Mauricio Macri y el atentado a Cristina Kirchner

Entrevistado por Luis Majul en La Nación+ el expresidente Mauricio Macri expuso su postura en relación con el atentado que sufrió la vicepresidenta. Afirmó sin sonrojarse que se trató, lisa y llanamente, “de algo individual de un grupo de loquitos y que no está orquestado políticamente”. Aseguró sentirse aliviado por el fracaso del ataque aunque no se privó de embestir al oficialismo por lo que consideró fue una grotesca sobreactuación”. Y agregó: “Al día siguiente del ataque a Cristina Kirchner pusieron un feriado y generaron rechazo. Con ese feriado, no hicieron más que avasallar a los ciudadanos. Una vez más nos hicieron entender que no les importa la vida de la gente, de esa gente a la que le cuesta llegar a fin de mes. Ni los chicos fueron a clase. Todo se vio afectado”. “Yo creo que el atentado existió, sucedió” (fuente: Perfil, 18/9/022).

¿Realmente el atentado a Cristina Kirchner fue obra de un grupo de loquitos que actuaron por su cuenta? En su edición del 15/9 Página/12 publicó un artículo de Luciana Bertoia cuyo título desmiente al ex presidente Macri: “Atentado a CFK. El fundador de Revolución Federal admitió un pago del Grupo Caputo”. Escribió la periodista:

“Todas las miradas apuntan hacia Revolución Federal. El titular de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), Agustín Rossi, denunció ante la jueza federal María Eugenia Capuchetti, que el grupo violento estuvo detrás del intento de magnicidio de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner y aportó audios en los que se escucha a sus integrantes jactarse de su intención de asesinar al presidente Alberto Fernández y al diputado Máximo Kirchner. Horas antes, el fundador del grupo que usa horcas y antorchas, Jonathan Morel, reconoció haber recibido 1.760.000 pesos del Grupo Caputo. Desde el entorno del empresario Nicolás Caputo-amigo de Mauricio Macri-lo niegan, pero el vínculo podría ser con una firma de los hermanos de Luis Caputo, ex ministro de Finanzas de Macri y primo de Nicolás”.

“Yo realicé un trabajo para un fideicomiso. No tenía forma de saber quién estaba detrás”, dice Morel ante una consulta de Página/12, si bien comenta haber intercambiado unos correos electrónicos que tenían una mención a Caputo Hermanos. El joven de 23 años asegura ser propietario de una carpintería en zona norte del conurbano y relata que, a través de una decoradora de interiores, hizo un trabajo el mes pasado para un hotel en Neuquén en cuya construcción estaría involucrada la empresa de los Caputo (…) Página/12 se contactó con un asesor legal de Nicolás Caputo, quien dijo que el empresario niega tener obras en Neuquén y por ende haber contratado la carpintería del fundador de Revolución Federal (…)”.

“En sus dichos, Morel relaciona la génesis del grupo que llevó antorchas y guillotinas a la Plaza de Mayo con el trabajo que supuestamente concretó para Caputo. Según él, cuando hizo cálculos con su contadora, se dio cuenta de que no le quedaría ganancia por el trabajo y eso detonó su interés de querer “militar”. El grupo Revolución Federal surgió-al menos en redes sociales-en mayo de este año. Justamente coincide con el momento del encargo de la tarea según Morel. El joven dice que el trabajo lo completó el mes pasado (…) Morel se reconoce como quien concibió la idea de este grupo. Primero se acercó a los libertarios y después, junto con Leonardo Sosa, armó Revolución Federal (…)”.

