Por Carlos Tórtora.-
Como suele ocurrir en todos los gobiernos, cuando es necesario corregir errores se hace un reseteo general y se intenta vender la imagen de se está ante un nuevo comienzo.
En el caso de Santilli, lo que llama la atención es la enorme contradicción entre su estilo dialoguista y la impronta autoritaria e intolerante de los Milei.
Es así que la realidad del nuevo juego político del gobierno apareció aun antes de que asumiera Santilli. Sin esperar al nuevo jefe de gabinete, Karina convocó a una reunión con cada bloque oficialista y anticipó que ella controlará estrictamente el trabajo de senadores y diputados sin aceptar iniciativas individuales, en alusión a Patricia Bullrich.
El nuevo armado político surge así claramente: las decisiones políticas se concentrarían en Karina mientras que Santilli haría las relaciones públicas.
En definitiva, el estilo conciliador de Santilli le daría espacio a Karina para ser todavía más autoritaria.
Se trata, en definitiva, de pura cosmética.
Exigir lo imposible
Pero los riesgos para Santilli serían inminentes. Milei estaría convencido de que, al no tener el gobierno que cargar a diario con el escándalo de Adorni, la gente podría ahora revalorizar los grandes avances macroeconómicos del oficialismo.
Pero el presidente pronto se desilusionará, porque la cosmética de Santilli no podría de ningún modo cambiar una tendencia tradicional: la gente hace evaluaciones políticas sobre la base de los indicadores que más tienen que ver con su vida cotidiana, como el empleo, los precios, el consumo, el comercio, etc. Pretender que las expectativas sobre la reelección de Milei cambien por la mejoría del riesgo país o la compra de reservas, es una ilusión.
Este desacople entre la realidad y las expectativas del gobierno puede erosionar rápidamente a Santilli.
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