Por Hernán Andrés Kruse.-

El enfoque de Mónica Peralta Ramos

En su edición del 27 de septiembre El cohete a la luna publicó un artículo de la socióloga Mónica Peralta Ramos titulado “Discriminación social”. En una parte escribe lo siguiente:

“Con el correr del tiempo, las divisiones y la discriminación social fueron naturalizándose y las palabras y los símbolos se transformaron en un instrumento de importancia crucial para anular la reflexión. Desatando subliminalmente a los miedos atávicos, permitieron ocultar la creciente concentración del poder. A mediados del siglo pasado y en el contexto de una brutal crisis económica, el fascismo y el nazismo hicieron estallar a la luz del día la incompatibilidad explosiva entre el poder económico de los monopolios y la legitimidad de las instituciones políticas de los Estados nacionales. Estos movimientos políticos convirtieron al miedo y al odio racial en el eje de un mecanismo infernal de propaganda estatal, que buscaba anular la reflexión y la capacidad de disenso imponiendo la obediencia compulsiva a un régimen político basado en una feroz concentración del poder político y económico”.

Al leer este párrafo me vino inmediatamente a la memoria el gran libro de Erich Fromm “El miedo a la libertad”, a mi criterio uno de los más lúcidos análisis que hubo del nazismo. En el capítulo que titula “La raíz psicológica del nazismo” Fromm analiza la relación entre el líder y las masas, el aspecto sádico del poder y lo que Hitler y Goebbels pensaban de las masas. A continuación me tomo el atrevimiento de transcribir unos párrafos de ese capítulo.

“El anhelo sádico de poder halla múltiples expresiones en Mein Kampf. Es característico de la relación de Hitler con las masas alemanas, a quienes desprecia y «ama» según la manera típicamente sádica, así como con respecto a sus enemigos políticos, hacia los cuales evidencia aquellos aspectos destructivos que constituyen un componente importante del sadismo. Habla de la satisfacción que sienten las masas en ser dominadas. «Lo que ellas quieren es la victoria del más fuerte y el aniquilamiento o la rendición incondicional del más débil». “Como una mujer que prefiere someterse al hombre fuerte antes que dominar al débil, así las masas aman más al que manda que al que ruega, y en su fuero íntimo se sienten mucho más satisfechas por una doctrina que no tolera rivales que por la concepción de la libertad propia del régimen liberal; con frecuencia se sienten perdidas al no saber qué hacer con ella y aun se consideran fácilmente, abandonadas. Ni llegan a darse cuenta de la imprudencia con la que se las aterroriza espiritualmente, ni se percatan de la injuriosa restricción de sus libertades humanas, puesto que de ninguna manera caen en la cuenta del engaño de esta doctrina”. Describe Hitler cómo el quebrar la voluntad del público por obra de la fuerza superior del orador constituye el factor esencial de la propaganda. Hasta no vacila en afirmar que el cansancio físico del auditorio representa una condición muy favorable para la obra de sugestión. Al tratar acerca del problema de cuál es la hora del día más adecuada para las reuniones políticas de masas, dice: “Parece que durante la mañana y hasta durante el día el poder de la voluntad de los hombres se rebela con sus más intensas energías contra todo intento de verse sometido a una voluntad y a una opinión ajenas. Por la noche, sin embargo, sucumben más fácilmente a la fuerza dominadora de una voluntad superior. En verdad, cada uno de tales mítines representa una esforzada lucha entre dos fuerzas opuestas. El talento oratorio superior, de una naturaleza apostólica dominadora, logrará con mayor facilidad ganarse la voluntad de personas que han sufrido por causas naturales un debilitamiento de su fuerza de resistencia, que la de aquellas que todavía se hallan en plena posesión de sus energías espirituales y fuerza de voluntad”.

