Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, tan compleja, tan frecuente para las cosas que nos ocurren, hay temas sobre los que una gran mayoría no entiende, no quiere o no puede comprender el verdadero sentido que otra gran mayoría le da a las conductas, intentando que sirva al conjunto de la sociedad. En estos días hemos recordado un año más el fallecimiento de Domingo (que en definitiva sabemos que nunca se llamó Domingo) Faustino Valentín Quiroga Sarmiento. Uno de esos hombres providenciales que la humanidad puso al servicio de la Educación de todos aquellos que quisieran salir, o quieran hacerlo, de ese flagelo fatal para el comportamiento social como es la ignorancia. Desde la infancia encontró en este personaje la inquietud para explorar el mundo con curiosidad y entusiasmo. Su preocupación por educar fue la clave que patentizó una personalidad dispuesta a orientar y construir en los educandos la confianza necesaria para afrontar los dilemas y cuestiones de la vida cotidiana. En su tiempo y a su manera marcó a fuego, para los tiempos por venir, el sentido auténtico de la vocación, que por otro lado es fundamental para cualquier actividad que se pretenda ejercer con solvencia en el ámbito de la vida social. Ese curioso mundo de la exploración, sin duda, le acompañó toda la vida en los distintos ambientes en los que debió dejar su impronta. Cuando se menciona su figura y su perfil polifacético (maestro, escritor, periodista, político (Presidente de la Nación) y referente en toda Sud América) se están señalando solo algunas de las condiciones que lo encumbran, sin atajos, sobre la medianía de tantos, de su época y la actual, sin ninguna duda.
Los que alguna vez hemos ejercido la docencia sabemos muy bien de las virtudes que ostenta tamaña figura en la enseñanza pública por la que luchó, incansablemente, para marcarla a fuego para los tiempos por venir. Bien claro tenía que la educación era el soporte y el medio para el futuro de la nación. Para construir la confianza en los planes que se pretenden implementar hacia el mañana. Desde su infancia y la de otros vio el semillero para la cosecha por venir en la sociedad. Porque el ejemplo y la sabiduría que se inculca en las mentes en desarrollo serán la brújula para orientar el porvenir de cada individuo. Bien es sabido que no solamente está en los libros y en el aula la cimiente de una sociedad virtuosa, plena de aciertos y solidez; también en los ejemplos que un buen docente (un maestro, sencillamente), como origen y fin de la enseñanza, compendia todo un muestrario social inquebrantable. Éste, finalmente, no es sino el resultado de haber recibido un nivel de excelencia. Un país, se quiera o no, es así o no será nada.
Dicho eso; cruda y brutalmente, estamos en deuda. Por muchos motivos. Tantos, como el resultado de haber escondido bajo la alfombra de la ineptitud y la corrupción el aportarle a la educación los recursos y la sabiduría necesaria. Porque el aprendizaje y el descubrimiento está en las aulas y no en los comités y la politiquería. Porque la potencia de una República surge en lo que cada estudiante recibe y luego transmite. Porque el desafío de la Patria no está en la discursiva populachera y anodina. Porque el maestro (o el docente) es un transmisor de valores. Porque las familias y los gobiernos (de todos los tonos) han dejado al educador en soledad; en un precario apoyo entregando (fatalmente en muchos casos) niños con pésima conducta proveniente del hogar. Porque el educador, puede y tiene a su alcance la posibilidad de cambiar un comportamiento; pero en soledad es imposible. Conclusión: Programas fuera de época, edificios obsoletos (en muchos casos), material escaso, pésimos sueldos, un sindicalismo prebendario y anacrónico, conductas que no se pueden controlar con medidas de castigo por un permisivismo intolerable (sobre todo en los gobiernos populistas), incapacidad de poner límites, quita de autoridad, pruebas de rendimiento a nivel mundial que avergüenzan, y muchas razones que escapan, por razones de espacio, conforman un combo explosivo que nos lleva a señalar lo del título: ¿De qué sirvió? ¡Si Sarmiento viviera!
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