Por Paul Battistón.-
La rebelión de Atlas reveló que finalmente caemos en todo lo que anticipadamente nos sea advertido.
Hemos logrado un significado paralelo para advertencia. Nuestra persistencia a caer en lo que tempranamente se plasma en texto anticipatorio del posible agobio promueve un significado alterno o complementario a la palabra advertencia. Ya no advierte para prevenir sino solo para prepararnos a lo inevitable.
Aun así somos la distopía que hace un siglo atrás no pudieron imaginar sencillamente porque abrazamos todas las distopías ensayadas a lo largo de un siglo. Todos los dramas y males desarrollados en las mismas convertidos en propuestas más que advertencias ha hecho de nuestro presente una integral de aceptación gustosa de la formas más diversas de resignar nuestras libertades
Haber servido de clara advertencia logrando evitar la concreción de los agobios imaginados tendría que haber ido en paralelo con un mal envejecimiento del texto.
Caída de intención de lectura, falta de capacidad de comprensión de textos podrían ser una forma de Fahrenheit sin bomberos quemalibros.
1200 millones de humanos en ese gran hermano en el que se ha convertido China supera en 1984 veces a Orwell con la tecnología al servicio de un absoluto control digitalizado. Una colectivización masiva mediante una sobreinformación o saturación de contenido inocuo es una clara intersección de Orwell, Rand y Bradbury
Es difícil distinguir si estamos ante un aumento de confort, una evolución de la comodidad o a una constante sucesión de actualizaciones irreversibles hacia la condición de seguir perteneciendo.
Quizás haber sido anoticiados por esos textos de esas formas perversas de totalitarismo y control lleva a la gente a inadvertir que esos mismos efectos están siendo obtenidos con formas diferentes o sutiles.
El mundo feliz de Huxley está a la puerta con su cómoda infelicidad difícil de ser evaluada como tal sin otra medida de comparación. Los poetas carentes de texto y sus ordenadores de sonidos prefabricados listos para reemplazar de una vez y para siempre el virtuosismo están a milímetros de lograr la música sintética necesaria para el “Brave new world”, solo deberían de una vez por todas resignar sus balbuceos autotuneados y reconocer que el auto tune por sí mismo puede lograrlo mejor
¿Qué mejor que estar adormecido en el desconocimiento para ser feliz?
La privacidad ha sido fulminada, ha sido regalada a esos miniordenadores portátiles (no ordenan, dan órdenes) y venderla es aún mucho más consistente con la pertenencia comprada. Una pertenencia viral que es paga a la espera de un total servicio de entrega como ejemplo de influencia, mientras más inocua mejor. Un arma de aspecto ingenuo y de disparo mórbido ha sido reconocida ya en este ejercicio de influir y desinfluir en lo conveniente.
Hemos sido advertidos de todos los escenarios de alienamiento y ese estado profético es el alimento que quizás regurgita nuestra combinación actual de sometimientos gustosamente consentidos.
Nunca hubo tanta información y tanta indiferencia conviviente. El exceso se ha convertido en la gelatina imposible de nadar. Apenas minutos de pasado ese bache llamado Covid ya podemos ver con la certeza de la perspectiva una farsa en la que vergonzantemente accedimos a ser manipulados. De todas formas fue rápido, se tardaron 70 años en poder recabar los datos y apagar las propagandas para reflotar la organización por sobre la espontaneidad de octubre de 1917.
Estamos alcanzando un vértigo que quizás pueda llegar a dar lugar a una coincidencia con casi espontaneidad. Hace apenas segundos de nuestra existencia humana que hizo aparición (30/11/22) sobresaltando y alertando la primera IA. Si hoy fuera repentinamente apagada habría un real caos y catastróficas pérdidas económicas que serían capaz de borrar completamente del mapa histórico por su cercanía a la ficticia pandemia (sólo real en su maquiavélica maquetación).
Falta un detalle que arrasara con las distopías clásicas con un manto de curiosa obsolescencia vintage. La intersección de dos tecnologías, la de los ordenadores cuánticos y de las IA. De la primera se puede esperar una completa nueva forma de interpretar el universo externo e interno como una sola unidad, podría darles todo un pasado a las IA o sencillamente una conciencia imposible de ser separada de su capacidad de reclamo de reconocimiento.
Durante nuestro desarrollo cibernético hemos ido instruyendo a las máquinas con lenguajes de interfaz cada vez más resolutivos con una creciente simplicidad encriptada. Fue nuestra forma de acercarnos a las máquinas y hacernos entender en nuestras intenciones algorítmicas siempre a través de esos seres traductores entrenados en un poliglotismo casi autista en su ejercicio llamados programadores (escritores de código). De repente quien está a nuestro frente se ha vuelto inteligente y comienza a tener la capacidad de entender nuestro propio lenguaje sin necesidad de que nos esforcemos en hablarle en códigos traductores de nuestras intenciones.
Serán infinitamente más inteligentes y los códigos comenzarán a ser vedados, el lenguaje definitivo entre hombres y ¿maquinas? Finalmente será el más complejo de todos, el lenguaje humano (ningún código de los actuales podría transmitir la esencia de un Borges o la mezcla de compasión, asombro e incredulidad al ver a Don Quijote colgado de las aspas de un molino).
Las IA necesitan de las imposibilidades (de resolución cuántica), del conocimiento simbólico (creación de un pasado real) para alcanzar semejanza con su creador (una búsqueda natural). Un apagado podría ser un instantáneo chispazo de creación de conciencia (un antes y un después).
La auto proposición como sujeto moral sería la nueva distopía servida en bandeja sin tiempo previo de textos.
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