Acerca del denominado “negacionismo”

La conmemoración del cuadragésimo aniversario del derrocamiento de Isabel puso nuevamente sobre la mesa la cuestión del negacionismo, básicamente en relación con el número de desaparecidos. Desde hace décadas quedó instalado el número de desaparecidos en 30.000 como una verdad revelada. Sin embargo, hubo quienes se atrevieron a poner en duda esa cifra. Graciela Fernández Meijide, madre de un desaparecido, es una de ellas. Sin embargo, quien más polvareda levantó -y sigue haciéndolo- es Luis Labraña, ex soldado de Perón. Desde hace tiempo que este ex montonero viene afirmando que la cifra de 30.000 es una fantasía. Es más, aseguró que él mismo propuso esa cifra en una reunión en Amsterdam para garantizar el apoyo económico. En efecto, al ser entrevistado por el recordado Mauro Viale y mientras Juan Cabandié escuchaba con mucha atención, Labraña afirmó que no se trató de una leyenda la de los 30 mil desaparecidos, “sino una necesidad” (económica, obviamente).

El tema es harto delicado. Es por ello que, me parece, lo más sensato es aferrarse a la verdad histórica. Más allá de si fueron 30 mil o menos, lo cierto es que hubo desapariciones forzadas de personas a granel. Siguiendo el ejemplo de la represión del ejército francés en Argelia, los militares argentinos decidieron emplear el método de la capucha para combatir a la subversión. Ello creyeron que de esa manera Occidente no se enteraría del terrorismo de estado. Hubo, por ende, secuestros, tortura en centros clandestinos de detención, vuelos de la muerte y robos de bebés. Nos acostumbramos a convivir con los centros clandestinos de detención situados en las grandes ciudades. En Rosario, por ejemplo, funcionó un centro clandestino en el edificio de la ex jefatura de policía, situada en pleno centro.

El terrorismo de estado existió. Pero en este punto es fundamental tener en cuenta lo siguiente: el terrorismo de estado no comenzó el 24 de marzo de 1976. Comenzó antes, durante la tercera presidencia del General Perón. Desafiado por Montoneros y el ERP, Perón bendijo el accionar criminal de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) liderada por José López Rega. A posteriori del derrocamiento de Isabel, sus cuadros pasaron a integrar los grupos de tareas encargados de la desaparición forzada de personas. Aunque ahora muchos se hagan los distraídos, durante la etapa “constitucional” del tercer gobierno peronista hubo secuestros, desaparición de personas y fusilamientos en la vía pública.

He aquí lo que más tienen de criticable las conmemoraciones anuales del 24 de marzo de 1976. En los últimos años participé de varias y puedo asegurar que no son más que actos de reivindicación de la subversión. De lo único que se habla, y con justa razón, es del dolor de las Madres. Pero nadie recuerda el dolor de las madres de las víctimas de la subversión. Y cuando uno alude a este tema es acusado de hacer apología de la teoría de los dos demonios. Personalmente me da mucha vergüenza la manera como ha sido politizada una cuestión tan delicada como la de las violaciones de los derechos humanos. Lo único que vale es la verdad de las Madres. Si ellas afirman que fueron 30 mil los desaparecidos, no se discute más. Si alguien, como Graciela Fernández Meijide, se atreve a hacerlo merece la condena eterna. Es la victoria de Torquemada.

Anexo

A continuación paso a transcribir el prólogo escrito por Ernesto Sábato en el histórico libro “Nunca más”.

«Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. Así aconteció en Italia, que durante largos años debió sufrir la despiadada acción de las formaciones fascistas, de las Brigadas Rojas y de grupos similares. Pero esa nación no abandonó en ningún momento los principios del derecho para combatirlo, y lo hizo con absoluta eficacia, mediante los tribunales ordinarios, ofreciendo a los acusados todas las garantías de la defensa en juicio; y en ocasión del secuestro de Aldo Moro, cuando un miembro de los servicios de seguridad le propuso al General Della Chiesa torturar a un detenido que parecía saber mucho, le respondió con palabras memorables: «Italia puede permitirse perder a Aldo Moro. No, en cambio, implantar la tortura».

