Hayek y el conservadurismo (segunda parte)

Según Hayek, “la postura conservadora en tal materia (las diferencias que separan a liberales y conservadores en el ámbito intelectual) no sólo supone grave quiebra para el conservadurismo como partido, sino que, además, gravemente puede perjudicar a cualquier otro grupo que con él se asocie. Intuyen los conservadores que son sobre todo nuevos idearios los agentes que provocan las mutaciones sociales. Y teme el conservador a las nuevas ideas precisamente por saber carece de pensamiento propio que oponerles. Su repugnancia a la teoría abstracta, y la escasez de su imaginación para representarse cuanto en la práctica no ha sido ya experimentado, le dejan por completo inerme en la dura batalla de las ideas. A diferencia del liberal, convencido siempre del poder y la fuerza que, a la larga, las ideas tienen, el conservador se encuentra maniatado por los idearios de otrora” (…).

“La disparidad entre los aludidos modos de pensar, donde más claramente se aprecia es en su respectiva actitud ante el progreso de las ciencias. No cae, desde luego, el liberal en el error de creer que toda evolución implica mejoría; estima, sin embargo, que la ampliación del conocimiento constituye uno de los más nobles esfuerzos del hombre y piensa que sólo por tal vía cabe resolver aquellos problemas que quepa a los humanos solucionar” (…) “Sabe que es típico del hombre el buscar siempre cosas nuevas antes desconocidas, y por eso está siempre dispuesto a examinar todo desarrollo científico, aun en aquellos casos en que le disgustan las consecuencias inmediatas que la correspondiente novedad parezca implicar”.

“Uno de los aspectos, para mí más recusables, de la mentalidad conservadora es esa su oposición, en principio, a todo nuevo conocimiento, por temor a las consecuencias que, a primera vista, parezca hayan de producir; digámoslo claramente: lo que me molesta del conservador es su oscurantismo” (…) “Acaban con mi paciencia quienes se oponen, por ejemplo, a la teoría de la evolución o a las denominadas explicaciones mecánicas del fenómeno de la vida, simplemente por las consecuencias morales que, en principio, parecen deducirse de tales doctrinas, así como quienes estiman impío o irreverente el meramente plantear determinadas cuestiones. Los conservadores, al no querer enfrentarse con la realidad, sólo consiguen debilitar su oposición” (…) “Sólo participando activamente en la discusión científica podemos, con conocimiento de causa, atestiguar si los nuevos descubrimientos confirman o refutan nuestro anterior pensamiento. De llegarse a la conclusión de que alguna de nuestras creencias se apoyaba en presupuestos falsos, en mi opinión, inmoral incluso sería el seguir defendiéndola pese a abiertamente contradecir la verdad”.

“Esa repugnancia que el conservador siente por lo nuevo y desusado parece guardar cierta relación con su hostilidad hacia lo internacional y su tendencia al nacionalismo patriotero” (…) “Constituye realidad incambiable para el conservador el que las ideas que modelan y estructuran nuestro mundo no respetan fronteras” (…) “Las ideas de cada época se desarrollan en lo que constituye un gran proceso internacional; y sólo quienes activamente participan en el mismo son luego capaces de influir de modo decisivo en el curso de los acontecimientos” (…) “Sólo agregaré que esa predisposición nacionalista que nos ocupa, con frecuencia, es lo que induce al conservador a emprender la vía colectivista. Después de calificar como “nuestra” tal industria o tal riqueza, ya falta sólo un paso para demandar que dichos recursos sean puestos al servicio de los “intereses nacionales” (…) “Creo innecesario decir que el aludido nacionalismo nada tiene que ver con el patriotismo, así como que cabe repudiar el repetido nacionalismo, y, en cambio, sentir veneración por las tradiciones patrias. El que me agrade mi país, sus usos y costumbres, en modo alguno implica haya de odiar cuanto sea extranjero o disimilar” (…).

“En un solo aspecto puede con justicia decirse que el liberal se sitúa en una posición intermedia entre socialistas y conservadores. Repudia aquél, en efecto, tanto el torpe racionalismo del socialista, que quisiera rehacer todas las instituciones sociales a tenor de ciertas normas que sus personales juicios le dictan, como el misticismo en que con tanta facilidad cae el conservador. El liberal se aproxima al conservador en cuando desconfía de la razón, pues reconoce que existen incógnitas aún sin desentrañar; incluso duda a veces que sea rigurosamente cierto y exacto todo aquello que se suele estimar para siempre resuelto, y, desde luego, le consta que jamás el hombre llegará a la omnisciencia. El liberal, por otra parte, no deja de recurrir a instituciones o usos útiles y convenientes porque no hayan sido objeto de consciente estructuración. Difiere del conservador precisamente en este su modo franco y objetivo de enfrentarse con la humana ignorancia y reconocer lo poco que sabemos, rehuyendo todo argumento de autoridad y cualquier explicación de índole sobrenatural, cuando la razón se muestra incapaz de resolver determinada cuestión. Demasiado escéptico, en efecto, puede a veces parecernos, pero la verdad es que se requiere un cierto grado de escepticismo para mantener incólume ese espíritu tolerante típicamente liberal que permite a cada uno buscar su propia felicidad por los cauces que estima más fecundos” (…) “Lo que en esta materia distingue al liberal del conservador es que, por profundas que puedan ser sus creencias, aquél jamás pretende imponerlas coactivamente a los demás. Lo espiritual y lo temporal constituyen para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse” (…).

