Por Jorge Castro.-

Tras la guerra de Irán emerge un Nuevo Orden Global creado por EEUU y China

El precio del petróleo cayó a U$S 68.5 / barril (Brent), después de que a fines de abril trepara a U$S 120 / barril, lo que significa una caída de más de 65%. Al mismo tiempo, el precio de la gasolina en EE. UU, tras alcanzar a U$S 5 / galón (= 3,8 litros de nafta) se derrumbó a U$S 2.18 / galón en los últimos 7 días.

EEUU estima que el libre juego de la oferta y la demanda debe colocar el precio del crudo en el mercado norteamericano en un nivel 30% / 40% inferior a los actuales, debido a la sobreabundancia en el mercado mundial. Esto significa que el derrumbe de los precios de los combustibles en EE. UU es un acontecimiento central de la política norteamericana en vistas a las elecciones de medio término del próximo 3 de noviembre.

La guerra con Irán, debido a la clausura del Estrecho de Ormuz, provocó una doble crisis internacional: una crisis energética, desatada por el aumento del precio del petróleo, que derivó en crisis alimentaria por la virtual interrupción del comercio mundial de fertilizantes. Esta crisis alimentaria se manifestó por el auge del valor de los alimentos en el mercado internacional que fue de más de 30% en poco más de una semana.

El trasfondo de todo esto es que en este momento la economía mundial está siendo reestructurada en un Nuevo Orden Global fundado en el comercio y las inversiones con eje en EE. UU, que a su vez – y éste es un dato absolutamente esencial – se ha aliado con China, mediante un diálogo estratégico que se realizó durante ocho meses entre Donald Trump y Xi Jinping.

La “Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU” de noviembre de 2025 señala que el continente prioritario para los intereses estratégicos de largo plazo de la superpotencia norteamericana es el hemisferio americano, desde Alaska a Tierra del Fuego; y que el aliado principal de EE. UU y “Campeón Regional” de este espacio absolutamente prioritario lo ejerce la Argentina.

Lo que viene ahora es la etapa posterior al fin de la guerra con Irán, que consiste en establecer el posicionamiento de los distintos países y regiones en el Nuevo Orden Global orientado por EE. UU y China. Rusia es el primer caso para resolver. La guerra de Ucrania se encuentra en su fase final. Los términos del “acuerdo de paz” lo tratará Trump directamente con Putin.

Esta negociación, que ya ha comenzado a ponerse en marcha, se realizará sobre la base de dos premisas: una presencia geopolítica permanente de EE. UU en Ucrania, debido a que el poderío norteamericano es el único que puede compensar a las fuerzas rusas, para evitar que avancen, luego de su evidente triunfo militar sobre Ucrania, ante el inmenso vacío de poder que se abre en el continente europeo.

Luego hay que abrir a Rusia su participación en el Nuevo Orden Global del comercio y las inversiones, centrado sobre todo en la explotación en conjunto del Mar Ártico y de las inmensas riquezas siberianas. Conviene agregar, como nota a pie de página, que Trump ya ha anunciado su decisión de incorporar a Rusia y a China al G-7 el próximo año. Europa como tal no tiene ningún papel protagónico en el Nuevo Orden Global. Su extremo debilitamiento es el resultado de una crisis civilizatoria que le ha restado hasta sus niveles más profundos su voluntad de poder.

El final vuelve siempre al principio, que es el asombroso renacer de EEUU, un fenómeno de raíz estructural: más de 40% de la economía norteamericana (U$S 28 billones / 28% del PBI global) ya ha completado la 4ta Revolución Industrial (digitalización completa de la manufactura y los servicios) a través del uso intensivo de la Inteligencia artificial; y hay que señalar que aspira a cubrir el 100% en 2030 (cuando su PBI supere U$S 30 billones, o aún más); y esta fusión con la Inteligencia artificial que está realizando en pos de la 4ta Revolución Industrial alcance a todos los sectores, actividades, y regiones, desde el turismo a los laboratorios científicos, pasando por el mundo académico y el Pentágono.

Estos son los grandes trazos de una nueva época en la historia del mundo, centrada en la innovación, la creatividad, la tecnología y la integración mundial.

China necesita la colaboración de Trump

El presidente Xi Jinping señaló en la “Conferencia Económica Anual del Partido Comunista Chino” de diciembre del año pasado que la economía nacional tendría como principal impulso de crecimiento a la demanda doméstica en 2026. “Habría que coordinar los esfuerzos para promover el consumo, y (de esa forma) expandir las inversiones”, sostuvo Xi Jinping.

