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Reunión de presidentes del Mercosur. El discurso completo del presidente virtual Alberto Fernández

Quiero agradecer y dar la bienvenida a los Presidentes de los Estados Partes del MERCOSUR por su participación en esta conmemoración de los treinta años de la creación del Mercado Común del Sur: Jair Messias Bolsonaro, de la República Federativa de Brasil; Mario Abdo Benítez, de la República del Paraguay; y Luis Alberto Lacalle Pou, de la República Oriental del Uruguay; así como a los Presidentes del Estado Plurinacional de Bolivia, Luis Alberto Arce Catacora, en proceso de ingreso como Estado Parte al MERCOSUR; y de la República de Chile, Sebastián Piñera Echenique, país hermano que ha acompañado al MERCOSUR casi desde los inicios de nuestro proyecto de integración; que también están aquí con nosotros.

La conmemoración de los 30 Años del Tratado de Asunción es un momento oportuno para realizar un balance honesto del MERCOSUR, que valore los logros alcanzados en el camino recorrido y que también nos permita reconocer las deudas pendientes y los desafíos por delante.

Estoy convencido de que, con el MERCOSUR, nuestros países han dado forma a un verdadero hito para América Latina: somos una zona de paz sin fisuras, que dialoga y coopera para pensar y construir en conjunto un camino al desarrollo. Eso es importante para nuestros pueblos e instituciones, así como para muchos socios, inversores, emprendedores y ciudadanos y ciudadanas de otras latitudes, que desean desarrollar proyectos y promover asociaciones con nosotros. Es un activo intangible que pocas regiones en el mundo pueden exhibir. Debemos estar orgullosos de lo que logramos con nuestra decisión política de dejar atrás viejas tensiones y optar en cambio por una estrategia de unidad y vocación integradora.

En estos treinta años hemos alcanzado consensos fundamentales: el compromiso con la democracia como una condición fundamental para la vida de nuestros pueblos; el respeto por los derechos humanos como un valor esencial e irrenunciable para la convivencia; y el reconocimiento de nuestra diversidad.

El MERCOSUR debe proteger a los gobiernos democráticos y a las instituciones que los respaldan. La pandemia y la crisis económica que de ella se deriva hacen compleja la tarea de gobernar. Por eso propongo la creación de un Observatorio de Calidad de la Democracia que sea una herramienta para el fortalecimiento de la gobernanza de nuestras naciones. En definitiva, es un esfuerzo común orientado a comprometernos con la protección permanente y promoción de la democracia, la libertad y la paz en la región.

Estos logros se han traducido en beneficios tangibles para nuestros ciudadanos y ciudadanas. El Canciller Felipe Solá compartirá con el plenario de Presidentes el Estatuto de la Ciudadanía como muestra de lo que venimos construyendo para que la identidad común que tenemos como MERCOSUR se fortalezca y siga profundizándose.

Vivimos épocas complejas. La conmemoración de estos treinta años del MERCOSUR nos encuentra atravesados por un imponderable: una pandemia que ha desestructurado las bases mismas del mundo que conocíamos, y que se agrega a desafíos globales preexistentes como el cambio climático, la inestabilidad del sistema financiero internacional y la desigual distribución de los beneficios del comercio y la tecnología. Hablamos en todos los casos de problemas de acción colectiva, que demandan respuestas cooperativas e instituciones regionales y multilaterales capaces de generar compromisos estables. De allí el rol fundamental que posee el MERCOSUR para actuar como un bloque cohesionado en ámbitos internacionales donde actualmente se reescriben las reglas de juego.

Desde su creación tres décadas atrás, el MERCOSUR nos ha permitido avanzar desde una lógica de rivalidad hacia una de cooperación. Fue y es un espacio catalizador de principios y valores compartidos, que ha favorecido la consolidación de las instituciones democráticas en la región y ha sentado las bases para dejar atrás el peligro de las dictaduras y los gobiernos de facto. El proceso de integración nos permitió reconocer, asimismo, la importancia de construir confianza mutua, y por eso la cooperación dentro del bloque se extendió a numerosos ámbitos: desde empleo, educación, derechos humanos y ciencia y tecnología, hasta defensa y usos pacíficos de la energía nuclear. En la actualidad, nuestros ciudadanos pueden radicarse en otro país del bloque y trabajar libremente de manera fácil, algo que no es común en el resto del mundo. También debe destacarse el Parlamento del MERCOSUR, el PARLASUR, que se constituyó en 2006 y conforma una realidad institucional, que refleja el pluralismo y las diversidades de la región.

Por supuesto, el MERCOSUR ha sido fundamental como plataforma de desarrollo económico y comercial. Comenzando en 1991 creamos una zona de libre comercio para que nuestros bienes y servicios circulen sin restricciones, y también un arancel externo común. Esto permitió que nuestro comercio creciera vigorosamente.

Nuestro bloque exporta anualmente más de US$ 120 mil millones en alimentos. Ese número nos coloca en una posición de relevancia internacional y es central en nuestras negociaciones comerciales internacionales. Debemos hacer valer nuestra capacidad de producción de alimentos y mejorar las condiciones que enfrentan nuestros productos para ingresar a los mercados externos, al mismo tiempo que nos abrimos al comercio internacional.

En estos años también conseguimos promover un intercambio de productos con valor agregado entre nuestros socios que dinamizó actividades de exportación no tradicionales y creadoras de puestos de trabajo de calidad, en rubros como biocombustibles, química y petroquímica, plásticos, productos farmacéuticos, siderurgia, automotriz, servicios basados en el conocimiento, entre otros.

Efectivamente, mientras que los países del MERCOSUR son tradicionalmente fuertes exportadores de productos primarios, gran parte de las exportaciones que se realizan entre los socios del bloque son productos industrializados. Durante las primeras décadas de integración, el incremento del comercio intra-MERCOSUR fue mayor al global y triplicamos el comercio entre nosotros, si lo comparamos con el inicio del proceso de integración. Un comercio que creció en volumen, pero también en calidad y valor agregado.

Al mismo tiempo, hemos trabajado en la armonización de reglamentos técnicos para que estos brinden seguridad a la producción y a los consumidores, sin afectar innecesariamente el comercio.

El MERCOSUR también ha sido protagonista de nuestra inserción externa. Desde sus primeros años, el bloque buscó avanzar en acuerdos comerciales con todos los países de la región, lo que permite que hoy en día se haya construido un área de libre comercio con la mayor parte de los países de América Latina. Asimismo, hemos negociado también acuerdos comerciales con la Unión Europea, la EFTA, Israel, Egipto, India, los países del sur de África, entre otros. El MERCOSUR no es un bloque cerrado al comercio exterior, sino una plataforma para que nuestros países se proyecten al resto del mundo.

Efectivamente, hoy en día el MERCOSUR cuenta con una de las agendas comerciales más dinámicas del planeta. Tiene negociaciones activas con siete contrapartes que comprenden 36 naciones: la Unión Europea, la Asociación Europea de Libre Comercio, Canadá, Corea, Singapur, Líbano e Israel y diálogos exploratorios con Vietnam e Indonesia. Hemos hecho propuestas negociadoras a nuestros socios de América Central y República Dominicana. Mantenemos conversaciones con India y aspiramos a iniciar un diálogo con la Unión Económica Euroasiática y en diseñar una estrategia de inserción en África.

Sería muy difícil tener una mirada idéntica sobre plazos y prioridades de nuestra agenda externa. Por ello es preciso partir desde una visión pragmática que nos permita consensuar una agenda común. No una agenda para cada semestre, sino de mediano plazo, que trascienda urgencias políticas, fije prioridades, esté interrelacionada con la consolidación interna del bloque y que esté profundamente anclada en una visión de desarrollo de nuestros sectores productivos. La inserción del MERCOSUR en la economía global debe darse en favor de nuestros sectores productivos y no en su contra.

