Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, no podemos dejar de sorprendernos. Las razones van de las más intrascendentes, hasta aquellas que ocupan la atención de un modo especial. Para bien o para mal. En cada una de ellas nos va, muchas veces, paciencia, por soportarlas; hasta las que por nuestra desidia y falta de interés, las dejamos pasar como si tal cosa. Esa situación nos lleva a tener que preguntarnos, si el tema de la responsabilidad se activa, porqué vivimos en un especie de mundo paralelo al de tanta gente que vive pensando en el día mejor. En el saber que si nos preocupamos por ello, los beneficios serán nada difíciles de aprovechar. En los malos y los buenos subyacen parámetros de valoración que llevan a caminos muy distantes, unos de otros. La cuestión cultural tiene, es una obviedad, un papel fundamental es esto. Quien acepta un micromundo facilista, desinteresado por las consecuencias; y quien valora sus condiciones de pensamiento a sabiendas que tiene por delante un futuro, cuyo resultado dependerá de todo lo ponga para conseguir un objetivo.

Nada es ajeno, en esto, lo que cada uno proyecta para su destino. Tanta gente está desmotivada. En la juventud se da un fenómeno, sobre todo en los últimos tiempos. Tanto que las estadísticas de los que quieren emigrar han subido de modo notorio. Nada los conforma en su Patria, que no es poco decir. Se suben a una aventura cuyos resultados no siempre brillan; todo lo contrario. Su tierra ha dejado de tener atractivo. Su historia, familia, amigos, entorno, apenas si tiene algún dejo de nostalgia. Esa aventura que se emprende apenas si vale la pena; sobre todo si la preparación personal, estudio, profesión, es de muy escaso valor. En esta secuencia, la política de los últimos tiempos, décadas diríamos, ha tenido un valor trascendente. El emigrar lastima. Rompe vínculos. La calidad del trabajo lejano, de escasa calidad, apenas si sirve para decantar el fracaso por la huida, hacia destinos, a veces, desconocidos. En ese entorno, muchos no comprenden que el problema viaja con ellos. Y superarlos, no es tarea fácil.

En estos días, el Mundial de Fútbol, nos trajo por miles experiencias en lo descripto. Una muchedumbre de “exiliados” aprovecharon el momento para acoplarse a tantos a amigos o desconocidos del mismo origen (esto poco importó), el hecho fue saber que en ese accidental encuentro renacían viejas nostalgias. Recuerdos que acortó distancias. Una motivación, un resultado, una euforia compleja, extraña, reavivó apenas en algo, la lejanía de viejos afectos. Un grito furibundo de gol, el abrazo con ese “casi nadie” (desconocido casi siempre); apenas si por segundos sepultó viejas añoranzas, apenas si rasgar viejas telarañas que el recuerdo tiñe, tantas veces de oscuridad. Todo en la búsqueda, por segundos, de un algo en común: pero tan distante de viejos amores, de íntimos afectos, de inmensas lejanías , de amores fumigados por el desapego. Ya poco importó, en esto el “Club anti Messi”. ¿Nueva grieta nacional? Creado de instancias de un grupo, contaminados políticamente, que intenta sacrificar al jugador estrella del mundo porque tuvo la osadía de vincularse a los EEUU, Trump y otras derivaciones. ¡Cuánto cuesta en ello separar la ignorancia del raciocinio! El fanatismo y la ideología del pensamiento justo sobre el comportamiento humano. De la crítica alejada de visiones patológicas, que confunden todo en un pensamiento crítico, alejado de toda posibilidad de respeto por las acciones ajenas. Dicho esto, como se expresa en el título: ¿“Tanto nos cuesta tener un ídolo”? Pero de verdad; no esos endebles, soberbios, mal ejemplo, que supimos conseguir.

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