Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, cada día, cada semana, tiene, por costumbre, la manía de hacernos vivir a los ciudadanos en un campo minado de discordia. Hay grupos, perfectamente identificados, que han hecho de esa cuestión una manera de expresarse que la ansiada paz, tantas veces buscada y otras prometida se la han llevado, con la vertiginosidad de un rayo, a un escenario indeseable. Parece que nos hacen vivir en ese clima de constante torpedear las ilusiones por alcanzar un sosiego perdurable. Un pueblo que ha ido construyendo sigilosamente una sensación de insolencia desgastante; desde los niveles más altos de la política (palabra de que reniegan muchos) hasta el más simple de los hombres y mujeres que habitan este territorio. Esto se aprecia en la forma feroz que se comportan algunos actores, gobernantes y gobernados. La cultura, la moral, y de modo explícito la vida personal, se han visto vulneradas de modo inimaginable.
En este clima hemos desperdiciado un tiempo en el que confluyeron la resignación de unos, la indolencia de otros y la violencia, de distintas maneras, en otros tantos. Todo en una resultante peligrosa. Encapsulados en el desquicio atrapante del espíritu de gran parte del grupo social. Y, su consecuencia, una manera inadecuada de hacer política. Un martirio que hemos buscado. Lo hemos permitido y en verdad lo merecemos, según se mire. Por lo tanto, no debe extrañar la división derivada. Los presuntos buenos y los presuntos malos. Adicto o enemigo, sin términos medios. Y aquellos juzgamientos parciales tiene mucho que ver con esta tremenda realidad de ahora. Si los históricos relatos y los mensajes conventilleros, llenos de falsía, de oficialismo y oposición no dejan de lado un comportamiento escabroso que los enfrenta, con el pueblo expuesto como víctima preferida, serán los responsables del estancamiento de esta nación; mansa en demasía. El pensamiento de una gran mayoría, buscando verdades, se ha visto vulnerado por el accionar de personajes nefastos. Y entonces esa búsqueda interior de lo mejor, algo que lo cautive en la demanda de lo atrayente, motivador, se ve claudicar. Todo en sombras. Inmerecido. Porque ha sido, por décadas, mancillada su esperanza. Violentada su fe.
Y aquí estamos. La ceremonia del Congreso con la apertura de sesiones ordinarias, del último domingo, mostró parte de esa miseria proverbial de ese recinto. El Presidente Milei en una confrontación, tan inútil como innecesaria, frente al abucheo de una oposición líder en estas prácticas (los K, el Peronismo y su aliado, la izquierda) demandó minutos preciosos tirados al basurero para responder a una barra de Diputados insolente y desmadrada; propia de su matriz patoteril. La respuesta del oficialismo, el resto en el recinto, con la arenga gritona, y desmesurada por momentos, para oponerse al opositor, deslucieron una ceremonia que para el ciudadano común es como una secuencia de religiosidad por los motivos que la convocan cada año.
Por otro lado la vuelta al país del gendarme Nahuel Gallo (retenido por Venezuela), en circunstancias por demás insólitas, como fue el traslado en un avión de la AFA (¿?, ¡!), dejando en situación incómoda a la Cancillería, refleja la tónica de un país donde lo apetecible se transforma en desagradable, en un abrir y cerrar de ojos. Las explicaciones, tardías como tantas veces, oscurecen más que aclaran (del dicho popular). Esa monotonía de lo absurdo, es de rigor. En paralelo, la suspensión de la fecha del fútbol (de nuevo la AFA), vinculada (por casualidad?) a la fecha de indagatoria por un grave tema Judicial de su Presidente (Chiqui Tapia) ponen el condimento extraño a un episodio nunca visto en los anales del fútbol nacional. Ya nada puede sorprender; la costumbre de lo inaudito borra el asombro. En esa misma tónica las reacciones del mundo K por la visita de Messi (con su club americano campeón) al Presidente Trump en la que se mezclaron lo ridículo y risueño; tanto como la sugerencia del regreso de Nahuel Gallo a Venezuela (El Rodeo) -Brancatelli- al comparar el sueldo que ganará en Gendarmería. Todo enmarcado en un clima enfermizo de ideología. Para cerrar esta cronología, siempre en el mismo tono señalado (ideológico) las declaraciones sobre la guerra entre Israel/EEUU/Irán, lanzadas por el siempre verborrágico D’Elía, me llevan a reflexionar sobre el título de la nota: “¿Por qué todo tan raro?” ¿Cambiará un día?
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