Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, mal que nos pese, la vida transcurre en una especie de monotonía que es difícil definir por aquellos que desde afuera, tantas veces, nos critican; pero a la vez con esos mecanismos que tiene el ser humano, terminan envidiándonos. Por el contrario, nosotros, vivimos es una mezcla rara de bronca y ambición o codicia. En lo primero porque no podemos creer con las posibilidades que tenemos no podamos ser mejores; y en lo segundo porque vemos que muchos países con arraigos inferiores han sabido superarse y llegar a ocupar lugares de privilegio. Hay una culpa oculta que no se puede disimular; aunque nos cueste asumirla. Somos producto de una mayoría que nos escapamos del tiempo que nos dio oportunidades de ser mejores; y lo despreciamos miserablemente. Porque la Democracia nos proveyó a los ciudadanos un elemento valioso, como el voto, que al momento de emitirlo equivocó el rumbo y como consecuencia la fue poniendo poco menos que de rodillas. No en sentido metafórico, sino en la pérdida paulatina de sus deseos, sus ilusiones y su sentido de vida armónica y placentera. Aquella tan mentada, como pisoteada. La Constitución, tan teórica en su articulado, como bastardeada en su cumplimiento. La República, tan insinuada en sus preceptos, como anulada en su institucionalidad. El Estado tan proclive a “solucionar todos los problemas”; pero de la mano de populismos, progresismos y otros ismos deshilacharon los supuestos efectos bienhechores. Y así la temporalidad, y de la mano de personajes nefastos, impresentables y corruptos, capaces de las más atroces fechorías nos han depositado, inmerecidamente, en un estado de decadencia. Los internismos, las salvajadas entre facciones, y la falta de cohesión de los elegidos por mandato popular hacen fracasar y debilitan la insinuante aparición de liderazgos.

Entre la indisimulada confrontación de los grupos opositores y los no menos disimulados conflictos en el seno del gobierno central, colocan en una compleja situación al mismo ante el cuerpo social. La vieja, aunque negada, tensión y cruces mediáticos entre la Vicepresidenta y el Presidente son muestras acabadas de lo que aquí se expone. La Secretaria General de la Presidencia (Karina Milei) y el Asesor Presidencial (Santiago Caputo) enfrentados de continuo, según se evidencia por tantas informaciones que los tiene como protagonistas, con otros personajes del gobierno, no hacen otra cosa que enturbiar, ante propios y extraños, un clima nada propicio, para el resultado de la función ejecutiva. Desde ya, y como una obviedad, el apurar negación sobre dichas desavenencias, es la comidilla de todos los días. El enfrentamiento, aunque sea verbal por ahora, con el periodismo le pone salsa ácida a un momento nada propicio para ello.

Frente a ese clima los opositores ya se han subido a la campaña 2027. Desde Macri, reflotado en un escenario conciliador, aunque por momentos frontal y duro, hasta el kirchnerismo, en pleno, más residuales peronistas y la izquierda con sus alfiles, aunque debilitados por vetustos mensajes, se encolumnan detrás de liderazgos ya golpeados por antecedentes “non sanctus”, en la mayoría de los casos; pero que no les impide tomar coraje y lanzarse a la pelea electoral. El gobierno es “culpable” o por lo menos responsable de ese contexto; porque los affaires de algunos de sus miembros (Espert, Villaverde, Spagnuolo, Adorni, etc.) y casos como $LIBRA y otros hacen corcovear al Ejecutivo y adyacencias como un jinete sobre un apocalipsis doméstico, innecesario, a la vez generador de actos y diagnósticos ya harto conocidos y condenados sobre los anteriores gobiernos que en nada favorece la tarea institucional. Por todo lo expuesto, llevan a expresar lo del título de la nota “¿Será hora de aprender?” Vaya uno a saber, es de talentosos enmendar yerros. El ego y la torpeza, por el contrario, son malos compañeros. “Cometer un error y no corregirlo, es otro error” (Confucio).

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