Expectativas empresariales y decadencia del estatismo fofo

Jorge RaventosLa cita anual de IDEA mostró esta semana en Mar del Plata que buena parte del empresariado y el funcionariado de las firmas mayores festeja anticipadamente el fin del ciclo K, una etapa que atravesó tragando amargo y escupiendo dulce, aplaudiendo en el Salón Blanco y murmurando tardías quejas en las entidades o (en otros casos) aceptando de buen grado la cooptación oficial que abría puertas a contratos y subsidios.

Los sectores más competitivos de la producción hace tiempo que empezaron a tomar distancia del “modelo”, y en los últimos años las reuniones de IDEA testimoniaron el paulatino crecimiento de esa postura crítica.

Gradualismo y shock

El encuentro de esta semana, en vísperas de la elección presidencial, permitió proyectar la atención sobre los postulantes a suceder a la señora de Kirchner. De los tres mejor ubicados, Daniel Scioli fue el menos premiado con aplausos, pero se le adjudicó en las encuestas internas una virtud significativa: sería el mejor para garantizar gobernabilidad. A Sergio Masa le celebraron sus propuestas más enérgicas (combate al narcotráfico, imprescriptibilidad de los delitos de corrupción) y sus equipos. A Mauricio Macri lo trataron como un candidato propio.

Aunque no se encuentra en la grilla de presidenciables, el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey fue especialmente atendido por los empresarios. Se lo visualiza como “el ala sensata” del equipo que está constituyendo Daniel Scioli: es el que se ha enfrentado sin pelos en la lengua con Axel Kicillof y Aníbal Fernández y quien en Nueva York afirmó que hay que resolver rápidamente el diferendo con los fondos buitres (un tema que irrita a la Casa Rosada y que, por ahora, Scioli define como “no prioritario”). A Urtubey y a Diego Bossio (a quien el gobernador bonaerense le ha prometido el ministerio de Planeamiento) se los considera parte de la apoyatura peronista que puede sostener el curso pragmático de la eventual presidencia de Scioli frente a un acoso del kirchnerismo que se considera inevitable.

Los empresarios esperan más shock que gradualismo del próximo Presidente; estiman que el cambio de gobierno genera muchas expectativas y las primeras semanas serán vitales para empezar a recuperar la confianza de los mercados: una estrategia que no defina rápidamente los cambios indispensables puede frustrar las esperanzas y naufragar.

Scioli -quizás para contener las expectativas y seguramente para tranquilizar, de paso, a sus custodios ultrakirchneristas- habla como un profeta del gradualismo. Ese discurso no satisface a los empresarios, que tampoco le aprueban la elección de Silvina Batakis (su ministra de Economía en la provincia) para encabezar el Palacio de Hacienda. La consideran de peso muy liviano para afrontar la herencia que deja el ciclo K.

Definiciones tardías

En cualquier caso, la reunión de IDEA dejó entrever la confianza que las empresas tienen en las posibilidades del país. Más allá de la relativa insatisfacción con los candidatos, les atribuyen a los tres principales la cualidad de escuchar, dialogar y buscar los consensos en lugar de la confrontación y la pelea. No es poco después de una década de presiones y proverbial intolerancia.

Ya en la recta final de las campañas, aún nadie puede asegurar si la elección presidencial quedará consumada el próximo domingo o demandará una segunda vuelta. Los estudios de opinión pública hacen en estos días los ajustes que les exigen la realidad y la preservación del prestigio profesional. Salvo dos o tres firmas conocidas por su dependencia excesiva de los gustos del cliente, la mayoría coincide en estimar que Scioli va primero con una ventaja apreciable, pero no llega al mágico 40 por ciento, indispensable para evitar el balotaje. La mayoría coincide también en que Macri supera hoy a Massa por el segundo puesto (aunque hay divergencias sobre la ventaja: entre 3 y 7 puntos). Hay coincidencia también en que el único que ha evolucionado hacia arriba desde las primarias es Massa.

En la sociedad todavía no parece haber llegado el momento de la definición, evidentemente demorado hasta el último instante, quizás a la espera de las definiciones que la campaña no ha conseguido aportar.

