Por Luis Alejandro Rizzi

Recuerdo muy vagamente el argumento de una novela policial de Graham Greene llamada “El ídolo caído”, que leí cuando tenía quince o dieciséis años en una edición de la colección “Séptimo circulo”, que editaba la recordada “Emece”, venía con otro título del autor, “El tercer hombre”.

La trama versaba sobre un chico que quedó al cuidado de un matrimonio en el que el marido, admirado por la criatura por sus fabulaciones, engañaba a su mujer con una amante.

El niño, obvio no recuerdo su nombre ni el del matrimonio, no recurrí a la IA, descubre el engaño y entra en una complicidad que lo lleva a creer que la muerte de la mujer no fue un accidente sino un crimen cometido por “su ídolo”.

No recuerdo el final, pero sí que el niño mintió, y mintió para salvar al marido de la cárcel o la horca, en ese tiempo existía en el Reino Unido la pena de muerte.

No sé por qué motivo asocié ese recuerdo con Javier Milei, que vendría a ser el “outsider caído”.

La trama tendría que ver con la inocencia de esta sociedad, en cierto modo el chico de la novela, que creyó que Milei podría producir y protagonizar un milagro en la Argentina, ya que tenía virtudes excepcionales que lo convertían en una suerte de sacerdote de una religión laica sobre el ejercicio del poder político. Lo veíamos un cura, un rabino o un ayatollah.

A esta altura de su gobierno, cerca de cumplir el tercer año, advertimos cómo Milei se cae día a día, hoy gozaría de un apoyo del 37% y en descenso, y su rechazo aumenta también día a día.

La sociedad, como el chico de “El ídolo caído” al principio se deslumbró con su forma de ser; era una especie de “Cid” o de dios, cuyo lenguaje violento era un arma noble y circunstancial, necesaria para su desigual guerra contra el mal que encarnaba “la casta”, un significante vacío que impactó de lleno en una sociedad que ya no creía en nadie.

Pasa que cuando no se tienen convicciones o creencias, como decía Chesterton, otro escritor inglés, se cree en cualquier cosa.

Milei, en definitiva, fue y es un embaucador vestido de “noble snob”.

Un oxímoron, un noble sin nobleza.

Ahora muestra su impotencia y pretende convertir en real su mundo de fantasía, en el que es el mejor de la historia.

En vez de un predicador de fe y confianza, resultó un embustero con pose doctoral, que usa un lenguaje propio de la coprología escatológica para sobresalir.

Tampoco los resultados de su gestión, que exhibe con orgullo, son correctos, ya que no miden la falta de inversión en capital y las consecuencias que padece la sociedad por todos conocidas, cierre de empresas, caída del empleo y el salario y el fortalecimiento de una minoría privilegiada de no más de 800 mil familias que componen el décimo decil de ingresos familiar (cuadro 7 del respectivo informe del INDEC), cuya base, conviene tenerlo en cuenta, es apenas de poco más de tres canastas básicas.

Podríamos decir que hasta nuestros ricos son pobres, la base del décimo decil es un ingreso de cuatro millones cien mil pesos.

Si se computaran los intereses de la deuda y las falencias en infraestructura, no habría superávit, sino un grosero déficit.

Por último, si la pobreza la medimos por la canasta básica total, recién la base del séptimo decil llega a cubrir su monto. Información del primer trimestre que mide el INDEC sobre el total de ingresos de las familias.

Milei se va cayendo; a lo sumo, fue un “ídolo falso”.

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