“Los nexos de Revolución Federal con el ataque a la vicepresidenta surgieron de una foto que posteó Brenda Uliarte-detenida por el intento de homicidio-en la que se la ve en la marcha de las antorchas. En el grupo la desconocen y dicen que denunciaron ante la Justicia un mensaje que les habría llegado reivindicando el atentado a CFK. Según Morel, la encargada de presentar el mensaje en los tribunales fue Gladys Egui, la extraña abogada que vive con Tezanos Pinto en el piso superior de CFK. Sin embargo, este miércoles se conocieron mensajes que intercambiaron Uliarte con una amiga, Agustina Díaz, que también fue detenida por orden de la jueza Capuchetti. En esos intercambios, Uliarte-la pareja de Fernando Sabag Montiel, quien gatilló contra CFK-le dice a su confidente que estaba organizando “para ir a hacer bardo a la Casa Rosada con bombas” e incluso menciona la idea de las antorchas mientras insiste en su deseo de asesinar a la vicepresidenta. Los mensajes entre Uliarte y Díaz arrancan el 4 de julio, es decir, casi un mes y medio antes de que se concretara la protesta violenta. Eso abona a la teoría de que Uliarte podría haber sido parte de este grupo desde sus orígenes”.

La narración de Bertoia desmiente categóricamente lo afirmado por el ex presidente Macri en el canal de televisión perteneciente a La Nación. El supuesto nexo entre el líder de Revolución Federal y el Grupo Caputo amerita de parte de la Justicia una profunda investigación. Porque de comprobarse provocaría un tsunami político de impredecibles consecuencias.

¿Realmente el atentado a Cristina Kirchner fue obra de un grupo de loquitos que actuaron por su cuenta? En su edición del 17/9 Página/12 publicó un artículo de Irina Hauser y Raúl Kollmann cuyo título es harto revelador: “Atentado a Cristina Kirchner: Los atacantes tenían un plan y una segunda pistola”. Escribieron los periodistas:

“El grupo que intentó asesinar a Cristina Fernández de Kirchner tenía una segunda arma preparada para cometer el magnicidio, una pistola calibre 22, que finalmente no se utilizó. Pertenecía a Gabriel Carrizo, el cuarto detenido que fue indagado este viernes e imputado por intervenir “de formas activa en la planificación” del crimen, algo que buscó negar ante la jueza María Eugenia Capuchetti y el fiscal Carlos Rívolo pese a la contundencia de la prueba que le mostraron, en especial conversaciones donde dice: “Esto estaba planificado para dentro de una semana, hizo todo mal. Es un pelotudo”, en alusión a Fernando Sabag Montiel, que llevó una Bersa calibre 32 apta para disparar con cinco balas pero ninguna de las cuales ingresó a la recámara (…)”.

“Las revelaciones sobre la segunda pistola surgidas del celular de Carrizo, quien se presenta como el dueño de la máquina de hacer copos de nieve, no fueron las únicas sorpresas de la jornada. El hombre nombró como abogado a Gastón Marano, un asesor en la Comisión Bicameral de Fiscalización de Organismos y Actividades de Inteligencia donde trabaja como asesor para el senador de Juntos por el Cambio, Ignacio Torres (…) También llamó la atención la lista de nombres de abogados y abogadas que designó para que puedan acceder a la causa a la par de él: una es Brenda Salva, asesora desde mayo de este año de la diputada del PRO Karina Bachey. El otro es Fernando Sicilia, defensor de los ex agentes de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) Facundo Melo y Leandro Araque, del grupo de los “Súper Mario Bros”, implicados en el espionaje del gobierno de Mauricio Macri (…)”.

¿Realmente el atentado a Cristina Kirchner fue obra de un grupo de loquitos que actuaron por su cuenta? En su edición del 18/9 Página/12 publicó un artículo de los mismos autores titulado “Los interrogantes de la causa por el intento de asesinato a Cristina Kirchner”. El último es, me parece, el más relevante. Escribieron los autores:

“¿Qué falta? Según los investigadores, falta el círculo de arriba de la trama, es decir, alguien que influyó y financió al grupo. ¿Es seguro que existen o podrían ser un grupo de odiadores y neonazis como existen en otros países? La verdad es que no se puede descartar. Pero hoy por hoy prima la idea de que alguien estuvo por encima. Por un lado, a partir del discurso violento, en sintonía con Revolución Federal. La idea de matar a Cristina está presente todo el tiempo. Pero también estos mismos protagonistas tienen posteos de discursos de Javier Milei y del sector más duro del PRO. O sea, que alguien haya pensado “estos muchachos nos sirven, démosle unos mangos” es una hipótesis de trabajo en el expediente. Desde el punto de vista político es evidente que hay una influencia del mensaje odiador de la oposición y los medios odiadores del peronismo. Pero eso no alcanza en una causa penal; se busca un nexo concreto, real. Los investigadores dicen que están trabajando en una pista porque no les cierra la cuestión del dinero. Alguien los financió, concluyen”.

