Por Luis Alejandro Rizzi.-
Es un hecho. Quedó en los 675 puntos básicos, 6,75% de sobretasa con relación a los bonos de los EEUU, cuyo rendimiento supera el 5%.
Se trata de un dato que afecta más a la política argentina que a la economía, un signo de fragilidad.
Los “expertos” en mercados lo atribuyen a la volatilidad del mercado por los riesgos de Medio Oriente, agregaría Ucrania, y el incierto resultado de las elecciones del 3 de noviembre, que para Argentina podría ser decisivo. Un mal resultado para Donald Trump podría significar el final del sostén al programa de Javier Milei.
A eso se agregan las protestas en Albania, Italia y Francia, en las que se acumulan cuestiones sociales que llevan hacia la “contrademocracia”, un modo de interpelación a los sistemas políticos.
En España la protesta por la escasez de vivienda obligó al gobierno de Pedro Sánchez a convocar a nuevas elecciones que probablemente perderá.
El descontento se generaliza y hay una realidad -un hecho sagrado-: es imposible satisfacer las demandas sociales.
Demandas que en definitiva se concretan del peor modo, con reclamos negativos en un “no sé lo que quiero, pero lo quiero”.
Nanci Qian, catedrática de la Universidad de Northwestern, dice, en una nota que publicó el sábado pasado “Perfil” con relación a China: “El estado de ánimo en China ha vuelto a cambiar. China es, sin lugar a dudas, una economía enorme, una superpotencia industrial y un formidable competidor tecnológico. Pero algo ha cambiado a nivel psicológico. La expectativa de una mejora automática se ha desvanecido”.
En un momento se pensó que el crecimiento es continuo y fatal, peor la realidad mostró que esa creencia era una utopía distópica.
Eso pasa, en mi opinión, porque se rompe la relación entre la intensidad de la demanda y la capacidad de la oferta, Malthus aparte. El mundo vivió una “corrida de demanda”, que en el ámbito financiero llevaría al fin de la actividad bancaria y del dinero fiduciario.
Política y socialmente lleva, como explicó Rosanvallon, a la “contrademocracia”.
Pero en el fondo no deja de ser una crisis cultural, hemos perdido la noción del límite.
Es lo que no vieron los sistemas educativos; ahora es casi imposible saber qué rumbo tomará la cosa.
Termino con este párrafo de “Magnifica Humanidad”: “En este sentido, podemos afirmar que «el todo es más que las partes» y que, precisamente por eso, «la mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad». Es una ilusión pensar que sea suficiente con buscar el propio progreso para contribuir al bien de todos, sin tener que preocuparse realmente de los demás. Esta visión ignora el valor propio y específico del bien común; éste es fruto de la «interdependencia» que provoca una red de bien social que se difunde e incide en las personas.
El bien común es un plus, resultado de la interacción y de la influencia recíproca que une diferentes acciones, iniciativas, esfuerzos y decisiones. Si se sumaran simplemente los bienes individuales, no se podría explicar la existencia de este plus que los supera y al mismo tiempo los enriquece.”
¿Podremos restablecer el concepto de “bien común”?
Con esta chabacana “nueva derecha” y nuestras “¿fuerzas del cielo?” seguro que no.
La insatisfacción permanente es un abismo cuya profundidad no tiene piso.
Dice Laurent Bonelli, catedrático de ciencias políticas en la universidad de Nanterre, y especialista en violencia y radicalización, con relación a la violencia o protesta callejera: “una vez que la ira explota, se entra en una espiral en la que se empieza con la policía, se sigue con los símbolos de las instituciones y ya es difícil pararla. Hay una violencia oportunista, del que roba para luego revender, pero es algo que va más allá y tiene que ver con una multitud que se embriaga con la propia violencia”.
Deja una respuesta