Por Carlos Tórtora.-

Javier Milei está próximo a salir a probar en el mundo la suerte de su nuevo perfil internacional. Lo hará primero en la Argentina Week en París y luego en la Asamblea General de la ONU en Nueva York. Luego del anuncio de la malvinización de la política exterior, el gobierno ya empieza a percibir señales del concierto internacional y tendría bastantes motivos para preocuparse.

A cuatro días del discurso, una señal de alerta se encendió en la Cancillería y Pablo Quirno estaría en emergencia: ningún gobierno anunció su solidaridad con la malvinización de Milei. Sin duda alguna influye en esto la pésima imagen internacional del presidente, sumada al persistente sabotaje que realiza Itamaraty predisponiendo en contra del gobierno argentino a las cancillerías latinoamericanas.

Pero el silencio más llamativo es el de la Casa Blanca. Como pudo, Milei trató en su discurso de mostrar que Donald Trump se estaba distanciando de Londres en el tema Malvinas. Pero la realidad es muy fluida. Acaba de recrudecer el conflicto bélico entre EEUU e Irán y probablemente Trump necesite acercar posiciones con el Foreign Office. En días más, Milei tendrá una prueba de fuego en la ONU.

La realidad es que el giro nacionalista del gobierno argentino, aparte de ser poco creíble, va bastante a contramano de la realidad internacional, donde prevalecen preocupaciones de otro tipo.

En las cancillerías latinoamericanas, el excesivo embanderamiento de Milei con Trump y su guerra personal con Lula da Silva hacen que la malvinización sólo genere frialdad. Pero el caso extremo fue el chileno José Antonio Kast, que recibió la semana pasada a Milei, pero horas después anunció que estaba negociando con Londres una nueva ruta marítima con las Malvinas. Claudio Radonich, alcalde de Punta Arenas, dio un detalle. Se firmaría un contrato entre la naviera chilena Eastern Island y la Corporación para el Desarrollo de Malvinas para establecer una nueva ruta marítima entre esa ciudad y Puerto Argentino.

Baja credibilidad

En el plano interno, la adhesión a la malvinización es también muy inferior a la que esperaba la Casa Rosada.

Ni siquiera los aliados formales del gobierno, como es el caso del PRO, manifestaron su apoyo. Y menos aún los gobernadores dialoguistas. Es que se impuso la interpretación de que Milei está actuando impulsado por la desesperación que le produce su caída en las encuestas. Según esta visión, la aventura malvinera de Milei no tendría seriedad ni menos todavía continuidad.

En medio de esta soledad que no disminuye, las dos empresas petroleras que llevan adelante el proyecto Sea Lion contestaron las intimaciones argentinas sin mostrarse para nada a la defensiva.

La desconfianza hacia la malvinización de Milei tiene dos ejes. Por un lado, la casi totalidad del espectro político está convencido de que se trata de una maniobra electoralista que Milei descartaría rápidamente si es reelecto. El segundo eje es la dependencia de los EEUU. Parece obvio que la nueva política exterior sólo puede funcionar bajo el paraguas de Washington y que Trump podría tener interés en el petróleo del Atlántico Sur, para lo cual le vendría bien que Argentina fuera su peón. Por lo pronto, el principal emprendimiento de la malvinización, la construcción de la base integrada de Tierra del Fuego, es claramente un objetivo del Comando Sur y la participación militar de EEUU va de suyo.

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