El mismo Hitler se da cuenta de las condiciones que dan origen al anhelo de sumisión, proporcionándonos una excelente descripción del estado de ánimo de un individuo que concurre a un mitin de masas. “El mitin de masas es necesario, al menos para que el individuo, que al adherir a un nuevo movimiento se siente solo y puede ser fácil presa del miedo de sentirse aislado, adquiera por vez primera la visión de una comunidad más grande, es decir, de algo que en muchos produce un efecto fortificante y alentador… Si sale por primera vez de su pequeño taller o de la gran empresa, en la que se siente tan pequeño, para ir al mitin de masa y allí sentirse circundado por miles y miles de personas que poseen las mismas convicciones… él mismo deberá sucumbir a la influencia mágica de lo que llamamos sugestión de masa”. Goebbels describe a las masas del mismo modo. «La gente no quiere otra cosa que ser gobernada decentemente», dice en su novela Michael. Ellas no son para el «líder» más que lo que la piedra es para el escultor. «Líder y masas constituyen un problema tan sencillo como pintor y color». En otro libro Goebbels hace una descripción precisa de la dependencia de la persona sádica con respecto a los objetos de su sadismo; cuán débil y vacío se siente cuando no puede ejercer el poder sobre alguien y de qué modo ese poder le proporciona nuevas fuerzas. Esto es lo que nos cuenta Goebbels acerca de lo que él mismo sentía: «A veces uno se siente presa de una profunda depresión. Tan sólo se logra superarla cuando se está nuevamente frente a las masas. El pueblo es la fuente de nuestro poder». Una descripción significativa de aquella forma especial de poder sobre los hombres, que los nazis llaman liderazgo, la hallamos en un escrito de Ley, el «líder» del Frente del Trabajo. Al referirse a las calidades requeridas en un dirigente nazi y a los propósitos que persigue la educación para el mando, afirma: “Queremos saber si estos hombres poseen la voluntad de mando, de ser los dueños, en una palabra, de gobernar… Queremos gobernar y nos gusta hacerlo… Les enseñaremos a estos hombres a cabalgar… a fin de que experimenten el sentimiento del dominio absoluto sobre un ser viviente”.

En la formulación que hace Hitler de los objetivos de la educación hallamos la misma exaltación del poder. Afirma que «toda educación y desarrollo del alumno debe dirigirse a proporcionarle la convicción de ser absolutamente superior a los demás». El hecho de que en alguna otra parte declare que debe enseñársele al muchacho a sufrir las injusticias sin rebelarse, ya no parecerá extraño al lector. Se trata de la típica contradicción, propia de la ambivalencia sadomasoquista, entre los anhelos de poder y los de sumisión. El deseo de poder sobre las masas es lo que impulsa al miembro de la élite, al «líder» nazi. Como lo muestran las citas señaladas anteriormente, este deseo de poder es revelado, algunas veces, con una franqueza sorprendente. En otros casos se lo formula de una manera menos ofensiva, al subrayar que el ser mandadas es un deseo de las masas mismas. En algunas oportunidades la necesidad de halagar a las masas y, por lo tanto, de esconder el cínico desprecio que siente hacia ellas, conduce a tretas como ésta: al hablar del instinto de autoconservación, que para Hitler, como veremos luego, corresponde más o menos al impulso de poder, dice que en el ario ese instinto ha alcanzado su forma más noble, «porque está dispuesto a someter su propio ego a la vida de la comunidad y también, si surgiera esa necesidad, a sacrificarlo». Si bien son los «líderes» quienes disfrutan del poder en primer lugar, las masas no se hallan despojadas de ningún modo de satisfacciones de tipo sádico. Las minorías raciales y políticas dentro de Alemania y, llegado el caso, el pueblo de otras naciones, descritos como débiles y decadentes, constituyen el objeto con el cual se satisface el sadismo de las masas. Al tiempo que Hitler y su burocracia disfrutan del poder sobre las masas alemanas, estas mismas masas aprenden a disfrutarlo con respecto a otras naciones, y de ese modo ha de dejarse impulsar por la pasión de dominación mundial. Hitler no vacila en expresar el deseo de dominación mundial como fin personal y partidario. Ridiculizando el pacifismo dice: «En verdad, la idea humanitaria pacifista es quizá completamente buena siempre que el hombre de más valor haya previamente conquistado y sometido al mundo hasta el punto de haberse transformado en el único dueño del globo». Y también afirma que «un Estado que, en una época caracterizada por el envenenamiento racial, se dedica al fomento de sus mejores elementos raciales, deberá llegar a ser algún día dueño del mundo».

