Por Paul Battistón.-
Nunca transó con el mundo de los negocios, hizo el propio absolutamente suyo. Tenía el talento necesario para que su creación le permitiera sortear por fuera. El público lo eligió antes que cualquier medio o productor, la oscuridad misma y el misterio provocado por la ausencia de los medios fue una señal para el inicio del proceso. Los redondos no eran populares en esos comienzos, era el inicio de un culto con acólitos asombrados.
Confieso que cuando oí Gulp, no tenía la certeza de llamarlo rock y casi sentía que era algo paralelo al rock nacional. Me tranquilizo leer en un reportaje a Pappo (publicado en el suplemento «Si» de Clarín)en el que el mismo carpo dudaba de llamarlo rock pero destacaba la banda como algo especial que no debía ir en la misma bolsa con todo lo demás. También recuerdo el relato radial de un productor (en ese momento solo entusiasta) negociando en la casa del Indio Solari para lograr traerlos a Córdoba sin cansarse de destacar la humildad de esa gente. Tiempo después el mismo productor (ya entrado en el negocio) enojado con cierta soberbia que le habían antepuesto, aclarando que los redondos ya no eran lo mismo, el dinero los había cambiado.
El haber surgido de una combinación de grupo teatral-musical les dio un aire intelectual reafirmado por lo que se suponía una encriptada poesía que ocupaba las letras de sus canciones. Esas mismas letras que al principio crearon un rechazo ante lo mayoritariamente simple del pop de los 80 son las que se transformaron en frases de remeras, en verdades entendidas por multitudes y en cuasi salmos salvadores de una iglesia del pogo.
De la misma forma que me había ocurrido con la Gran bestia pop, La vaca cubana me asombro con su armonía inesperada para el rock y además por el tema tan trivial y ocurrente tomado de la vaca cubana muerta por basura espacial que el gobierno de EEUU se había visto obligado a reemplazar con el envió de otra vaca en cumplimiento de tratados internacionales pero que durante una entrevista donde el periodista que conocía la circunstancia de la desgraciada vaca al preguntarle sobre la cuestión el Indio Solari solo se desentendió aludiendo no conocer tal situación por lo que la vaca cubana no sería la vaca cubana o cierto enojo cimentado en soberbia era la que daba como resultado ese ninguneo elíptico. Para esos tiempos ya había una cierta inquietud para quienes osaban obtener alguna palabra del Indio Solari, el nombre “los redondos” indicaban su persona, sólo él y su razón no tenía debate posible.
Sus salmos de salvación intrincada se volvieron de ejercicio popular, los redondos (el Indio al que muchos asociaban directamente al nombre Patricio Rey) fue dejando de ser de culto para convertirse en un culto. Las interpretaciones poéticamente rebuscadas de pocos se convirtieron en los aforismos directos y claros de muchos. Hoy todos (sus seguidores, montones) acuñan alguna de sus estrofas como oración salvadora del infierno o del cielo según el caso o la elección.
El Indio fue integrante de ese oxímoron develado con el tiempo como tal, el de intelectual de izquierda. Sin dudas que usó su intelecto, sin dudas que estaba cargado de la más variada absorción cultural pero los resultados contradicen lo de izquierda. Capitalizo, negoció, comercializó su imagen, su fuera del sistema nacido como rebelión reveló una estrategia exitosa donde ningún detalle quedó fuera de su alcance. Un absoluto y despiadado negocio verticalista, el resultado nunca perdió su esencia (visible) aun cuando en parte la perdía.
En una entrevista oportunamente circulante por el motivo de su fallecimiento Mario Pergolini (el entrevistador) parece haber perdido parte de su humorística malicia natural. Para las respuestas sagradas disparadas desde detrás de las gafas oscuras casi no hay lugar para la sonrisa. La veneración única opción
Convertido en el dueño del pogo más grande del mundo, en el dueño de un Woodstock personal y puramente propio con el que Mick Jagger no puede soñar es como Firpo tirando a Dempsey del ring solo conservado en video. El Indio es dueño de una razón que se va pero siempre estará registrada.
El Indio, Maradona y Perón gritó uno de sus exaltados fans ante las cámaras quizás solo por pasión, pero las analogías también cuentan. Los discursos de Perón eran embelesadamente oídos como poesía, la poesía puede convertir lo grotesco en lindo, lo ilógico en sensiblemente encaminado, puede ser dulce armonía para alguien y al mismo tiempo una clara sucesión de tonterías para otros, encriptadamente profética o claramente pueril. Las osadías de Maradona encaradas desde la más carismática habilidad hasta la más oportuna trampa le valieron su culto propio. El culto al Indio reúne ambos extremos de todo esto.
Los redondos y la continuidad a través del Indio y sus fundamentalistas son una anomalía que se continuará en constante dilución hasta que el tiempo los convierta en una escama más de nuestra historia como esos detalles que no encajan en nada sustancialmente importante pero que requieren un apartado por su propia importancia como Ringo Bonavena. Bonavena no era un boxeador, era un fenómeno popular que además boxeaba, los Redondos no eran una banda de rock, eran un fenómeno que además en sus cultos (misas ricoteras) interpretaban rock.
Para aquellos que por un instante deliraron con el renacimiento de una juventud con una determinada y reformulada fuerza solo queda por avisarles que los versos del Indio mañana mismo serán posteos de ideología inerte. En poco tiempo escuchar los redondos (al Indio) será como escuchar a Nina Simone sin odio o a Dylan nuevamente sin nobel y alejado del 69. Todos se habrán adueñado de él
Tandil, Olavarría y su despedida dan una verdadera magnitud del elevado índice de fanatibilidad de buena parte de los argentinos. Perón y Maradona ya lo habían dado. Las razones a favor o en contra no cuentan, ante estos fenómenos no existe intercambio razonable o debates
La gran bestia hizo plop y desparramó sus versos a lo largo de 7 km de peregrinación donde se cumplirá lo de que: “las despedidas son esos dulces dolores”.
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