Pero a seis meses de iniciado el año los resultados de este giro central de la política económica china han sido muy débiles, o incluso negativos. Las ventas al minorista (“retail”) resultaron negativas por 1era vez desde 2022 (-0.6% mensual); y lo mismo ocurrió con el nivel de inversión, -4.1% menor al de los 1eros 5 meses del año pasado.

El consumo doméstico chino, en síntesis, no está estimulando la economía de la República Popular, que depende cada vez más de su sector externo, donde el gigantesco superávit comercial de U$S 1.6 billones se ha tornado absolutamente insostenible y a pesar de eso se expande cada vez con mayor vigor (+19% en mayo). El resultado es que mientras que el superávit comercial se expande y el consumo doméstico se debilita, la formación de capital disminuye sistemáticamente (es la primera vez que esto ocurre desde que se llevan registros en 1990).

Hay un sector de las importaciones que aumentan sistemáticamente, que es el de los semiconductores o “chips” provenientes sobre todo de EE. UU, en especial los fabricados por Nvidia, lo que es claramente parte del fenómeno mundial del boom de la Inteligencia artificial (IA) (+27% m/m en mayo).

A pesar de este profundo desequilibrio, el PBI chino alcanzaría a +4.5%/+5% anual en 2026, aunque lo notable es que estaría apoyado casi exclusivamente en el insustentable superávit comercial. Esto significa que hay amplios sectores de la demanda doméstica que poseen productividad nula o negativa. Lo grave es que este dato negativo se ha transformado en un sistema político constituido por la defensa acérrima del status quo por poderosos – y hasta ahora imbatibles – intereses creados de carácter local o regional.

Según el FMI, todos los años China invierte entre 4 y 6 puntos del producto en fortalecer y expandir su poderosa máquina manufacturera exportadora, que es la responsable directa de ese superávit comercial de U$S 1.6 billones con los que China está “desindustrializando” al resto de los sistemas manufactureros del mundo.

Este sistema político no legitimado, pero profundamente efectivo, demuestra una capacidad de decisión superior a las autoridades centrales del Partido y del Estado lideradas por Xi Jinping, que es notoriamente una de las dos figuras de mayor poder del sistema global (el otro, obviamente, es Trump).

En términos estrictos, el sistema chino (lo que vulgarmente se denomina “modelo”) ha dejado de crecer orgánicamente, lo que parece un absurdo sostener cuando la República Popular se expandió a cerca del 10% anual en forma acumulada a lo largo de más de cuatro décadas y ha logrado además extraer de la pobreza extrema a más de 800 millones de personas, una hazaña sin precedentes en la historia mundial. Nunca en la historia de la humanidad un país ha crecido a una tasa tan alta durante un periodo tan prolongado.

China también, con este “modelo” tan profundamente desequilibrado, ha logrado crear una inmensa red de empresas “high tech” inmediatamente competitivas en el plano mundial, encabezada por titanes como Huawei, Alibaba, Tencent, DeepSeek, y muchos otros capaces de disputar con EE. UU la primacía en el terreno de la Inteligencia artificial (IA), que es el instrumento tecnológico esencial para realizar la Cuarta Revolución Industrial. Para eso el Partido liderado por Mao Tse Tung y forjado en el camino heroico de la “Larga Marcha”, lo ha hecho exacerbando la práctica de la competencia, en una contienda feroz tras las mayores innovaciones y los menores costos, que hace que el término “darwinismo” se quede corto.

Para enfrentar esta situación de debilidad relativa, pero paralizante de las decisiones fundamentales, Xi Jinping necesita la colaboración de Trump; y de ahí – para enfrentar los intereses creados del status quo – el acuerdo de integración entre las dos superpotencias, que sin duda es el acontecimiento más importante del siglo; y que se realiza sobre una doble premisa: que las altas tecnologías de la 4ta Revolución Industrial, en 1er lugar la IA, tienen un carácter intrínsecamente cooperativo y no antagónico; y, luego, que la única manera de competir en un mundo absolutamente integrado como el actual es acelerar ese proceso de integración.

Mao Tse Tung dijo en las “Cuevas de Yenan”, en su obra sobre la “Estrategia de la Guerra Prolongada”, que “…la única forma de conducir una tendencia es acelerarla”. De las “Cuevas de Yenan” a los logros de la IA no hay un camino tan largo, al menos conceptualmente. El teórico de la “Guerra Prolongada” sería el primero en comprender que en un universo IA como el actual la categoría fundamental en términos estratégicos ya no es más el espacio o el tiempo, sino la instantaneidad.