Generalmente, Hitler trata de racionalizar y justificar su apetito de poder. Las principales justificaciones son las siguientes: su dominación de los otros pueblos se dirige a su mismo bien y se realiza en favor de la cultura mundial; la voluntad de poder se halla arraigada en las leyes eternas de la Naturaleza y él (Hitler) no hace más que reconocer y seguir tales leyes: él mismo obra bajo el mando de un poder superior —Dios, el Destino, la Historia, la Naturaleza—; sus intentos de dominación constituyen tan sólo actos de defensa contra los intentos ajenos de dominarlo a él y al pueblo alemán. Él desea únicamente paz y libertad. Como ejemplo del primer tipo de racionalización podemos citar este párrafo de Mein Kampf: «Si en su desarrollo histórico el pueblo alemán hubiese disfrutado de aquella misma unidad social que caracterizó a otros pueblos, entonces el Reich alemán sería hoy, con toda probabilidad, el dueño del mundo». La dominación mundial germana conduciría, según Hitler, a una «paz apoyada no ya en las ramas de olivo de llorosas mujeres pacifistas profesionales, sino fundada en la espada victoriosa de un pueblo de señores, que coloca el mundo al servicio de una cultura superior». En los años más recientes las afirmaciones de que sus fines no se dirigen solamente al bienestar de Alemania, sino que también sirven los intereses de la civilización en general, han llegado a ser bien conocidas por todo lector de diarios. La segunda racionalización —que su deseo de poder se halla fundado en las leyes de la naturaleza— significa algo más que una simple racionalización; surge también del deseo de someterse a un poder ajeno, tal como resultará expresado, especialmente, en la cruda divulgación popular del darwinismo sustentada por Hitler. En efecto, en el «instinto de conservación de la especie» ve la causa primera de la formación de las comunidades humanas. Este instinto de autoconservación conduce a la lucha del fuerte que quiere dominar al débil y, desde el punto de vista económico, a la supervivencia del más apto. La identificación del instinto de autoconservación con el deseo de poder sobre los demás, halla una expresión particularmente significativa en la afirmación de Hitler, según la cual «la primera cultura de la humanidad dependía, por cierto, menos de los animales domésticos que del empleo de pueblos inferiores». Proyecta su propio sadismo sobre la naturaleza, que llama «Reina cruel de toda la sabiduría», cuya ley de conservación se halla «encadenada en este mundo a la ley de bronce de la necesidad y del derecho a la victoria de los mejores y más fuertes».