El bloque tiene la responsabilidad de desarrollar políticas conjuntas de desarrollo de ventajas competitivas que sirvan para distribuir equitativamente las ventajas de la integración regional entre los socios. De igual manera, necesitamos redoblar nuestros esfuerzos para alcanzar resultados satisfactorios en otras cuestiones centrales, como el perfeccionamiento del arancel externo común (AEC) y la coordinación de políticas macroeconómicas, para continuar avanzando hacia el concepto de mercado común al que se aspiraba en 1991.

Nuestros cuatro países se encuentran actualmente trabajando en la revisión, precisamente, del Arancel Externo Común (AEC), con vistas a impulsar la competitividad del bloque y una mayor integración a las cadenas regionales y globales de valor, como mencionáramos en nuestro Comunicado Conjunto del 16 de diciembre pasado. La Argentina ha sido pragmática en sus propuestas y trabajos metodológicos de revisión de este importante instrumento, tras 25 años de un AEC que ha atravesado diversos cambios, adaptándose a los intereses de los socios. Sin embargo, no creemos que una reducción del Arancel Externo Común parcial y lineal para todo el universo arancelario sea el mejor instrumento frente a la posibilidad de nuevos acuerdos con otros países. Preferimos continuar con la metodología con la que viene trabajando el Grupo ad-hoc sobre la materia. En la reunión del GMC del 22 de abril próximo trabajaremos sobre ésta y otras cuestiones solicitadas con la presencia de nuestros Cancilleres.

El panorama de la economía y comercio internacional desde 2019, cuando empezamos el proceso de revisión del AEC, hasta ahora, con el impacto de la pandemia, ha cambiado. Las economías del mundo demuestran una renovada apuesta por la asociación regional y la conformación de cadenas de valor más cortas y previsibles en un contexto de incertidumbre global. Por eso debemos hacer una revisión racional y pragmática orientada a lograr mayor competitividad y a obtener resultados que beneficien el desarrollo de nuestras economías y la generación de empleo para los ciudadanos y ciudadanas del MERCOSUR.

Creemos que el sentido de la integración es buscar acuerdos respetando la diversidad de nuestros países. Aun cuando pensemos de manera diferente en ciertos temas, debe primar la voluntad de querer integrarnos, de construir una agenda común. Nuestros países impulsan un regionalismo solidario en materia política, económica y social porque sabemos que enfrentar las dificultades unidos nos hace más fuertes. En este difícil momento de emergencia sanitaria global, agregaría también el concepto de regionalismo sanitario solidario, porque tenemos las capacidades humanas y materiales para trabajar cooperativa y solidariamente a fin de llevar alivio y soluciones a nuestros pueblos, y particularmente a los más vulnerables; allí donde el Estado es el depositario de la esperanza de los pueblos para asistir y dignificar su vida cotidiana.

Tenemos que reforzar nuestra agenda ambiental y avanzar de esta manera hacia un desarrollo integral y sostenible que fortalezca el bienestar de nuestros pueblos. Creemos que esa es una responsabilidad de hoy hacia el futuro del MERCOSUR. Por eso, quiero proponerles la creación de un Observatorio de Medio Ambiente para visibilizar los activos ambientales de nuestra región y sostenerlos frente a quienes cuestionan o desconocen desde otros foros internacionales el desarrollo sostenible con el que estamos comprometidos.

Nuestro peso específico es en conjunto. A todos nos conviene, independientemente de nuestra extracción partidaria o ideológica, un bloque más fuerte, más unido, con más protagonismo internacional y capaz de generar intereses regionales de largo plazo.

Creo firmemente que somos capaces de reconocer lo mucho que se hizo, y lo mucho que falta por hacer. El trabajo por delante nos exige creatividad, generosidad y compromiso.

Como se dejó constancia en el Tratado de Asunción, tenemos como objetivo el desarrollo económico con justicia social y debemos alcanzarlo mediante el más eficaz aprovechamiento de los recursos disponibles, la preservación del medio ambiente, el mejoramiento de las interconexiones físicas, la coordinación de las políticas macroeconómicas y la complementación de los diferentes sectores de la economía, con base en los principios de gradualidad, flexibilidad y equilibrio. A treinta años de la creación del MERCOSUR este objetivo y estos medios siguen vigentes. Casi trescientos millones de habitantes en cerca de quince millones de kilómetros cuadrados de territorio nos invitan a redoblar esfuerzos y profundizar la voluntad de caminar juntos. Nuestros pueblos lo merecen. Vamos por muchos años más de MERCOSUR.

No quiero dejar de agradecer el permanente respaldo de los Estados Partes y los Estados Asociados del MERCOSUR a los legítimos derechos de la República Argentina en la disputa de soberanía relativa a la Cuestión de las Islas Malvinas, su rechazo al desarrollo de actividades unilaterales británicas que incluyen, entre otras, la explotación de recursos naturales renovables y no renovables del área en controversia, y su llamado a retomar el diálogo para alcanzar, cuanto antes, una solución a la prolongada disputa de soberanía bilateral, de conformidad con las resoluciones pertinentes de las Naciones Unidas y las declaraciones de la Organización de los Estados Americanos, del MERCOSUR y de otros foros regionales y multilaterales.

La recuperación del ejercicio efectivo de nuestra soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes, conforme el derecho internacional y respetando el modo de vida de sus habitantes, es un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino y constituye una política de Estado. El apoyo de los países del MERCOSUR es, en tal sentido, invaluable.

Fuente: Página/12, 26/3/021

Una embestida que no es casual

Hebe de Bonafini, titular de Madres de Plaza de Mayo, acaba de criticar con extrema dureza al presidente y a su ministro de Economía. Filosa como siempre la histórica dirigente de los derechos humanos expresó: “Ayer el presidente y el ministro hicieron un acuerdo con el Fondo. El presidente dijo que iba a honrar la deuda. Señor presidente, sabe usted que la va a honrar con una gran deshonra, la va a honrar con el hambre de los hambrientos, con el trabajo de los trabajadores, que van a ganar cada vez menos, porque esas son las exigencias. ¿A qué llama honra usted, señor presidente? ¿A ponerse de rodillas con el Fondo?”. “No se acostumbre a mentir, señor presidente, porque si no, va a parecerse mucho a alguien que conocemos ya. Usted prometió otra cosa, y el ministro también prometió otra cosa. No nos mientan. Somos ignorantes, pobres, trabajadores y trabajadoras, pero algo sabemos porque lo sufrimos en carne propia. Porque sabemos lo que está pasando la gente”. “No hay precios cuidados, no hay aumentos de sueldos porque por más que hagan estadísticas, las estadísticas no nos sirven porque nosotros estamos mirando siempre el estómago de los que no comen, las viviendas de los que no tienen vivienda, el agua de los que no tienen agua, la falta de trabajo de los que no trabajan, y de los que trabajan y no ganan por este acuerdo miserable que hicieron con el Fondo. Me avergüenzo, señor presidente, de ese acuerdo que no es nada honroso. Es la deshonra del país” (fuente, Infobae, 26/3/021).

Hebe de Bonafini es quien mejor interpreta el pensamiento de Cristina Kirchner. Expresa públicamente lo que la vicepresidenta prefiere callar. Las palabras de doña Hebe son una escalada de la violencia verbal desatada por Cristina contra el presidente de la nación y que se tradujo en los despidos de María Eugenia Bielsa, Ginés González García y Marcela Losardo. En estos momentos la vicepresidenta me hace acordar a Carlos Monzón cuando ejecutaba sin piedad su estrategia de aniquilamiento del rival de turno. El santafesino golpeaba todo el tiempo hasta agotar a su adversario. Cuando ello sucedía le descerrajaba el derechazo que lo mandaba a la lona. Pues bien, Cristina está sometiendo al presidente a un esmerilamiento por goteo. En su momento pasó inadvertido pero el despido de Bielsa fue el inicio de la embestida. Sin prisa pero sin pausa Cristina comenzó una tarea de desgaste que se tradujo en nuevos despidos que afectaron a personas muy cercanas a Alberto Fernández.

