Por Jorge Raventos.-

La principal prioridad estratégica de la Argentina contemporánea es su reinserción internacional. El país lleva décadas perdiendo posiciones relativas en la economía mundial, alejándose de los principales flujos de inversión, innovación y comercio.

El poder de las naciones depende cada vez más de la capacidad para integrarse a redes de cooperación, comercio, financiamiento y conocimiento. El aislamiento, cualquiera sea el discurso ideológico que lo justifique, conduce a la irrelevancia. La participación activa en esas redes, en cambio, multiplica capacidades y genera oportunidades de desarrollo.

El sistema mundial atraviesa una transición de enorme magnitud. Durante décadas predominó un orden internacional organizado alrededor de la hegemonía norteamericana surgida tras el fin de la Guerra Fría. Ese ciclo ha concluido. No porque Estados Unidos haya dejado de ser la principal potencia del mundo, sino porque ya no ejerce un predominio incontrastable.

China se ha consolidado como un actor económico, tecnológico y geopolítico de primer orden que se prepara para ocupar la cabecera de la mesa en la próxima década y que, ya en la actualidad, dialoga de igual a igual con Estados Unidos, convertidas ambas naciones en un poderoso G2 que representa, sumado, el 44 por ciento del PBI mundial.

La reciente reunión entre Donald Trump y Xi Jinping, en Beijing, fue un paso importante de la reconfiguración más amplia del sistema global que está en marcha. En ese contexto, India emerge como una potencia demográfica y productiva. Diversos países del sudeste asiático, del Golfo Pérsico y de otras regiones incrementan su gravitación. Estamos ingresando en una etapa caracterizada por una compleja distribución del poder cuyo vértice es el directorio de dos miembros que se encontró en la capital china y volverá a reunirse en la Casa Blanca en septiembre. El poderoso motor de ese proceso es la revolución tecnológica de la digitalización y la inteligencia artificial, que induce la creciente integración de la economía global.

No parece probable que China reemplace a Estados Unidos a la cabeza de mundo del mismo modo en que Estados Unidos reemplazó al Reino Unido en el siglo XX. Lo que se está configurando es un sistema más flexible, más competitivo y al mismo tiempo más interdependiente.

La relación entre Washington y Beijing adquiere particular relevancia. Durante años numerosos analistas vienen interpretando el vínculo entre ambas potencias exclusivamente en términos de confrontación. Sin embargo, la realidad resulta más matizada. Estados Unidos y China compiten intensamente en múltiples terrenos, pero también están obligados a cooperar. Sus economías permanecen profundamente vinculadas. La estabilidad financiera internacional depende en gran medida de esa relación. Los grandes desafíos globales requieren mayores grados de entendimiento entre ambos.

Por eso resulta llamativo observar cómo ciertos sectores siguen leyendo la realidad internacional con categorías simplificadas. Plantean la necesidad de alineamientos excluyentes, como si el país estuviera obligado a demonizar a China como complemento indispensable de una buena relación con Washington. Esa mirada no se corresponde con la conducta de las propias potencias.

Donald Trump y Xi Jinping mantienen una relación que combina competencia estratégica con negociación permanente. Son adversarios en determinados campos, socios en otros y administradores conjuntos de una relación cuya estabilidad resulta indispensable para el funcionamiento del sistema global.

La Argentina no tiene ningún motivo para colocarse voluntariamente en una posición más extrema que la de los propios protagonistas de esa relación. Su interés nacional consiste en desarrollar vínculos constructivos con ambos polos de poder, preservando al mismo tiempo su pertenencia histórica a Occidente. Desde esta perspectiva debe analizarse la política exterior de Javier Milei.

Es evidente que el presidente construyó una relación particularmente estrecha con Donald Trump y con sectores influyentes del establishment republicano norteamericano. Esa vinculación tuvo consecuencias concretas. La influencia de Washington ha inducido las renovaciones de financiamiento del Fondo Monetario Internacional y, en 2025, cuando la Argentina atravesó momentos de fuerte tensión financiera, el respaldo político de Washington y, especialmente, la intervención decisiva del secretario del Tesoro Scott Bessent constituyeron factores fundamentales para estabilizar la situación. Ese apoyo permitió evitar un agravamiento de la crisis, reforzó la confianza de los mercados y contribuyó a sostener la gobernabilidad en un momento delicado. Los libertarios triunfaron en la elección legislativa de medio término.

Sería ingenuo desconocer la importancia de ese respaldo. También sería injusto minimizarlo. En política internacional los vínculos personales y políticos importan. Los liderazgos generan oportunidades que pueden resultar decisivas en circunstancias críticas.

