Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, la capacidad de asombro está siempre en la cresta de la ola. Para decirnos que algo funcionó bien, por el contrario, la mayoría de las veces, mal. Esta sociedad ha sido capaz en el andar de los tiempos de las cosas más inverosímiles. Porque hemos contado con la ingenuidad de muchos y con la audacia de otros tantos. Porque si hemos conseguido sobrevivir a tantas situaciones de alguna escasa normalidad u otras de un desasosiego casi unánime, es por tener una capacidad de resiliencia hecha con el mejor de los moldes para superar las situaciones más sorprendentes. Hemos sido capaces de adaptarnos, de un modo sigiloso, a los mentores impuestos por una mayoría que no siempre fue la mejor. Los valores democráticos, y sobre todo en la llamada “nueva democracia”, escaparon de los principios conocidos en esa forma de gobierno para instalarse en una devoción rutinaria capaz de trastornar lo bueno que ese estilo de mandato popular exigía.

Por décadas, la política, ejercida de manera contra natura, fue contaminando un camino, que se presume ideal, con verdaderos obstáculos. Y así es como antaño, aunque la memoria los contabiliza como sensible y difíciles de olvidar, los gobiernos de facto irrumpían como la “solución salvadora” a los graves problemas creados por los gobiernos de la civilidad, que poco a poco fueron entrando en una peligrosa decadencia. La consecuencia, desde el punto de vista histórico, salvo alguna justificación de valía que pueda ponerse en debate, sólo sirvió para deslegitimar cuestiones institucionales y la misma esencia del papel democrático. Pero por otro lado, los períodos de gobiernos civiles dejaron para el análisis una verdadera rémora que costará sin duda mucho esfuerzo, dedicación y capacidad de gestión para superarla.

Desde ya que esa referencia tiene que ver, puntualmente y por desgracia, con el flagelo de la corrupción, que durante tanto tiempo, sin solución de continuidad, viene azotando al país. Es entonces que desde la raíz populista y demagógica de los supuestos gobiernos populares hasta los de raigambre liberal se han anotado para demostrar, en un ranking escandaloso, quién es el menos corrupto. Lo cierto es que cada uno ha dejado para la historia de la nación esa mancha bochornosa que demuele, sistemáticamente, la idea de ponerse un día a la cabeza de los países, al menos en gran parte, libres de semejante afrenta a la moral y la ética. Tiene que ver en esto, sin duda, la actuación de la Justicia. Fallos, en apariencia dudosos, eternos en sus resoluciones y otros asuntos relacionados a sus procedimientos hacen viable aquello de que “justicia lenta no es justicia”. Hemos sido, largamente, pioneros en fallos eternizados en los tribunales.

En estos tiempos, de supuestos cambios, hemos visto, y lo estamos percibiendo, algunos avances en fallos que, sugestivamente, han avanzado con la celeridad del rayo y otros que, llamativamente, han podido salir del adormecimiento y se ponen a la cabeza de los juicios que desde tiempo parecían estancados. Las apelaciones, recursos y otras cuestiones que desde lo jurídico ralentizan sus fallos definitivos hacen poner a la Justicia en ese cono de sombras que en nada favorece su accionar. Los casos recientes ($LIBRA, Adorni, Espert), contrastan con los de “Causa Cuadernos”, “Hotesur y los Sauces” (que comenzó esta semana), “Pacto con Irán”, “ Ruta del Dinero K”, “Dólar Futuro”, etc.

Cierto es que los encargados de las defensas, en la mayoría de los casos, cuentan con argucias suficientes y muy “estudiadas” para tratar de dilatar los procesos. De todas maneras, como se expresa en el título, es oportuno preguntarse, porque es un reclamo esperado y exigido por el pueblo que quiere seguir confiando, aunque a regañadientes, con algo de resignación y un poco de esperanza en los tribunales de la nación, “¿Despertaron?”

Share