El insuperable exitismo futbolero de los argentinos

Lionel Scaloni se hizo cargo de la selección luego del fracaso del Mundial celebrado en Rusia. En aquel momento todos lo miramos con desconfianza ya que carecía de todo antecedente válido que legitimara la decisión de Tapia. Con el correr del tiempo se fue ganando la confianza del periodismo deportivo y de la gente en base a triunfos y más triunfos del equipo albiceleste. El momento culminante fue la Copa América celebrada en territorio brasileño el año pasado. El histórico triunfo obtenido en el Maracaná ante el dueño de casa por la mínima diferencia cortó una racha adversa de casi tres décadas en materia de obtención de campeonatos. La última vez que un capitán del equipo nacional levantó una copa fue Oscar Ruggeri en 1993, cuando la selección conducida por Alfio Basile obtuvo por segunda vez consecutiva la Copa América.

En el mítico estadio de Río de Janeiro el fabuloso Lionel Messi pudo por fin levantar una copa, celebrar un título que se le había negado en reiteradas oportunidades. Les demostró a todos que amaba la camiseta celeste y blanca, que no era, en definitiva, una estrella del Barcelona que jugaba en la selección por compromiso. Fue entonces cuando el equipo de Scaloni pasó a ser la Scaloneta. A partir de entonces todos comenzamos a rendirle pleitesía al equipo nacional, a su entrenador y a su máxima estrella. Los periodistas deportivos compitieron entre sí por demostrar quién era más adulador de Scaloni, Messi y compañía.

Los sucesivos triunfos obtenidos por el equipo en los meses previos al mundial de Qatar no hicieron más que alimentar la ilusión tantas veces postergada. En efecto, las actuaciones de la selección eran tan convincentes que todos coincidimos en afirmar que la Copa del Mundo a celebrarse en suelo árabe estaba al alcance de la mano. El exitismo, típico del hincha argentino, había alcanzado la altura del monte Everest. Ninguna selección estaba en condiciones de arruinarnos la fiesta, salvo el rival de siempre: el Brasil de Neymar.

Cuando tuvo lugar el sorteo todos festejamos. Nos había tocado una zona sin rivales exigentes, como Arabia Saudita, Méjico y Polonia. De Arabia Saudita no sabíamos nada pero todos pensamos lo mismo: ¡que resistencia podía ofrecernos semejante equipo! México fue siempre un rival complicado en varios mundiales, como los celebrados en Alemania (2006) y en Sudáfrica (2010). Pero en los últimos tiempos su nivel de juego decayó notablemente y su entrenador, el conocido Gerardo Tata Martino, estaba siendo duramente cuestionado por la prensa y, fundamentalmente, por históricas figuras del fútbol azteca. Con respecto a Polonia, hace rato que dejó de ser un equipo de temer, como lo fue en el mundial celebrado en Alemania (1974). Sólo la estrella del temible goleador Robert Lewandowski podía comprometer en parte al equipo nacional.

Fue así como todos dimos por hecho la clasificación del equipo a octavos. En realidad, todos dimos por hecho el arribo del equipo a la final y la segura consagración. Los miles de argentinos que viajaron a Qatar estaban seguros de que Argentina era campeón antes de empezar a jugar. Lo mismo cabe acotar sobre los periodistas deportivos que viajaron para cubrir el magno evento deportivo. Hasta que llegó el momento que todos estábamos esperando. El martes 22 a las 7 de la mañana (hora argentina) dio comienzo el partido entre Argentina y Arabia Saudita. A los pocos minutos de haber comenzado el juego el árbitro, a instancias del VAR, sancionó penal a favor del equipo nacional. Messi convirtió sin problemas. En ese momento todos creímos que el partido había finalizado. Era imposible que Arabia Saudita estuviera en condiciones de revertir el resultado. En ese primer tiempo el VAR anuló tres goles más del equipo nacional porque sus protagonistas (Messi y Lautaro Martínez en dos oportunidades) estaban en posición adelantada. Nadie protestó demasiado porque, reitero, todos estábamos convencidos de que la suerte del equipo árabe estaba sellada desde el momento en que Messi convirtió el penal.

