Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, la que no deja de sorprendernos, a veces surge un acontecimiento que por sus características viene a poner un mojón de un algo nuevo, casi impensable; capaz de movilizar multitudes en la esperanza. En lo incierto. Porque la historia de las emociones, del desborde, de lo impensable, estaba por escribirse. Una carga fenomenal de situaciones promovidas por el fútbol. De alegrías, de sufrimientos, por suerte efímeros, salvo el desenlace final, en un desarrollo y festejo que registra pocos antecedentes. Una conjunción de ideales que tuvo en las tribunas una “sociedad” de orígenes dispersos, de posiciones polifacéticas, unida casi imposible de imaginar en otros contextos. Porque ese lugar común albergó un solo grito, un solo idioma y un solo latido. Porque poco importó el compañero del lado en ese momento, por instantes pasajero y carente de grandes emociones y en otros el fulgor desbordante de pasión por lo que se vivía. Una sola cosa importaba, la espera de esa culminación donde la adrenalina explota con el grito eufórico del gol. Y el abrazo, aún ante el desconocido, sellaba la escena. Todo fue posible dando rienda suelta a la culminación de un momento sublime. Porque solo la emoción, el sentimiento ahí, es capaz de anular toda otra expresión del carácter individual. Nada es comparable. Miles de voces para decir un presente, ante el virtuosismo de una jugada, magistral o casual; eso poco importa. Porque el valor en sí es apenas una cuestión de solo suma. Porque el protagonista solo sueña con el triunfo. Responder a una expectativa; por momentos demorada más allá de lo apetecido. La calificación vendrá luego.
Dicho eso. Una lista de 26 jugadores. Un cuerpo técnico decidido a mover piezas de modo tal que aunque sea una utopía el resultado, la intención es solo positiva. El emblema superior y catalizador de una esperanza colectiva. Los “analistas” foráneos, que los hay y en cantidad, en nada influyen; solo marcan pautas en un acertijo de disímiles aseveraciones; del criterio localista, al súper crítico. Tantas veces con el “diario del lunes” (por ser simplista); cada cual tiene/tenía “la solución”.
Medir el resultado, segundo en este caso, sin dudas es elogiable. Aunque la famosa frase “del segundo nadie se acuerda”, sea repetida en la vulgaridad de los fanáticos. Restar méritos a esa circunstancia, es injusto. Nada fue fácil. Todos, en su medida, dejaron hasta lo imposible. Esa capacidad, casi venerable, de perseverar en el esfuerzo de este equipo quedará por siempre en el recuerdo de quienes lo quieren bien y apoyaron a este grupo. Merituar, es apenas anecdótico. Los de más y los de menos. Todo sumó para el logro colectivo. Habrá momentos para el resumen. Para el recuerdo. Para el lugar en la historia. Para corregir, y de seguro que los hubo, los errores consecuentes. Nada debe empañar lo hecho. Vendrá el análisis para el tiempo de revancha. Los modos de reflexión. La frecuencia de encontrar justificaciones. La manera de entender que en el competir, se gana y se pierde. Y a veces, se reparten honores. Los laureles, en apariencia deseados, muchas veces, se enfrentan a la justicia que uno cree merecer.
Si, por una cuestión de análisis elemental, aunque en ello se los involucre a todos merece una mención especial lo de Lionel Messi y Lionel Scaloni (Jugador y DT). Por valoración, liderazgo, capacidad, disciplina, imagen, responsabilidad, compañerismo, garra, fuerza, motivación, ejemplo. Todo en la búsqueda de un objetivo. La historia del deporte les dio ya un lugar de privilegio. Dos imágenes patentizan el final de esta hazaña. Las lágrimas de los dos Lionel (Messi-Scaloni), son el símbolo del dolor por la derrota. A ese pesar, de lo profundo del ser, se le debe respeto. Porque ambos (junto al resto) cargaron, en ese gesto de dolor e impotencia, el peso de una derrota, quizás para muchos-y para ellos- inesperada. Cuando duele el alma, y se desgarra el corazón todo es comprensible. Cuando la tristeza llega busca consuelo para sanar el dolor. El silencio ayuda a serenar el espiritu. Por eso como se apunta en el título, a pesar de todo, no perder de vista que: “Además, son humanos”. ¿Para qué más? Si el renacer, seguro, los aguarda merecidamente en cada centímetro de verde césped. O en el potrero, para aquellos que sueñan con ser, un día, como Messi y compañeros.
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