Por Florentino Franco de Alvear.-

El misterio del féretro vacío y las hipótesis del último adiós ricotero

La liturgia ricotera siempre se alimentó del misterio, la clandestinidad y el mito. Pero lo que estaría ocurriendo en estas horas ya no parecería pertenecer al rock, sino al género del terror psicológico. Supera cualquier ficción que hayamos imaginado en las noches de fogón y mística de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, donde el Indio pegó el portazo, trocando el romance de las banderas por una sospecha siniestra.

Las puertas del recinto asignado para el último adiós se abrieron de par en par. Miles de fieles, envueltos en trapos que paradójicamente rezan «EL LUJO ES VULGARIDAD», entraron en un silencio sepulcral, con los ojos empañados. En el centro del mausoleo improvisado: los ramos de flores, las banderas y la prosapia inundando el piso, bajo un féretro que se presume misteriosamente vacío entre las luces bajas, rodeado por los sobrevivientes de la banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Sin embargo, el rumor que empezó como un frío susurro en las inmediaciones ya cobró la fuerza de una versión a voces que hiela la sangre: el cajón estaría vacío.

Detrás de un severo vallado que impedía a los devotos tocar la madera, el invitado más importante de la noche —el fallecido— brillaría por su ausencia.

Una misa de espaldas a la muerte: ¿Del country al piso en Manhattan?

¿Dónde estarían los restos del Indio? Nadie lo sabe con certeza. Y, bajo una mirada analítica, este podría ser el desenlace más lógico para el hombre que pasó décadas refugiado en su propio misterio (ocultando tener una lujosa vida de millonario a costillas de la plata negra) un enigma que en el plano comercial resultó sumamente rentable. Lejos del barro que cantaba, la hipótesis más cruda de sus detractores señala que su verdadero templo habría sido un piso en la ciudad de Manhattan o el blindaje de su búnker inmobiliario en Parque Leloir.

Aquel holograma que se materializaba solo para congregar a las masas más grandes de la historia de la música argentina parecería haber sido, al final, la supuesta máscara de un enigmático millonario. Una épica construida sobre el mito de los «asentamientos en terrenos fiscales» que, según se conjetura en ámbitos de investigación, habría servido como distracción de su ingeniería fiscal, estructurando una presunta fortuna bajo la sombrilla de ser un Poeta indescifrable… tanto que la mismísima Mercedes Sosa llegó a confesar, en su momento, que jamás entendió sus letras.

«El tipo que nos enseñó que ‘ciertas ficciones son más bellas que las estúpidas realidades’ no podía irse de otra manera. Nos dejó el decorado para que nos consolemos entre nosotros, pero él ya se tomó el bondi», comenta un fanático en la puerta, presuntamente atrapado en la trama del relato, ignorando que la ficción habría sido un formidable negocio.

El pánico a la horda y la farsa predictiva

¿Por qué se montaría este teatro calificado por algunos como obsceno? Según versiones que circulan en el entorno, detrás de la poesía podría haberse escondido el más humano y visceral de los miedos: el pánico de la familia a una eventual profanación del cadáver. La hipótesis que se maneja es macabra: el entierro real ya se habría consumado en absoluto secreto, poniendo el cuerpo a resguardo de la misma masa que lo adoraba.

Bajo esa premisa, ¿cómo calmar a las multitudes hambrientas de liturgia? Se habría diseñado una puesta en escena: un velorio sin fin donde se exhibiría una caja de madera supuestamente vacía para contener el desborde. De confirmarse esta hipótesis, este adiós habría sido el reflejo exacto de cómo se habría desarrollado su vida pública: un aparente manejo predictivo y psicológico de sus seguidores a través de construcciones narrativas.

Esta presunta última obra de arte conceptual no habría nacido por amor al arte, sino por espanto. Un relato gótico que no habría respetado la pasión ni la lírica, sino que se habría dejado llevar por el terror a que el cajón fuera abierto a la fuerza y sus restos diseminados como reliquias paganas por Villa Domínico.

El pogo más grande del más allá… y los pies de barro

Mientras la fila de camisas a cuadros y remeras negras avanza sin poder acercarse al ataúd, las redes sociales estallan. Algunos intentan salvar al mito hablando del «escape definitivo» o de «la inmortalidad del holograma», intentando convencerse de que el juego se habría cerrado bajo las estrictas reglas del artista.

Pero el desconcierto muta lentamente en una extraña sensación de desencanto. De ser real la conjetura, el Indio Solari lo habría hecho de nuevo: volvió a convocar a la misa, pero la hostia estaría vacía. Habría dejado a su público sin palabras, atrapado en una coreografía donde los vivos se consuelan mutuamente frente a un trozo de madera hueco.

Si el tiempo ratifica estas conversaciones que hoy pululan y saturan los servidores de internet, los fanáticos descubrirían la versión más perturbadora de todas: que su Dios no era inmortal, que presuntamente le temía a su propio pueblo y que, debajo de la túnica del misterio, solo habría existido un hombre con pies de barro. Que Dios sea quien lo juzgue; el tapete quedó vacío. Q.E.P.D.

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