Por Jorge Raventos.-

El país está a dos semanas de iniciar una romería electoral en tres etapas (PASO, primera vuelta de octubre, balotaje en noviembre) que definirá el próximo elenco de gobierno y también los reordenamientos de las distintas fuerzas políticas.

Ese proceso es una de las manifestaciones de un movimiento más hondo y que está en marcha, que implica la reconfiguración del sistema político, el agotamiento o declinación de antiguos liderazgos, el surgimiento de otros y la oportunidad de nuevas armonías y divergencias.

El viejo sistema político, atascado en la lógica de la grieta que inmoviliza el funcionamiento de las instituciones y frena las posibilidades de crecimiento, tiende a ser reemplazado por otro. La grieta confrontativa, sus protagonistas y sus formas más anacrónicas marchan hacia un progresivo aislamiento.

La crisis del viejo sistema se manifiesta en la aparición de nuevos fenómenos: el reclamo frente a su impotencia se expresa no sólo en la irrupción de una fuerza que se define por la antipolítica, como la que conduce Javier Milei, sino por el creciente ausentismo electoral que se observa en la mayoría de las elecciones provinciales que se han venido realizando. Ese abstencionismo (sumado a la anulación del voto y al voto en blanco) le resta representatividad a quienes son electos y entraña una impugnación conjunta a las fuerzas políticas (sean oficialistas u opositores), deslegitimándolas como alternativas viables.

Hasta hace unos meses se conjeturaba que estas serían elecciones “de tercios” `porque las encuestas estimaban que la corriente de Milei llegaría a porcentajes parejos a los del oficialismo y de Juntos por el Cambio. Al parecer ese paisaje no se verificará porque Milei sólo rozaría un 20%, pero además los presuntos tercios en la práctica resultarán ser “quintos”, si el presentismo electoral, como se viene insinuando, no llega a una media del 70%.

Con ese nivel de impugnación pasiva y un Congreso dividido, el próximo gobierno deberá ampliar su base política y social y asimismo exhibir una cuota notoria de liderazgo para orientar acuerdos con fuerzas políticas, productivas y sociales.

El oficialismo ingresa a la etapa de definiciones sustancialmente recompuesto tras definir la candidatura presidencial de Sergio Massa. Hasta ese momento el horizonte al que parecía resignarse era el de pelear para no quedar fuera del balotaje. Massa modificó esas expectativas al unir su función de ministro de Economía con la postulación presidencial.

En algunos casos con tono de elogio y en muchos otros como sarcasmo cuestionador, a Massa lo comparan con un mago: “saca conejos de la galera” o “engaña con ilusiones”. Es probable que el Ministro de Economía y candidato presidencial sea merecedor de esa caracterización.

Aunque después de anunciar reiteradamente la inminencia del acuerdo con el FMI que permitiría al país cubrir obligaciones y fortalecer sus decaídas reservas los críticos comentaron con ironía que sus trucos se estaban agotando, el último jueves el Fondo anunció oficialmente que se había suscripto el Staff Level Agreement que gatillará en agosto aportes por 7.500 millones de dólares.

Si la negociación con el FMI se demoró más de lo que se creía fue, en gran medida, porque Massa procuró que el Fondo admitiera que la causa principal de los incumplimientos del primer semestre eran los efectos de la sequía, algo que el organismo terminó reconociendo en su comunicación pública: “Desde la finalización de la cuarta revisión, la situación económica de Argentina se ha vuelto muy desafiante debido al impacto mayor de lo previsto de la sequía, que tuvo un impacto significativo en las exportaciones y los ingresos fiscales”, explicó ese texto.

Los negociadores de Economía trabajaron además para que el acuerdo no incluyera condicionamientos sofocantes que se sugerían, como una devaluación.

