El país de los autitos chocadores

“A este fondo no rodé, me mudé con gran trabajo”. María Elena Walsh

El mundo se ha vuelto loco, y la amenaza nuclear de Rusia, debido a la patente derrota que está soportando en el plano militar su agresión criminal a Ucrania, no hace más que acelerar el proceso. Por lo demás, la guerra tecnológica que ha comenzado Estados Unidos contra China tampoco augura tiempos pacíficos para el planeta, ya que ha pasado a segundo plano la disputa sobre Taiwan pero se agudiza en terrenos comerciales. Si a eso le sumamos la predecible recesión que golpeará a todos los países, con mayor costo en los más pobres por la caída en la demanda de materias primas y alimentos de los ricos, la pronunciada suba de las tasas de interés por la Reserva Federal de Estados Unidos y el fortalecimiento consecuente del dólar, y los daños que está produciendo la sequía, el escenario global sólo podría empeorar si Vladimir Putin decidiera apretar el botón.

En la Argentina, se agregan otros factores que hacen aún más negro el futuro. La inflación, que se redujo muy levemente en septiembre (apenas unas décimas) pero promete nuevas escaladas, y la marcada carencia de divisas -que el “dólar soja” sólo calmó anticipando las liquidaciones de este cuarto trimestre pero que faltarán ahora- obliga al Gobierno a cerrar aún más el cepo cambiario y la importación de los insumos básicos para la producción, añadiendo efectos locales a la recesión que recibirá de afuera, y hace que solamente pueda financiarse con emisión, que luego absorbe con instrumentos por los que paga tasas que ya superan el 100% anual, cebando así aún más la bomba que dejará a sus sucesores.

Las dos mayores coaliciones del escenario nacional semejan juegos de parque de diversiones, ya que sus miembros arremeten todos los días contra sus propios y teóricos socios, y se estrellan sin cesar. A pesar del notorio rechazo que esa actitud provoca en esta sociedad cada vez más angustiada e indignada con los políticos en general, a los cuales califican cada día más como una casta, una palabra que ha impuesto Javier Milei, un outsider que está creciendo en las encuestas porque pretende encarnar la anti-política y se define como anarco-capitalista, los principales referentes de cada espacio insisten en esta demencial conducta.

El Frente de Todos, que en su origen era una mesa de tres patas, ha perdido una en razón de la manifiesta y confirmada insignificancia de Alberto Fernández, imaginario mascarón de proa; y las dos que quedan (Cristina Fernández y Sergio Massa) exhiben diariamente sus siderales diferencias en materia económica. Si bien el Ministro ha demostrado que carece de un plan integral para salvarnos del naufragio inminente, al menos pretende imponer una cierta racionalidad en una gobierno que, por la ansiedad de impunidad de la emperatriz hotelera, parece decidido a estrellar la nave contra el monumental iceberg que sus propias decisiones populistas han fabricado con gran esfuerzo.

La mayor prueba de las divisiones que coexisten en esa comunidad pan-peronista se verá en los distintos actos que se realizarán el próximo lunes para conmemorar el emblemático “Día de la Lealtad”. Resulta fácil prever que, salvo en el mini-acto que hará el PresidenteMeme por no haber sido invitado a participar de ninguna otra, tanto en el que asistirá la CGT cuanto el que hará en la Plaza de Mayo la CTA con los camioneros de Hugo Moyano, los camporistas de Máximo Kirchner y algunas organizaciones sociales, coincidirán en su fuerte protesta contra el Gobierno que todos integran.

Es que nadie tiene ya margen para seguir sosteniendo a este nuevo experimento peronista porque: a) la indomable inflación golpea a ingentes proporciones de ciudadanos, en especial a aquéllos que van cayendo en la pobreza y la indigencia; b) la inseguridad y el narcotráfico ascienden en la preocupación cotidiana; c) la indignación cunde frente a la demora en las causas por corrupción que tienen como protagonista a Cristina Kirchner, a la cual un mayoritario porcentaje considera culpable y adjudica gran parte de las penurias que sufre, mientras percibe enormes prestaciones previsionales cuando los jubilados de a pie no llegan siquiera a comer; d) el crecimiento del trotskismo en las comisiones internas fabriles pone en riesgo a la supervivencia de los eternizados caudillos gremiales; y e) la experiencia lleva a que todos los caciques, sean provinciales o municipales, intenten salvar la propia ropa cuando todo avisora una derrota electoral nunca vista para el Partido Justicialista.

En la otra coalición, Juntos por el Cambio, nada difiere demasiado. Facundo Manes sigue intentando asistir a una fiesta a la que nadie lo invita y, para ello, tira golpes contra todos. Gerardo Morales, tan amigo y socio de El Aceitoso, trata de hacer equilibrio dentro del espacio opositor. Córdoba cruje por el enfrentamiento entre radicales. Y confirmando mis estimaciones, Mauricio Macri deja traslucir que no será candidato pero se reserva el rol de gran elector. En el camino, PRO, UCR, CC-ARI, pichettistas y republicanos de Ricardo López Murphy, aunque parecen todos decididos a conservar la indispensable unidad, no parecen aún listos para ofrecer a esta sociedad -tan harta de impiadosos saqueadores, de “ceo’s” y “científicos” fracasados- planes creativos y racionales que consigan alimentar sus esperanzas frente un futuro que sigue vislumbrando terriblemente triste, tanto en general cuanto en lo personal.

Si no consiguen hacerlo, el riesgo de una crisis mayor explote en las calles se tornará cada vez mayor, pues las acuciantes necesidades siempre se agudizan en diciembre, aún en las cómplices gestiones peronistas.

Enrique Guillermo Avogadro

Abogado

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