Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, esa por la que vivimos con la esperanza a flor de piel, hay situaciones, hechos y personas, que se encargan de ponerle cepos de una manera que es difícil entenderla. Una victoria, una alegría, cualquiera sea el tema que la provoque está casi visceralmente oscurecida por las conductas de protagonistas ajenos a ayudar en los esfuerzos comunes. Es tanto el tiempo de los fracasos que la duda, sobre lo que aún parece interesante, subyace permanentemente. El coeficiente emocional de las personas se ve torpedeado siempre.¿Habrá un pensamiento de negación que se niega a desaparecer? ¿Por qué ese disparador de la incertidumbre no deja crecer la idea de lo positivo? ¿Habrá, quizás en el subconsciente, un picaneo capaz de obnubilar la posibilidad de sobreponernos a la idea del fracaso? Cada cual buscará la forma de superarse; pero cuando observa a su alrededor se encuentra con una realidad que le refleja, a la manera de espejo, sus miedos, su negación a comprender el entorno que lo rodea. Porque su vivencia diaria lo enfrenta a esa acción cotidiana del no saber dónde está la salida. La motivación que le permita esperar la integración a una idea colectiva de confianza, de seguridad. Y sobre todo que habrá una nueva impronta capaz de integrarlo a un progreso colectivo.

Expuesto lo dicho, esta semana, esa escala temporal que parece por momentos eterna por la multiplicidad de hechos ocurridos, tuvo la reaparición del Congreso (el Senado), regresado de sus “merecidas vacaciones”, donde sus miembros volvieron a mostrar esa faceta, ya proverbial, del trato grosero, inútil y despechado. Viejas historias. Antiguas reyertas, irrespetuosos tratamientos de asuntos que parece nada importarles el escenario elegido para dirimirlas. Síntesis: que nada es saludable para la visión democrática de país que se pretende. Las presuntas derrotas en el tratamiento de cuestiones vitales para el gobierno, no entendidas así por la oposición, empantanaron el debate y la posterior votación. Algunos entienden en el supuesto “empate”, una victoria repartida; con evidente amargor para el oficialismo que debió ceder y aceptar podas en las leyes bajo tratamiento.

En otro orden, y para dar contexto a lo tratado más arriba, la calle volvió a recrudecer en las manifestaciones con ese colorido variopinto acostumbrado de no lejanos tiempos. Cualquiera sea el motivo hay una extensión de los días elegidos. Ya no basta uno, es otro y, seguramente, vendrán algunos más. Una pelea callejera, donde policía y manifestantes se debaten en una escandalosa y brutal ensañamiento para tratar de medir fuerzas. La verdad merodea el escenario. Así es imposible encontrarla. La destrucción de bienes públicos es la imagen patética de lo mencionado. Buscar el punto de equilibrio de ese modo todos están convencidos que es absurdo. La oposición, por otro lado, aunque es parte de un todo, fogonea un virtual comienzo de campaña de la forma más irracional. Con los mismos códigos que sembraron de páginas negras la política argentina. Nada está bien, para el opositor. Para el oficialismo su discursiva contrasta con algunas tajantes expresiones de la realidad qué, sin duda, deberán corregirse, y pronto. El pasado dio ya bastante malos ejemplos.

La Iglesia, en el día de San Cayetano, vía el Arzobispo de Bs.As. con su homilía puso su acostumbrada cuota anti-gobierno para conformar a una población que sí es cierto, padece algunas intolerables carencias en el diario vivir. Este concepto fue replicado en las curias de todo el país. La prudencia nos está alejando de un criterio de pacificación necesario, imperiosamente. Lo expresado en referencia a las manifestaciones populares y otros hechos que encienden pequeños focos de incertidumbre y malestar, nos llevan a expresar lo del título como que hay en la superficie: “Signos de barbarie. ¿Será posible? La sensatez, ojalá dé paso a que todo sea una llama peligrosa que se apague pronto.

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