La pelea Trump-Clinton en escenario argentino

pelea-trump-clinton

El miércoles 19 se concretó la primera reunión del llamado Diálogo para la Producción y el Trabajo, un ámbito de acuerdo social que el gobierno de Mauricio Macri era reticente a convocar pero que empezó a acelerarse en vísperas de la última reunión del Presidente con el Papa Francisco.

Desde una perspectiva de corto plazo, ese foro contribuye a desactivar el paro que había votado el Comité Confederal de la CGT y a negociar compensaciones salariales que amortigüen durante este año las pérdidas de ingreso sufridas por los trabajadores en virtud de la inflación. Pero el diálogo social, al que la Iglesia venía exhortando, y el diálogo político tienen, si bien se mira, una potencialidad mayor: aportar a las condiciones de gobernabilidad del país y gestar coincidencias básicas que otorguen un horizonte de previsibilidad en el mediano y largo plazo, para facilitar la inversión e incrementar la productividad y el bienestar de los argentinos.

Ese mismo miércoles 19, los dos principales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos se trenzaban en su tercer y último debate antes de la elección del 8 de noviembre. Si se observa con atención, pueden encontrarse denominadores comunes entre varios asuntos que se discuten en aquel escenario y otros que se plantean o empiezan a desplegarse en nuestro país. Tomemos dos de ellos: inmigración y miedo a la globalización.

El desafío de la inmigración

Donald Trump introdujo con mucho fuerza el tema de la inmigración y el de la presencia de una vasta población extranjera que reside en los Estados Unidos con poca o ninguna legalidad. La metáfora de su posición fue la propuesta de construir un muro en la frontera con México. El debate del miércoles 19 permitió recordar que la idea tiene un fondo bipartidario (diez años atrás, cuando George Bush formuló la misma iniciativa, la entonces senadora Hillary coincidió en que ” tenemos que asegurar nuestras fronteras con barreras físicas si es necesario en algunos lugares” porque “México es un problema importante”).

El tema de la inmigración bajo el aspecto del uso de servicios públicos argentinos por parte de extranjeros llega últimamente a la superficie pública entre nosotros, pero hace mucho que constituye un tema de conversación en los sectores más vulnerables. Si actualmente hay comunicadores que discuten la presencia de estudiantes de otros países inscriptos gratuitamente en universidades nacionales o la cobertura que el empobrecido sistema público de salud ofrece a “tours sanitarios” de países limítrofes, en su momento el gremialismo de la construcción argumentó que muchos de sus afiliados perdían sus empleos por la competencia de inmigrantes y en las barriadas del Gran Buenos Aires se extiende el resentimiento cuando en turnos en los hospitales o en las vacantes en colegios cercanos a sus domicilios son priorizadas personas de otro origen nacional, más allá de que se trate de residentes legales o de ciudadanos naturalizados. En tiempos de sequía los conceptos de “propio” y “ajeno” se vuelven peligrosas armas de competencia. En los países desarrollados y en los emergentes.

Problemas complejos, respuestas símiles

Trump enarbola en Estados Unidos una línea económica proteccionista que sugiere que la caída local de los puestos de trabajo (y de los salarios) puede neutralizarse abandonando el comercio libre y cerrando las fronteras a las mercancías que compiten con las de producción propia. No cuesta demasiado encontrar argumentos similares en Argentina, si bien resulta curioso que muchos de quienes los esgrimen aquí sean sedicentes “progresistas” que definen al candidato republicano de Estados Unidos como una especie de monstruo de derecha. El espejo siempre devuelve imágenes invertidas.

Señala el analista estadounidense George Friedman: “La amenaza para los Estados Unidos es la persistente caída en el standard de vida de la clase media, un problema que está transformando el orden social que se mantuvo en vigor desde la Segunda Guerra Mundial y que, si continúa, representa una amenaza para el poder estadounidense”, Para Friedman por la vía de los avances tecnológicos “la reestructuración de las empresas ineficientes creó un valor sustancial, pero ese valor no fluyó a los ahora desplazados trabajadores. La clase media se dividió en un segmento que ingresó en la clase media-alta, y otro que se hundió en la clase media-baja”.

En términos de ingresos, “la mediana del ingreso familiar de los estadounidenses a principios de esta década, en 2011, fue de 49.103 dólares. Ajustado por inflación, ese ingreso es inferior a lo que era en 1989 y es de $ 4,000 menos de lo que era en el año 2000. Esto significa un ingreso mensual por hogar de alrededor de 3.300 dólares. Es indispensable tener en cuenta que la mitad de los hogares estadounidenses ganan menos que esto”.

No hay duda de que la globalización y la integración mundial de la economía tienen que ver con lo que pasa en el mercado laboral del planeta. Basta comprender que en tres décadas, con el crecimiento de los mercados emergentes (fundamentalmente los de China e India) la fuerza de trabajo del mundo se duplicó y estableció nuevos sistemas de equilibrio (los salarios de los emergentes subieron, los de los países ricos se retrajeron). Agréguese a ello la vertiginosa irrupción de los cambios tecnológicos producidos por una nueva revolución industrial.

El problema para los que -allá y acá- imaginan soluciones simplificadoras a los problemas complejos es que ni la integración económica mundial ni la revolución tecnológica parecen reversibles.