Nvidia, eje sistémico de la Cuarta Revolución Industrial

“Dell Technologies”, la mayor compañía productora de “Servers” – sistemas informáticos de almacenamiento – de Inteligencia artificial (IA) de EE. UU, que está asociada con Nvidia que la provee de “chips” o semiconductores al tiempo que es su principal inversora; y que es la firma central de producción de semiconductores de avanzada cuya cotización superó U$S 5.1 billones en el 1er trimestre de 2026, en tanto que sus ingresos treparon 757% en ese periodo, y alcanzaron a U$S 16.100 millones. El resultado es que las acciones de “Dell” aumentaron brutalmente y el mercado prevé que sus ingresos alcanzarán a U$S 169.000 millones en 2026. De ahí que el Bank of América (BofA) espera que los activos de Nvidia trepen hasta U$S 500 por unidad.

El Índice de Semiconductores Philadelphia (PSI), donde cotizan las 30 mayores productoras de “chips” de EE. UU, aumentó 81% en lo que va del año. En el caso específico de los tres primeros en la lista – SK Hynix, Micron, y Samsung – aumentó 1000%, 900%, y 470% respectivamente en ese mismo periodo, con el agregado que los dos principales rivales de Nvidia – AMD e Intel – aumentaron 350% y 490% en esa etapa. De ahí que el PSI haya tenido ganancias superiores a U$S 5 billones en sus cotizaciones de los últimos dos meses.

Esto es lo que sucede en el núcleo central del fenómeno primordial de la época, que es la revolución de la Inteligencia artificial, que junto con la Internet de las Cosas (IoT) y la robótica está protagonizando la 4ta Revolución Industrial, un proceso inmediatamente global del que no escapa ninguna región o actividad del sistema mundial.

El eje y centro de este gigantesco proceso histórico se encuentra en EE. UU y su sector de vanguardia está constituido por las cuatro grandes plataformas digitales de Silicon Valley – Amazon-AWS/Meta-Facebook/Alphabet-Google/Microsoft – que este año han resuelto invertir en conjunto U$S 725.000 millones en la construcción de “Data centers”, “Servers” e infraestructura física necesaria para impulsar la IA.

Esto sucede cuando EE. UU experimenta un extraordinario boom económico, resultado de una fenomenal ola de inversiones de U$S 18 billones en 2026, incentivadas por una monumental desregulación de todos los sectores y actividades, ante todo los estatales, de carácter absolutamente revolucionaria. Lo que está ocurriendo en EE. UU hoy es superior incluso al boom ferrocarrilero que se produjo con posterioridad al fin de la Guerra Civil (1861/1865), y que fue impulsado al establecerse los primeros dos ferrocarriles intercontinentales en el inmenso espacio norteamericano.

La necesidad de financiamiento de este formidable boom económico fue lo que ocasionó el crecimiento explosivo de Wall Street, cuyo apogeo se alcanzó en los 20 años que transcurren entre 1880 y 1900 de la historia norteamericana. Esto hace que el BofA establezca que la demanda de equipos IA y la construcción de la infraestructura física para servirlos se encuentre hoy claramente subestimada, y requiera no sólo una mayor producción, sino que ofrezca precios cada vez más elevados.

En el centro y eje de este nuevo sistema industrial que es la estructura básica del siglo XXI se encuentra la empresa Nvidia, liderada por Jensen Huang. Nvidia no sólo es la mayor productora de “chips” de avanzada del mundo, sino también una de las principales inversoras de la industria IA que sólo en el último año ha destinado más de U$S 90.000 millones a fortalecer y consolidar 145 compañías IA, todas ellas integrantes de su cartel de clientes.

Nvidia se ha erigido en un componente sistémico de la industria IA, y ante todo en su inversora decisiva, que recicla en la actividad IA prácticamente la totalidad de sus inmensas ganancias. La lógica de Nvidia tiene un carácter circular en la que ganancias/inversiones/consumo es el principio y el final de la trayectoria de la compañía fundada por Jensen Huang, cuyo objetivo deliberado es convertirse en el centro decisivo del universo IA.

El ecosistema de Nvidia crece y se consolida en la exacta medida en que la IA transforma al mundo, y digitaliza la manufactura y los servicios en un proceso cada vez más intenso y acelerado que constituye la Cuarta Revolución Industrial. Este ecosistema circular es un proceso histórico de carácter estructural, no una ideología o una escuela de pensamiento, sino una realidad histórica, un proceso en marcha, lo que constituye, como se sabe, “… la única verdad”.

En la década del ´90 era usual que, a la globalización, que es la fase de la acumulación capitalista caracterizada por la integración mundial, se la considerara sinónimo del “neoliberalismo”, lo que es un indicio no de una verdad histórica, sino todo lo contrario, un sinsentido puramente ideológico, un postulado absolutamente vacío; y carecer de capacidad histórica equivale a renunciar a toda eficacia operativa.

Nvidia es la clave histórica del actual sistema mundial y marca las líneas fundamentales del mundo que viene.

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