AF y el escrache a un juez de la Corte Suprema

Este lunes al mediodía el presidente de la nación participó en la inauguración del Hospital Néstor Kirchner en Escobar. Al hacer uso de la palabra se solidarizó con el doctor Ricardo Lorenzetti, víctima de un escrache mientras reposaba en su domicilio el fin de semana. Dijo Alberto Fernández: “Me solidarizo con Ricardo Lorenzetti, que sufrió el más vil de los escraches, propio del fascismo. Esto no tiene nada que ver con la democracia”. “Lo que hace falta es que nos ocupemos de hacer lo que hay que hacer como clase dirigente. Esta democracia nos costó 30 mil vidas. Vamos a cuidarla”. “Digo esto porque tal vez hoy aquí en Escobar, podemos poner un punto de inflexión y llamarnos responsablemente a la cordura, a volver a trabajar mancomunadamente, a darnos cuenta de que no todo es disputa política, que en el medio hay argentinos que sufren, que necesitan, y que para eso, para terminar con tanta necesidad, con tanta postergación de esos argentinos, lo que hace falta es que nos ocupemos definitivamente de hacer las cosas que debemos hacer como clase dirigente. El modo no es el que vimos ayer en Rafaela. El modo no es lo que vimos en Tigre días atrás frente a la casa de Sergio. El modo no es el que vemos en la esquina de Juncal y Uruguay en la Ciudad de Buenos Aires. El modo no es ir a pararse frente a la casa del Presidente para insultar y decir barbaridades. El modo es reclamar democráticamente, recuperar la convivencia democrática. Sabemos que tenemos disensos, es parte de la democracia, pero el respeto al otro es central para la convivencia. Central” (fuente: Página/12, 28/9/020).

El escrache sufrido por el doctor Ricardo Lorenzetti, juez de la Corte Suprema, es repudiable por donde se lo mire. Es una palpable demostración de cobardía porque se trata del apriete de una patota numerosa contra una persona que está sumida en la más absoluta indefensión. Estas feroces demostraciones de intolerancia vienen de lejos. Me vienen a la memoria los escraches que sufrieron varios dirigentes políticos en aquel duro verano de 2002 cuando la ciudadanía exigía a viva voz que se fueran todos. Ni siquiera el noble Raúl Alfonsín se salvó de este tipo de amedrentamiento. El escrache nada tiene que ver con la democracia como filosofía de vida. Es la manifestación más obscena de autoritarismo y odio. Quien participa de un escrache es enemigo de la democracia liberal porque reniega de sus valores liminares: tolerancia, respeto y disenso.

Lo que sufrió el doctor Ricardo Lorenzetti lejos está de ser un hecho aislado. Por el contrario, forma parte de una larga lista de manifestaciones de esta índole que comenzaron a ser naturalizadas por la sociedad a partir del conflicto por la resolución 125. Fogoneadas por la dirigencia opositora y los medios de comunicación enfrentados con Cristina Kirchner, pusieron en serio riesgo la estabilidad institucional y la seguridad de quienes las sufrieron. El entonces presidente del bloque de diputados del oficialismo Agustín Rossi puede dar fe de ello. Estos métodos de acción directa nada tienen que ver con los valores consagrados por nuestra Carta Magna. Son propios de energúmenos que aborrecen la convivencia en democracia, que no creen en el respeto que se merece toda persona por el solo hecho de serlo.

Ahora bien, también hay que reconocer que desde hace mucho tiempo la clase política no ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Cada vez que se produce una crisis siempre sale a flote, demuestra una incapacidad supina para ponerse en el lugar de aquél que sufre, que queda en la intemperie. El presidente acaba de pedir en Escobar respeto y moderación. Pues bien, la ciudadanía también tiene el derecho de pedir a la clase política respeto y moderación. ¿Cuándo llegará el momento en que un presidente pida perdón públicamente en nombre de la clase política por todo el daño ocasionado al pueblo a raíz de las decisiones adoptadas en su momento? Alberto Fernández-al igual que sus predecesores-parece no comprender que si pretende que el pueblo sea moderado y respetuoso, él como presidente y la oposición deben dar el ejemplo.

A continuación paso a transcribir lo que el profesor Isidro H. Cisneros escribió acerca del dogmatismo y el fanatismo en su ensayo “Tolerancia y democracia” (Instituto Federal Electoral-Cuadernos de Divulgación de la Cultura Democrática).