Sellado el “Staff Agreement” el último día hábil de julio, surgió otro contratiempo. Como el directorio del Fondo está en receso hasta mediados de agosto, los desembolsos se producirán a partir del 15 de este mes, una vez que esa instancia haya avalado formalmente el acuerdo sellado por la conducción técnica. Dado que las vacaciones del Board del Fondo retrasan los desembolsos, había que solucionar los pagos que el país debe hacer a la entidad esta semana y la próxima. La magia del ministro encontró un recurso para solucionar el inconveniente: apelar una vez más a los yuanes del swap chino y también al crédito puente de una entidad financiera del sistema interamericano.

La siempre bien informada Silvia Naishtat aportó el último viernes un comentario muy sugerente: “Desde un banco de capitales chinos -escribió- señalan que el propio FMI está ayudando en Beijing para que abra el grifo de los otros US$ 5.000 millones de libre disponibilidad del swap para que Argentina pueda cumplir”.

El dato es significativo en varios aspectos. Por un lado indica el interés de la conducción del FMI por allanar el camino de Argentina. Por otro, exhibe los grados de convergencia y cooperación que en múltiples niveles conectan a Washington con Beijing, pese a su evidente competencia, desmintiendo así las alternativas en blanco y negro que desde los extremos presionan para que el país elija un alineamiento disciplinado en esa puja geopolítica mundial.

“Vemos a muchos que vuelven a recetas viejas a la hora de intentar resolver los problemas de la Argentina -comentó Massa- y nosotros sentimos que, usando la geopolítica, con creatividad, con la asistencia de los países amigos de la Argentina, podemos ir transitando este puente para salir definitivamente de la crisis y encarar un camino de desarrollo”.

Massa había producido diez días atrás otro pase mágico: almorzó en el comedor central del predio de la Sociedad Rural, en pleno desarrollo de la exposición anual, rodeado por la cúpula de la entidad, y allí fue tratado cordialmente por sus anfitriones, que no dejaron de señalar sus reparos a la marcha de la economía.

Esa reunión, que algunos definieron como casi milagrosa (un Ministro de Economía peronista en funciones – para más: candidato presidencial de su fuerza política- huésped bienvenido en el ámbito que libró la batalla del campo de 2008 contra el kirchnerismo), fue objetada tanto en círculos del oficialismo como en las usinas opositoras más recalcitrantes.

«Ningún político de nuestro campo debe ir a banquetear con los amos de la oligarquía», descerrajó Juan Grabois el desafiante de Massa en la primaria de Unión por la Patria. El latigazo de Grabois expresa el subconsciente del costado izquierdo del oficialismo, que incluye principal pero no únicamente al kirchnerismo. Grabois dice en voz alta lo que la militancia K disciplinadamente calla, sea porque no quiere desobedecer la señal de la vicepresidenta, que ha elogiado al Ministro de Economía por “atreverse a agarrar la papa caliente”, sea porque Massa para ellos es definitivamente un mal menor frente a la coalición opositora.

Lo curioso es que la Sociedad Rural, y en especial su presidente Nicolás Pino, recibió ataques simétricos desde la trinchera opositora, desde la corte de ciertos candidatos y desde algunas tribunas mediáticas a menudo más papistas que el Papa. Le imputaron “agasajar al kirchnerismo, enemigo del campo”.

Parece evidente que para buena parte de los dirigentes rurales (como para líderes empresarios de otras actividades) la idea de que Massa es lo mismo que el kirchnerismo no se ajusta cabalmente a los hechos. Ellos observan la realidad de cerca, en detalle. No es que compartan las posiciones del ministro-candidato (el discurso de Pino en la Rural, ante su propio público el último domingo, lo dejó claro) pero perciben las diferencias. Tanto en tiempo presente como en potencial.

Irónicamente, esos dirigentes coinciden en la apreciación con el kirchnerismo más fervoroso, que ve al ministro-candidato como a un personaje de otra tribu y sospecha tanto de la amplitud de sus relaciones empresariales e internacionales, como del programa de acción que pondría en práctica en caso de llegar a la presidencia.