En el segundo tiempo pasó lo increíble. En pocos minutos Arabia Saudita dio vuelta el marcador con dos golazos, especialmente el segundo. Argentina sintió el impacto, tanto dentro de la cancha como en las plateas del majestuoso estadio. Nadie lo podía creer. Pese a que faltaba más de media hora de partido, todos comenzamos a temer lo peor porque el equipo se quedó sin reacción. Los sauditas se abroquelaron en defensa y al equipo nacional le resultó muy complicado superar esa barrera humana. Cuando el árbitro dio por terminado el partido todo fue desilusión, tristeza, incredulidad. La euforia desmedida que reinaba cuando ambos equipos ingresaron al campo de juego se había hecho trizas.

Arabia Saudita nos acababa de dar una lección deportiva. Nos hizo ver que dentro del campo de juego son once contra once y que, por más que en el equipo nacional juegue Messi, los partidos hay que jugarlos. Nos hizo ver que, en el fútbol de hoy, nadie gana con la camiseta. Nos hizo ver que no se debe subestimar a ningún equipo, por más endeble que parezca en los papeles.

Casi como por arte de magia, la inesperada derrota de la selección colocó a Scaloni y a los jugadores en el centro de las críticas de todos. Los hinchas no ocultaron su frustración y los periodistas deportivos, los mismos que les dijeron amén al técnico y al equipo durante la exitosa racha de 36 partidos sin derrotas, comenzaron a dudar de la capacidad de Scaloni y a criticar la actitud del equipo luego del segundo gol de los sauditas y, fundamentalmente, el supuesto mal estado físico de los jugadores. Casi como por arte de magia nuevamente se habló del club de amigos de Messi y de los errores cometidos por el técnico al diagramar el partido.

El equipo sintió el golpe. El rostro desencajado de Messi no hizo más que ponerlo en evidencia. Ahora no queda más remedio que vencer a México este sábado. La selección puede hacerlo tranquilamente ya que es superior al equipo azteca. Pero debe demostrarlo en el campo de juego. Como se expresa coloquialmente “en la cancha se ven los pingos”. Todos coinciden, tanto argentinos como mexicanos, que el que pierde se va del mundial. Es fácil imaginar cómo reaccionaremos los argentinos si el equipo de Martino obtiene el triunfo. La depresión popular alcanzará magnitudes históricas y los periodistas deportivos se ensañarán con el cuerpo técnico y los jugadores. Si obtiene el triunfo volveremos a hablar de la Scaloneta y del seguro triunfo ante Polonia. Porque en materia de exitismo futbolero, los argentinos somos insuperables.

Anexo

El Informador Público en el recuerdo

La visita de Obama

29/03/2016

Para Washington todo volvió a la “normalidad”. La Argentina, de la mano de Mauricio Macri, retomó el ejemplo de Carlos Saúl Menem. Pasaron casi veinte años de la última visita de un presidente de Estados Unidos al país. En 1997 el demócrata Bill Clinton estuvo en el país para reafirmar la “amistad” entre ambas naciones y destacar las cualidades excepcionales del presidente argentino. En ese entonces el riojano era el presidente mimado de los Estados Unidos. La aplicación de una política económica ortodoxa y el alineamiento con los Estados Unidos y Europa fueron valorados por la élite económica y política mundial, que elevó a Menem a la categoría de líder planetario. La Argentina formaba parte del mundo según el imaginario de Washington. Después la Argentina descarriló. La hecatombe de diciembre de 2001 hizo posible el retorno del país al “populismo”. Con el kirchnerismo en el poder la Argentina sepultó las relaciones carnales y apostó por el multilateralismo internacional, lo que en la práctica significó un alejamiento de Estados Unidos y un acercamiento a la Venezuela de Hugo Chávez, al Ecuador de Rafael Correa y la Bolivia de Evo Morales. Durante los próximos doce años y medio la Argentina actuó al margen de la influencia norteamericana: el corte del cordón umbilical que mantenía unido al país con el FMI y la Cumbre de las Américas de 2005 fueron los hechos más contundentes en este sentido. Estados Unidos reaccionó como se preveía: condenó a la Argentina a la irrelevancia internacional. George Bush (h.) y su sucesor, Barack Obama, ignoraron al matrimonio Kirchner, a tal punto que Obama, por ejemplo, jamás invitó a Cristina a que visitara oficialmente la Casa Blanca. Pero el 22 de noviembre de 2015 se produjo un hecho muy importante, no sólo para la Argentina sino para los Estados Unidos y Latinoamérica: Mauricio Macri le ganó a Daniel Scioli y se transformó en el nuevo presidente de todos los argentinos. Durante la campaña electoral el candidato de Cambiemos había anunciado que en caso de llegar a la presidencia sepultaría la política exterior del kirchnerismo. Y cumplió. El primer gesto del flamante presidente fue la designación en la Cancillería de Susana Malcorra, una conocida funcionaria de las Naciones Unidas que comulga con la ideología macrista. El segundo gesto de Macri fue su visita a la paradisíaca Davos donde se reunió con la élite financiera mundial y algunas figuras políticas como el vicepresidente norteamericano Joe Biden, el primer ministro inglés James Cameron y el premier israelí benjamín Netanyahu. Desde un principio, al igual que Carlos Menem un cuarto de siglo atrás, Macri se comprometió a “reinsertar” al país en el mundo.