Por su parte el presidente me recuerda a los rivales de Monzón que buscaban protección en las cuerdas para soportar estoicamente el suplicio. Alberto Fernández está a la defensiva, como si esperara el momento oportuno para decir “hasta aquí llegué”. Porque todo indica que la próxima víctima de Cristina es nada más y nada menos que Martín Guzmán, el promocionado economista que llegó al ministerio para solucionar el tema de la deuda. ¿Qué sucedería si finalmente el presidente se desprende de Guzmán? Porque ello significaría, lisa y llanamente, desconocer las duras negociaciones con el FMI ¿Cuál sería la reacción de Georgieva y su staff si se produjera el despido de Guzmán? ¿Cómo tomaría el FMI la llegada al ministerio de Economía de un economista cercano a Kicillof, por ejemplo?

El presidente está pasando por el peor momento desde que asumió. Se lo ve nervioso, desencajado. Sus enormes ojeras ponen en evidencia su desgaste físico y emocional. Da toda la sensación de que no soporta los conflictos, los antagonismos. No hay que olvidar que durante toda su carrera política siempre se manejó a hurtadillas. Siempre fue un negociador político, como Nosiglia y Manzano, aunque sin el brillo de estos discípulos de Maquiavelo. Ahora, en la cúspide del poder político, está obligado a pelear. No tiene más remedio que ponerle el pecho a las balas. La pregunta del millón es la siguiente: ¿hasta cuándo será capaz de resistir los embates de un cristinismo implacable y despiadado?

Un ex presidente en campaña

El ex presidente Mauricio Macri está en campaña. Su intención es retornar a la Casa Rosada en 2023. Nadie debe sentirse sorprendido por su repentina irrupción en la arena política luego de meses de ostracismo. Aguardó que el viento comenzara a soplar en contra de Alberto Fernández para hacerle saber a la opinión pública que no tiene ninguna intención de jubilarse. Lo primero que hizo fue presentar un libro titulado “primer tiempo”, de escasa repercusión mediática. Luego apostó por las entrevistas. Este fin de semana dialogó con varios periodistas en los estudios de La Nación+ y en las últimas horas lo hizo con Jorge Lanata.

En el reportaje concedido al fundador de Página/12 expresó: “Si Perón estuviese hoy acá, diría “me anoto en Juntos por el Cambio”. “Este peronismo actual representa a los que no trabajan y nosotros representamos a los que quieren trabajar, a los millones que piden un trabajo decente. Al trabajar, existís, trascendés. Si dependés de lo que te dan, te someten, te humillan. Eso es lo que hace el populismo”.

La maniobra de Macri es de manual. Sabe muy bien que toda fuerza política no peronista que pretenda ganar una elección presidencial debe necesariamente contar con el apoyo de algún sector del peronismo. Los triunfos de Alfonsín, De la Rúa y Macri se debieron fundamentalmente al apoyo que en las urnas le brindaron numerosos peronistas desencantados con su partido. Necesita sí o sí “enamorar” a los peronistas desilusionados con Alberto Fernández, a aquellos peronistas que votaron a Alberto creyendo que sería capaz de no dejarse dominar por Cristina.

Su referencia a Perón persigue ese objetivo. Está pensando fundamentalmente en ese 10% de peronistas que apoyan a Sergio Massa, en esos peronistas históricos de centro derecha que detestan a Cristina y al kirchnerismo. En esta estrategia jugará un rol central Miguel Angel Pichetto y su “peronismo republicano”. En definitiva, el ex senador y “ventajita”-si finalmente rompe con Alberto- serán vitales a la hora de conformar la pata peronista de Juntos por el Cambio.

Macri sostiene que el peronismo kirchnerista representa exclusivamente a los que no trabajan. Hace referencia, obviamente, a los planes sociales. Tiene razón cuando afirma que quien recibe un plan social depende de algún puntero político. El trabajo, también afirma con acierto, dignifica al hombre. El problema es que durante su gobierno se destruyeron fuentes de trabajo genuino y aumentaron exponencialmente los planes sociales. El ex presidente jamás le otorgó prioridad a la creación de trabajo genuino. Sólo le interesó hacer negocios con el FMI por una cifra colosal de dinero. ¿Qué autoridad moral tiene entonces para criticar al actual gobierno? Ninguna.

Mientras tanto Cristina sigue haciendo su juego tendiente a garantizar el retorno del cristinismo puro al poder en 2023. El retorno de Macri al ruedo político le ha venido como anillo al dedo. CFK necesita que Macri sea el enemigo a vencer y lo mismo sucede con Macri en relación con CFK. Ambos tienen en común su predilección por el antagonismo político. Para ellos la política es guerra total contra un enemigo. Son dignos discípulos de Carl Schmitt, aquel brillante teórico del nazismo que sostenía que la política era, esencialmente, la relación amigo-enemigo.

Cristina al gobierno… y también al poder

La política argentina es muchas cosas menos aburrida. Todos los días saca un conejo de la galera que nos deja atónitos. Ayer la vicepresidenta de la nación encabezó un acto por el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia en la ciudad bonaerense de Las Flores. Fue un acto del cristinismo puro. Estuvieron presentes, entre otros, Máximo Kirchner, Axel Kicillof y, sentado en primera fila, el polémico ministro de seguridad bonaerense, Sergio Berni. Una vez finalizado el discurso, la locutora oficial de la ceremonia expresó: “muchas gracias señora Presidenta de la Nación. Y de esta manera damos por finalizado el presente acto. A todos y todas, muchas gracias y que tengan muy buenas tardes” (fuente: Infobae, 24/3/021).

Si viviéramos en un país normal la locutora hubiera enmendado su error de inmediato expresando: “perdón, muchas gracias señora vicepresidenta de la Nación”. Hubiera habido risas, algunos comentarios jocosos, y todo hubiera terminado en ese momento. Pero la Argentina lejos está de ser un país normal. En consecuencia, lo que aconteció ayer con la locutora lejos está de ser una cuestión baladí. Observé varias veces por televisión el momento en que la locutora se dirige a Cristina como si fuera la presidenta de la nación y realmente no creo que se trate de un yerro o, si se prefiere, un blooper. Creo, por el contrario, que se trató de algo premeditado, planificado por Cristina para golpear de nuevo al atribulado Alberto Fernández. Fue, me parece, un mensaje claro y directo a todo el FdT, a la oposición y al pueblo. Su mensaje fue: “que nadie se equivoque: yo soy la presidenta de la nación. Alberto está donde está porque yo lo quise. Que quede bien en claro: la que manda soy yo”.

Se trata de un hecho sin precedentes en la historia política del país. Nunca antes un vicepresidente vapuleó a un presidente como lo hace Cristina con Alberto. La pregunta que muchos se deben estar formulando en estos momentos es la siguiente: ¿realmente Cristina tiene en mente desplazarlo a Alberto y asumir ella como presidenta? No hay que descartar semejante hipótesis. Reitero: la Argentina está enferma y todo puede pasar. También muchos se deben estar preguntando hasta cuándo tolerará Alberto semejante destrato de su vice. Porque puede suceder que un buen día Alberto se harte y se vaya a su casa. Pero no creo que ello vaya a suceder. Alberto conoce muy bien a su vicepresidenta y al aceptar su ofrecimiento de encabezar la fórmula presidencial del FdT, sabía muy bien a lo que se exponía. A lo mejor nunca pensó que CFK se atrevería a tanto. Entonces su ingenuidad no tiene límites. Lo real y concreto es que Cristina no le tiene ningún respeto y lejos está de disimularlo. El problema es que se trata de los dos políticos más importantes del país, lo que aumenta de manera exponencial el riesgo de una crisis institucional de impredecibles consecuencias.

Durante su discurso Cristina hizo alusión a la negociación con el FMI. Expresó: “Con los plazos y con las tasas que se pretenden no solamente es inaceptable, es un problema que no podemos pagar porque no tenemos plata”. “No estamos diciendo de no pagar la deuda. Nuestro espacio político fue el único que pagó las deudas de todos los otros gobiernos. Deberíamos hacer un esfuerzo, sobre todo aquellos que tienen responsabilidades institucionales, sean del oficialismo o de la oposición, para que nos den mayor plazo y otra tasa de interés de una deuda que otros contrajeron” (fuente: Infobae, 24/3/021). No recuerdo a un vicepresidente hablando en forma tan categórica como la actual vicepresidenta. Realmente lo acontecido ayer en Las Flores es un calco de los tantos actos públicos celebrados mientras CFK fue presidenta de la nación. Cristina reconoció que el país no tiene plata para hacer frente a los vencimientos de deuda que se avecinan. Flaco favor le acaba de hacer a Martín Guzmán, quien en estos momentos está haciendo lo imposible por hacer bien los deberes ante el FMI. Reitero: si uno es un poco mal pensado estará tentado a afirmar que CFK está atentando contra el presidente de la nación.

