Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, es muy difícil pasar un día en el que no tengamos algún sobresalto emocional. Las noticias, en todos los ámbitos de la estructura social nos tienen a mal traer. Desde lo insólito de sus contenidos, hasta lo más impactantes por la manera y el escenario donde se manifiestan hacen del diario vivir una manera muy especial de asumirlas. Los acontecimientos, las cosas que nos pasan en un día es casi seguro que en otras latitudes apenas si ocurren en un espacio temporal muy distinto.
Las personas, desde cualquier espacio, ofrecen una diversidad de reacciones. Los que nada les importa, salvo algo que los afecte de modo directo, hasta los que preocupados porque son cuestiones que arañen a una mayoría, sí prestan atención a lo que ocurre en el entorno. Sostener el orden de las cosas, es indudable, que no es fácil. Pero es sí venerable y necesario que lo que pasa alrededor se tome con la debida responsabilidad; aunque no nos afecte de manera directa.
En los últimos días dos noticias de alto impacto sacudieron la atención de una mayoría que sí se muestra interesada y además se pregunta si el porqué de esos episodios deberán contar con la ineludible responsabilidad del Estado, por un lado, y los sistemas de salud en general, por el otro. De modo específico, la noticia sobre el niño de Rosario, internado por tercera vez por estar afectado su cuerpo con sustancias prohibidas (cocaína) y el del niño de 28 días (un horror!) ,en Balnearia, Córdoba, víctima de la salvajada de su madre y padrastro (cuando no!) con fracturas en su cuerpo y la presencia de la misma sustancia en el organismo. Para completar este cuadro de monstruosidades, las cifras dadas a conocer hablan del aumento en un 185% de criaturas que nacen con restos de drogas en sus cuerpos. ¿Alguien, en su sano juicio, puede no interesarse en cómo se llega a estos aberrantes extremos? ¿Puede alguien no preguntarse cómo hemos arribado a tales consecuencias?. Sobre el flagelo de la droga hubo, sin duda, culpas y complicidades a niveles del descaro. Hoy las acciones que se manifiestan para enfrentar semejante flagelo apenas si se concentran en momentos aislados de combate en el menudeo y excepcionalmente en casos de alguna que otra banda desarticulada y llevada a la Justicia. ¿Las campañas para alertar a las madres en gestación son relevantes para de alguna manera evitar semejante oprobio?, O simplemente queda todo librado al espantoso resultado final? Todos interrogantes, sin aparentes respuestas. Solo queda el lamento y la angustia de una población absorta e indignada. Nada de esto repara el daño ya causado.
En otro orden, porque todo lo expresado tiene que ver con todo, si por cultura podemos señalar que es el conjunto de creencias, valores y formas de vida que comparten los ciudadanos en el espectro social, no podemos dejar de señalar que la anti cultura, la pésima educación en tantos espacios, el deterioro del marco familiar y los ensambles (tan de moda, desdichadamente, para la salud psicológica de tantos menores), la corrupción ilimitada en los sectores de poder, la marginación (por pobreza e indigencia), el maltrato público a la niñez y vejez, la manifiesta inconducta entre dirigentes de los poderes del Estado, la ofensa pública a las cuestiones de discapacidad, constituyen un cóctel explosivo que la sociedad en su conjunto soporta, sin atenuantes a la vista. Para colmo, y como corolario de pésimo mal gusto, el Presidente Milei, adalid de “la batalla cultural”, que es obvio suponer abarca a toda la comunidad (Gobierno y Pueblo), con todos sus aditamentos para vivir en orden y en paz, no tiene reparos en insultar sin ambages (sobre todo al periodismo), lo que nos lleva a expresar lo del título: “La cultura. ¿Y las formas?” Es hora de cuidarlas. Todo es una pena. Del dicho, al hecho…
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