Ahora bien, el logro de ese objetivo lejos está de ser gratuito. Luego de doce años y medio de “rebeldía” la Argentina no podía pretender volver a formar parte del exclusivo club del primer mundo sin pagar algún costo, sin ofrecer a Estados Unidos unas cuantas pruebas de amor. Lo primero que se le exigió a Macri fue el arreglo con los fondos buitre. A ese arreglo la república imperial le puso plazo: el 14 de abril. De ahí la desesperación de Macri por lograr la aprobación parlamentaria del acuerdo. Al principio el panorama se le presentaba bastante complicado ya que Cambiemos no había logrado obtener la mayoría ni en Diputados ni en Senadores. Dependía, pues, del peronismo para aprobar el crucial acuerdo. Luego de varias negociaciones y de verse obligado a modificar el texto original, finalmente el gobierno nacional logró que fuera aprobado holgadamente en el recinto de la cámara de Diputados. Contó para ello con el aporte invalorable del peronismo renovador y del bloque de ex kirchneristas que, liderados por Diego Bossio, se escindió del anterior oficialismo. Presionados por los gobernadores, algunos de ellos muy ligados al kirchnerismo como Rosana Bertone (Tierra del fuego) y Lucía Corpacci (Catamarca), los diputados representantes de los pueblos de esas provincias agacharon la cabeza y votaron a favor del acuerdo con los holdouts. La extorsión de Macri-acuerdo con los buitres o hecatombe económica-había dado sus frutos. El próximo 30 de marzo está prevista la sesión en el Senado y todo indica que el acuerdo será aprobado pese a que el kirchnerismo es dueño de la Cámara. Algunos senadores que fueron electos por el kirchnerismo, como el santafesino Omar Perotti, han anunciado que votarán afirmativamente.

La segura aprobación del acuerdo con los buitres es la prueba de amor que necesitaba Estados Unidos para bendecir a Mauricio Macri. A partir del próximo miércoles se le abrirán a la Argentina las puertas de los mercados internacionales, requisito fundamental, según Macri, para hacer crecer y desarrollar al país a través de la creación de puestos de trabajo. “Endeudarse” es el verbo mágico del gobierno nacional, su único plan de gobierno. Sin ayuda externa Macri se quedaría sin los dólares que necesita para poner en marcha la maquinaria del país. Así como Aldo Ferrer lanzó el “vivir con lo nuestro”, Macri lanzó, emulando a Menem, el “vivir de prestado”. La pregunta que cabe formular ahora es la siguiente: ¿qué seguridad hay que luego de la aprobación parlamentaria del acuerdo con los buitres llegarán al país las inversiones prometidas? Porque Macri siempre creyó, al menos así lo puso en evidencia durante la campaña electoral, que su sola presencia en la Casa Rosada provocaría casi automáticamente el desembarco en la Argentina de un ejército de inversores foráneos. Hasta ahora, se trató de una ilusión. Ni un miserable dólar vino al país, a pesar de todas las medidas que adoptó Macri en beneficio del poder económico concentrado. Teniendo en cuenta la experiencia menemista no sería de extrañar que cuando el presidente y los gobernadores pidan prestado a la banca internacional o pretendan colocar deuda en los mercados, se encuentren con una desagradable sorpresa: el acuerdo con los holdouts, si bien fue un paso fundamental, es tan sólo el primer paso. Pretender que haya abundante crédito a bajas tasas de interés requerirá de la Argentina no una sino varias pruebas de amor. Cuando llegue el momento justo los prestamistas aparecerán con su clásico listado de exigencias que incluye la vuelta al Fondo Monetario Internacional como inclemente auditor de nuestra economía. Ahí entrará en escena Christine Lagarde quien le dirá a Prat-Gay que la baja de la tasa de interés sólo será posible si el gobierno cumple con estas exigencias: severo plan de ajuste (tanto a nivel nacional como provincial), libertad total al comercio con otras naciones (eliminación de la protección aduanera, en otras palabras), eliminación de todos los controles sobre los capitales especulativos, flexibilización laboral absoluta, despidos a granel; imperio absoluto del mercado, en suma. Para que los dólares ingresen a la Argentina el gobierno de Macri no tendrá más remedio que poner en práctica un duro e inflexible programa económico ortodoxo. Adiós, por ende, al gradualismo defendido por el propio presidente y por su ministro de Finanzas, Alfonso Prat Gay. En ese momento será la hora de los halcones como José Luis Espert, Miguel Ángel Broda y Carlos Melconián. Será la hora del sometimiento a los organismos multilaterales de crédito y del endeudamiento masivo del país. Consciente o inconscientemente, Macri condicionará el futuro de las nuevas generaciones de argentinos.

