Por Luis Alejandro Rizzi.-

SOBRE LA EMPATIA Y LA JUSTICIA SOCIAL. La “empatía” no es sólo un sentimiento de identificación con el otro, sino asimismo una condición del “nosismo”, de la concepción del “yo” como un “nosotros”.

No es, como dio a entender el presidente Milei, fundamento para resolver los problemas privados de terceros mediante la intervención del Estado.

Menos aún se entiende lo que dijo en Madrid en la Universidad CEU San Pablo: “Si la caridad es a punta de pistola, como la hace el Estado, eso no es caridad, eso es robo disfrazado de altruismo. Hay una frase hermosa que dice: ¿Desde cuándo la envidia dejó de ser un pecado capital para convertirse en una virtud? Porque, en el fondo, la justicia social no es ni más ni menos que envidia más retórica”.

Es evidente la pobreza intelectual de Milei, que ignora que la caridad es una virtud y considera el concepto de “justicia social” como una expresión retórica o eufemista.

Es obvio que ni el Estado ni los gobiernos tienen atribuciones para resolver las cuestiones privadas de la gente o sus conflictos.

Pero sí es función del estado promover racionalmente el bien común y resolver problemas cuando se generalizan.

No quiero caer en el facilismo de la cuantificación, pero cuando la cantidad de conflictos supera un promedio de normalidad, se genera una cuestión que afecta el bien común.

En el caso de la morosidad, cuando alcanza a más del 10% de la población, que pueden ser muchos más si consideramos el núcleo básico familiar, deja de ser una cuestión privada para convertirse en una “cuestión social”.

Desde ya, no es un tema de caridad ni empatía personal, sino de gobierno.

Obviamente no es fácil la solución, ya que ese conflicto debe ponderarse desde una perspectiva cultural que nos proporcione principios para pensar, criterio para decidir y orientación para la acción.

La doctrina liberal tiene principios de justicia social, uno de ellos expuesto por John Rawls cuando se refiere a las desventajas sociales admisibles, siempre que no afecten a los menos aventajados.

Es posible que la solución implique el uso de recursos públicos, el establecimiento de moratorias, incluso emisiones de deuda, todo dependerá de la naturaleza del endeudamiento y la causa de la morosidad.

Un porcentaje importante de la morosidad sería de “microcréditos”, montos de entre 150 mil y 200 mil pesos, y otro menor el de los créditos impagos por sumas mayores.

Asimismo, habría que distinguir entre los deudores con empleo formal e informal, incluyendo en esta categoría a los “monotributistas”.

Quiero aclarar que es inadmisible el argumento “algorítmico” que usaría el crédito para medir la capacidad de intención de pago del deudor, usando la tasa de interés como una suerte de test, más baja para el cumplidor, más alta para el moroso.

Estos serían casos “privados”, y el acreedor deberá asumir el costo del riesgo de conceder crédito a gente sin capacidad de pago, -la doctrina de los propios actos- que generalmente se trata de gente que necesita.

El Banco Central debería regular el sistema de microcréditos, estableciendo límites a la tasa de interés y a las cuotas de pago en relación al ingreso declarado y comprobado.

Las entidades financieras deberían ser obligadas a destinar un porcentaje de sus ganancias a este tipo de créditos con montos tope, a valores actuales de 250 mil pesos.

La misma política se puede aplicar a las billeteras virtuales o “fintech”.

Otro medio serio, en este caso sería legítimo, una suerte de “RIGI” financiero para el segmento de dinero destinado a microcréditos.

Esto sería una propuesta para instrumentar el principio de justicia social en el mercado financiero.

En cambio, el gobierno tuvo una prioridad equivocada, la ingeniería armada con el dinero del Fondo de Sustentabilidad de Anses, para conceder hasta un máximo de 20 mil créditos para adquirir la primera vivienda. No advirtió que la cosa está en los seis millones de morosos.

****

EL REVÉS DE LA TRAMA DE LA OPOSICIÓN. Es cierto que la oposición aparece muy dispersa, y en ese hecho se reforzaría la idea de que debe haber PASO.

“Es el único medio que tenemos para organizarnos y saber qué piensa la gente sobre octubre ‘27. Es un comentario que se atribuye a varios opositores “racionales”.

Parte de una base, Milei tiene un “encaje” de votos del 25%, es mucho, pero hay otro 75% que está a la deriva y oscila entre el “jamás votaré a Milei y jamás votaré a Kicillof”.

Sin embargo, esta alternativa nihilista tiene un fondo muy delgado, entre los dos sólo quedaría Milei.

El rompecabezas, me contaba ayer a la mañana en un bar del centro un dirigente gremial, en un “off de record”, es encontrar “el tercer hombre”. Me aclaró, entre Milei y Kicillof, lo voto al chiquitito, pero me niego a aceptar esa polarización.

Respecto a los “outsiders,” otro amigo del fútbol lo descalificaba a Jorge Brito. “No pudo armar un equipo de fútbol, y con Stefano Di Carlo hoy están más cerca del descenso que del campeonato, y no se puede negar que gastaron dinero, “hicieron populismo futbolero”, te los imaginás en el gobierno… Macri en Boca ganó todo y se le abrió el camino, era un triunfador… Esa es la diferencia”.

Entonces…, pregunté

Hay que esperar, la clave está en la paciencia social, lo decía; Kissinger en su último libro “Lideres”.

Según cuentan algunos, Cristina estaría empezando a sentir el peso de la prisión, eso políticamente la debilita.

La oposición tiene también su dosis de cinismo, necesitamos que Milei termine el trabajo sucio, Kicillof estaría diciendo que en ese sentido no hay retroceso posible y descalifican a Quintela, “sentimos vergüenza ajena”.

El peronismo también se debate en el dilema de Gramsci, lo viejo no muere y lo bueno no sabe cómo nacer.

Es la Argentina desvertebrada.

Share