerzos que en tal sentido se han hecho, sumado al rango institucional y constitucional de Jefe de Gabinete lo han puesto en un sitial donde el evento lo catapultó a un cimbronazo de imprevisibles derivaciones. La supuesta e investigada causa de “posible enriquecimiento ilícito y falsificación de documentos públicos e inconsistencias en su patrimonio”, junto a la “eterna” demora en presentar a la Justicia sus DD.JJ. de bienes lo han colocado, tanto a él como al gobierno, en una situación sumamente delicada: povocando una de esas crisis palaciegas, donde el tratar de justificar y aclarar termina oscureciendo más todo el contexto.
Cuando finalmente “decidió”, dar a conocer la tan mentada DD.JJ., en un medio televisivo, lo hizo de tal manera que dejó más incertidumbre que certezas. Una avalancha de propios y extraños se sumaron para dar, como cierto, que sus manifestaciones, en el reportaje de marras, han adolecido de muchas inconsistencias. Un detalle, no menor, es la confesión que gran parte de su patrimonio lo obtuvo “en negro”. Frase letal que mutila toda seriedad en el comportamiento que, como ciudadano y luego como dirigente de semejante envergadura, debe ostentar hacia el cuerpo social. Ni el amparo en la inocencia fiscal, y otras argucias, ni la justificación que “lo negro” se hizo siguiendo parámetros de malos gobiernos que obstruían la posibilidad de manejarse por derecha (en blanco), justifican procederes. Todo siembra para mal y da por tierra sobre la credibilidad del hombre común frente al actuar del dirigente y de los gobiernos que lo precedieron. Desde los bitcoin, casi milagrosos, hasta otras cifras casi inverosímiles para una gran mayoría, lo dejan en la consideración popular en maltrecha situación. Frente a esto la Vice Presidenta lo mira con malos ojos, lo que poco le cuesta. La Jefe de bancada en Senadores de igual modo, aunque buscando suavizar; pero he aquí que su (y nuestro Presidente), lo sigue, como en el principio de este bochorno, sosteniendo a como dé lugar. Ante esto, cabe preguntarse, como se expresa en el título de la nota: ”Para cuándo la seriedad”. El que espera, desespera, según el dicho. Las aguas bajan turbias en el centro neurálgico de la República rumbo a un espacio aún más fangoso. La oposición, un clásico ya, prepara lanzas para atacar.
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