La visita de Obama se inscribe dentro de este contexto. Su amabilidad y cortesía lejos estuvieron de ser gratuitas. Palmeó a Macri como en su momento Bush padre, Clinton y Bush hijo palmearon a Menem y de La Rúa. La historia vuelve a repetirse. Macri está dispuesto a sacrificar a las futuras generaciones de argentinos para congraciarse con el FMI, paso fundamental para tener relaciones cordiales con Estados Unidos. Después vendrán otras exigencias, como el alineamiento a la política exterior norteamericana, lo que significa en la práctica el alineamiento contra el Estado Islámico. Con la asunción de Macri la Argentina volvió a ser funcional a los intereses geoestratégicos de la república imperial, más aún dada la delicada situación por la que está atravesando Brasil, el país más relevante de Sudamérica. Con la asunción de Macri el país volvió a endeudarse. Por lo menos si la plata que nos dan fuera utilizada para mejorar la calidad de vida de los argentinos, el endeudamiento sería tolerable. Pero todos sabemos cuál será el destino de esos fondos: el pago de los intereses de la deuda. Igual que en los noventa.

Pero eso a Obama lo tiene sin cuidado. Es un problema de los argentinos. Mientras tanto, fue recibido con honores por el presidente argentino y las banderas de ambas naciones flamearon juntas en la Plaza de Mayo. Ambos mandatarios dieron juntos una conferencia de prensa donde Macri destacó el liderazgo de Obama a nivel internacional (vaya novedad) y donde Obama rememoró a Borges y Cortázar. Luego dialogó con jóvenes emprendedores y se tomó su tiempo para visitar las bellezas de Bariloche. A Macri se lo vio exultante. Su mirada lo decía todo. Probablemente esté convencido de lo que está haciendo, crea sinceramente que el endeudamiento externo y la pleitesía a Estados Unidos constituyen la única manera de garantizar el desarrollo económico y el mejoramiento de la calidad de vida de los argentinos. La historia ha demostrado que Estados Unidos sólo piensa en sus propios intereses y que si le sonríe a un país emergente como el nuestro es para sacarle el mayor provecho posible. Estamos hablando de la república imperial y el respeto a los otros países no forma parte de su diccionario, salvo que le demuestren fortaleza, como Rusia y China.

Néstor Kirchner fue consciente de todo esto. Por eso decidió sepultar las relaciones carnales. Estaba convencido de que la Argentina jamás podría salir del atolladero en que se encontraba si continuaba atada a los designios del FMI. De ahí su estrategia del canje de deuda. Al patagónico en ningún momento se le cruzó por  la cabeza la idea de desafiar el liderazgo de Estados Unidos. Lo único que pretendió fue, nada más y nada menos, terminar de una vez y para siempre con la deuda externa. Puede ser que su metodología no haya sido la mejor, la más idónea, pero el desendeudamiento siempre es mejor que la dependencia. Estados Unidos lo combatió porque sintió temor que su canje de deuda se expandiera como ejemplo por toda Latinoamérica. Temió el efecto dominó. Pero el susto fue pasajero. Además, no se puede comparar el canje de deuda con la anexión de Crimea, por ejemplo. Ahora Estados Unidos sabe que con Macri el poco relevante país del extremo sur del continente dejará de ser una piedra en su zapato.

Hernán Andrés Kruse

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