Por Claudio Valdez.-
El Siglo XXI sorprendió con continuadas insensateces en el mundo y en nuestra patria Argentina. Siempre se dijo que la historia debería ser “maestra de la vida”, confirmándose por experiencia que nunca resulto así y que entonces continúan la pobreza, la guerra, la hipocresía de los politiqueros y el oportunismo de “los mercados” (comerciales, crediticios y financieros).
Disfrazándose los abusos de siempre, hoy se mencionan “las exportadoras” (antaño acopiadoras) “las bolsas de comercio” (habituales corporaciones de bandidos económicos) “los países centrales” (eufemismo para señalar voluntades imperiales). Queda entonces delineado un mundo de dominadores y dominados.
Son precisamente los dominados quienes con exagerado criterio pragmático pretenden acoplarse a alguna de las creídas evoluciones imperantes, se trate de regímenes políticos, sistemas económicos, organizaciones tecnológicas novedosas y costumbres culturales extrañas.
La Argentina atravesó por ciclos revolucionarios, conservadores, sometimiento comercial, crediticio, financiero y de dependencia cultural con orientaciones ideológicas dispares, siendo sus resultados decepcionantes. Responder al porqué del despropósito de una comunidad desorganizada exige entender la idiosincrasia de su gente: pueblo, nación y Estado son componentes de la no deseada tragedia.
La suerte de los países y sus habitantes siempre depende de sus estadistas. Lograrlos no es cuestión de autoproclamadas candidaturas ni de sus propagandistas proyectos. Una valiosa propuesta enuncia: “Primero la Patria, luego el Movimiento y por último los hombres”, sin descuidar que esos hombres claman por bien común y justicia.
José Hernández (1879) supo pensar en ellos y lo dejó impreso en sus versos: “Es el pobre en su orfandá/ De la fortuna el desecho/ Porque naides toma a pechos/ El defender a su raza./ Debe el gaucho tener casa,/ Escuela, iglesia y derechos.” (Martín Fierro. Verso 7144).
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