Por Luis Alejandro Rizzi.-

Hace años, Víctor Massuh, en una charla, se refirió al progreso de la humanidad en lo que pudo ser un anticipo de su libro “La flecha del tiempo”, de fines de la década del 80.

Se preguntaba si el proceso de crecimiento técnico-científico debía limitarse a los últimos misterios de la vida y la materia, como lo aconsejaría la prudencia alarmista, o traspasarlos aprovechando los bríos de la libertad y el poder proveniente de un dios.

Massuh respondía diciendo, que, así como es imposible bajarse de un avión en vuelo, el progreso es imparable, siempre lo será, y en su propio desarrollo incuba los antídotos contra sus propias toxinas.

En definitiva, y quizás concordando con Ortega, creían que la cultura es el marco que dirigiría el proceso en dirección al bien común.

La humanidad le debe mucho a la ciencia y a la tecnología. En poco menos de ciento y pico de años se dobló la expectativa de vida y, pese a que unos viven mejor que otros, la pobreza del presente siglo es menos dolorosa y desdorosa que la de hace un siglo.

En estos días estalló el debate sobre la necesidad de regimentar el velocísimo crecimiento de la IA, por los propios CEOS de las empresas líderes.

No daré nombres, no tiene sentido, ninguno se destaca por su sabiduría, hablan de ralentizar el crecimiento ante la posibilidad que la IA se domine y decida por sí misma, lo que nos transportaría a una verdadera distopía.

Esta visión de “fin del mundo” no es consecuencia del progreso, sino de la hybris y la desmesura humana que inclina su vocación por potenciar el mal y olvidarse del bien, en un tiempo cultural en que la liquidez del pensamiento post moderno, como explicó Zygmunt Bauman, impide o dificulta su distinción. No está claro qué es el bien y qué es el mal.

Lo que encubre este debate es la naturaleza humana de los tiempos presentes, su desprecio por la cultura y su encandilamiento por el uso del poder.

Si el mundo se acabara dentro de diez años, como dijo alguien en su percepción apocalíptica del presente, no culpemos a la tecnología ni a la ciencia, culpémonos nosotros, que somos quienes las creamos y alimentamos con datos…

Es probable que también haya un trasfondo financiero; las acciones tecnológicas cayeron en 24 horas casi un 1% en Wall Street. Cabe la pregunta sobre quién se perjudicó y quien se benefició.

Curiosamente coinciden Trump y Xi Jinping, no hay que poner límites a la IA, ellos serían los dioses humanos que garantizarían su buen uso, como si fueran el Prometeo benefactor.

Debemos convencernos, somos los malos, la tecnología es nuestra creación y el mal uso también.

Incluso en la guerra la tecnología tiene su propio disuasivo, y en las guerras convencionales, si bien hay destrucción material, hay muchas menos muertes.

La pregunta es hasta qué punto se humanizó la guerra.

La excepción, el exterminio de la población gazatí y la continuación de la guerra fueron decisiones humanas, de un tal Netanyahu, y al igual que el recurso al terrorismo, no son “malditas” decisiones tecnológicas.

Cuesta creer el nivel al que llegaron la hipocresía y el cinismo; la flecha del tiempo seguirá su vuelo, imperturbable, la turbulencia, que podría ser fatal, ocurre por decisiones humanas.

El debate lo protagonizan “sabios bárbaros”, eso es lo peor.

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