Hayek y el conservadurismo (primera parte)

Friedrich A. Hayek es uno de los emblemas del liberalismo del siglo XX. Su legado intelectual se traduce en una serie de libros de alto nivel, siendo “Los fundamentos de la libertad” una de sus obras más preclaras. El post-scriptum (“¿Por qué no soy conservador?”) de ese libro es una de las cuestiones más interesantes de su filosofía política ya que trata de las diferencias entre el liberalismo y el conservadurismo.

Escribió Hayek: “La postura que he pretendido a lo largo de esta obra defender suele calificarse de conservadora, y, sin embargo, es bien distinta de aquella a la que tradicionalmente tal denominación corresponde. Encierra indudables peligros esa asociación de los partidarios de la libertad con los conservadores, en común oposición a instituciones igualmente contrarias a sus respectivos ideales. Conviene, pues, trazar clara separación entre la filosofía que propugno y la que tradicionalmente los conservadores defienden”.

“El conservadurismo implica una legítima, seguramente necesaria y, desde luego, bien difundida actitud de oposición a todo cambio súbito y drástico” (…) “Lo contrario al conservadurismo, hasta el auge del socialismo, fue el liberalismo. No existe en la historia de los Estados Unidos nada que se asemeje a la aludida oposición, pues lo que en Europa se llamó liberalismo constituyó la base sobre la que se edificó la vida política americana; por eso, los defensores de la tradición americana han sido siempre liberales en el sentido europeo de la palabra. La confusión que esa disparidad entre uno y otro continente crea, ha sido últimamente aumentada al pretenderse trasplantar a América el conservadurismo europeo, que, por ser ajeno a la tradición americana, adquiere en los Estados Unidos un tinte hasta cierto punto exótico. Aun antes de que lo anterior ocurriera, los radicales y los socialistas americanos comenzaron a atribuirse el apelativo de liberales. Pese a tales realidades, yo continúo calificando de liberal mi postura, que estimo difiere tanto del conservadurismo como del socialismo” (…).

“La filosofía conservadora, por su propia condición, jamás nos ofrece alternativa ni nos brinda novedad alguna. Tal mentalidad, interesante cuando se trata de impedir el desarrollo de dañosos procesos, de nada, en cambio, nos sirve si lo que pretendemos es modificar y mejorar la situación presente. De ahí que el triste sino del conservador sea ir siempre arrastrado por los acontecimientos. El quietismo conservador, aplicado al ímpetu progresista, cabe reduzca la velocidad de la evolución, pero jamás puede hacer variar de signo al movimiento. Tal vez preciso sea “aplicar el freno al vehículo del progreso” (Collingwood, “The New Leviathan”); pero yo, personalmente, no concibo dedicar con exclusividad la vida a tal función. Al liberal, para nada le importa cuán lejos ni a qué velocidad vamos; lo único que le importa es aclarar si marchamos en la buena dirección” (…) “Comparte este último (el conservador), por lo general, todos los prejuicios y errores de su época, si bien de un modo moderado y suave; por eso, con tanta frecuencia, se enfrenta al auténtico liberal, quien, una y otra vez, ha de mostrar su tajante disconformidad con falacias que tanto los conservadores como los socialistas mantienen” (…).

“Más exacto, a este respecto, sería hablar de un triángulo, uno de cuyos vértices estaría ocupado por los conservadores, mientras socialistas y liberales, respectivamente, ocuparían los otros dos. Así situado, comoquiera que, durante las últimas décadas, los socialistas han tirado con mucha más energía que los liberales, los conservadores, paulatinamente, se han ido aproximando a los primeros, mientras se apartaban de los segundos; una tras otra, a medida que la propaganda las iba haciendo atractivas, los conservadores han hecho suyas casi todas las ideas socialistas. Han transigido siempre con los socialistas, para acabar robando a éstos su caja de truenos” (…) “Por eso, sin darse cuenta, alternativamente, han sido atraídos hacia el en cada caso más radical y extremista de los otros dos partidos. La posición conservadora, pues, siempre ha dependido de cuál fuera la ubicación de las demás tendencias a la sazón operantes” (…) “Los liberales, sin embargo, tienen objetivos específicos hacia los cuales continuamente desean marchar, repugnándoles como al que más la quietud y el estancamiento” (…) “Pero la verdad es que el liberalismo ni ahora ni nunca ha mirado atrás. Aquellos objetivos a los que los liberales vehementemente aspiran, jamás en la historia fueron por entero conseguidos. De ahí que el liberalismo siempre mirara hacia delante, deseando continuamente purgar de imperfecciones las instituciones sociales. El liberalismo nunca se ha opuesto a la evolución y el progreso. Es más: allí donde el desarrollo libre y espontáneo se halla paralizado por el intervencionismo, lo que el liberal desea es introducir drásticas y revolucionarias innovaciones” (…).