Por el momento, ese programa de Massa consiste en evitar males mayores, mantener la economía en movimiento, esperando que el desarrollo del proceso político le abra el panorama y, paso a paso (o, si se quiere, truco a truco) le suma respaldos y grados de libertad. Trabajo de mago.

Sería demasiado ilusionismo imaginar que en los tramos que restan hasta el cambio de gobierno se encuentre alguna solución de fondo a los problemas de la inflación o la brecha cambiaria si hasta aquí no se ha podido. Massa no tiene esa ilusión y los principales actores de la economía tampoco. Se espera de él que siga maniobrando y emparchando para que el tránsito de un ciclo gubernamental a otro no incluya ningún estallido.

Uno de sus “parches” -la devaluación focalizada, en este caso para el maíz, que busca promover exportaciones, liquidaciones y acceso a dólares frescos y a recursos fiscales- está consiguiendo respaldo objetivo de los productores: según la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, en la primera semana de aplicación, el renovado programa del dólar agro, que además del maíz incluye otros productos, pero no la soja, se liquidaron divisas por 884,77 millones de dólares, el 44 por ciento de la meta que se había propuesto el ministro.

El candidato Massa necesita que el ministro Massa pueda cumplir esa plomería de emergencia que todos le agradecen sin perjudicar (y hasta estimulando) a los sectores que componen el electorado real y potencial sobre el que el candidato construye, contra buena parte de los pronósticos, su esperanza presidencial.

Si, en principio, Massa ha devuelto capacidad competitiva y expectativas a una fuerza que dos meses atrás daba por sentada su derrota, es principalmente porque está exhibiendo un liderazgo y una vocación de afrontar los problemas que el gobierno, bajo la presidencia de Alberto Fernández, venía dilapidando.

Esa cualidad es un bien apreciado en una Argentina trabada por el anquilosamiento, la impotencia y la disgregación de un sistema político convertido en obstáculo principal a su crecimiento y su integración.

Massa ejercita esa cualidad hacia afuera (en sus vínculos con corporaciones, sectores de influencia y grandes actores internacionales) y también hacia adentro. El ex vicepresidente Carlos Ruckauf, en rol de analista, ha señalado esos rasgos de Massa y advirtió a sus opositores que no los menosprecien: “Ha juntado a todos los dirigentes sindicales como no se juntan por lo menos desde hace 20 años; también a los dirigentes de la provincia de Buenos Aires y a los gobernadores. Tiene sobre sus espaldas el peso de la duda colectiva, pero a la vez ha juntado a muchos grandes empresarios”.

Jaime Durán Barba, por su parte, amonesta: “Massa puede ganar”. En todo caso, el ministro-candidato debe superar exitosamente las primarias (su objetivo es resultar el candidato individual más votado) y esperar a la según da etapa, que dependerá de quién sea su rival de Juntos por el Cambio.

Massa, más allá su candidatura (o, si se quiere, a través de ella y, sobre todo, a partir de haber tomado el hierro hirviente de la economía en medio de las dificultades) está erigiendo un protagonismo decisivo en un instante en que el peronismo se topa con tensiones de desarticulación que acompañan el ocaso del ciclo kirchnerista.

En la otra gran coalición, Juntos por el Cambio, el liderazgo está en disputa. Mauricio Macri abdicó su preeminencia sin capacidad de designar un depositario de su herencia. El prefiere a Patricia Bullrich, sobre todo porque comprende que Horacio Rodríguez Larreta no quiere ser heredero, sino que se quiere coronar con autonomía. Macri lo sospecha de parricida

La lucha por la sucesión hasta ahora viene encarnizada, apenas suavizada por leves gestos de diálogo. El 23 de julio hubo en la capital cordobesa una concentración de altos mandos de la coalición opositora: desde gobernadores en funciones hasta candidatos de varias provincias y, hecho excepcional, los dos precandidatos presidenciales, asistieron Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich que no suelen compartir espacios