Dogmatismo y fanatismo

“La pretensión de unanimidad muchas veces se transforma en «intolerancia», es decir, en una actitud que no busca reflexionar para tratar de entender las razones y los derechos de los otros, sino que se encuentra dominada por la arrogancia y la prepotencia de poseer la «verdad» hegemónica. Justamente la labor inacabada de la democracia es desterrar una serie de dogmatismos y discriminaciones que no sólo limitan los aludidos derechos de libertad, sino que también -lo que es más grave- nulifican las reglas de la convivencia democrática.

Por su lado, el «fanatismo en la política» ilustra muy bien una concepción no democrática de la competencia entre sujetos que frecuentemente refleja de manera descarnada los abusos del poder. En consecuencia, conceptos como dogmatismo y estereotipo se encuentran en una estrecha relación en la medida en que producen fanatismo e intolerancia. Analizar estos fenómenos de exclusión y persecución resulta de gran interés porque actualmente representan el núcleo más firme de la resistencia al cambio político. De este modo, mientras que el fanatismo se refiere a una predisposición de los individuos o de los grupos para expresar mediante acciones concretas juicios o conceptos antes de haber reunido y examinado la información pertinente -y, por lo tanto, se basa en pruebas insuficientes o incluso imaginarias-, el dogmatismo constituye una representación de las actitudes de resistencia al cambio frente a las nuevas experiencias. A este respecto, podríamos afirmar que el fanatismo se funda en un prejuicio hacia «los otros» (que en política son los adversarios), presentándose muchas veces bajo la forma de una opinión no justificada, que puede ser o no favorable y que induce a actuar en consonancia con la misma.

No es necesario hacer un elenco de las posibles consecuencias que pueden sufrir los grupos que padecen el fanatismo cuando el prejuicio en que se basa les resulta desfavorable. Pero es necesario también poner atención al caso opuesto, cuando dicho prejuicio tiene un carácter favorable, ya que -como quiera que sea- representa un conjunto de generalizaciones sin fundamento alguno y que en la mayoría de los casos es incluso de carácter irracional.

En una democracia cualquier forma de prejuicio, en la medida en que produce discriminaciones, debe ser combatido. El intolerante se inspira en la «voluntad de poder» que anula los derechos del individuo con el cual establece un tipo de relación de subordinación. Esta jerarquización impide la libre expresión del pluralismo. El intolerante anula los valores democráticos fundamentales en la medida en que no acepta a quien no piensa o actúa de su mismo modo. No olvidemos que además de la intolerancia física también existe un tipo de intolerancia intelectual que si bien no recurre a la violencia en su forma más evidente, ejerce del mismo modo la coacción al pretender impedir la libertad de expresión de los otros circunscribiendo al máximo los espacios para el establecimiento del acuerdo.

En el final del milenio la lucha contra el dogmatismo y el fanatismo no puede darse por concluida. Las democracias contemporáneas deben comprometerse decididamente a tratar de reducir al máximo las expresiones de intolerancia, promoviendo una nueva actitud basada en la tolerancia y la persuasión. La ampliación de la democracia pasa también por la apertura mental para con el diferente, que tiende a limitar y muchas veces a eliminar el dogmatismo y las «verdades» preconcebidas”.

El significado del fascismo

En la inauguración del hospital Néstor Kirchner de la ciudad de Escobar el presidente de la nación, como dije más arriba, se solidarizó con el doctor Ricardo Lorenzetti, miembro de la Corte Suprema, quien el pasado fin de semana fue escrachado mientras reposaba en su domicilio en la ciudad santafesina de Rafaela. Alberto Fernández dijo que se trató de un accionar propio del fascismo, en alusión al régimen totalitario liderado por Benito Mussolini. Nadie pone en duda el carácter antidemocrático de este tipo de coacciones pero no creo que quienes participaron del escrache a Lorenzetti sean fascistas. Es más, lo más probable es que sean antifascistas, como lo son en su inmensa mayoría los seguidores de Mauricio Macri. Ellos son en general conservadores, liberales profundamente antiperonistas, probritánicos y pronorteamericanos, los que los sitúa en las antípodas del fascismo. Pero son, a su vez, profundamente intolerantes con todo lo que hoy huela a kirchnerismo.