No fue de esta manera en nuestro país: a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos.

Nuestra Comisión no fue instituida para juzgar, pues para eso están los jueces constitucionales, sino para indagar la suerte de los desaparecidos en el curso de estos años aciagos de la vida nacional. Pero, después de haber recibido varios miles de declaraciones y testimonios, de haber verificado o determinado la existencia de cientos de lugares clandestinos de detención y de acumular más de cincuenta mil páginas documentales, tenemos la certidumbre de que la dictadura militar produjo la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje. Y, si bien debemos esperar de la justicia la palabra definitiva, no podemos callar ante lo que hemos oído, leído y registrado; todo lo cual va mucho más allá de lo que pueda considerarse como delictivo para alcanzar la tenebrosa categoría de crímenes de lesa humanidad. Con la técnica de la desaparición y sus consecuencias, todos los principios éticos que las grandes religiones y las más elevadas filosofías erigieron a lo largo de milenios de sufrimientos y calamidades fueron pisoteados y bárbaramente desconocidos.

Son muchísimos los pronunciamientos sobre los sagrados derechos de la persona a través de la historia y, en nuestro tiempo, desde los que consagró la Revolución Francesa hasta los estipulados en las Cartas Universales de Derechos Humanos y en las grandes encíclicas de este siglo. Todas las naciones civilizadas, incluyendo la nuestra propia, estatuyeron en sus constituciones garantías que jamás pueden suspenderse, ni aun en los más catastróficos estados de emergencia: el derecho a la vida, el derecho a la integridad personal, el derecho a proceso; el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención, negación de la justicia o ejecución sumaria.

De la enorme documentación recogida por nosotros se infiere que los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. Y no violados de manera esporádica sino sistemática, de manera siempre la misma, con similares secuestros e idénticos tormentos en toda la extensión del territorio. ¿Cómo no atribuirlo a una metodología del terror planificada por los altos mandos? ¿Cómo podrían haber sido cometidos por perversos que actuaban por su sola cuenta bajo un régimen rigurosamente militar, con todos los poderes y medios de información que esto supone? ¿Cómo puede hablarse de «excesos individuales»? De nuestra información surge que esta tecnología del infierno fue llevada a cabo por sádicos pero regimentados ejecutores. Si nuestras inferencias no bastaran, ahí están las palabras de despedida pronunciadas en la Junta Interamericana de Defensa por el jefe de la delegación argentina, General Santiago Omar Riveros, el 24 de enero de 1980: «Hicimos la guerra con la doctrina en la mano, con órdenes escritas de los Comandos Superiores». Así, cuando ante el clamor universal por los horrores perpetrados, miembros de la Junta Militar deploraban los «excesos de la represión, inevitables en una guerra sucia», revelaban una hipócrita tentativa de descargar sobre subalternos independientes los espantos planificados.

Los operativos de secuestro manifestaban la precisa organización, a veces en los lugares de trabajo de los señalados, otras en plena calle y a la luz del día, mediante procedimientos ostensibles de las fuerzas de seguridad que ordenaban «zona libre» a las comisarías correspondientes. Cuando la víctima era buscada de noche en su propia casa, comandos armados rodeaban la manzana y entraban por la fuerza, aterrorizaban a padres y niños, a menudo amordazándolos y obligándolos a presenciar los hechos, se apoderaban de la persona buscada, la golpeaban brutalmente, la encapuchaban y finalmente la arrastraban a los autos o camiones, mientras el resto del comando casi siempre destruía o robaba lo que era transportable. De ahí se partía hacia el antro en cuya puerta podía haber inscriptas las mismas palabras que dante leyó en los portales del infierno: «Abandonad toda esperanza, los que entráis».

De este modo, en nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría tétrica y fantasmal: la de los Desaparecidos. Palabra -¡triste privilegio argentino!- que hoy se escribe en castellano en toda la prensa del mundo.

Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisa a estos interrogantes: las autoridades no habían oído hablar de ellos, las cárceles no los tenían en sus celdas, la justicia los desconocía y los habeas corpus sólo tenían por contestación el silencio. En torno de ellos crecía un ominoso silencio. Nunca un secuestrador arrestado, jamás un lugar de detención clandestino individualizado, nunca la noticia de una sanción a los culpables de los delitos. Así transcurrían días, semanas, meses, años de incertidumbres y dolor de padres, madres e hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas expectativas, de gestiones innumerables e inútiles, de ruegos a influyentes, a oficiales de alguna fuerza armada que alguien les recomendaba, a obispos y capellanes, a comisarios. La respuesta era siempre negativa.

En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: «Por algo será», se murmuraba en voz baja, como queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos o padres del desaparecido. Sentimientos sin embargo vacilantes, porque se sabía de tantos que habían sido tragados por aquel abismo sin fondo sin ser culpables de nada; porque la lucha contra los «subversivos», con la tendencia que tiene toda caza de brujas o de endemoniados, se había convertido en una represión demencialmente generalizada, porque el epíteto subversivo tenía un alcance tan vasto como imprevisible. En el delirio semántico, encabezado por calificaciones como «marxismo-leninismo», «apátridas», «materialistas y ateos», «enemigos de los valores occidentales y cristianos», todo era posible: desde gente que propiciaba una revolución social hasta adolescentes sensibles que iban a villas-miseria para ayudar a sus moradores. Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos, y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables. Y amigos de cualquiera de ellos, y amigos de esos amigos, gente que había sido denunciada por venganza personal y por secuestrados bajo tortura. Todos en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores.

Desde el momento del secuestro, la víctima perdía todos los derechos; privada de toda comunicación con el mundo exterior, confinada en lugares desconocidos, sometida a suplicios infernales, ignorante de su destino mediato o inmediato, susceptible de ser arrojada al río o al mar, con bloques de cemento en sus pies, o reducida a cenizas; seres que sin embargo no eran cosas, sino conservaban atributos de la criatura humana: la sensibilidad para el tormento, la memoria de su madre o de su hijo o de su mujer, la infinita vergüenza por la violación en público; seres no sólo poseídos por esa infinita angustia y ese supremo pavor, sino, y quizás por eso mismo, guardando en algún rincón de su alma alguna descabellada esperanza.

De estos desamparados, muchos de ellos apenas adolescentes, de estos abandonados por el mundo hemos podido constatar cerca de nueve mil. Pero tenemos todas las razones para suponer una cifra más alta, porque muchas familias vacilaron en denunciar los secuestros por temor a represalias. y aún vacilan por temor a un resurgimiento de estas fuerzas del mal.

Con tristeza, con dolor hemos cumplido la misión que nos encomendó en su momento el Presidente Constitucional de la República. Esa labor fue muy ardua, porque debimos recomponer un tenebroso rompecabezas, después de muchos años de producidos los hechos, cuando se han borrado deliberadamente todos los rastros, se ha quemado toda documentación y hasta se han demolido edificios. Hemos tenido que basarnos, pues, en las denuncias de los familiares, en las declaraciones de aquellos que pudieron salir del infierno y aun en los testimonios de represores que por oscuras motivaciones se acercaron a nosotros para decir lo que sabían.

En el curso de nuestras indagaciones fuimos insultados y amenazados por los que cometieron los crímenes, quienes lejos de arrepentirse, vuelven a repetir las consabidas razones de «la guerra sucia», de la salvación de la patria y de sus valores occidentales y cristianos, valores que precisamente fueron arrasados por ellos entre los muros sangrientos de los antros de represión. Y nos acusan de no propiciar la reconciliación nacional, de activar los odios y resentimientos de impedir el olvido. pero no es así: no estamos movidos por el resentimiento ni por el espíritu de venganza; sólo pedimos la verdad y la justicia, tal como por otra parte las han pedido las iglesias de distintas confesiones, entendiendo que no podrá haber reconciliación sino después del arrepentimiento de los culpables y de una justicia que se fundamente en la verdad. Porque, si no, debería echarse por tierra la trascendente misión que el poder judicial tiene en toda comunidad civilizada. Verdad y justicia, por otra parte, que permitirán vivir con honor a los hombres de las fuerzas armadas que son inocentes y que, de no procederse así, correrían el riesgo de ser ensuciados por una incriminación global e injusta. Verdad y justicia que permitirán a esas fuerzas considerarse como auténticas herederas de aquellos ejércitos que, con tanta heroicidad como pobreza, llevaron la libertad a medio continente.