Llegaron convocados por el presentimiento de que al final de esa jornada, Rodrigo de Loredo, el candidato de Juntos por el Cambio, le daría a la coalición un triunfo de peso en la última elección importante previa a las PASO, le permitiría recuperar el gobierno de la ciudad más importante de la provincia y que ese acontecimiento ofrecería un óptimo escenario para “la foto de la unidad”, un festejo compartido en el que Larreta, Bullrich y sus respectivas familias políticas regresaran al camino de sensatez y concordia que les reclama el círculo rojo y prescriben sus tifosi mediáticos.

Pero Rodrigo de Loredo perdió por siete puntos. La famosa foto de la unidad se hizo, pero testimonió amargura y reticencia. Recién este último domingo, con el ajustado triunfo de Ignacio Torres en Chubut, los dos precandidatos pudieron actuar una foto amistosa y celebrar juntos un triunfo.

Aquella elección cordobesa había dejado mucha tela para cortar desde la perspectiva del proceso más hondo de cambio de ciclo y reconfiguración del sistema político. Con los triunfos de Martín Llaryora a la gobernación y Daniel Passerini en la capital provincial, el peronismo de Córdoba ha exhibido un proceso que en muchos sentidos es excepcional: está produciendo armónicamente un relevo de liderazgos y un “trasvasamiento generacional”.

La muerte que alejó a Juan Manuel de la Sota y el final del ciclo gubernamental de Juan Schiaretti dejan una simiente que al mismo tiempo que se proclama orgullosa continuadora de ese largo período (cinco décadas de militancia, dos de administración de la provincia), adelanta que comienza un ciclo nuevo. Antes de calzarse el traje de gobernador, Llaryora ya está exhibiendo un perfil para situarse en el debate nacional como fuerte defensor del federalismo y crítico de los privilegios de los que goza el AMBA.

En un paisaje interno del peronismo en el que se han desdibujado algunas figuras del interior que se proyectaban ambiciosamente y donde se procesa el ocaso del ciclo kirchnerista, el cordobesismo que superó victoriosamente el desafío de las urnas y concreta la transición generacional de liderazgos seguramente tendrá algo que decir en el paisaje postelectoral y en el proceso de reconfiguración del sistema político. Por otra parte, esa transición se muestra como un modelo para otras fuerzas políticas, a las que el crepúsculo de un liderazgo anterior las amenaza por momentos con crisis mayores.

La unidad que la oposición quiso y no pudo concelebrar en Córdoba pareció alejarse de allí en adelante, salvo el paréntesis fotográfico del último domingo en Chubut. El bando de Bullrich se declaró ofendido cuando Larreta refutó una declaración de su adversaria en la que proponía un blindaje para salir rápidamente del cepo cambiario. “Eso ya fracasó con De la Rúa”, objetó el jefe de gobierno-candidato. Parece que esa conexión con De la Rúa (con quien Bullrich fue ministra) fue tomada como una agresión, que desde el bullrichismo respondieron con una evocación del suicidio de René Favaloro que quiso ser un flechazo contra Larreta.

No hay tampoco acuerdo sobre el tema de si la noche de las PASO los precandidatos esperarán los resultados en un bunker común o si harán rancho aparte. Larreta promueve la primera opción, mientras Bullrich se resiste. Es una discusión menor, pero una metáfora que alude a un problema mayor: la oposición no reconoce por ahora un domicilio común. Busca una autoridad y, por esa vía, un rumbo.

La impugnación pasiva del abstencionismo y el descontento que mal o bien reflejan las encuestas indican que la política tiene que encontrar rumbo y liderazgo para satisfacer a la sociedad y para superar la inercia que impide el crecimiento.

Hay una transición política en marcha de la que por ahora lo nuevo apenas se anuncia, mientras lo que sobresale es la descomposición y disgregación de lo viejo.

Share