Que CFK es hoy, como acertadamente lo viene señalando Nelson Castro “la ex presidenta en funciones”, también quedó en evidencia con la decisión tomada por el presidente de abandonar el Grupo de Lima, un foro regional creado hace pocos años con el visto bueno de Washington para desestabilizar al régimen autocrático de Nicolás Maduro. De esa forma primó una vez más la voluntad de Cristina sobre la de aquellos sectores del FdT reacios a esa decisión (léase Sergio Massa, quien siempre afirmó que en Venezuela hay una dictadura). Con esta decisión la Argentina se acerca a Venezuela y se aleja del gobierno de Joe Biden, declarado enemigo del chavismo. La cancillería confirmó la noticia a través de un comunicado en el que se asegura que la Argentina se retiró del Grupo de Lima porque considera que su accionar tendiente a aislar al chavismo y a sus representantes ha sido completamente inútil. La Cancillería sostiene que “la participación de un sector de la oposición venezolana como un integrante más del Grupo de Lima ha llevado a que se adoptaran posiciones que nuestro Gobierno no ha podido ni puede acompañar”. “La mejor manera de ayudar a los venezolanos es facilitando que haya un diálogo inclusivo que no favorezca a ningún sector en particular, pero si a lograr elecciones aceptadas por la mayoría con control internacional”. Pide sumar al diálogo a “voces provenientes de los principales actores sociales del país, como la Iglesia, el sector empresario y las organizaciones no gubernamentales, sin exclusiones”. “En un contexto en el que la pandemia ha hecho estragos en la región, las sanciones y bloqueos impuestos a Venezuela y a sus autoridades, así como los intentos de desestabilización ocurridos en 2020, no han hecho más que agravar la situación de su población y, en particular, la de sus sectores más vulnerables”. “La Argentina continuará sosteniendo su compromiso con la estabilidad en la región, y buscará soluciones pacíficas, democráticas y respetuosas de la soberanía y de los asuntos internos de cada Estado” (fuente: Infobae, 24/3/021).

El golpe más anunciado de la historia

Fue el golpe de estado más anunciado de la historia. A partir del frustrado levantamiento de un sector de la Fuerza Aérea liderado por Capellini el 18 de diciembre de 1975 todas las mañanas nos preguntábamos si María Estela Martínez de Perón seguía siendo la presidenta. Finalmente el 24 de marzo de 1976 se produjo su derrocamiento e inmediata detención ante la indiferencia del pueblo. Nadie salió en su defensa. La dejaron sola, como se expresa coloquialmente. Inmediatamente asumió una Junta Militar integrada por las máximas jerarquías de las tres ramas de las fuerzas armadas. Había comenzado el “Proceso de reorganización nacional”.

¿Por qué se produjo el golpe de estado de marzo de 1976? ¿Por qué la inmensa mayoría del pueblo respiró aliviada al enterarse del fin del tercer gobierno peronista? ¿La subversión había desaparecido como amenaza militar luego del desastre de Monte Chingolo a fines de 1975? ¿Fue la cúpula de los montoneros funcional a la dictadura militar? ¿El miedo al comunismo fue la excusa perfecta dada por los militares para, con el apoyo del establishment nacional e internacional, imponer un nuevo sistema económico basado en el poder financiero? ¿Por qué las fuerzas armadas se valieron de la clandestinidad para combatir a la subversión? ¿Hubo realmente una guerra?

¡Cuántas preguntas! Lo primero que cabe afirmar es que los militares no descendieron de un plato volador y ante la sorpresa generalizada derrocaron a Isabel. Fue un golpe perfectamente planificado con meses de antelación. Contó con la colaboración de numerosos civiles y el apoyo de los medios de comunicación, las corporaciones y la embajada de Estados Unidos. Pero lo más importante es que contó con al aval silencioso de la inmensa mayoría del pueblo. En otras palabras: el golpe de estado del 24 de marzo de 1976 tuvo un amplio consenso brindado por una sociedad atemorizada por la violencia que reinaba en aquel entonces. Ello explica el carácter incruento del golpe de estado, la facilidad con que las fuerzas armadas derrocaron y secuestraron a Isabel.

Me parece que lo primero que hay que preguntarse es por qué se produjo el golpe de estado. La respuesta obliga inexorablemente a recordar lo que sucedió durante el dramático y traumático tercer gobierno peronista. El 20 de junio de 1973 Perón regresó al país con un objetivo: volver a ser presidente de la nación. Ese día los campos de Ezeiza se transformaron en un verdadero infierno. La izquierda y la derecha del peronismo decidieron valerse de las armas para demostrar quién era el más guapo, el mejor intérprete de Perón. Hubo un número indeterminado de muertos y heridos. Incluso se habló de feroces escenas de tortura. En julio el general echó del gobierno a Cámpora, lo que fue interpretado por la Tendencia como una declaración de guerra. El 23 de septiembre Perón fue plebiscitado. El mítico líder era nuevamente presidente.

El pueblo lo había elegido porque consideraba que era el único dirigente capaz de garantizar la paz social. El 25 un comando montonero asesinó a José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT y mano derecha del general. Perón jamás perdonó semejante afrenta. La cúpula montonera, imbuida de un mesianismo patológico, creyó que con ese brutal asesinato lograría “convencer” al “viejo” de que debía sí o sí contar con ella para gobernar el país. Lo único que logró fue encolerizar a Perón. A partir de entonces el derramamiento de sangre se tornó inevitable. A la violencia montonera Perón le respondió con la violencia de la AAA y el sindicalismo ortodoxo. Los cadáveres comenzaron a apilarse y muy pronto el país se convirtió en un gigantesco campo de batalla.

El 1 de mayo de 1974 Perón participó por última vez del homenaje a los trabajadores. Ante el contante abucheo de la JP el general finalmente explotó de furia y desde el histórico balcón dijo encolerizado que había llegado la hora de hacer tronar el escarmiento. Creo que, consciente o inconscientemente, el general había dado la orden de poner en marcha el plan de exterminio de la subversión que sería perfeccionado a posteriori por la dictadura militar. En otras palabras: el terrorismo de estado comenzó ese día y no el 24 de marzo de 1976.

El 1 de julio se produjo la muerte de Perón. En consecuencia, asumió como presidenta la vice, María Estela Martínez de Perón. Con Isabel sentada en el sillón de Rivadavia el gobierno fue cooptado por la derecha del peronismo. Isabel era la presidenta pero el poder estaba en manos de José López Rega y Lorenzo Miguel. Era evidente que la presidenta no estaba preparada para enfrentar una situación tan compleja. A partir de entonces la violencia se incrementó de manera exponencial. Para colmo la economía marchaba a los tumbos. En el primer semestre de 1975 el ministro de Economía Celestino Rodrigo impuso un severo plan de ajuste que terminó en un verdadero desastre. En julio López Rega abandonó el gobierno y en agosto asumió como jefe del ejército Jorge Rafael Videla. El golpe de estado estaba en marcha. Mientras tanto, en la provincia de Tucumán las fuerzas armadas, encuadradas dentro del Operativo Independencia, destrozaban al ERP.

El 13 de septiembre de 1975 Isabel se tomó una breve licencia. El gobierno quedó en manos de Italo Luder quien, con el apoyo de todo el gabinete, firmó el histórico decreto ordenando el aniquilamiento de la subversión. El gobierno no hizo más que legalizar la orden de Perón del 1 de mayo de 1974 (“llegó la hora de hacer tronar el escarmiento”). En aquel entonces todo el mundo se preguntaba cuándo tendría lugar el derrocamiento. Los grandes medios de comunicación repiqueteaban hasta el cansancio con la idea del vacío de poder mientras la clase política no hacía más que imitar a Poncio Pilato.