¿Realmente el atentado a Cristina Kirchner fue obra de un grupo de loquitos que actuaron por su cuenta? Anoche llamó poderosamente la atención la tajante afirmación de Macri en el sentido de que el atentado fue obra de unos loquitos, cerrando las puertas a una eventual investigación de la identidad de quién o quiénes habrían estado detrás de estos loquitos. ¿Acaso el ex presidente trata de proteger a Caputo? ¿Acaso habría alguien por encima del propio Caputo? Cuesta creer que estos personajes, los miembros de la banda de los copitos, hayan actuado por su cuenta. Cuesta creer que no hayan contado con ayuda financiera. Y fundamentalmente, cuesta creer que no haya existido un autor intelectual, es decir, la persona que ordenó el asesinato de Cristina Kirchner.

Anexo

El primer presidente de los argentinos (segunda parte)

El 7 de julio de 1824 el Estado argentino concretó en Londres el contrato de un empréstito con la firma Baring Brothers & Co., una empresa sólida que en esta ocasión no hizo más que seguir los pasos de otras empresas que firmaron contratos similares con los gobiernos de México y Brasil. El empréstito fue posible fundamentalmente por la confianza que el inglés medio tenía en las inversiones provenientes del Estado y por el prestigio de la firma inglesa. Las autoridades nacionales tenían pensado utilizar los fondos ingleses para construir un puerto en Buenos Aires, ejecutar obras sanitarias y establecer pueblos en la campaña. El monto de la deuda ascendía a un millón de libras y las autoridades nacionales estaban convencidas de que podrían liquidarla fácilmente si lograban mantener el volumen del comercio marítimo y completar la reducción del presupuesto militar que había comenzado con la reforma del ejército. Lamentablemente, un grave acontecimiento internacional alteró los planes. Las Provincias Unidas del Río de la Plata entraron en guerra con el Brasil, lo que provocó la interrupción del comercio marítimo y obligó a incrementar el presupuesto militar para solventar los gastos de guerra. La lógica consecuencia fue la imposibilidad de las autoridades argentinas de hacer frente a los compromisos contraídos con la Baring Brothers. El Estado argentino se endeudó y se vio impotente para pagar la deuda. Esa pesadilla duró casi un siglo.

En aquella época hubo profundas reformas en lo cultural, en lo social y en lo eclesiástico. En 1819 Pueyrredón había promulgado la ley que creaba la Universidad de Buenos Aires. Caída en el olvido, Rivadavia la rescató y en 1821 la efectivizó. Además, hizo posible la creación del Colegio de Ciencias Naturales, la Escuela Normal Lancaster, las escuelas de guarnición para las tropas, la Biblioteca Popular y el Archivo General. Hubo un ambiente propicio para que surgieran la Sociedad Literaria, la Escuela de Declamación, los diarios El Argos y la Abeja Argentina, de tendencia libertaria, y la primera antología de poesía argentina. En lo social, fue reorganizada la Casa de Expósitos y creada la Sociedad de Beneficencia, las que cayeron en manos de mujeres, quienes por primera vez lograron acceder a funciones de responsabilidad institucional.

Donde Rivadavia tuvo serios problemas fue con la Iglesia. Cristiano enrolado en el regalismo, don Bernardino no soportaba el desorden que aquejaba a las instituciones religiosas y el accionar político y militar de muchos de sus clérigos. Terco y voluntarioso, decidió poner fin a esta situación. Y el método que empleó fue completamente erróneo. En lugar de propiciar el cambio dentro de la propia Iglesia, lo impuso él mismo, de manera vertical y autoritaria. En agosto de 1821 tomó una serie de medidas que provocaron la ira de la Iglesia: a) mandó hacer un inventario de los bienes eclesiásticos; b) prohibió a los clérigos que no estuvieran autorizados por el gobierno a ingresar a la Provincia; c) declaró a los mercedarios y franciscanos “protegidos” por el gobierno, con lo cual no hizo más que desligarlos de todo vínculo con la Iglesia. A partir de entonces, impuso un rígido control sobre la vida de los clérigos.

