Por Claudio Valdez.-
En el Siglo IV antes de Cristo, Platón señalaba: “La libertad que hay en la democracia acaba por reducirla a la esclavitud, porque es evidente que todo exceso suele conducir al exceso contrario”. Aquel “abuelo intelectual” del mundo occidental observaba el proceso que siempre precede a una nueva situación, no sin excesos, que no obstante modificar la orientación vigente se constituye “por defecto en el exceso contrario”.
San Agustín, motivado por inquietudes teológicas, efectuó siete siglos después de Platón similar observación en su obra “La ciudad de Dios”: “Dos amores edificaron dos ciudades. La terrena fue edificada por el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios; la celeste, por el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo”.
Confucio, pensador chino, cinco siglos antes de Cristo ocupándose del tema expresó: “Los hombres inteligentes se van más allá, los ignorantes se quedan más acá”. “Los sabios quieren hacer demasiado y los hombres viciosos, no lo suficiente”; y concluyó que “mantenerse en el invariable medio es la más alta perfección: pocos hombres son capaces de guardarlo por mucho tiempo”.
Los muros de la cultura griega exhibieron desde el Siglo VII a.C apotegmas también moderadores: “guarda en todo la medida”, “guárdate de la exageración”, “cada cosa en su medida y armoniosamente”; siendo expresiones del desarrollo de los modos de vida alcanzados en la “polis”.
Esta temática indudablemente constituyó una preocupación histórica y mundial, no pudiendo ignorarse que otras culturas aquí no mencionadas también formularon sus propias interpretaciones y respuestas. Toda “cultura” (forma de vida compartida en sociedad) resulta condicionada y hasta determinada por actitudes y conductas “por exceso o por defecto”. Estas fueron causas que motivaron a sabios antepasados para brindar normas que orientaran los procederes humanos mediante valoradas virtudes, evitando los vicios.
Si bien lo hasta aquí señalado guarda estricta correlación con el comportamiento humano individual y colectivo, el fenómeno de “exceso y defecto” se manifiesta para la totalidad de lo existencial: la astronomía, la geología, la biología y actualmente la ecología así lo pueden apreciar, concluyéndose que por similar proceso la materia genera un nuevo “cosmos” (orden armonioso). Esta natural capacidad del orden material para reproducir, desarrollar, adaptar y transformar, no obstante ser también dotación humana, no opera libremente en el hombre: la cultura interviene “modelando su ser”.
La supervivencia de la humanidad requirió para ello de los esfuerzos de religiosos, filósofos, políticos, literatos, científicos, educadores, deportistas y artistas para la orientación de sus culturas. Las sociedades que supieron conformar culturas respetuosas de las siempre misteriosas leyes naturales tuvieron mayores oportunidades de subsistencia y satisfacción, según nos relata la Historia y revela la Antropología.
Modestamente, intentando interpretar la realidad argentina mediante “el sentido común”, que por experiencia sabemos es “el menos común de los sentidos”, merece consideración aquella máxima del general San Martín: “Si los que se llaman legisladores en América hubiesen tenido presente que a los pueblos no se les debe dar las mejores leyes, pero sí las mejores que sean apropiadas a su carácter, la situación de nuestro país sería diferente”.
Los desaciertos obrados fueron temerarios y el orden político del Siglo XXI continúa siendo víctima de insensatez, tanto “por exceso” como “por defecto”. Exceso de errores y defecto de logros por implicar el exceso contrario de lo que se desea rectificar, con incidencia en los usos culturales y la neutralización de potencialidad política de dirigentes y ciudadanos de valía.
La situación y circunstancias en la Argentina reclaman volver al natural “sentido común”. José Hernández supo acercarnos su consejo: “Ni el miedo ni la codicia/ Es gueno que a uno le asalten;/ Ansì no se sobresalten/ Por los bienes que perezcan./ Al rico nunca le ofrezcan/ Y al pobre jamás le falten.” (Martín Fierro. Verso 6958).
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