En diciembre de 1975 tuvieron lugar dos hechos muy importantes. El ya mencionado intento de golpe de parte de un sector de la fuerza aérea el 18, inmediatamente abortado por el grueso de las fuerzas armadas. Evidentemente Capellini no gozaba de la simpatía de sus pares. Cinco días más tarde la subversión intentó el copamiento del regimiento militar situado en Monte Chingolo (provincia de Buenos Aires). Fue diezmada. Creo que a partir de ese momento dejó de constituir una amenaza militar.

Incapaz de ejercer el poder Isabel se sentó a esperar lo inexorable: su derrocamiento. El 24 de marzo de 1976 comenzaba un nuevo y dramático período histórico, cuyas secuelas aún perduran.

El imperio de la mediocracia

En una parte de su extraordinario libro “El hombre mediocre” José Ingenieros expresa que “en ciertos períodos la nación se adarme dentro del país. El organismo vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan a los ideales, tronándose dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni oriflamas en los campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe; no resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de los manteles oficiales para alcanzar algunas migajas de la merienda. Es el clima de la mediocridad. Los estados tórnanse mediocracias que los filólogos inexpresivos preferirían llamar mesocracias. Entra en la penumbra el culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes, la exaltación de ideales, el desinterés, la abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y de la dignidad. En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus (…) En la primera década del siglo XX se ha acentuado la decadencia moral de las clases gobernantes. En cada comarca, una facción de vividores detenta los engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno a cuantos desdeñan tener complicidad en sus empresas. Aquí son castas advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de parlaembalde. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar con ideas su monopolio del estado. Son bandoleros que buscan la encrucijada más impune para expoliar a la sociedad. Políticos sin vergüenza hubo en todos los tiempos y bajo todos los regímenes; pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales. Donde todos pueden hablar, callan los ilustrados; los enriquecidos prefieren escuchar a los más viles embaidores. Cuando el ignorante se cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al elocuente y el burdégano al digno, la escala del mérito desaparece en una oprobiosa nivelación de villanía”.

“Esa es la mediocracia: los que nada saben creen decir lo que piensan, aunque cada uno sólo acierta a repetir dogmas o auspiciar, voracidades (…) En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocracias por senderos innobles (…) Los países dejan de ser patrias, cualquier ideal parece sospechoso. Los filósofos, los sabios y los artistas están de más; la pesadez de la atmósfera estorba a sus alas y dejan de volar (…) Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo representan. Cuando las naciones dan en bajíos, alguna facción se apodera del engranaje constituido o reformado por hombres geniales. Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia (…) El nivel de los gobernantes desciende hasta marcar el cero; la mediocracia es una confabulación de los ceros contra las unidades. Cien políticos torpes juntos, no valen un estadista genial (…) Los políticos sin ideal marcan el cero absoluto en el termómetro de la historia, conservándose limpios de infamia y de virtud, equidistantes de Nerón y de Marco Aurelio (…) Los gobernantes que no piensan parecen prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban resultan ejemplares”.

Estas reflexiones fueron escritas hace un siglo, en pleno régimen conservador. La Argentina era el granero del mundo y, a pesar de ello, la corrupción era ley en las altas esferas de gobierno (al igual que en las medianas y bajas). Lo que hoy nos espanta no constituye, por ende, ninguna novedad. Siempre la política estuvo aliada al delito, al latrocinio, al crimen, en nuestra bendita tierra. Lamentablemente, a partir del nefasto golpe de estado del 6 de septiembre de 1930 la mediocracia se institucionalizó, adquirió el status de sistema. Y se quedó para siempre. Ello no significa que en algunos momentos no fuéramos gobernados por grandes presidentes, como Arturo Frondizi, Arturo Illia y Raúl Alfonsín. Pero fueron la excepción que confirma la regla. Lo más grave es que con el correr de las décadas nos hemos acostumbrado a ser gobernados por presidentes venales, corruptos y mentirosos. Hemos naturalizado una mediocracia que cada vez es más deletérea, más corrosiva. En cada elección presidencial votamos a un candidato peor que el presidente anterior. Nos pasó en 2015 cuando elegimos a Macri, quien demostró ser un presidente mucho peor que Cristina. Y nos volvió a pasar en 2019 con Alberto Fernández, quien está demostrando ser un peor presidente que Macri. Por lo menos el hijo de don Franco detentaba el poder. Mientras que el jefe de Gabinete de Néstor Kirchner ni siquiera merece ser considerado presidente porque en realidad no es más que una marioneta de CFK. Como bien señala Ingenieros en las mediocracias “el nivel de los gobernantes desciende hasta marcar el cero”. Pues bien, con Macri y Alberto Fernández dicho nivel descendió por debajo del cero.

Un gobierno en estado deliberativo

En su edición del día de la fecha Infobae publicó un ilustrativo artículo de Román Lejtman titulado “Alberto Fernández aún no tiene plan para enfrentar la segunda ola del Covid 19 por diferencias en el Gabinete”. Obsesionado por la eventual aparición en el país de dos cepas-Manaos y Sudafricana-capaces de hacer colapsar el sistema sanitario en poco tiempo, Alberto Fernández ordenó a los ministros de Salud, Seguridad, Interior y Transporte el diseño de un rápido y preciso plan de acción contra el virus. El plan aún no dio a luz por la incapacidad del gabinete de ponerse de acuerdo. En efecto, según Lejtman desde hace tres días que las opiniones encontradas de los ministros vienen obstaculizando la puesta en marcha de un plan que proteja a la población del nuevo ataque del coronavirus.

Para Carla Vizzotti es fundamental cerrar las fronteras con Brasil pero se encuentra con las dudas que dicha idea le genera a buena parte del gabinete. Es por ello que aguarda con impaciencia que su plan sea finalmente bendecido por el presidente y el jefe de Gabinete. Sabina Frederic, ministra de Seguridad, reconoció que la Gendarmería Nacional y la Prefectura son insuficientes para garantizar un control total sobre la frontera con Brasil. De ahí que en su ministerio comenzara a ganar consenso la idea de pedir ayuda a las Fuerzas Armadas. Por ahora, esta propuesta no ha sido resuelta por el equipo de ministros encargado de transformar en un plan concreto las instrucciones dadas por el presidente hace unos días.

Aunque cueste creerlo “la celeridad exigida por el presidente para encontrar un programa sanitario contra las nuevas variables del Covid 19 se evaporó por las eternas discusiones que ciertos ministros de peso iniciaron el sábado vía chat y que continuaron ayer sin resultados concretos”. “Alberto Fernández pretendía anunciar hoy (23/3) su nueva estrategia contra la pandemia. Pero ese plazo será de cumplimiento casi imposible por las diferencias internas en el gabinete nacional. Si hay milagro político, el nuevo plan contra el Covid-19 se conocerá hacia fin de semana”.

Imaginemos que el país A está a punto de sufrir una invasión del país B. Ante semejante situación límite el presidente de la nación, que es también el comandante en jefe de las fuerzas armadas, debe poner rápidamente en práctica un plan defensivo que le asegure la conservación del territorio. Para ello es fundamental que entre en funciones una suerte de consejo de expertos militares encargado de la elaboración de dicho plan. La urgencia es tal que el consejo debe expedirse en horas. No hay lugar para discusiones estériles y mucho menos guerra de egos. Si hay cierta demora el presidente hace valer su autoridad y muy rápidamente el consejo le entrega el plan de acción. Finalmente, el plan es un éxito. El enemigo fue derrotado.