Quedaba en evidencia el autoritarismo del “liberal” Rivadavia. Los afectados se quejaron pero no lograron conmover a don Bernardino. Fue entonces cuando se alzó la voz del único que fue capaz de estar a la altura de Rivadavia para oponérsele: fray Francisco de Paula Castañeda, un fraile recoleto, interesado en la educación del pueblo, poseedor de una fina pluma y tan vehemente como Rivadavia, pero dueño de una libertad de expresión inédita en la época (este fraile no respondía ante nadie, sólo a sí mismo). El duelo entre Rivadavia y la Iglesia tuvo su epílogo el 18 de noviembre de 1822, cuando se sancionó la trascendente ley de la reforma eclesiástica, que dispuso la secularización de las órdenes monásticas, la prohibición de las monjas a profesar, la declaración de los bienes de los conventos como “bienes estatales”, la abolición del diezmo y el compromiso gubernamental de proveer a los gastos eclesiásticos.

Luego de un trienio de paz y tranquilidad, casi todos estaban convencidos de la necesidad de contar con un Estado nacional. Los menos entusiastas eran, obviamente, los hombres de Buenos Aires. La forma que tomaría dicho Estado era una cuestión relevante. El principio de la federación era enarbolado por casi todas las provincias, cuyos gobiernos no deseaban que Buenos Aires se entrometiera en sus asuntos internos. Además, tal principio legitimaba la aspiración de las provincias a gozar de iguales derechos. Si bien participaba de esta ideología, el federalismo porteño era consciente de que en la práctica el poder de Buenos Aires se haría sentir sobre todo el territorio. Quienes propiciaban el centralismo temían que si perdían el control sobre las administraciones provinciales, una coalición de las provincias sería lo suficientemente poderosa como para imponer su voluntad política y económica sobre Buenos Aires.

Floria y García Belsunce destacan la peculiaridad del federalismo porteño. Los hacendados y los comerciantes habían tejido una alianza económica para defender sus intereses de clase. De ahí que el federalismo por ellos enarbolado era tan sólo político, lo que significaba que nunca transcendería en lo económico. En consecuencia, el federalismo de Buenos Aires necesariamente se oponía al federalismo del interior y coincidía con el unitarismo en la imposición de la hegemonía porteña al resto de las provincias. Coincidían, pues, en el objetivo, pero diferían en la manera de llevarlo a la práctica. Mientras para los unitarios la constitución era el medio más adecuado para garantizar la hegemonía de Buenos Aires, para los federales era un problema de táctica política. Creían que la mejor manera de imponerse sobre el resto de las provincias era a través de alianzas que se tejerían en función de los intereses del momento. Los federales eran prácticos; los unitarios, teóricos. Debajo de esta diferencia yacía un profundo antagonismo ideológico. Los federales eran antiliberales: los unitarios enarbolaban las banderas del liberalismo. También se diferenciaban en cuanto a los sectores sociales que los apoyaban. El unitarismo albergaba a los hombres educados, a los doctores y los teóricos de Buenos Aires. Por el contrario, el federalismo albergaba a los estancieros, a los peones y al resto de los pobladores del campo. A partir de 1826, los federales se granjearon las simpatías de los comerciantes y de los sectores más humildes de la ciudad.

Fuentes:

-Germán Bidart Campos: Historia política y constitucional argentina, ed. Ediar, Buenos Aires, 1976, tomo I,

-Carlos Floria y César García Belsunce: Historia de los argentinos, ed. Larousse, Buenos Aires, 1992;

David Rock: Argentina 1516-1987, University of California Press, Berkeley, Los Angeles, 1987.

Hernán Andrés Kruse

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