Pero toda ventaja estratégica contiene potencialmente riesgos. El principal riesgo consistiría en confundir una relación privilegiada con una dependencia excluyente. La Argentina necesita aprovechar los beneficios derivados de su cercanía con Washington sin cerrar simultáneamente otras puertas.

China continúa siendo uno de los principales socios comerciales del país. Es un comprador decisivo para sectores exportadores estratégicos. Constituye además una fuente potencial de inversiones e infraestructura. Pretender ignorar esa realidad por razones ideológicas equivaldría a sacrificar intereses nacionales concretos.

La política exterior eficaz exige pragmatismo. Los países exitosos no organizan su inserción internacional alrededor de simpatías o antipatías personales. Lo hacen alrededor de intereses permanentes.

La respuesta pasa por construir asociaciones virtuosas que permitan incrementar exportaciones, atraer inversiones, incorporar tecnología y participar activamente en los procesos de transformación productiva.

Ese desafío internacional encuentra su correlato en la evolución del sistema político argentino.

La presidencia de Milei es, en buena medida, una consecuencia de la crisis de representación que afecta a las fuerzas políticas tradicionales. El ascenso libertario expresa el agotamiento de estructuras que durante años no pudieron ofrecer respuestas satisfactorias a una sociedad cada vez más frustrada con el estancamiento económico.

Por eso, el protagonismo de que hoy disfruta Milei no puede asignarse sólo a logros económicos alcanzados durante sus dos primeros años de gobierno, sino, en buena medida a la fragmentación de sus adversarios, que se manifiesta en ausencia de proyectos y liderazgos alternativos.

La dispersión del peronismo, las dificultades del radicalismo para redefinir su identidad y la crisis prolongada del PRO generaron un escenario favorable para la consolidación del liderazgo presidencial.

Milei ha demostrado una notable capacidad para aprovechar esa situación. Su estilo decisionista, su disposición al conflicto y su habilidad para imponer la agenda pública le permitieron construir mayorías circunstanciales y cooptar aliados ocasionales.

Pero existe una diferencia importante entre acumular apoyos coyunturales y construir una base estable de sustentación política.

El gobierno no ha logrado estructurar una coalición amplia, y duradera. Buena parte de su poder continúa dependiendo de la centralidad personal del presidente y de la debilidad relativa de las demás fuerzas.

No obstante, más allá de las limitaciones del oficialismo, se observan cambios significativos del conjunto del sistema político.

Comienza a consolidarse un desplazamiento general hacia posiciones de realismo económico que algunos caracterizan como de centro o centro derecha. No se trata necesariamente de una adhesión al ideario libertario. Se trata más bien de la emergencia embrionaria de ciertos consensos básicos que hace algunos años resultaban mucho más controvertidos.

El pasado 1° de mayo en Parque Norte más de mil dirigentes peronistas de distintos puntos del país debatieron ideas para el futuro del movimiento. El documento surgido de esa reunión asumió algunas de las demandas que hoy aparecen asociadas al discurso oficialista. En lugar de cuestionar principios como el equilibrio fiscal o la necesidad de promover inversiones, los organizadores buscaron incorporarlos a una visión propia del desarrollo económico y social.

El documento que emitieron sostiene que el equilibrio fiscal constituye una condición necesaria para alcanzar un crecimiento estable, aunque advierte que resulta insuficiente si no se complementa con un equilibrio social capaz de mejorar salarios y distribución de ingresos. También plantea que no es posible distribuir riqueza que previamente no haya sido generada y señala que la ineficiencia del gasto público constituye una fuente de desigualdad tan silenciosa como persistente.

En esa misma línea, propone una alianza estratégica con los sectores productivos exportadores para incrementar el ingreso de divisas y habla de reglas claras y estables para la inversión, de seguridad jurídica y de la necesidad de priorizar el uso de recursos públicos escasos en políticas capaces de generar progreso y desarrollo.

Al mismo tiempo, reivindica la tradición histórica del movimiento al sostener que la verdadera libertad sólo puede construirse sobre una base de justicia social e igualdad de oportunidades.

En ese contexto de debate y renovación emergen también figuras como la del senador nacional y ex gobernador de San Juan, Sergio Uñac, quien manifestó públicamente su decisión de competir por la candidatura presidencial justicialista. Considera que la condena judicial que dejó fuera de competencia electoral a Cristina Fernández de Kirchner obliga al peronismo a debatir una nueva conducción. Es una manera de dar por terminada una etapa.

Para Uñac, el desafío consiste en avanzar hacia una confrontación de proyectos e ideas. El dirigente sanjuanino imagina una eventual competencia interna con Kicillof; parece una nueva confrontación el interior del país y la provincia de Buenos Aires, aunque Uñac resiste esa interpretación: “No es una cosa contra la otra”, señala, insistiendo en la necesidad de integrar ambas realidades dentro de una propuesta común.