Hoy la Argentina está a un paso de sufrir una nueva oleada de coronavirus. Se trata, qué duda cabe, de una situación límite. En consecuencia Alberto Fernández debe actuar como el presidente del ejemplo imaginario. Hace rato que debería haber convocado a un consejo de expertos en la materia para que elaboren lo antes posible el mejor plan para hacer frente al enemigo invasor. Al tener dicho plan en sus manos el presidente debería haberlo hecho conocer a todos sus ministros. Les debería haber dicho: “ministros, he aquí el plan que vamos a ejecutar para hacer frente a la segunda ola de Covid-19”. Si en ese momento uno o varios ministros hubieran planteado objeciones el mensaje del presidente debería haber sido claro: “señores y señoras, éste es el plan. La situación es dramática. Si están en desacuerdo presenten su renuncia”.

Emerge en toda su magnitud la crisis de autoridad que aqueja al presidente, fundamentalmente luego de la eyección de Losardo. La debilidad de Alberto Fernández es de tal magnitud que es incapaz de imponer su voluntad a su propia tropa. Surge, entonces, una inquietante pregunta: si finalmente el presidente se ve obligado a retornar a la Fase 1 ¿logrará imponer su voluntad al pueblo? La respuesta es obvia. Nos esperan, qué duda cabe, momentos dramáticos si finalmente la segunda ola se hace realidad.

¿Está en condiciones el gobierno de ganar en octubre?

En un artículo publicado este domingo en El cohete a la luna (Los tres factores”) Horacio Verbitsky afirma que el resultado de los comicios venideros depende de tres factores: a) la evolución de la pandemia; b) la evolución de la economía; c) la unidad del peronismo.

Hasta el momento el gobierno, lamentablemente, está fracasando con la vacunación. A fines del año pasado el propio presidente había asegurado que para fines de marzo de 2021 el número de vacunados ascendería a varios millones. La realidad se está encargando de propinarle duros golpes a la promesa presidencial. Hoy el número de vacunados es escaso y todo parece indicar que le resultará prácticamente imposible al gobierno garantizar la inmunidad de rebaño durante este año. ¿Por qué el gobierno no ha logrado, como lo está haciendo Chile por ejemplo, vacunar a muchas más personas? Es cierto que las vacunas han pasado a ser una mercancía escasa y como la demanda es enorme es lógico que haya una puja durísima para comprar la mayor cantidad posible de dosis. También lo es que el mayor porcentaje del stock de vacunas ha quedado en manos de un grupo selecto de países, lo que obliga al resto de los países a redoblar el esfuerzo para intentar comprar el mayor número de vacunas posible.

Es entendible, por ende, la preocupación de Alberto Fernández. Da toda la sensación de que jamás imaginó, a fines del año pasado, que para marzo la situación alcanzaría semejantes niveles de dramatismo. Hoy el éxito del proceso de vacunación depende fundamentalmente de la voluntad de dos de los presidentes más poderosos del mundo: Putin y Xi Jinping. A pesar de la ayuda rusa y eventualmente de la china dicho proceso se caracteriza por una exasperante lentitud. Es entonces cuando surge la pregunta inevitable: ¿por qué en Chile se vacuna a mucha más gente y más rápido que en Argentina? Sería bueno que los expertos brindaran al pueblo las explicaciones correspondientes.

Lo real y concreto es que el número de vacunas es escaso y la segunda ola de coronavirus está a la vuelta de la esquina, y no da la sensación de que el gobierno esté preparado para hacer frente a la situación. Ojalá me equivoque.

El fracaso es mucho más estruendoso en materia económica. La moneda es inexistente y los precios están por las nubes. Para colmo el gobierno carece de un plan económico para hacerle frente a la situación. Pero ello no debe tomarnos por sorpresa ya que el año pasado el propio presidente reconoció que no creía en los planes económicos. En estos momentos el atribulado Martín Guzmán se encuentra en Estados Unidos aguardando el encuentro de mañana con la jefa del FMI, Kristalina Georgieva. Es altamente probable que la misma signifique un fracaso para el ministro de Economía. La ausencia de un plan económico y fundamentalmente la influencia de Cristina en el gobierno han convencido al staff del FMI de que el gobierno argentino se asemeja a aquel barco que se quedó sin brújula durante una tormenta.

El único factor que puede inclinar el resultado electoral a favor del gobierno es la unidad del peronismo. Conscientes de que una división en estos momentos sepultaría las chances de victoria los referentes de las diferentes fuerzas que componen el FdT harán todo lo que esté a su alcance para garantizar la cohesión interna, por los menos hasta el día después de las elecciones.

La Argentina, un país irrelevante a nivel internacional

Escribo esta reflexión con dolor. Porque no es fácil reconocer que el país donde uno nació es hoy, a nivel internacional, total y absolutamente irrelevante. El 22 de enero de 2011, a dos días de haber asumido como presidente Joe Biden, Agostino Fontevecchia entrevistó a Leandro Darío, editor de Internacionales y Economía del Diario Perfil, para que efectúe un análisis de lo que puede esperar el gobierno de Alberto Fernández de la relación con Biden. Su reflexión fue terminante. “Argentina no es prioridad en la agenda de política exterior de Joe Biden. Va a depender de que Argentina tenga la capacidad de proponer una agenda bilateral cooperativa de lo que haga Biden. En los próximos tres o cuatro meses es importantísimo que el gobierno estadounidense haga un guiño al directorio del FMI. Estados Unidos tiene prácticamente poder de votos mayoritarios allí. El tema lo está trabajando mucho el embajador Jorge Argüello. Biden tendría que hacer un cálculo y un equilibrio entre preservar la salud financiera del FMI y por otro lado preservar la estabilidad macroeconómica de Argentina en un contexto de recesión económica y crisis de la deuda global”.

Hablar del FMI es hablar de Estados Unidos. No es casualidad que el edificio del FMI esté en Washington. Cuando el FMI toma una decisión es porque Estados Unidos dio el okey. La relación con el FMI siempre fue conflictiva. Sus exigencias ortodoxas siempre le causaron un grave perjuicio al país. El último es quizá uno de los más graves. La desastrosa gestión económica de Macri terminó en uno de los endeudamientos más gravosos de la historia económica del país. Este año el gobierno de Alberto Fernández deberá hacer frente a unos vencimientos por varios miles de millones de dólares. Como esos dólares no están el ministro Guzmán, que mañana se reúne con Georgieva, deberá rogarle que acepte una prórroga. Le explicará que esta deuda no es responsabilidad del actual gobierno y que apenas estén dadas las condiciones el gobierno hará honor a las deudas contraídas. Georgieva apoyará a Guzmán porque de no hacerlo Argentina podría entrar en bancarrota en un futuro no tan lejano, lo que le impediría al FMI contar nuevamente con los dólares que le prestó a Macri.

El problema de fondo es la falta de confianza de Biden en el gobierno argentino. La postura de Alberto Fernández sobre el gobierno de Maduro le debe provocar sarpullido al presidente imperial. Le debe resultar bastante complicado comprender a un gobierno que se muestra partidario de mantener una sólida relación con el FMI, y al mismo tiempo no condena las violaciones a los derechos humanos que se cometen en Venezuela. Además, la histórica ausencia de políticas de Estado en materia internacional no ha hecho más que condenar a la Argentina a la irrelevancia. ¿Cómo confiar en un país que un día elige a un presidente cercano al chavismo (Néstor Kirchner) y más adelante vota a un presidente alineado con Estados Unidos (Mauricio Macri)?

No se necesita, por ende, ser un fino analista de las relaciones internacionales para afirmar que la reunión de Guzmán con Georgieva fracasará irremediablemente. Ello no significa que el FMI rompa relaciones con el gobierno argentino. Simplemente se negará a efectuar futuros desembolsos hasta tanto el gobierno de Alberto Fernández no se ponga al día con las deudas contraídas. Es cierto que las deudas fueron contraídas por Macri pero este “pequeño detalle” al FMI lo tiene sin cuidado. Lo único que le importa es que Argentina pague. Después de todo el FMI no obligó a Macri a solicitar un préstamo sino que fue el presidente argentino quien se arrodilló ante Lagarde en busca de auxilio.

Tiene razón José Luis Espert cuando afirma que acordar con el FMI demuestra la incapacidad del país de generar recursos propios. “Es como irse a la B”, ha graficado en más de una oportunidad. Pues bien, hace rato que la Argentina está en la B. Por eso es irrelevante a nivel internacional.