Estado fuerte y estatismo bobo

Una de las asignaturas prioritarias de la política argentina -en principio, un desafío que deberá encarar el próximo gobierno- es la regeneración de un Estado sólido y eficiente. Las declamaciones estatistas de los últimos años (en rigor, coartadas para justificar el discresionalismo gubernamental) se concretaron en un derrumbe de la calidad de las prestaciones del Estado. La Argentina destruyó su sistema estadístico y las estructuras de control, se ha quedado virtualmente sin dispositivo de defensa, retrocedió enormemente en materia de seguridad, vio transformarse el anterior autoabastecimiento en déficit energético y dilapidación de divisas, en el campo educativo decayó y retrocedió a las últimas posiciones en las evaluaciones internacionales, se estancó en materia de salud. Esa enumeración -que podría continuar- debería incluir pocas honrosas excepciones, como algunos campos de la investigación científico-técnica (en particular la aeroespacial).

Como telón de fondo de esa catastrófica performance se observa un proceso de colonización facciosa de la administración pública que incluye la marginación de personal profesionalmente formado, la instalación de jerarquías digitadas (sin concursos o con competencias amañadas), la creación de infinidad de puestos en reparticiones directa o indirectamente sufragadas con fondos públicos. La única franja de empleo que crece es la del trabajo en el Estado, y lo hace en paralelo con la decadencia de la calidad de sus prestaciones.

En los últimos días han trascendido algunas iniciativas postreras del gobierno destinadas a batir sus propios registros en materia de empleo público: medio centenar de cargos en el ministerio de Justicia y 755 en Relaciones Exteriores.

Profesionalizar versus igualar hacia abajo

En este último terreno, la Asociación Profesional del Cuerpo Permanente del Servicio Exterior de la Nación (Apsen, la entidad que agrupa a los diplomáticos de carrera) ha denunciado que el ministro Héctor Timerman dispuso que más de la mitad de las 351 posiciones de esa convocatoria correspondientes al cuerpo diplomático puedan ser ocupadas por personal administrativo, sin formación específica. Se trataría de un nuevo ejemplo de erosión de la calidad del Estado.

El personal diplomático argentino es probablemente el sector mejor formado de toda la administración pública. Está constituido en altísimo porcentaje por graduados universitarios, con (al menos) un posgrado especializado en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación, que manejan varios idiomas, son reclutados con criterio federal y provienen de un a amplio arco de carreras iniciales.

Los profesionales diplomáticos tienen dedicación exclusiva al servicio público; no pueden desarrollar otras actividades rentadas, con excepción de la docencia, deben intervenir y asumir responsabilidades en asuntos de una enorme variedad y gravedad: desde cuestiones que hacen a la integridad soberana del país (asuntos de límites, diferendos territoriales, defensa de recursos actuales y potenciales de la nación, etc.) hasta la negociación de acuerdos comerciales o cuestiones de paz y guerra, pasando por la protección de derechos de ciudadanos argentinos en el exterior.

Resulta evidente que igualar para abajo, encogiendo los requisitos para ocupar cargos que entrañan altas responsabilidades actuales o potenciales, sólo responde a pequeños intereses clientelísticos. El estatismo verbal se traduce en más gasto público para la creciente incapacidad e impotencia del Estado nacional.

Entre los temas que los candidatos no han abordado específicamente están el manejo del aparato estatal, su profesionalización, la creación y respeto de normas permanentes que rijan la carrera administrativa, la formación permanente y la evaluación periódica de los agentes.

En una sociedad mundial que cambia vertiginosamente y que pivotea sobre el conocimiento y la tecnología, un Estado cuyas únicas transformaciones sean engordar y disminuir sus exigencias y saberes, lejos de ser un instrumento de soberanía y desarrollo, es un lastre para el país: lo sofoca, impide la liberación de sus energías.

Probablemente el debate de este asunto ya no se producirá antes del comicio, pero quien sea que gane (con o sin balotaje) inevitablemente tropezará con el tema cuando le llegue la hora de gobernar.

Jorge Raventos

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