Es probable que para muchos el significado del fascismo no admita duda alguna. En Argentina el término se utiliza a diario con un único propósito: denigrar y agraviar a quien no sólo a quien piensa de otra forma sino también a quien actúa de manera violenta como las personas que escracharon al Supremo. ¿Qué se da entender cuando se habla de fascismo? Para responder a esta pregunta qué mejor que leer el ensayo de Daniel Miguel López Rodríguez titulado “Redefinición del fascismo” (revista crítica del presente-El Catoblepas número 100-junio 2010). A continuación transcribo una parte del escrito que responde a la pregunta.

¿Qué es el fascismo?

El término «fascismo» proviene del italiano «fascio» (que significa «haz», «fasces»), y deriva del latín «fasces» (en plural «fascis»). Las fasces eran unos fajos de varillas amarradas que simbolizan la unidad popular (solidaridad frente a terceros, diríamos), en las cuales sobresalía un hacha, la cual a su vez simbolizaba al líder, al guía-caudillo, esto es, dicho en el idioma del fascismo, al Duce, que como todos saben no era otro que Benito Almicare Andrea Mussolini (Dovia di Predappio, Forlì, 29 de julio de 1883- Giulinio di Mezzegra, 28 de abril de 1945). La palabra «fascismo» deriva, pues, del símbolo romano del fascio littorio. El fascismo ha sido diagnosticado por Gustavo Bueno en El mito de la derecha como una derecha no alineada, esto es, no tradicional, en oposición a las derechas alineadas, tradicionales (derecha primaria, derecha liberal, derecha socialista), las cuales se proyectan como «modulaciones» que derivan como géneros plotinianos y se presentan frente a las generaciones de izquierda que trataban de desmembrar al Antiguo Régimen (izquierda jacobina, izquierda liberal, izquierda libertaria, izquierda socialdemócrata e izquierda comunista). Sin embargo, advierte Gustavo Bueno, «el fascismo podría ser, por analogía, considerado como un movimiento de izquierda, porque en realidad a la vez es derecha e izquierda en sentido tradicional, en la medida que presenta analogías significativas con ambas. Si lo consideramos aquí de derechas, es porque estamos subrayando sus analogías con la derecha tradicional, puesto que estamos en una obra dedicada a la derecha». (Gustavo Bueno, El mito de la derecha, Temas de hoy, Madrid 2008, pág. 266).

El fascismo pudo tener ciertas analogías con la derecha socialista, sin perjuicio de que también mantuvo semejanzas con la derecha liberal e incluso con el comunismo, tendencias a las que sin embargo se opuso, autodiagnosticándose como «tercera vía». Pero la oposición del fascismo a las distintas generaciones de izquierdas fue muy distinta de la oposición realizada por las derechas tradicionales. Así pues, el fascismo fue algo nuevo, y no una nueva versión de la derecha de toda la vida, en sentido sustancialista metafísico, como si fuese la esencia del mal (que es como ingenua y míticamente lo entiende casi todo el mundo). Dicho de otro modo: el fascismo no fue una derecha que pretendiese volver al Antiguo Régimen, como si fuese una derecha reaccionaria o cavernícola. El fascismo no puso su mirada en el pasado, la puso en el futuro, porque fue un movimiento eminentemente escatológico, creyendo que el futuro de la humanidad era de su propiedad (del mismo modo que los marxista se creían dueños del futuro). No sólo el Antiguo Régimen era «cosa de ayer», también lo era el liberalismo. La historia se encaminaba hacia la «nueva civilización», hacia un escatológico imperio fascista, el nuevo Imperio Romano. También hay que tener en cuenta, como hemos dicho, que al fascismo no hay que verlo como una esencia fija, sino más bien como una esencia genérica con núcleo, curso y cuerpo, pues no ejerció ni mucho menos un tipo de política continuo y homogéneo, ya que pasó por muy distintas fases llenas también de disputas internas. También hay que hacer saber que el fascismo se incubó en una democracia parlamentaria transformándola dictadura que tuvo a un rey (Vittorio Emmanuel III), lo cual lo convierte en algo muy particular y por tanto difícil de definir (eso sí, volvió a sus orígenes republicanos en la efímera República de Salò, cuando el fascismo daba sus últimas bocanadas).