El aporte de Robert Michels

Gobierno directo por parte de las masas: imposibilidad mecánica y técnica

(última parte)

Ser y Sociedad-24/11/011

El sistema electoral indirecto

En esta parte de su análisis Michels hace teoría política. La solidez de toda organización-un estado democrático, un partido político, una asociación proletaria-crea el campo propicio para la diferenciación de órganos y funciones. “Cuanto más extenso y más ramificado es el aparato oficial de la organización, tanto mayor es el número de sus miembros, tanto más rico su tesoro y tanto más amplia la circulación de su prensa, tanto menos eficiente el control ejercido por la masa y tanto más reemplazado por el poder creciente de las comisiones” (“Los partidos políticos”, Amorrortu editores, Bs. As., 1983, pág. 78). He aquí un claro ejemplo de proposición teórica elucubrada por Michels luego de analizar con esmero un vasto campo de observación (los partidos políticos, por ejemplo). Precisamente es en los partidos políticos donde están dadas las condiciones para el surgimiento del sistema electoral indirecto, fuertemente combatido por aquellas fuerzas partidocráticas defensoras de la democracia. A pesar de ello, la influencia del sistema electoral indirecto seguramente provoca más desastres en la vida interna de los partidos políticos que en el funcionamiento del propio estado. Incluso en los congresos que celebran los partidos cada vez está más afianzada la costumbre de derivar todos los asuntos importantes a comisiones que debaten a puertas cerradas. Cuanta más desarrollada esté una organización más complicadas se tornan las tareas administrativas y más especializadas se vuelven las obligaciones, a punto tal que ya no es posible que una sola persona se encargue de aquéllas y asuma éstas.

En teoría los dirigentes de los partidos están siempre expuestos al ojo crítico de los afiliados, son empleados comprometidos a cumplir las instrucciones de éstos. Constituyen el órgano ejecutivo de la masa. La realidad indica un fenómeno diferente: con el aumento de la magnitud de la organización la dependencia de los dirigentes de los afiliados se torna ilusoria. Los afiliados deben ser conscientes de que a partir de ahora resulta imposible ejercer la conducción del partido, con lo cual están obligados a dejar que personas especializadas se hagan cargo del manejo partidario. Surge la necesidad de que un miembro del partido llegue finalmente a ser el líder, adquiriendo una libertad de acción impensada en el pasado. De esa manera el jefe está facultado para resolver asuntos de importancia asumiendo la responsabilidad que le corresponde. A raíz de ello, una de las características fundamentales de la democracia, el control de los actos de gobierno, sufre una disminución progresiva. Ahora a la masa de afiliados le resulta prácticamente imposible controlar al líder que dirige los destinos del partido. Incluso en los partidos socialistas se da una intervención cada vez más activa del principio de la división del trabajo, la estructura de organización es cada vez más poderosa y compleja, y los dirigentes ejercen un rol cada vez más activo y preponderante. La observancia de las reglas impuestas por la burocracia pasa a ser la regla principal. La existencia de la jerarquía es consecuencia del funcionamiento cada vez más complejo de la organización moderna. Michels sentencia que la tendencia a la oligarquía y el imperio de la burocracia en la organización partidaria son tanto una necesidad técnica como otra de índole práctica. Ni siquiera el sector más progresista del partido socialista deja de reconocer el carácter inexorable de la oligarquización de las organizaciones partidarias. Ante un eventual conflicto entre la democracia y la organización, es preferible aferrarse a ésta.

La existencia de un líder es inevitable. “Por razones técnicas y administrativas, no menos que por razones tácticas, una organización fuerte necesita un liderazgo igualmente fuerte” (pág. 80). Si dentro de la organización los lazos entre sus miembros son laxos, no están dadas las condiciones para el surgimiento del líder. El antiguo hombre de confianza, cuyo trabajo era escasamente retribuido en dinero, fue sustituido por el político profesional, el “ward-boss” en los Estados Unidos. La necesidad de contar con un político profesional es directamente proporcional a la solidez de la estructura del partido. “Cuanto más sólida se hace la estructura, tanto más se marca la tendencia a reemplazar al líder de emergencia por un líder profesional” (pág. 81). Cuanto más compleja sea la estructura partidaria mayor es la necesidad de contar con dirigentes que se vuelquen de lleno a la actividad política. Para Michels el advenimiento del liderazgo profesional es incompatible con la vigencia de la democracia. Está convencido de la imposibilidad lógica del sistema representativo tanto en el ámbito parlamentario como en el partidario. J.J. Rousseau fue el fundador de esta crítica del sistema representativo. Para el ginebrino el gobierno popular es la voluntad popular en ejercicio y de esa definición extrae las inferencias lógicas en el sentido de que “ésta nunca puede serle sustraída, y el soberano-que no es más que un concepto colectivo-sólo puede ser representado por sí mismo. En consecuencia, desdel instante en que un pueblo se entrega a representantes, deja de ser libre” (“El contrato social, págs. 40 y siguientes en Michels, op.cit. pág. 81). Cuando una masa delega sus funciones soberanas a un grupo de personas, automáticamente deja de ser soberana. La voluntad de un pueblo no se transfiere, al igual que la de un individuo.

Michels recuerda a varios pensadores que se opusieron al sistema representativo: Carlo Pisacane, Víctor Considérant, Ledru-Rollin y el anarquista Proudhon. Destaca la pasión de Considérant, quien se oponía férreamente al sistema representativo. “Aún si aceptáramos en teoría que el gobierno parlamentario en abstracto constituyera realmente un gobierno de masas, en la vida práctica esto no es más que un fraude continuo por parte de la clase dominante. Con un gobierno representativo, la diferencia entre la democracia y la monarquía, ambas enraizadas en el sistema representativo, es enteramente insignificante: diferencia no sustancial, sino formal. El pueblo elige, en lugar de un rey, diversos reyezuelos. Por no tener la libertad y la independencia suficientes para dirigir la vida del estado, permite con mansedumbre que se le despoje de su derecho fundamental. El único derecho que el pueblo se reserva es el “privilegio ridículo” de elegir periódicamente un nuevo grupo de amos” (pág. 83). Incluso Marx y sus continuadores no dejaron de admitir los riesgos que implicaba para la democracia el sistema representativo. Por último, el conservador Gaetano Mosca no tuvo problema alguno en exclamar lo absurda de la premisa que sostiene que la soberanía de quienes eligen, la colectividad, puede transferirse libremente a un grupo reducido de personas que fueron elegidas, ya que se apoya en otra premisa no menos absurda que enarbola la idea de la existencia de lazos inquebrantables entre la colectividad y la minoría. Lo que sucede en la realidad, dice Mosca, es que una vez concluida la elección se evapora el poder de la colectividad sobre los delegados.

Michels reconoce que en la actualidad (segunda década del siglo XX) la crítica al sistema representativo es aún más legítima dado el aumento de la complejidad de la dinámica política. A medida que aumenta dicha complejidad carece de sentido proclamar la representación de una colectividad inmersa en una sociedad altamente diferenciada, aquejada, por ende, por problemas cada vez más complejos. “En este sentido representar viene a significar que un deseo puramente intelectual se disfraza y es aceptado como la voluntad de la masa. En ciertos casos aislados, cuyas cuestiones son muy simples, y donde la autoridad delegada tiene duración breve, es posible la representación; pero en la representación permanente equivaldrá siempre a que los representantes dominen sobre los representados” (pág. 85).