“Me parece oportuno resaltar cuánto podían los liberales haber aprendido con las obras de algunos pensadores netamente conservadores” (…) “Por reaccionarias que, en política, figuras como Coleridge, Bonald, De Maistre, Justus Möser o Donoso Cortés fueran, lo cierto es que bien advirtieron la transcendencia que encierran instituciones espontáneamente formadas, tales como el lenguaje, el derecho, la moral y diversos pactos y contratos, anticipándose a tantos modernos descubrimientos que de gran utilidad hubiera sido para los liberales cuidadosamente estudiar sus escritos. Los conservadores, sin embargo, por lo general, reservan para la del pasado esa admiración y respeto que los liberales sienten por la libre evolución de las cosas” (…) “He aquí la primera gran diferencia que separa a liberales y conservadores. Lo típico del conservador, según una y otra vez se ha hecho notar, es el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo. La postura del liberal, por el contrario, es abierta y confiada, atrayéndole, en principio, todo lo que sea libre cambio y evolución, aún constándole que, a veces, se procede un poco a ciegas” (…) “Pero los conservadores, sin embargo, cuando gobiernan, tienden a paralizar la evolución o, en todo caso, a limitarla a aquello que hasta el más tímido aprobaría. Jamás, cuando avizoran el futuro, piensan puede haber fuerzas, por ellos desconocidas, que espontáneamente arreglen las cosas; mentalidad ésta en abierta contraposición con la filosofía de los liberales quienes, sin complejos ni recelos, aceptan la libre evolución, aun ignorando a veces hasta dónde puede llevarles el correspondiente proceso. Tal actitud mental contribuye a que, por principio, estos últimos confíen en que, sobre todo la economía, gracias a las fuerzas autorreguladoras del mercado, espontáneamente, aun cuando con frecuencia nadie pueda con detalle prever cómo, se acomodará a cualquier nueva circunstancia” (…) “Los conservadores sólo se sienten tranquilos si piensan que hay una mente superior que todo lo vigila y supervisa; ha de haber siempre alguna “autoridad” que vele por que los cambios y las mutaciones se lleven “ordenadamente” a efecto” (…).

“Ese temor a que operen unas fuerzas sociales aparentemente incontroladas explica otras dos características del conservador: su afición al autoritarismo y su incapacidad para comprender la mecánica de las fuerzas que regulan el mercado” (…) “El orden, para el conservador, es, en todo caso, fruto de la permanente atención y vigilancia ejercida por las autoridades; éstas, a tal fin, deben disponer de los más amplios poderes discrecionales, actuando en cada circunstancia según estimen mejor, sin tener que sujetarse a reglamentos rígidos” (…) “Lo típico del conservador es el conferir siempre el más amplio margen de confianza a las autoridades constituidas y el invariablemente procurar que los poderes de éstas, lejos de debilitarse, se refuercen. Difícil, ciertamente, bajo tal clima, preservar la libertad. El conservador, por lo general, no se opone a la coacción ni a la arbitrariedad estatal cuando los gobernantes persiguen aquellos objetivos que él considera acertados” (…) “El conservador, esencialmente oportunista y huérfano de principios generales, limítase, al final, a recomendar se encomiende la jefatura del país a un gobernante sabio y bueno, cuyo imperio no proviene de esas sus excepcionales cualidades, sino de los autoritarios poderes que ejerce. Al conservador, como al socialista, lo que le preocupa es quién gobierna, desentendiéndose del problema relativo a la limitación de las facultades al gobernante atribuidas; y, como el marxista, considera natural imponer a los demás sus personales valoraciones” (…).

“Los objetivos de los conservadores, en términos generales, me agradan mucho más que los de los socialistas; para un liberal, sin embargo, por mucho que valore determinados fines, jamás es lícito obligar a quienes de otro modo aprecian las cosas, a laborar en consecución de las aludidas metas” (…) “El convivir y el fructíferamente colaborar en sociedad exige tanto respeto para aquellos objetivos que pueden diferir de los nuestros personales: presupone permitir a quienes valoren de modo distinto al nuestro tener aspiraciones dispares a las que nosotros abrigamos, por mucho que estimemos los propios ideales. Por las aludidas razones, el liberal, en abierta contraposición a conservadores y socialistas, en ningún caso cree debe nadie ser coaccionado por razones de moral o religión. Pienso, con frecuencia, que la nota que tipifica al liberal, distinguiéndole tanto del conservador como del socialista, es precisamente esa su postura de total inhibición ante las conductas que sus creencias hagan a las gentes adoptar, siempre y cuando aquéllas no invadan ajenas esferas de actuación legalmente amparadas” (…).

“La mentalidad conservadora, en definitiva, entiende que dentro de cada sociedad existen personas patentemente superiores, cuyas valoraciones, posiciones y categorías deben protegerse, correspondiendo a tales excepcionales sujetos un mayor peso en la gestión de los negocios públicos. Los liberales, naturalmente, no niegan que hay gentes de superioridad indudable; jamás son igualitaristas. No creen, sin embargo, haya nadie que por sí se halle facultado para subjetivamente decidir quiénes, entre los ciudadanos, deban ocupar esos puestos privilegiados” (…) “No desconoce el liberal el decisivo papel que ciertas élites desempeñan en el progreso cultural e intelectual de nuestra civilización; estima, sin embargo, que quienes pretenden ocupar en la sociedad preponderante posición deben demostrar esa su pretendida superioridad acatando las mismas normas que a los demás se aplican” (…) “Lo malo es el poder político ilimitado. Nadie tiene capacidad suficiente para ejercer sabiamente poderes omnímodos” (…) “Lo recusable, sin embargo, no es la democracia en sí, sino el ilimitado poderío del que dirige la cosa pública, sea quien fuere. ¿Por qué no se limita el poder de la mayoría, como se intentó siempre hacer con el de todo otro gobernante? Dejando a un lado tales realidades, las ventajas que la democracia encierra, al permitir el cambio pacífico de régimen y al educar a las masas en materia política, se me antojan tan grandes, en comparación a los demás sistemas posibles, que no puedo compartir las tendencias antidemocráticas del conservadurismo. Lo que en esta materia importa no es tanto quién gobierna, sino cuáles poderes el gobernante ha de ostentar”.

Hernán Andrés Kruse

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