El fascismo, visto así, fue una «diarquía» entre el Duce y el rey (el cual fue llamado, tras la conquista de Etiopía, «rey-emperador»). Los poderes fácticos estaban en las manos de Mussolini, pero el rey era el Jefe del Estado; un título de papel, pues no supo frenar a Mussolini en la sistemática desmembración del ordenamiento constitucional fundado en el Estatuto Albertino: he ahí lo que podríamos llamar el proceso revolucionario fascista, aunque el proceso no llegó a realizarse del todo, a causa de la derrota en la guerra mundial. Según el rey, por aquellos entonces «no se podía obstaculizar al jefe del gobierno». (P. Puntoni, Parla Vittorio Emmanuele III, Bolonia, 1993, pág. 321).

Para nuestro objetivo sería muy interesante leer una definición del propio Mussolini sobre el fenómeno fascista:

«Siendo antiindividualista, el sistema de vida fascista pone de relieve la importancia del Estado y reconoce al individuo solo en la medida en que sus intereses coincidan con los del Estado. Se opone al liberalismo clásico que surgió como reacción al absolutismo y agotó su función histórica cuando el Estado se convirtió en la expresión de la conciencia y la voluntad del pueblo. El liberalismo negó al Estado en nombre del individuo; el fascismo reafirma los derechos del Estado como la expresión de la verdadera esencia de lo individual. La concepción fascista del Estado lo abarca todo; fuera de él no pueden existir, y menos aún servir, valores humanos y espirituales. Entendido de esta manera, el fascismo es totalitarismo, y el Estado fascista, como síntesis y unidad que incluye todos los valores, interpreta, desarrolla y otorga poder adicional a la vida entera de un pueblo. No hay individuos ni grupos (partidos políticos, asociaciones culturales, coaliciones económicas, clases sociales) fuera del Estado. Así pues, el fascismo se opone al socialismo para el que la unidad dentro del estado (que amalgama las clases en una única realidad económica y étnica) es desconocida, y que no ve en la historia otra cosa que la lucha de clases. Del mismo modo, el fascismo se opone al sindicalismo como arma de clase. Pero cuando se crea dentro de la órbita del Estado, el fascismo reconoce las necesidades reales que hacen surgir el socialismo y el sindicalismo, otorgándoles el peso debido en el gremio o sistema corporativo en el que se coordinan y armonizan intereses divergentes en la unidad del Estado. Agrupados de acuerdo con sus intereses diversos, los individuos forman clases; forman sindicatos cuando se organizan con arreglo a sus actividades económicas diversas; pero primero y sobre todo forman el Estado, que no es un mero asunto de número, la suma de los individuos que forman la mayoría. Por lo tanto, el fascismo se opone a esa forma de democracia que equipara una nación con la mayoría, rebajándola al nivel del número mayor; pero es la forma más pura de democracia si la nación se considera –como debe hacerse- desde el punto de vista de la calidad y no la cantidad, como una idea, la más poderosa por ser la más ética, la más coherente, la más verdadera, expresándose en un pueblo como la conciencia y la voluntad de unos pocos, cuando no, en efecto, de uno solo, y tendente a expresarse en la conciencia y la voluntad de la masa, de todo el grupo moldeado éticamente por las condiciones naturales e históricas en una nación, avanzado, como una conciencia y una voluntad, a lo largo de una idéntica línea de desarrollo y formación espiritual. No una raza ni una región definida geográficamente, sino un pueblo, perpetuándose en la historia; una multitud unificada por una idea imbuida de la voluntad de vivir, la voluntad de poder y la conciencia de la propia identidad y personalidad.» (Benito Mussolini (1935), «Fascism: doctrine and institutions», en C. F. Delzell (ed.) (1971), Mediterranean Fascism 1919-1945, Londres, Macmillan, pág. 93-95. [La doctrina del fascismo, Florencia, Vallecchi Editore, 1938].)

