Por Luis Alejandro Rizzi.-
No cabe duda que la política es una profesión, y como tal debe tener un sistema remuneratorio.
Esto, que parece una reflexión de perogrullo, se complica cuando lo llevamos a los hechos, ya que es lógico pensar que se está en una relación de dependencia entre quien paga y quien recibe el pago.
Cabe suponer dos hipótesis, una en la que el político es contratado por sus convicciones y la otra exactamente inversa, se paga para proponer e implementar las “convicciones e intereses” de quien financia.
Por eso existen sistemas de “incompatibilidad”. Así, quien se desempeña en una empresa, por ejemplo de minería, no podrá ejercer un empelo público relacionado con esa activad durante un plazo que puede ser de meses o años contados desde su desvinculación.
Sin embargo, la cuestión se presenta cuando “el político” es remunerado por un partido que es financiado por una o más empresas o personas.
En el Reino Unido se presentó el caso del partido ultranacionalista “Reform”, que comanda Nigel Farage, que acaba de recibir 72 millones de libras de parte de dos magnates que no tenían residencia en el país y se radicaron luego, o de modo simultáneo con la donación.
Dejo de lado la cuestión legal alegada en su beneficio por Farage, que la considera ajustada a la ley vigente. Pero a simple vista, esa donación parecería ilegal recurriendo a la teoría de la causa y del fin. Debemos decir que se trata de un caso de “abuso”, dado que la residencia se habría hecho para justificar la donación. La ilegitimidad está dada por el fin.
Sin embargo, hay un detalle que debemos tener en cuenta, que es que la llamada nueva derecha, sería financiada más que nada por oligarquías interesadas en defender un estado de cosas que les resulta redituable.
Esta nueva derecha se presenta como “libertaria”, y ya su nombre genera sospecha, dado que tiene muy poco o nada de lo que es la izquierda y las ideas genuinamente liberales.
Vale la pena un paréntesis, las revoluciones socialistas fueron financiadas por bancas poderosas, y hoy tenemos una rara complicidad entre el régimen de Putin y las nuevas derechas, que apunta a desmembrar la Unión Europea, cuando varios países, que incluso estuvieron incluidos en el régimen de la URSS, pretenden ingresar a esa institución y a la NATO, como es el caso de Ucrania.
Donald Trump, oligarca por su ADN, también pugna por debilitar a Europa y la NATO; se muestra amigo ya no sólo de Putin sino de Kim Jong-un.
En este entramado aparece la IA como un instrumento que sustenta a un fenomenal negocio, cuya última finalidad parecería ser la de un medio para dominar y controlar el poder político.
En un segundo nivel aparecen los incautos cautivados por la barbarie tecnológica, víctimas de su incultura, que son los nuevos “idiotas útiles” de este sistema draculino que parece ser un destino fatal.
Como lo explicó Robert Nozick en su libro “Anarquía, Estado y Utopía”, el objeto del “anarcocapitalismo” es precisamente lograr la desregulación total, lo que elimina el Estado, que sería sustituido por “agencias de protección” privadas que sólo proporcionarían sus servicios a un segmento de la población, a la que podrían agregarse otras agencias privadas que compartirían el ejercicio y una suerte de oligopolio del poder del Estado que pretende sustituir. El anarcocapitalismo privatiza el poder monopólico del estado en agencias, que podrían ser impersonales, administradas por la IA.
Recordemos que Milei propuso la creación de sociedades comerciales impersonales, las agencias de Nozick, que anulan el ejercicio del poder de policía del Estado, sustituyéndolo por la discrecionalidad del ente abstracto.
Toda forma de corrupción quedaría legalizada, y el débil sería devorado por el propio sistema con absoluta legitimidad.
El anarcocapitalismo libertario es la distopía que nos propone Javier Milei.
Sería la esclavitud posmoderna de los débiles en beneficio del más rancio capitalismo de las peores épocas de la historia.
Ése es el futuro que nos ofrece la “nueva derecha”, la moral de la inmoralidad y el abuso como nuevo uso y el disvalor como factor de culto, una religión laica y feroz.
En esta visión, el anarcocapitalismo se autofinancia.
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