Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, esa por la que tantos ciudadanos estarían dispuestos a hacer infinidad de sacrificios (muchos, no todos, ¡tampoco debemos exagerar!) para verla en las mejores condiciones, dispuesta competir en la franja de las destacadas, se ve abrumada, cada día, por acontecimientos que no son precisamente lo que una mayoría desea. Cada cual, y esto ya no es discutible, en su vida personal, en la que incluye sus vivencias, su cultura, su modo de relacionarse, no del modo apetecible, hace su propio libreto por el que se rige sin importarle demasiado lo que ocurre a su alrededor. Esto, porque los tiempo tan abrumadoramente difíciles lo han llevado a decidir por su propia impronta cómo sobrevive en una especie de selva humanoide (valga el término despectivo) qué, aunque parezcan similares, la rutina infecunda los ha llevado a encerrarse en una especie de cápsula, aunque imaginaria, a la que le pide una proyección para seguir viviendo. Si bien puede parecer exagerada esta especie de planteo, con una simple pregunta a cualquier persona, de una gran mayoría, sobre cómo ve la situación general, casi inmediata es “mal, como siempre”. Interrogado sobre el encuadre de la política y los políticos, la respuesta es “no me ocupo de ella, y en cuando a los segundos,” son todos iguales”. Ya ni siquiera hay un decir al voleo; lo hace de un modo y convencimiento que el tiempo ya ha instalado esta reflexión como un axioma irrebatible. Lo que lleva a pensar que la persona, asume ante otros su pensamiento como que no tiene alternativa. Es su verdad, su visión, porque el tiempo, desdichadamente, le ha sembrado su razón de elementos negativos, casi siempre objetivos, es cierto, que es difícil intentar refutar.
Los últimos hechos, en ese diario vivir caótico, se quiera o no reconocer, ha llevado a ciertos personajes de la política ser comidilla de la prensa, en todas sus formas. El caso Facundo Moyano, pletórico de aristas, algunas inimaginables, donde el personaje y su novia, o compañera, o lo que sea (no viene al caso) se vio envuelto en uno de esos entuertos domésticos que dañan imágenes, tirando por la borda antecedentes, aunque si no virtuosos, al menos medianamente respetables. El caso reciente del “asesor” de un diputado (en el norte del país) , complicado en un episodio de secuestro y violación de menores, rompe toda simulación que se quiera hacer para justificar modos aberrantes de comportamiento personal. La historia no, todavía, bien contada, aunque para el asombro y bochono del caso Insaurralde (y compañías femeninas) desdibujan la imagen de un sector qué, lejos de ser ejemplar, motorizan una secuencia fantasmal de alteración moral, difícil de comprender, aunque sea casi rutinaria en estos tiempos. Seguir la crónica, carece casi de sentido.
La contrapartida, en estos días, es el anuncio de la visita de su SS, el Papa León XIV (Bs.As., Luján, Córdoba) que alteró el escenario de la movida política, pensando ya en las elecciones del año próximo (antes que gobernar el día a día, imperioso y fundamental). Todos se anotan en una especie de “santificación” momentánea tratando de sacar provecho del especial acontecimiento. Cada cual con su “mensaje” de adhesión. Mientras, el Congreso (lentísimo, una constante), olvida la “religiosidad “ y mueve fichas de conveniencias mutuas; buscando posiciones de corto y largo aliento, porque lo porvenir es inexorable. Hay en todo un realismo mágico”, que se pretende transmitir; pero en el fondo el déficit de esa magia es evidente. Unos desaparecidos por la corrupción, otros por la ineficiencia, tantos porque ya “su cuarto de hora paso” y están buen resguardo; y una camada de impresentables que su coraje y osadía los lleva a presuntas postulaciones qué de antemano, se presume, pueden caer en el vacío. Los del gobierno, en una presunción de salvataje, buscan alianzas, en la desesperada carrera por salvar lo obvio. En todo está el convite por salvar propios pellejos partidarios y personales. En el Congreso, todo con la “tortuguista” lentitud en aprobar leyes fundamentales para la marcha del país; y en la Justicia, los casos duermen el sueño de los justos en lo que parece ser aquello de “cada uno juega su juego”. O es simple observación popular, eso sólo el tiempo y los personajes darán su veredicto. Todo nos lleva a expresar lo del título: “Sigan, total”. La proverbial paciencia del hombre “argento”, todos saben que es infinita. Entre tanto barullo, la carta de Messi a su extinto padre, sólo un oasis, en tanto desierto moral.
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