El contraataque de la Corte Suprema

El 29 de julio el presidente de la nación anunció la reforma judicial. El meollo del proyecto es la creación de un nuevo fuero Federal Penal a partir de la unificación del actual fuero Federal con el Penal Económico, que prevé la creación de 23 nuevos juzgados. En la presentación Alberto Fernández dijo que “el poder de la justicia debe estar en manos de personas que sean dignas, que no sean permeables a ningún tipo de presión”. “Nadie puede sorprenderse por lo que estamos haciendo”, remarcó. “Nunca más a una política que judicializa los disensos para eliminar al adversario de turno”. “Busco hacer la República que todos declaman, pero que algunos humillaron”, sentenció. Fue evidente el malhumor que este proyecto causó en los miembros de la Corte ya que sólo estuvo presente Elena Highton de Nolasco. “Es hora”, definió el presidente, “de tener una justicia proba que solo esté atenta respetar y hacer respetar las reglas del Estado de Derecho. Una justicia sobre la que no influyan los poderes mediáticos, los poderes fácticos ni los poderes políticos. Si lo logramos, habremos fortalecido esta democracia que tantas deudas tiene para con los argentinos y las argentinas” (fuente: Página/12, 30/7/020).

La reacción de la oposición y los medios hegemónicos no se hizo esperar. El mensaje fue el mismo. “La republica está en peligro. Con este proyecto de reforma judicial el gobierno persigue dos objetivos: tener una jueces adictos y garantizar la impunidad de Cristina Kirchner”. Para colmo se lanzó el rumor de la intención del gobierno de aumentar el número de miembros de la Corte, tal como hizo en 1989 Carlos Menem. Los supremos consideraron el proyecto del oficialismo un ataque en su contra. Pues bien, su contraataque acaba de producirse. Por unanimidad la Corte admitió como válido el per saltum presentado por los jueces Leopoldo Bruglia, Pablo Bertuzzi y Germán Castelli, quien en su momento ocuparon los cargos que hoy detentan por un decreto del entonces presidente Mauricio Macri. En consecuencia, hasta que se decida la cuestión de fondo-el retorno a sus antiguos cargos o su permanencia en los actuales-el Consejo de la Magistratura no deberá cubrir sus cargos. En términos futbolísticos los supremos le quitaron la pelota al oficialismo y ahora manejan los tiempos del partido. Según la Corte en este caso hay gravedad constitucional-requisito indispensable para aceptar un per saltum-porque más allá de los intereses de los magistrados, es fundamental la definición de los traslados de los jueces federales, cuestión que atañe al sistema judicial. Lo llamativo es que esta decisión fue tomada luego del escrache sufrido por el doctor Lorenzetti este fin de semana en su residencia en Rafaela y en un clima de presión fomentado por los medios hegemónicos alineados con el macrismo (fuente: Página/12, 29/9/020).

La decisión de la Corte significa un duro golpe para Alberto Fernández y su proyecto de reforma judicial. Más que razones jurídicas primaron en esta decisión cuestiones relacionadas con la psicología: por un lado, el temor a la presión de la corporación mediática y, por el otro, la sed de venganza. Al “envido” de Alberto los supremos respondieron con otro “envido”. La gran incógnita es cuál será la reacción de Alberto. ¿Le dirá a los supremos “no quiero” o doblará la apuesta con un “real” o con un “falta envido”?

Share