Por Florentino Franco de Alvear.-
La paradoja de la voz en el silencio de ANDIS
La corrupción, cuando se mete con los que no pueden defenderse, deja de ser un simple desfalco contable y pasa a ser crueldad pura. Lo que se investiga en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) bajo la gestión de Diego Spagnuolo no es solo una avivada con los medicamentos o las sillas de ruedas; es la radiografía del doble discurso moral de la nueva política.
El truco de la IA y el tiro por la culata
El último capítulo de esta historia en los pasillos de Comodoro Py, donde el juez federal Sebastián Casanello lleva la batuta, roza el ridículo. La estrategia que comanda el mediático Mauricio D’Alessandro se plantó en un solo argumento: borrar la validez de los audios que desataron el escándalo. Dicen que esas grabaciones donde se habla de retornos, coimas y se menciona de rebote a la Secretaría General de la Presidencia son inventos. «Cosas de la Inteligencia Artificial», repiten, jurando que la voz de Spagnuolo fue clonada por un algoritmo malicioso.
Ahora bien, cuando Casanello ordenó una pericia forense detallada a cargo de la Gendarmería para revisar el aire, la respiración y los patrones técnicos de los audios, Spagnuolo pegó el faltazo. Se negó a dar su muestra de voz para el cotejo.
La contradicción es insostenible. En el tribunal de la opinión pública, esto equivale a chocar con el auto y negarse al test de alcoholemia argumentando que la pipeta está rota. Si estás tan seguro de que la tecnología te plantó una causa armada, la biometría oficial era tu mejor aliada para demostrar que te estaban armando una cama. El que nada teme, se somete al microfonito de Gendarmería. Corta.
El archivo en el living: la profecía de D’Alessandro
El asunto se vuelve desopilante si revisamos los archivos de la televisión. El propio D’Alessandro ha dejado grabado en piedra un consejo para cualquiera que esté en problemas: que nunca hay que contratar a un abogado que se pasee por los canales de televisión, porque esos perfiles mediáticos sirven para el show pero pierden eficacia en el barro de los tribunales.
La paradoja se cuenta sola. Siguiendo al pie de la letra el manual de su propio defensor, Spagnuolo debería estar buscando un abogado de bajo perfil ahora mismo. Atrapado entre el silencio en las indagatorias, la negativa a poner la voz y una estrategia jurídica que parece más pensada para el prime time que para el expediente, el ex titular de ANDIS está en un callejón sin salida.
Los números no tienen algoritmos
Más allá del show de los audios y los deepfakes, la causa tiene un anclaje que no depende de ningún casete. Tanto el fiscal Franco Picardi como el juzgado dejaron en claro que el procesamiento de la banda no se cae aunque se anulen las escuchas. Las pruebas mudas —las que facturan— son demoledoras: El desvío inicial bajo sospecha araña los $30.000 millones en remedios de alta complejidad. La segunda parte de la investigación suma otros $75.000 millones en insumos ortopédicos con sobreprecios de locos. Las planillas de licitaciones direccionadas a un grupo selecto de droguerías (con la Suizo Argentina en el radar) y los chats recuperados donde se pedía «efectivo» forman un piso de pruebas que no se borra con un click.
El costo del desencanto
Un editorial sobre la plata del Estado no puede quedarse en la fría frialdad de los ceros. En ANDIS, cada peso sobrefacturado es una prótesis que no llegó o un tratamiento oncológico que se le cortó a un argentino que no tiene prepaga ni cobertura, y que depende del Estado para no morirse.
Para un espacio que llegó al poder prometiendo dinamitar los vicios de la «casta», el caso ANDIS es un bocado intragable. El latiguillo oficialista de «el que no robó no tiene de qué preocuparse» se convirtió en humo apenas la lupa judicial apuntó al riñón propio.
Esconderse detrás de la Inteligencia Artificial como cortina de humo es una confesión de debilidad encubierta. La Justicia tiene que avanzar a fondo, sin dejarse marear por el laberinto tecnológico ni los trucos de pantalla chica. Detrás de los audios bajo sospecha hay miles de personas esperando que la salud pública deje de ser, una vez más, el botín de los conversos.
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