Por Luis Alejandro Rizzi
Es la costumbre, lo que hacemos todos los días, sería también “lo ordinario”, es lo que nos hace pensar y en cierto modo resignarnos a “todo es así”, un modo hipócrita de esquivar la vida o mejor dicho la tarea de vivirla, acercándonos a Ortega.
¿El campeonato Mundial de Fútbol interrumpió o suspendió esa “ordinariez”?, nos debiéramos preguntar.
¿Nos apartó de pensar sobre lo de “todos los días…”?
Es obvio, la respuesta es negativa, pese a que los títulos de la prensa intentaban condicionarnos para llevar nuestra atención al “fútbol mundial” y nuestra selección, para así desviarnos de la “ordinariez”, esta vez tampoco se logró.
No faltó el triunfalismo, una “ordinariez” de la política, y el gobierno buscó un modo muy sutil de apoderarse de lo que se creía “bicampeonato”, entregando la casa de gobierno desalojada de funcionarios (sic) para demostrar su ajenidad a lo que se creía seguro, y así apoderarse del triunfo recurriendo a una supuesta indiferencia.
Las tías abuelas de antes -hoy ya no tenemos tías abuelas- dirían la generosidad con lo ajeno, hoy decimos generosidad virtual.
Coincidieron en ese triunfalismo los tres gobiernos, nacional, provincial y CABA, y se preparó un programa de seguridad con fuerzas nacionales provinciales y locales, para recibir a los triunfadores, y hasta se pensó, al mejor estilo peronista, en un “San Milei” o día mileísta declarando un feriado nacional para celebrar lo que no ocurrió.
Fue tal el desconcierto, que se mantuvo el operativo de siete mil efectivos de seguridad para contener a un puñado de vecinos que expresaba su agradecimiento a un grupo que lo intentó y no pudo.
El espectáculo lo dieron los gobiernos, que no supieron adecuarse a la realidad de un subcampeonato, que no deja de ser meritorio, pero también, es cierto, insuficiente en esta posmodernidad líquida.
Como se sabía, el éxito deportivo no influye en la política. Fangio ganó tres campeonatos mundiales, 1955/56 y 57, con gobiernos militares, y sus dos anteriores 1952 y 1954 no pudieron sostener a Perón en el gobierno.
La “ordinariez” sigue presente, el salario formal pierde contra la inflación, lo que significa un empobrecimiento progresivo.
En la informalidad parece ocurrir lo opuesto, lo que nos probaría que quien opta por lo formal pierde.
Esa es una prueba de que las “políticas libertarias” del gobierno no funcionan, lo que asimismo explica el rechazo mayoritario y la desesperanza social sobre el futuro.
Pasa que una minoría organizada podría ganarles a las mayorías empobrecidas. En eso consiste la reforma electoral que propone el gobierno, apropiarse el voto ajeno en propio, algo así como facilitar el gol en contra de uno…
Lo real es lo racional. Lo demás, bla, bla, bla…o macaneo “ilustrado”.
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