Por Florentino F. de Alvear.-

El cinismo tiene un nuevo atril en la Argentina. Manuel Adorni, el encargado de sermonear diariamente a una sociedad asfixiada bajo la promesa de un orden celestial, acaba de dinamitar la única bandera que le quedaba en pie al relato oficial: la ejemplaridad moral. Ante el avance de una pesquisa patrimonial que quemaba sus papeles, el jefe de Gabinete acudió a la Oficina Anticorrupción para confesar, con un desparpajo que roza la provocación, que guardaba 506.000 dólares en negro.

La justificación no fue una disculpa; fue una declaración de principios. «Ahorramos en negro como la mayoría de los argentinos», disparó frente a las cámaras, institucionalizando la marginalidad fiscal desde la cima del Estado. El heraldo del orden resultó ser un evasor militante. Al blanquear de apuro semejante fortuna clandestina, Adorni no sólo destruyó su credibilidad, sino que dejó expuesto el sálvese quien pueda de una casta que se autopercibe impune.

Para maquillar el descalabro, sus contadores desataron un frenesí administrativo a midnight: 22 declaraciones juradas y rectificaciones presentadas a las apuradas. Un aluvión de enmiendas que intenta inyectarle legalidad retroactiva a casilleros de IVA y Ganancias que hacían agua. El argumento de la salvación milagrosa a través de la timba del bitcoin —donde dice haber cosechado 300.000 dólares— suena más a manual de lavado que a una estrategia seria de defensa ante Comodoro Py.

El sainete de la propiedad de Indio Cuá, omitida bajo la burda excusa de haber «extraviado los papeles» por el «lío» de la gestión, termina de configurar el cuadro. El funcionario que le exige un sacrificio de sangre al ciudadano común no puede recordar dónde tiene escrituradas sus propiedades. La pretendida «Inocencia Fiscal» con la que intentó blindarse naufragó antes de nacer.

Acorralado por la contabilidad penal, Adorni ya activó el respirador artificial de la victimización política, denunciando complots para «voltear al gobierno». Una cortina de humo barata. En los pasillos de Balcarce 50 saben perfectamente que tiene los días contados; un vocero sin autoridad moral es un fusible quemado. Si la soga judicial se tensa, su caída arrastrará la pureza de la secretaria general, Karina Milei.

Semejante confesión resulta tan desopilante que este redactor ya no sabe con qué quedarse: si con la quimera de que los argentinos pueden ahorrar fortunas en plena crisis, o con aquel viejo dicho popular de nuestra niñez: «que la inocencia te valga». La encrucijada plantea un interrogante crudo que cala hondo en el humor social: ¿seremos realmente tontos los ciudadanos de a pie para el gobierno de Milei?

Querido lector: SI, este artículo es veraz, ¿no le parece que nos toman por tontos? Aunque usted no lo crea, esto está pasando ahora en Argentina. Espero sus comentarios en las vías de Informador Público; me son de relevante importancia y los leo todos, muero de curiosidad.

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