Sería injusto negar la influencia que ha tenido Milei en la formación de ese nuevo clima de ideas. Durante años esos temas permanecieron subordinados o directamente excluidos de amplios sectores del debate público. La insistencia presidencial contribuyó a legitimar posiciones que encontraban dificultades para expresarse políticamente.

En ese sentido, Milei puede reivindicar una victoria cultural. Su prédica abrió espacios para la manifestación de tendencias que permanecían contenidas. Esa percepción produjo efectos políticos y económicos concretos.

Paradójicamente, el surgimiento de estos consensos podría terminar generando desafíos para el propio oficialismo.

Si el conjunto del sistema político converge gradualmente hacia ciertos principios económicos y de inserción internacional, la singularidad ideológica del mileísmo podría reducirse. Lo que apareció como una ventaja diferencial de los libertarios podría transformarse en patrimonio compartido por un espectro político más amplio.

Desde el punto de vista de la construcción de una hegemonía partidaria libertaria, podría representar una amenaza. En cambio, desde el punto de vista de la gobernabilidad, y la generación de confianza ese proceso sería beneficioso para el país. Porque confianza es lo que requiere la inversión.

El gobierno hace todos los deberes que le piden los mercados, desregula sectores y ofrece ventajas a través de sistemas como el RIGi o ahora el Super RIGI, pero no consigue seducir a la inversión extranjera. Argentina no logró ingresar al Top 25 global principal en las ediciones de 2025 ni de 2026 del Índice Kearney de Confianza de Inversión Extranjera; decayó al índice destinado a Mercados Emergentes, donde en 2025 consiguió un noveno lugar, pero en 2026 bajó al puesto 10.

Según los últimos datos de la OCDE, Argentina recibió 3.134 millones de dólares netos por Inversión Extranjera Directa (IED) durante el año pasado, quince veces menos que Brasil. Esta cifra representó el nivel más bajo y el peor desempeño interanual (-73,1%) entre las principales economías de América Latina.

Sin duda el secreto de esa morosa inversión externa en un país que exhibe relaciones externas y clara predisposición política a favorecerlas, que cuenta con inmensos recursos naturales y está lejos de los principales escenarios bélicos, hay que encontrarlo en otro punto: la desconfianza política por la falta de una amplia base del sistema político que dé garantías de sustentabilidad en el tiempo de una conducta realista a los cautelosos inversores potenciales.

De ahí la trascendencia de una política que busque consolidar coincidencias sobre lineamientos básicos, más allá del núcleo puro y duro de la estructura libertaria. La estrecha relación entre Milei y Trump ha proporcionado ventajas significativas. Pero también introduce un elemento de vulnerabilidad potencial.

Cuando una estrategia internacional depende en gran medida de un liderazgo específico, queda inevitablemente expuesta a los cambios políticos de ese país. Las elecciones de medio término en Estados Unidos constituyen por ello un acontecimiento relevante para la Argentina.

Una derrota importante del Partido Republicano podría reducir la capacidad de Trump para impulsar determinadas iniciativas, disminuir la influencia de algunos de sus colaboradores más cercanos y alterar el contexto político en el que se desarrolla la relación bilateral. Más importante aún: obligaría a la Argentina a demostrar que su inserción internacional posee fundamentos más sólidos que una afinidad personal entre dirigentes.

Los países construyen políticas de Estado cuando logran trascender las coyunturas electorales y las relaciones individuales. La verdadera fortaleza estratégica consiste en mantener vínculos productivos con gobiernos de distinto signo, con instituciones permanentes y con actores económicos relevantes.

La Argentina necesita precisamente eso. Necesita una política de inserción internacional atenta a los cambios que están en marcha y que sobreviva a los cambios de administración tanto en Buenos Aires como en Washington.

En definitiva, el gran desafío nacional consiste en comprender la naturaleza del mundo que está emergiendo. En ese escenario no hay lugar para nostalgias autárquicas ni para alineamientos dogmáticos. Tampoco para repliegues ideológicos que ignoren las transformaciones globales.

La Argentina dispone de recursos naturales, capacidades humanas y oportunidades geopolíticas que muchos países desearían poseer. Pero esos activos sólo adquirirán valor estratégico si el país logra integrarse inteligentemente a los grandes circuitos internacionales de producción, inversión, tecnología y comercio.

La cuestión consiste en actuar con suficiente inteligencia política para aprovechar las oportunidades que ofrece una nueva configuración del poder mundial.

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