Hannah Arendt y la dominación totalitaria

(última parte)

Ser y Sociedad-29/11/011

Como si nunca hubieran existido

Una característica medular y al mismo tiempo escalofriante del totalitarismo es la categoría del “enemigo objetivo” que emplea para aniquilar a quienes se oponen a sus designios. Cualquiera puede ser considerado por el gobierno totalitario un “enemigo objetivo”, al margen de su cercanía o lejanía del régimen. Es el propio gobierno totalitario el que decide quién es “enemigo objetivo” y quién no lo es. Arendt describe magistralmente cómo actúa el totalitarismo en esta cuestión: “Nunca es un individuo cuyos peligrosos pensamientos tengan que ser provocados o cuyo pasado justifique la sospecha, sino un “portador de tendencias” como el portador de una enfermedad. Prácticamente hablando, el gobernante totalitario procede como un hombre que persistentemente insulta a otro hombre hasta que todo el mundo sabe que el segundo es su enemigo, así que puede, con alguna con alguna plausibilidad, ir a matarle en defensa propia” (“Los orígenes del totalitarismo”, editorial Taurus, Madrid, 1974, pág. 517). La noción de enemigo objetivo hace a la esencia del totalitarismo. No se trata de una cuestión de odio a los judíos, por ejemplo, ya que si ello fuera así aquella noción se esfumaría apenas el régimen totalitario hubiera exterminado a todos los judíos. En este supuesto dicho régimen estaría en condiciones de retornar a la democracia. Sin embargo, ocurre lo contrario. El exterminio de los primeros enemigos ideológicos declarados por el gobierno totalitario no conduce a la eliminación de la noción de enemigo interno.

Sin embargo, ocurre lo contrario. El exterminio de los primeros enemigos ideológicos declarados por el gobierno totalitario no conduce a la eliminación de la noción de enemigo objetivo. Por el contrario, éste continúa vigente para ser aplicada a los próximos enemigos declarados como tales por el gobierno totalitario. El nazismo y el bolchevismo lo han puesto perfectamente en evidencia. “(…) los nazis, previendo la conclusión del exterminio de los judíos, habían dado ya los pasos preliminares para la liquidación del pueblo polaco, mientras que Hitler proyectaba incluso diezmar a ciertas categorías de alemanes; los bolcheviques, habiendo empezado con los descendientes de las antiguas clases dominantes, dirigieron todo su terror contra los kulaks (en los primeros años de la década de los años 30), que a su vez fueron sucedidos por los rusos de origen polaco (entre 1936 y 1938), por los tártaros y los alemanes del Volga, durante la guerra, por los antiguos prisioneros de guerra y las unidades de las fuerzas de ocupación del ejército Rojo después de la guerra y por la judería rusa tras el establecimiento de un Estado judío” (pág. 518). La noción de enemigo objetivo, enfatiza Arendt, es perfectamente funcional a la concepción del totalitarismo como un movimiento que necesita constantemente crear enemigos para legitimar su dominación totalitaria.

En el totalitarismo la policía secreta se limita a obedecer las órdenes del jefe totalitario. Sólo él está legitimado para decidir en el futuro quiénes engrosarán la lista de los enemigos objetivos y quiénes formarán parte de aquella fuerza secreta. Al no estar facultada para provocar carece del único medio para actuar independientemente del gobierno totalitario. A raíz de ello, ha pasado a constituir un apéndice de las más altas autoridades. Se asemeja a los ejércitos de los gobiernos no totalitarios, limitados a ejecutar la política gubernamental. Lejos de centrar su atención en el descubrimiento de los delitos, la policía totalitaria debe estar siempre disponible para detener a quienes son los “enemigos objetivos” del régimen totalitario. La gran ventaja que posee es que goza de la más absoluta confianza del poder supremo y sabe, en virtud de ello, qué estrategia política ha de ser aplicada. En los regímenes totalitarios la policía secreta dispone de una precisa información sobre la población. En efecto, sus miembros son depositarios de los secretos más relevantes del poder totalitario, lo que supone un aumento de su prestigio como institución secreta estatal y de su ubicación en la estructura de poder, aunque ello implique en la práctica una disminución de su poder real. En otros términos: la policía totalitaria no es más que el órgano ejecutor de la voluntad del jefe.

En los regímenes totalitarios la sospecha de un delito es sustituida por su posibilidad. Estamos en presencia de uno de los caracteres más aterradores del totalitarismo. Arendt lo explica de esta forma: “El delito posible no es más subjetivo que el enemigo objetivo. Mientras que el sospechoso es detenido porque se le considera capaz de cometer un delito que más o menos encaja en su personalidad (o en su sospechada personalidad), la versión totalitaria del delito posible está basada en la anticipación lógica de los desarrollos objetivos (…) La presunción central del totalitarismo de que todo es posible conduce así, a través de la eliminación consistente de todos los frenos de hecho, a la absurda y terrible consecuencia de que debe ser castigado cada delito que los gobernantes pueden concebir, sin tener en cuenta si ha sido o no ha sido cometido. El delito posible, como el enemigo objetivo, queda luego más allá de la competencia de la policía, que nunca puede descubrirlo, inventarlo o provocarlo. También aquí dependen enteramente los servicios secretos de las autoridades políticas. Ha desaparecido su independencia como un Estado dentro del Estado” (pág. 521). La paranoia de los gobernantes totalitarios determina que tal grupo seguramente cometerá tal delito y, si ello acontece, la estabilidad del movimiento estará en juego. Conclusión: tal grupo debe ser severamente castigado por el posible delito que cometerá.

La policía secreta constituye la genuina rama ejecutiva del gobierno por cuyo intermedio son transmitidas las órdenes. Sus agentes secretos configuran una densa e impenetrable red de información completamente independiente del resto de las instituciones gubernamentales. Constituyen, por ende, la genuina clase dominante dentro del movimiento totalitario y sus normas y escalas de valores determinan a la sociedad totalitaria en su conjunto. En consecuencia, algunas de las cualidades típicas de la policía totalitaria también lo son de la sociedad totalitaria. La categoría de sospechoso, por ejemplo, abarca a todos los miembros de la población, lo que significa que cualquiera está en la mira del gobierno totalitario. “(…) cada pensamiento que se desvía de la línea oficialmente prescrita y permanentemente cambiante es ya sospechoso, sea cual fuere el campo de actividad humana en que suceda. Simplemente por su capacidad de pensar, los seres humanos son sospechosos por definición” (pág. 524). La libertad de pensar es enemigo mortal del totalitarismo. El hombre sólo es confiable para el totalitarismo cuando se ha transformado en una oveja que sólo reacciona ante las órdenes de su pastor. Cuando alguien esboza un pensamiento personal entra en la categoría de “sospechoso”. La delación se transforma en “ley” y todos desconfían de todos. El totalitarismo elimina de cuajo la antigüedad y el mérito. De esa forma “impide el desarrollo de las lealtades que normalmente ligan a los miembros jóvenes de un cuerpo con sus mayores, de cuya opinión y buena voluntad dependen sus ascensos; barren de una vez por todas los peligros del paro y aseguran a todo el mundo un puesto compatible con su preparación” (pág. 526). Quien obtiene un puesto de trabajo a raíz de la injusta eliminación de su predecesor se transforma en un cómplice consciente de los crímenes gubernamentales, “de los que es beneficiario tanto si le gusta como si no le gusta, con el resultado de que, cuanto más sensible resulte ser el individuo humillado, más ardientemente defenderá al régimen” (pág. 526).

Arendt reserva para el final el carácter más terrible y espeluznante del totalitarismo: la desaparición de los indeseables. Éstos no dejan rastro alguno sobre la faz del planeta. Sólo dejan como rastro de su existencia el recuerdo de quienes los conocieron y amaron. Precisamente una de las tareas más difíciles de la policía secreta es borrar estos recuerdos. Las palabras de Arendt son estremecedoras: “El sueño moderno de la policía totalitaria, con sus técnicas modernas, es incomparablemente más terrible. Ahora, la policía sueña con que una mirada al gigantesco mapa en la pared de un despacho baste en cualquier momento para determinar quién está relacionado con quién y en qué grado de intimidad, y, teóricamente, este sueño no es irrealizable aunque su ejecución técnica esté llamada a ser algo difícil. Si este mapa existiera realmente, ningún recuerdo se alzaría en el camino de la reivindicación totalitaria de la dominación. Semejante mapa podría hacer borrar a las personas sin dejar rastros, como si nunca hubieran existido” (pág. 528). Al totalitarismo no le basta con eliminar físicamente a los indeseables: necesita, para satisfacer su sed de dominación totalitaria, borrar su historia.

Hernán Andrés Kruse

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