Por Luis Alejandro Rizzi.-
El dogmatismo se puede expresar de diversas formas o modos que son expresiones de nihilismo o incultura.
El fundamentalismo se sustentaría en “sé por qué morir, no sé por qué vivir”; es una forma de la barbarie.
En política es la expresión de esta “derecha” que hace virtud del anarquismo y del lucro. Los practicantes de este otro “nihilismo” saben lo que los estados no deben hacer, pero ignoran lo que sí deben hacer.
El “fundamentalismo” se caracteriza por la carencia de valores y principios; se ignora lo que es la vida, las cosas y el universo.
Se pierde el sentido “nosístico” de la vida en sociedad, que impone diversas obligaciones, muy simples pero difíciles de cumplir.
La virtud del diálogo, la riqueza de la conversación, el valor de la persuasión y disuasión, la existencia de diferencias, el ejercicio racional como método de trabajo, y la promoción del bien común como finalidad política.
Ése es el trabajo o tarea cultural que el avance tecnológico pretende subordinar a la infalibilidad del algoritmo.
Resulta difícil de entender que progreso, crecimiento o desarrollo se conviertan en maldiciones, cuando en la naturaleza humana existe el deseo de felicidad y perfección, que, valga la redundancia, es la razón de ser de la vida.
Dice León XIV: “En segundo lugar, edificar en el bien significa aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir. Hoy en día, el deseo de plenitud del ser humano corre el riesgo de desviarse hacia metas engañosas: la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad o modelos de bienestar que “dejan atrás” a pueblos enteros.”
El dogmatismo y la fragilidad son sinónimos de incultura y nihilismo, trazos de un círculo vicioso que “santifican” la fatalidad del error de la liquidez moderna de Baumann, antaño la sofística de Zenón.
La tarea de pensar que, como decía Julio César, hace peligrosos a los hombres, se pretende sustituir con la IA, o Armagedón que anticipa la inexistencia de la plenitud de la perfección.
El gobierno de Milei carece de principios, criterio y gestión.
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