Comercio abierto y competitividad

Así como en el debate estadounidense se observa la prevención ante la liberalización del comercio y los acuerdos que lo instrumentan, entre nosotros se manifiestan temores análogos. Sectores económicos y algunas corrientes políticas (tanto de signo opositor como socios de la coalición oficialista) fruncen el ceño cuando se habla de sumarse al acuerdo del Pacífico. Para no hablar de los vínculos con China: Elisa Carrió (actuando como expresión política de esas resistencias) pretende que el país se oponga a la ratificación de China como economía de libre comercio (algo que la Organización Mundial de Comercio concretará en diciembre). Figura prominente de Cambiemos, la doctora Carrió no ignora que en este punto vital está contrariando la línea del gobierno de Mauricio Macri. El embajador argentino, Diego Guelar, hombre del Presidente, experimentado diplomático (fue embajador en Brasil, Estado Unidos y la Unión Europea y Macri lo nombró en Beijing) acaba de declarar que China “tiene que ser considerada una economía de libre mercado” porque “cumplió con las condiciones de la Organización Mundial de Comercio (OMC), y el 60% de su economía es totalmente privada”.

En lugar de confrontar con China -señaló Guelar- Argentina debe saldar sus “problemas de competitividad”.

Uruguay ha adelantado que se prepara para firmar un tratado de libre comercio con China en 2018. A punto de encontrarse con Tabaré Vásquez, el presidente uruguayo representante de la coalición de izquierda Frente Amplio, Mauricio Macri advirtió que “preferiría que ese acuerdo lo hagan todos juntos desde el Mercosur”. El rumbo parece señalado y sin duda las resistencias se incrementarán.

China se avecina

En la segunda década del siglo XXI, China se encuentra en el tope mundial de las exportaciones y las importaciones, es el primer cliente de las ventas externas de Brasil (destino de una quinta parte de sus exportaciones) y el segundo de Argentina (aunque el primero y principalísimo en materia de soja). También es un vendedor relevante: el primero para Brasil, el número 2 para Argentina.

La formidable demanda china ha sido uno de los factores decisivos (el otro: el vertiginoso desarrollo tecnológico) en el proceso de reversión del deterioro de los términos de intercambio, según el cual las materias primas estaban condenadas a ver progresivamente reducido su valor comparado con el de los bienes industriales. Empujados por el creciente consumo chino, los precios de esos bienes subieron sostenida y simultáneamente. Así, las exportaciones se tradujeron en superávits comerciales y en mejoras del nivel de vida en los países de la región. Paralelamente, en casi todos estos países se observaba un peso creciente de las materias primas y de los productos basados en recursos naturales en el cuadro de sus exportaciones, mientras sectores industriales locales resistían el proceso, reclamando por la competencia de manufacturas chinas no sólo en sus mercados domésticos sino también en terceros mercados. Los rubros más sensibles en los países del Mercosur han sido, en ese sentido, los textiles, del calzado, los juguetes y las maquinarias.

Así como Donald Trump denuncia que la globalización y la liberalización comercial “roban” riqueza y puestos de trabajo a Estados Unidos, en el escenario local se apunta contra esos fenómenos (y particularmente contra lo que se dibuja como “la amenaza” de China) como causantes de resultados análogos y de la “reprimarización” de la economía argentina.

La circunstancia de que las compras chinas al Mercosur (y, en general, a la región) se hayan concentrado hasta aquí casi exclusivamente en materias primas ha alimentado esas prevenciones.

Por cierto, el vínculo con China supone para los países del Mercosur (y particularmente para Argentina), gran fábrica de alimentos, una oportunidad que incrementa la demanda de sus principales productos de exportación, requeridos por una nueva clase media china que mejora su alimentación a medida que mejoran sus ingresos.

Pero hay otro costado: la transición que ocurre actualmente en China, que busca sostener su desarrollo en el crecimiento de su mercado interno, empuja allí el crecimiento de los salarios en China (la consultora Morgan Stanley prevé que en los próximos 10 años los salarios reales chinos se cuadriplican). Esa mejora de ingresos de los trabajadores chinos impulsa a los capitales de ese origen a buscar ventajas competitivas en otros horizontes. China puede elaborar en el exterior con ventajas competitivas que exceden las que en el pasado le proporcionaban los salarios deprimidos. Se calcula que a fines de la presente década, la inversión directa china en el exterior estará alrededor del billón y medio de dólares. Y esa es una oportunidad para países que necesitan inversión.

El hecho de que los mismos fenómenos (la integración mundial de la economía, la apertura comercial, la revolución tecnológica) se debaten con pasión y reflejos análogos en el centro y en la periferia prueba, si fuera necesaria más evidencia, hasta qué punto la globalización ha erosionado límites y unificado el mundo.

Jorge Raventos

1 comment for “La pelea Trump-Clinton en escenario argentino

  1. roberto servente
    23/10/2016 at 12:55 PM

    El capitalismo globalista tiene un problema “escencial” cual es el crecimiento imparable, como un cáncer. De allí tantos disparates, como importar acero y transportarlo miles de kilómetros, enviar buques a la India para que sean desguazados allí porque sale más barato aunque haya que remolcarlo miles de kilómetros, permitir que pesqueros ilegales destruyan la riqueza pesquera de nuestros mares so pena de no comprar nuestra ¿? soja que empobrece la tierra monocultivada. El capitalismo debería basarse en un desarrollo sustentable. Aquí en Argentina, se prefiere pagar subsidios a vagos que no quieren hacer nada en lugar de, por ejemplo, enseñar a utilizar herramientas básicas y desguazar un barco, o bien recuperar maquinarias arrumbadas para producir, por ejemplo, rieles. Los economistas dirán que es de baja productividad hacerlo, pero omiten que recibir un subsidio para hacer nada es de productividad cero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *