Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, la posibilidad de que alguna cosa se realice pasa primero por una especie de vasos comunicantes lo que se ha trasformado en una constante. Todo es como establecido en un mismo nivel. Nada parece destacarse por encima de esa modalidad. Cada proyecto, cada iniciativa ingresa en un estancamiento por el que nadie parece ocuparse en ponerlo en funcionamiento para elevarlo de nivel. Todo intento de sobresalir, por infinidad de factores, se queda a mitad de camino. Si alguna vez hubo intentos por ese algo distinto, que sobresaliera del modo común, siempre hubo un algo que torpedeara la iniciativa. En lo individual sí los hubo en un carril de sobresalir; pero en el aspecto colectivo es que una variable de candado se opuso para conseguir un resultado positivo.

Hubo sectores, muy amplios la mayoría de las veces, que fallaron en el intento porque los niveles de conducción institucional no fueron capaces de ordenarlos. Porque no se entendió el mensaje que venía de la sociedad o bien, y es lo más certero, no se supo interpretar el sentir de la comunidad. Como de costumbre pareció parte de una modorra crónica. Esa manera de declive se patentiza en cuestiones que tienen su estancamiento en lo cultural, lo económico e institucional haciendo que la búsqueda hacia lo fáctico no sea más que una seguidilla de fracasos. Una sensación de planicie, con una cruel sensación de monotonía, hacen pensar que nada tiene el volumen necesario para sobresalir y encontrar un atajo que nos lleve a mejorar nuestros niveles de comportamiento social, de mentalidad superadora del conjunto.

Lo dicho tiene su mayor expresión en el tempranero comienzo de la campaña electoral, rumbo al 27. La oposición, con preeminencia del mundo K y aliados, ha encontrado un terreno fértil para desarrollarse con determinados desaciertos del gobierno de turno. Nada parece convencer a esas fuerzas. Con una potenciada amnesia han echado al olvido las reprobables conductas de todo tipo. Desde la mala gestión hasta la más escandalosa corruptela han situado al país en un nivel de decadencia pocas veces vista. Una lenta, muchas veces, actuación de la justicia les ha dado tiempo para seguir jugando opciones que en tiempos de celeridad justiciera de ningún modo se advertirían. Esta situación les ha permitido camuflarse entre los supuestos mejores que aspiran a cargos en el futuro próximo. Y van a la pelea con tan desparpajo y desfachatez que asusta. Hay un entramado de “vale todo”. No hay filtro. Todo se permite cobijado bajo el manto de olvido de propios y extraños. Cuando vemos aparecer un caso puntual de un funcionario que vuelve a la cárcel y de una fiscal que es restituida en el cargo (Caso Urribarri/Goyeneche) parece estar frente a una cuestión ficcional.

Dicho eso, el tema Malvinas, de tanto en tanto, vuelve a los portales. Hace muchos años (55, al menos) una profesora de Historia supo decir “mis tataranietos seguirán diciendo-Las Malvinas son argentinas-“; para afirmar luego que eso sería como imposible. Y el tiempo siguió dándole la razón. Como en tantas cosas el país parece trabado en hechos que deberían ser trascendentes. La guerra fallida, la diplomacia por el mismo camino. Por eso, frente al encendido discurso de esta semana de Presiente Milei planteando con firmeza las acciones futuras con relación al tema tanto oposición como una parte del periodismo salieron con los tapones de punta para bajar el tono al asunto. Sin dar crédito a las posibles gestiones sobre el particular. Por eso, como se dice en el título, da la impresión que “¿Todo es para nunca?” Una eterna desvalorización y frustración de asuntos fundamentales para la nación.

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