“Si por liberalismo entendemos lo que entendía aquel historiador inglés, quien en 1827 definía la revolución de 1688 como “el triunfo de esos principios hoy en día denominados liberales o constitucionales”; si se atreviera uno, con Lord Acton, a saludar a Burke, Macaulay o Gladstone, como los tres grandes apóstoles del liberalismo, o, con Harold Laski, a decir que Tocqueville y Lord Acton fueron “los auténticos liberales del siglo XIX”, constituiría para mí motivo del máximo orgullo al adjudicarme tan esclarecido apelativo. Grandes tentaciones siento de llamar verdadero liberalismo a las doctrinas que los citados autores defendieron. La verdad, sin embargo, es que quienes en el continente europeo se denominaron liberales propugnaron, en su mayoría, teorías a las que los aludidos prohombres hubieran mostrado su más airada oposición, impulsando a aquéllos más el deseo de imponer al mundo un cierto patrón político preconcebido que el de permitir el libre desenvolvimiento de las gentes.” (…) “Forzoso es, en su consecuencia, reconocer que, actualmente, ninguno de los movimientos y partidos políticos calificados de liberales puede considerarse liberal en el sentido en que yo he venido empleando el vocablo” (…) “De esta suerte planteadas las cosas, resulta muy dudoso si en verdad vale la pena intentar devolver al liberalismo su prístino significado. Mi opinión personal es que el uso de tal palabra sólo sirve para provocar confusión, si previamente no se han hecho todo género de salvedades, constituyendo, por lo general, un lastre para aquel que tras ella se ampara” (…).

“Lo más curioso de la situación es que esa filosofía que propugnamos, cuando apareció en Occidente, tenía un nombre, y el partido que la defendía también poseía apelativo por todos admitido. Los ideales de los whigs ingleses cristalizaron en aquel movimiento que, más tarde, toda Europa denominó liberal, movimiento en el que se inspiraron los fundadores de los actuales Estados Unidos para luchar por su independencia y al redactar su carta constitucional. Whigs se denominaron, entre los anglosajones, los partidarios de la libertad, hasta tanto el impulso demagógico, totalitario y socializante que nace con la Revolución francesa viene a trasmutar su primitiva filosofía” (…) “Tal vez nuestros modernos conocimientos nos obliguen a dar nueva presentación a la doctrina; sus fundamentos teóricos, sin embargo, siguen siendo los mismos que los viejos whigs intuyeran” (…).

“No sé, en verdad, si vale la pena infundir nueva vida al viejo vocablo whig” (…) “Pero, ¿acaso tiene tanta trascendencia la cuestión del nombre? Allí donde, como acontece en los Estados Unidos, las existentes instituciones son aún sustancialmente libres y la defensa de la libertad, por tanto, las más de las veces, coincide con la defensa del orden imperante, no parece ha de encerrar grave peligro el denominar conservadores a los partidarios de la libertad, aun cuando, en más de una ocasión, a estos últimos ha de resultar embarazosa tan plena identificación con quienes sienten tan intensa aversión al cambio. No es lo mismo defender cierta institución meramente por su previa existencia, que el propugnarla por estimarla fecunda e interesante. El que coincida con otros grupos en su oposición al colectivismo no debe a nadie hacer olvidar que el liberal mira siempre hacia delante, hacia el futuro; ni siente románticas nostalgias, ni desea idealmente revivir el pasado” (…) “Las ideas socialistas, en efecto, han dominado la escena política europea durante tanto tiempo, que muchas instituciones de indudable signo colectivista son ya por todos aceptadas, constituyendo incluso motivo de orgullo para aquellos partidos “conservadores” que las implantaron. El partidario de la libertad, en estas circunstancias, no puede menos de sentirse radicalmente opuesto al conservadurismo, viéndose obligado a adoptar una actitud de franca rebeldía ante los prejuicios populares, los intereses creados y los privilegios legalmente reconocidos” (…).

“Tal vez sea sabio el político que se atiene a la máxima del “quieta non movere”; dicha postura, sin embargo, de antemano repugna al estudioso. Reconoce éste, desde luego, que en política conviene proceder con cautela, no debiendo el estadista actuar en tanto la opinión pública no esté debidamente preparada y dispuesta a seguirle; ahora bien, lo que aquél jamás hará es aceptar determinada situación simplemente porque la opinión pública la respalde” (…) “El estudioso en materia política debe aconsejar e ilustrar a las gentes; pero no compete a él organizarlas y dirigirlas hacia la consecución de objetivos específicos. El teórico, sin embargo, sólo eficazmente desempeñará aquella función desentendiéndose de si sus recomendaciones son o no, a la sazón, por razones políticas, plasmables en la práctica; él debe atender sólo a los “principios generales que jamás varían”. Dudo mucho, por ello, que ningún auténtico investigador político pueda jamás ser de verdad conservador. La filosofía del conservadurismo, en la práctica, puede tener su utilidad; ahora bien, no nos brinda norma alguna que nos indique hacia dónde, a la larga, debamos orientar nuestra actuación”.

Hernán Andrés Kruse

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1 comment for “Hayek y el conservadurismo (segunda parte)

  1. .
    25/06/2018 at 3:04 AM

    Cerrado por duelo.

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