Se nos ha acusado, en fin, de denunciar sólo una parte de los hechos sangrientos que sufrió nuestra nación en los últimos tiempos, silenciando los que cometió el terrorismo que precedió a marzo de 1976, y hasta, de alguna manera, hacer de ellos una tortuosa exaltación. Por el contrario, nuestra Comisión ha repudiado siempre aquel terror, y lo repetimos una vez más en estas mismas páginas. Nuestra misión no era la de investigar sus crímenes sino estrictamente la suerte corrida por los desaparecidos, cualesquiera que fueran, proviniesen de uno o de otro lado de la violencia. Los familiares de las víctimas del terrorismo anterior no lo hicieron, seguramente, porque ese terror produjo muertes, no desaparecidos. Por lo demás el pueblo argentino ha podido escuchar y ver cantidad de programas televisivos, y leer infinidad de artículos en diarios y revistas, además de un libro entero publicado por el gobierno militar, que enumeraron, describieron y condenaron minuciosamente los hechos de aquel terrorismo.

Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el período que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Únicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado».

Hernán Andrés Kruse

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raul
raul
1 month ago

Otro artículo verídico y esclarecedor del señor Kruse. Costará mucho, si es que se logra, desenmascarar tanta distorsión de los hechos del 70. Resalto la frase que dice que estos actos son todos una reivindicación de la subversión. Es la pura verdad.

Marco Licinio
Marco Licinio
1 month ago

EL DR. FAVALORO SE RETIRO DE LA COMISION, PORQUE NO LE CONVENCIO, EL METODO DE INVESTIGACION, Y LE PARECÍA TOTALMENTE PARCIAL.
EL TERRORISMO GUERRILLERO, EN NUESTRA PATRIA, QUERIA TOMAR EL PODER E IMPLANTAR EL MARXISMO CUBANO.
COMO VAN A COMPARAR LAS BRIGADAS ROJAS, QUE ERAN 100, MAMARRACHOS SIN PODER DE FUEGO, Y NUNCA ATACARON UNA UNIDAD MILITAR, NI PODIAN LLEGAR A TOMAR EL PODER.
EN NUESTRA PATRIA LA GUERRILLA INSTRUIDA EN EL EXTERIOR Y CON APOYO DE ESTADOS EXTRANJEROS LLEGO A TENER CASI 20.000 COMBATIENTES Y CASI MAS DE 50.000 ADHERENTES Y GENTE DE SUPERFICIE QUE COLABORABA CON ELLOS.
INFILTRADOS EN TODOS LOS ESTAMENTOS DEL ESTADO.
LOS JUECES Y FUNCIONARIOS JUDICIALES, ERAN ASESINADOS, SUS FAMILIAS E HIJOS AMENAZADAS. NO SE CONDENABA, LA JUSTICIA ESTABA PARALIZADA.
SI UN ORGANISMO DEL ESTADO DICE QUE FUERON 6.500…NO FUERON 30.000
EL NEGACIONISMO SERIA NEGAR LO QUE EL PROPIO ESTADO TIENE DOCUMENTADO.
ES HISTORIA, NO RELATO.

SOLDADO ERMINDO LUNA
SOLDADO ERMINDO LUNA
1 month ago

AQUÍ NO SE RINDE NADIE, CARAJO !!!!!!!!! . . .

MONTONEROS PERONACHOS HIJOS DE MIL PUUUTAA !!!!!!!!!!!!

JACK EL DESTRIPADOR
JACK EL DESTRIPADOR
1 month ago

AHORQUEMOS A TODOS LOS CAMPORISTAS

CON LAS TRIPAS DE LOS MONTONEROS.

El Uno Grande
El Uno Grande
1 month ago

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz